POEMAS DE ALFREDO FRESSIA

 

Presentamos una muestra del poeta uruguayo Alfredo Fressia (Montevideo, Uruguay,1948) pertenecientes a su más reciente poemario La mar en medio, los poemas vienen antecedidos por un breve comentario crítico del autor Horacio Carvallo. La mar en medio es su nuevo poemario. En Argentina sale por Editorial Lisboa, en Uruguay lo edita Ediciones Civiles Iletrados. Ambas ediciones fueron presentadas en abril, respectivamente en Buenos Aires y en Montevideo.

 

 

 

El prefacio de las dos ediciones, la argentina y la uruguaya:

 

 

Impromptu íntimo

 

 

Más de una vez imaginé la casa de Alfredo en São Paulo. No lo hice a partir de datos concretos entrevistos en algunos de sus libros. La armé a mi antojo: es una casa pequeña con ventana a la calle donde encorvándose un poco puede ver a los transeúntes. Descubrí el tono de las paredes, adornos de madera, monedas de dos países y libros apilados frente a una taza ennegrecida. Hay una imagen de Yemanyá sobre la puerta que me recuerda a unos San Jorge descubiertos en el mismo lugar de otras puertas que van a dar a mi infancia. Frente a la taza, Alfredo rumia un poema. Sin Juan, sin Jean, está más solo, y cada vez se siente más lejos también, como si la frontera de Uruguay y Brasil se desplazara en silencio, separando cada vez más un paralelo del otro.

Esa intimidad de puertas adentro, que pocas veces vivimos en los hechos –todos cambiamos cuando estamos delante de otro, sea este un amigo, un amante, un familiar-, es la del Poeta de este libro. Esa mar en medio, el camino entre el que era y el que es. Lo perdido, por un lado,  que se recupera en un asalto de los sentidos, nos lleva al lugar y nos vuelve a la taza frente a los libros, pero también lo que no se recupera, lo que está quién sabe dónde, sonando o disonando, en español, en portugués, en una mezcla de ambos idiomas. Cuando pensamos –piedad mediante- en esos hombres y mujeres que pierden la memoria todo es dolor para nosotros. Recuerdo, sin embargo, las palabras de la madre de mi madre que alguna vez me dijo que quería dejar de recordar porque continuamente la asaltaban recuerdos que la llevaban lejos para dejarla de un golpe ahí, delante de otra taza, delante de otra mesa. ¿Para qué tanto recuerdo? Se preguntaba. No hace mucho Alfredo me comentó que su abuela gallega solía decir: Cuando un problema no tiene solución, ya está solucionado.

A la sombra de Garcilaso de la Vega –¿o debería decir a la luz?-, fiel amigo de otro Juan (Boscán), el Poeta de este libro explora plantas –palabras, formas métricas- como el tan montevideano tamarisco, que resiste donde nacen el frío y el calor más extremos mientras camina  -como si caminara hacia su calle Marsella, o a la calle Libres de Juan Introini-  hacia ese origen de una Montevideo transformada, de un Instituto de Profesores que traen los sueños cada tanto, de amigos, y amores que lo llaman a los gritos y que se desvanecen cuando se detiene a mirarlos: Piel de la noche, diente de leche, polvo que vuela con el viento del mar, condolido de sí mismo por ser quien debe enterrar a sus muertos hasta que sea otro Poeta quien continúe esa carrera de postas que va a dar a la ceniza,  pero que mantiene vivas las palabras propias en la boca de los otros: Aquí yace el despojo de un poeta /Nació bajo un eclipse, fue extranjero/ nada os pidió, labró un Edén de ausencia/ y al fin reunió en la aurora a sus espectros. 

 

 

 

 

“La mar en medio y tierras he dejado
de cuanto bien, cuitado, yo tenía;
yéndome alejando cada día,
gentes, costumbres, lenguas he pasado.

 

Ya de volver estoy desconfiado;
pienso remedios en mi fantasía,
y el que más cierto espero es aquel día
que acabará la vida y el cuidado.”

 

                                               Garcilaso de la Vega

 

 

 

                  LA MAR EN MEDIO

“La mar en medio y tierras he dejado

de cuanto bien, cuitado, yo tenía;

y yéndome alejando cada día,

gentes, costumbres, lenguas he pasado.”

 

Te llama la sirena de los muertos,

te queman con su lengua de aguaviva,

con sus cuerpos de anémona y corales

la mar te los devuelve cada día.

 

Y los vuelves a ahogar otra mañana

yéndote alejando, los pies heridos,

taparás con ahínco tus oídos

e implorarás el mástil del olvido.

 

*

 

El Poeta no está adentro ni afuera

y aunque escriba cuartetos alegóricos

no han cambiado gentes, costumbres, lengua,

sólo la mar en medio lo condena

 

a grabar en la arena el último poema.

 

 

 

 

FRACASO

 

 

Llegó tarde el poema, la piedra

lanzada al azar del tablero, y pujaba al nacer

en la violencia de un volcán, el del basalto

en bruto, hecho oscuro adoquín,

era rosado el de granito,

adoquines de mi infancia

que no evocan nada

y el poema emanaba sin respuestas, cubría

el adoquinado, entre el futuro

y la calle Marsella, rocío

en las mañanas sobre la piedra que giraba

entre el blanco y el negro, sibila

de mi barrio, piedra rota

que ya no lee nada

en la lava endurecida del poema.

 

 

 

 

 

         

 LA TRAVESÍA DE LA MAR EN MEDIO

 

 

Fueron cuarenta días con sus noches.

No estuve en el vientre de una ballena,

nadé en el vientre de la mar en medio,

contaminada, sucia, con sus manchas

de óleo y odio y el dolor del oprobio

humano y animal, restos de un mundo

mordido por cardúmenes enfermos.

 

 

Fueron cuarenta días y cuarenta

las noches que velé en la mar en medio.

Vi la pobreza emigrante y en tierra

un asesino constructor de cárceles,

vi el ángulo de un astro en su declive

(y a veces, sólo a veces, digo, casi

la estrella inexplicable de un alivio).

 

 

La noche era de insomnio, el día amargo.

Vi flotar durante la travesía

los esquivos testigos de mi vida,

amor y desamor familia adentro

de la infancia y afuera el desamparo,

la soledad de la tinta, el poema

de un niño en bicicleta (fue en Piriápolis).

Vi el nacer del sexo y las esperanzas

que escurrían por el adoquinado.

(El niño que saltaba entre pretiles

continuó merodeando en azoteas).

 

 

Vi la pesadilla excavando el mundo

para que el mar desagüe en aquel sótano

desmantelado tras la voladura,

en la calle Marsella, en el Reducto,

el del hueso, huero, huecos de un huérfano

de ancestros y postreros, mar en medio

para atravesar como a una ordalía.

 

 

Días y noches en la marejada,

vi el orgullo de los triunfadores

y el otro, el mudo, el de los humillados,

vi que ese orgullo vuelto en rebeldía

ardía como la medusa, ardía

hecho poesía, sal sobre la herida,

para tragar toda la mar en medio

y cruzar una vida componiendo

este diario de viaje o un poema.

 

 

 

 

HORIZONTE

 

 

Más allá de los pinos está el Uruguay.
¿Y después?
Después vienen mis muertos.

 

 

 

 

 SOBRE LA PIEL DE LA NOCHE

 

Con Juan Introini y Jean-Francis, mis dos Juanes,

que ya no son de este mundo.

 

 

Me desliza la piel de la noche, soy arcaico

por nacimiento. Traigo conmigo el abismo aterrado

al borde de los astros y un planeta al acecho.

He visto mi perfil al carbón, la parte

sideral de la vida, tragada

en el agujero negro de los días

y yo escribía poemas buscando la salida

en el laberinto de los huesos.

 

Me desliza la piel de la noche, restos

de los cuerpos, mechones de cabello

como el de la cinta azul en la caja repujada,

el diente de leche engarzado en un anillo,

y perdido en cajones que daban siempre

al más allá, mis preguntas al polvo

gris que fue Jean, el que sostuve en mis manos

y que voló con el viento del mar.

 

Ya nadie leerá en mi mano los secretos

de las líneas como rutas, huellas, guías.

Cubre la piel de la noche

el polvo dulce de los muertos. Cubre

a Juan, la calle Libres, la de los paraísos

que entonces declinaban los días en latín, y yo los recito

desde los años 60. Y enumero los días

de salvar sanantonios, poemas, tréboles

para la buena fortuna, las cruces

de sal gruesa contra el mal de ojo.

 

Y la alarma del sexo que se erguía

sobre la piel de la noche,

el deslizarse suave del amor

que acababa y no acababa. Como los versos.

Como mi tiempo. Como hoy deambulo entre mis muertos

como astros y escribo

los últimos poemas, al fin la noche

abrupta de este mantra.

 


 

 

 

   IMAGEN DIGITAL

 

A Jean-Francis Aymonier, In Memoriam

 

En la última foto

beso tu cabeza, enorme

como la de un elefante

(hoy tu cabeza ya no existe más).

Estamos en la soledad de una sabana

(tampoco era el París de nuestra juventud)

Los dos sonreímos, incluso con los ojos.

Mi mentón está pegado a tu cráneo

y tu boca se cierra para respirar

por la traqueotomía.

Ya no esperamos nada, bramamos en el flash,

espléndidos como el orgullo

al borde del abismo.

(Mi boca mortal sigue deslizando

sobre la piel de tu cráneo)

El amor era un arte hecho de polvo y huesos

como nuestras tallas trabajadas en marfil.

Y hoy me resta este poema narrativo

(que apunta la escopeta a los recuerdos

y no acorta mi espera).

 

 

 

 

 

 

IPSA SENECTUS

 

                                                           Al mancebo de Cartagena de Indias

 

Cuando lo vi

me subí sobre los escombros de mi cuerpo, trepé

a la parte más alta como si subiera a un faro

y traté de iluminarlo como si mis ojos

no estuvieran condolidos, y brillaran,

repuse los bloques de granito de mis viejas

murallas, llené las partes vaciadas

con las historias de amor que no viví,

el secreto memorial de hombres que nunca me amaron

como si ahora sí pudiera abrirme a la vida

de ese hombre joven que me mira, se acerca

y va a abrazar a su amigo, el que llegaba

cuando yo encendí candiles como faros

y velé las mismas armas que guardo hace años

en la insidiosa humedad de mis almenas.

 

 

 

 

 

 SONDEOS

 

 

Pienso remedios en mi fantasía

…Amar a la dama del unicornio

o al mancebo de Cartagena de Indias,

el que abría su abrazo para otro.

 

Y fantasear con la farmacopea,

o esperar por el fin de los cuidados

ensayando cuartetos de un poema,

lleno de anhelos el papel en blanco.

 

Cesar la desconfianza y retornar

a una ciudad al Sur hecha de cera,

patrio museo de mi juventud,

 

beber el jugo de flores del mal,

ver brotar los sonetos de la tierra

y hallar la cura en los sueños de un albur.

 

 

 

 

 

CANDILEJAS

 

 

Es un hombre. Está

sentado en el muelle y mira la mar

como si la mar le prometiera una respuesta

o un consuelo.

Inmóvil, ve desfilar pasajes de su vida

sobre la línea del horizonte.

Se ve a sí mismo en la ilusión de óptica,

es una de las figuras trémulas de esa linterna mágica

o gira como una sombra chinesca.

 

Parado junto a una roca de la playa, un segundo hombre mide

el tamaño de la ensenada que los separa.

Para este, el primer hombre también es una sombra

chinesca sobre la línea del muelle:

no distingue sus rasgos y no imagina

qué historia se desliza en las escenas

-escurridizas como peces-

que el del muelle ve en el horizonte.

 

Un hombre mira a otro que mira el brillo del horizonte.

Distraídos ambos por las luces de la hora

tampoco sospechan que un día serán las siluetas

de un poema fantasioso entrevisto por un poeta venido de Uruguay

una tarde límpida al fin del otoño

junto a las rocas de la playa en Santos

mirando hacia el muelle de los pescadores.

 

 

 

 

TERRA INCOGNITA

 

                                    El tiempo es la imagen móvil de la inmóvil eternidad.”

                                                                       Platón

 

¿Añoras la mar que dejaste en medio?

Las ruinas nada dicen del pasado,

las ruinas sólo hablan en futuro.

 

 

Los restos de las naves que quemaste

navegan en tus versos, son sargazos

después del porvenir y su ilusión,

 

 

fatamorgana en que se sumergía

tu recuerdo averiado, y un destino

nacía en los vestigios del poema.

 

 

Laborioso fantasma en el ocaso,

construyes los despojos (son reliquias),

cincelas el escombro y labras piedras

 

 

amarradas al pecho del suicida.

Preparaste este verso endecasílabo

para hundirte suntuoso en el pasado,

 

 

y flotas en la elipse o el azar

de una estrella que gira en el espacio,

celeste conjetura del mañana.

 

 

 

 SOBRE EL AUTOR:

 Alfredo Fressia nació en Montevideo, Uruguay, en 1948. Es poeta y traductor. Enseñó letras francesas durante 44 años. Profesor de Literatura, fue destituido de la enseñanza por la dictadura uruguaya. Se instala entonces en São Paulo, Brasil, donde reside desde 1976. Ha ejercido la crítica literaria en medios de Uruguay, Brasil y México. Su obra poética ha sido traducida al portugués, inglés, francés, rumano, italiano, griego y turco. Su primer poemario fue publicado en 1973 y los más recientes en 2013, cuando completó cuarenta años de poesía. Sus poemarios más recientes son Poeta en el Edén (Montevideo/México, 2012, reeditado en 2016 Argentina), Cuarenta años de poesía (Montevideo, 2013), la edición bilingüe Clandestin (Harmattan, París, 2013) y Susurro Sur (Valparaíso, México, 2016).

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