POESÌA DE COSTA RICA: G.A. CHAVES

Presentamos una selección del poeta G.A. Chaves (Costa Rica, 1979).  las notas y la recopilación correan a cargo de nuestro colaborador Fernando Salazar Torres

 

 

G. A. Chaves publica su poemario Wallau (Valparaíso, 2016). El título alude a una forma de nombrar al padre. Gran parte del poemario es un homenaje a esta figura, me parece, central en la formación del autor. Las imágenes y metáforas contienen el ambiente y la Naturaleza de las regiones en donde ha estado, principalmente Costa Rica y Estados Unidos. Afirmo que es un poeta visual, apoyado regularmente en hechos propios de la experiencia diaria y de un pasado irrecuperable. El tiempo, como fenómeno emocional, se experimenta mediante la evocación y la nostalgia.

 

 

 

LA DISSECTION D’UN HOMME SANS NETFLIX

 

A menudo pensaba que no hacían nada juntos

y ahora que no hace nada solo,

apenas una noche después de haberla visto,

se pone a pensar en todo lo que aprendió con ella:

 

que la lluvia se cura con noches de cine,

que antes de partir los limones es mejor rodarlos bajo el peso

de la mano para luego exprimirlos,

que no es bueno que el gato duerma sobre las ingles de nadie,

que siempre debe haber agua junto a la cama, nunca se sabe,

que el bicarbonato y el aceite de oliva son los ingredientes

de la paz mundial,

que no por afrodisíaco (para él) el sudor de ella la incomoda

menos,

que petricor es el nombre de la tierra llovida,

que las certezas no dejan de serlo porque alguien haga preguntas,

que el sentido de los silencios no hay nadie que lo entienda,

que de buenas intenciones está lleno el camino al patriarcado,

que uno nunca deja de preguntarse cómo seguirá de su dolor

de cuello.

 

 

TREVAS

 

Constantemente se repite a sí mismo

que no escribe para hacer que las cosas vuelvan

sino para que nunca acaben de irse.

 

 

II. WALLAU: UNA ELEGÍA

 

 

En memoria de mi padre

Juan de Dios Chaves García

(1929 – 2010)

3.

 

La piel que te envolvía se ha vuelto gasa,

ahora que ya no tiene tiempo.

La casa es un andén donde nos dejaste

varados y perdidos.

 

Hay sábanas verdes y niños ajenos al luto, que

de tanto ruido que hacen asustan a la muerte.

 

Las candelas empiezan a sahumar. El humo

se enrolla alrededor de las cosas.

Y esto es la ausencia del espíritu: una boca abierta y seca.

 

 

 

6.

 

“Eu vim para recuperar a nossa língua

e mais eu perdi: perdi a minha terra.”

 

Bajo el sol, a orillas del río Tâmega,

lanzo piedras al agua, para que beban.

 

Toda la nostalgia que se guardó el abuelo

va arrimándose a mí entre olas pequeñas.

 

Chaves, Portugal: este es el lugar

de nuestra judería secreta.

 

Ya bebí agua termal

y saqué arcilla de las eras.

 

He andado solo, sin poder dormir,

buscando algo mío en las visagras de las puertas.

 

Dondequiera que voy está el cielo.

Es un incendio diario y me enferma.

 

¿Por qué nos fuimos de aquí, Wallau?

¿Tan triste fue? ¿Tan pobre era?

 

O quizá fue Aqua Flavia, ese pueblo de sol incendiario,

a ponta romana, la promesa del mar que trae el río Tâmega.

 

 

 

9.

 

 

Por meses Wallau me contó sobre ese sueño

en el que veía cartas de arena que se desintegraban.

Eran cartas mías, la mayor parte. Siempre algo urgente

que nunca podía recordar por la mañana.

 

Se despertaba cansado. Me llamaba a larga distancia.

Me preguntaba si todo estaba bien y si tenía comida.

Mientras me hablaba, un agua verde y quemante

me hacía ver un oasis en la alfombra.

 

Aquellas pocas veces en que fuimos a pescar

a la laguna de Arenal, Wallau parecía aburrido.

Casi tanto como en tantas otras noches

en que me acompañaba al ajedrez que no entendía.

 

Más fuerte que el aburrimiento era el deseo

de acompañar a su hijo, verlo crecer, verlo frustrarse.

Ni un solo guapote picó el anzuelo en la laguna.

El ajedrez se disipó como un vicio sin placer.

 

Wallau siguió en vilo…

 

Quedó la posibilidad de desayunar con él,

escribir las columnas de su periódico,

que me leyera, me increpara, me dijera…

Llegarle al viejo entre el café y las tortillas.

 

Escribirle cartas periodísticas por las mañanas

que previnieran aquella vez en que Wallau le preguntó

a una de mis amigas, en mi ausencia,

que cómo era yo, porque él no me conocía.

 

Le quedé debiendo un cuento sobre el Volvo B10

que condujo al otro lado del Tempisque,

algún homenaje a Glenn Miller, otro viaje a España

y las mil revelaciones de El país de las certezas.

 

Al final le escribí una carta, para contarle de la pesca

y darle las gracias. Para que durmiera mejor y dejara de soñar

con letras de arena. Para contarle que en esas horas mudas

en las que yo calculaba variantes o lanzaba cuerda,

 

él, por el simple hecho de estar, me había dado confianza.

Ahora que ya no está es que no me reconozco.

¿Abrir con 1. c4? ¿Usar lombrices como carnada?

Las más mínimas verdades son un diario Serengueti.

 

¿En qué piensa el césped cuando lo ahoga la nieve?

¿Cómo come una sardina huérfana en Semana Santa?

¿A quién se le ocurre que unas letras

pueden sustituir a la presencia de lo que nunca habla?

 

 

 

17. CANCIÓN DE LOS MUERTOS

 

Existimos. Tenemos nombres.

Ocupamos un espacio en la tierra.

Otros son cenizas en el agua.

Alguno es una mancha de dolor en un recuerdo.

 

No podemos ver a los vivos,

ni hablarles o interceder por ellos.

Somos perfectos. No nos equivocamos.

Finalmente comprendemos en silencio.

 

Ya no tenemos hambre ni sueño.

Somos la salomónica hierba

y los errantes pájaros marinos.

 

Nada nos perturba. Somos incontables.

En la película diaria de los vivos

somos los créditos finales, y la música al inicio.

 

 

III. VIDA AJENA

 

 

PRUFROCK REVISITED

 

(A Miguel Veyrat)

 

Y ahora que nos vamos vos y yo,

cuerpo aún joven y dispuesto,

de esta edad en que la carne es débil,

aprovechemos un día más este sudor escanciado

en axilas y en besos,

mientras no nos preocupe aún la muerte.

No suframos por amar de menos:

cuando llegue por fin el día de ser

un macizo árbol de estaciones

llegará también nuestro aposento.

Ya jugamos a que éramos un día sin ocaso

y ahora el aire que lo mueve todo

nos tienta a ser más tímidos y calmos.

 

Eso explica, quizá,

porqué sufrimos tanto en este tobogán de días

bajo este sol que, encaminado a la tarde,

nos vigila, o en la noche triste en que las sombras

nos acechan. Cuando nacimos prometimos

cavar con uñas nuestro andar en el mundo

y terminamos siendo la trillada hoja en caída.

Pero mirá, cuerpo, ella también se mueve con todo.

Y al caer la hoja no muere el árbol. Paciencia, cuerpo,

mirá qué bien le hace el otoño a las cosas,

preparando el corazón para el reposo

como una oración aprendida. Haciendo de la vida

un péndulo ligero entre vapores de carne

y maderas de ansia.

 

Vámonos entonces, y no hagás preguntas necias.

 

Porque vos y yo sentimos a veces

que la noche es larga. Y que la noche

todo lo envuelve. Y que de día

nunca amanece. A veces sentimos

que los ojos son de humo,

que no nos pertenecen, y que están allí

para dibujar días grises. Y las manos también:

las manos a veces ni se sienten;

son como alambres rotos —mareas petrificadas—

que no cierran abrazos ni señalan caminos.

Los dedos, adormecidos, a veces

se esconden

y no dan abasto los guantes de la decencia

cuando lo único que queremos es atropellarnos.

 

Y aunque la carne sea lábil

vos y yo debemos preferirla, haciéndonos a la idea

de que morir gastados es morir de veras.

Porque qué inofensivo e inútil es el péndulo del cuerpo,

no como lo dibujó Leonardo, abierto,

sino prosternado como un tronco caído, militar, sin savia.

Qué inútil te resulta a vos

ver pasar el tiempo y no tratar de romper sus ejes

echándote a rodar por el suelo frío.

 

Para esto nacimos y ahora nos despeñamos,

dejando que la sangre nos lleve

un poco afuera, para probar del azar

y de los viernes (eso que algunos llaman vida).

Y, por si acaso, la muerte nos espera en la otra orilla

como la marea alta y puntual del tiempo,

ansiosa a veces o imposible en otras.

Pero la muerte no es para los que reposan

y se pasan las tardes entre helados y sombrillas.

La muerte no es para los que vacilan

entre crecer o seguir vivos.

La muerte, en última instancia,

es para los que trituran sus huesos

y los convierten en leña por si la noche desciende.

 

Y descenderá la noche, eso es un hecho.

Y estaremos viejos sosteniendo en la mano

pañuelos bañados en flema. Adormecidos

por tantas voces humanas,

atarantados por camas vacías.

El café nos hará recordar terrazas,

bolsas de papel antiguo y tardes de diciembre.

 

Seguiremos preguntando qué fue de todo esto

y pensaremos en los cuerpos

en tantos, tantos cuerpos

donde fue nuestra suerte haber envejecido.

 

 

 

GHAZAL

 

La memoria contiene un afán de realidad.

La memoria es deseo, como lo es la realidad.

 

Por calles que más que eso son recuerdos nublados,

detalles de una atmósfera, luz sin realidad,

 

imagino que invierno sería una palabra

más cálida que ausencia al hablar de realidad.

 

Las últimas señales del día en las paredes.

Amanece la noche. Duerme la realidad.

 

Lo que fue de la sed quedó en los vasos vacíos;

pero esta operación es tiempo, no realidad.

 

Como dos que se quisieron pero se cansaron

recogemos la ropa (hemos muerto, en realidad).

 

Nadie nos dijo cuánto durarían las cosas,

(durar, que nunca ser, es la vida, en realidad).

 

Cuando el último gesto es recoger en un saco

las horas infartadas de un día sin realidad,

 

no sé, algo queda renco y oscuro en los sentidos;

la vida no se apaga, pero sí la realidad.

 

Si pudiera ser fuego, ¿quemaría esta casa?

¿Podría restituir con fervor la realidad?

 

Lo único que existe es el teléfono ingrato.

La duda de si hay alguien ahí, en realidad.

 

“Aló, ¿habla Gustavo?” Esta vez diré que no.

Mañana no estaré y hablará la realidad.

 

 

 

HOY

 

Y Dios le contestó:

“Yo Soy el que Soy”

(Éxodo 3:14)

 

Ya ves, Yahvé, que yo no soy —ni seré—

como Tú, El-Que-Soy,

sino un tránsito que apenas quiso ser

y que mañana tal vez no será más

cuando le sume este abigarrado Hoy.

 

Sé que aquel que quise ser y nunca fui

apenas si se graduó como invención:

una ingenua proyección del devenir

que, como todos los sueños que soñé,

no es prescindible parte de lo que soy.

 

Apenas ayer yo era muy diferente,

por mucho distinto a lo que fui el día antes;

tal vez tanto como lo seré mañana

de este hoy de ahora que, por variar, me engaña

con este inédito juego del presente.

 

Lo de Hoy… qué bien haberlo sabido antes.

Pero nunca el Ayer sospechó el Ahora.

Ahora vivo mal recordando el Antes,

y me oprime hasta el temor ese Mañana,

porque el Hoy es un espejo que me embroma.

 

El Hoy, Elohim, qué pesado se mece,

qué cansado su tránsito hacia lo ido;

Elohim mío del que oí desde siempre…

 

Señor del Siempre, dejá ya que amanezca,

y dejá por fin que este humo sea aire.

Como ríos a la mar, que así es la muerte,

dejanos ir por este valle de dudas,

por pruebas y errores, sin Juicios Finales.

 

Pues ya ves, Yahvé, que cuando digo “soy”

sólo intento ser Tú en mi traje de Nunca:

ese paño de engaños que llamo “Hoy”.

 

 

SEMBLANZA DEL AUTOR:

G.A. Chaves (Costa Rica, 1979) ha publicado el libro de relatos Cuentos etcétera (2004), la novela Diario de Finisterre (2014) y los poemarios Vida ajena (2010) y Wallau (2016), publicado en México por Valparaíso. Ha editado la poesía selecta del costarricense Carlos de la Ossa y, como traductor, ha publicado la antología Fin del continente de Robinson Jeffers (2011), el poemario Bailando en Odesa de Iliá Kamínsky (2014) y, junto a Andrea Mickus, la novela Bitácora del SS El Señora Unguentín de Stanley Crawford (2014).

 

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