Muñeco

dormido

Muñeco

“¿Recuerdas que un día, mirándote desnudo, dije que parecías un muñeco? Te veía, además de guapo, bonito, tierno, cálido.”
El hombre que hacía el amor con calcetines. Elvira Aguilar

 

Embestida, suspiro, embestida, suspiro.

-Ya me vengo-.

Suspira una vez más para el gran final y listo. Pedro se recuesta junto a su cuerpo, mirando hacia arriba, perdido todavía en el deleite de un orgasmo bien estudiado. Rita mira también al techo, pero su mirada es clara, no hay pizca de goce o desapego del mundo, sólo mira.  Cuenta las tablas rojas del techo: 14. Su color caoba comienza a borrarse y en su lugar surgen manchas rojizas.

-Ven, abrázame-.

Siente su brazo fuerte acariciando su espalda con vehemencia pero pronto pierde el movimiento y un ronquido lo confirma, se quedó dormido.

La primera vez que lo ve recuerda su cuento preferido.

Seguro que desnudo parece un muñeco-.

Su plática es divertida, sus modales desinhibidos y su carcajada contagiosa. Un par de horas después lo confirma, sus rasgos duros se relajan en la calidez de un cuarto oscuro y ante ella se yergue la imagen de un muñeco listo para abrazar y besar.

Cuenta las tablas como la primera vez que estuvo ahí: 1, 2, 3, no recuerda mucho de la primera noche juntos pero sabe que no sintió nada parecido al placer, 4, 5, 6, 7, la segunda vez se esforzó por alcanzar el éxtasis conocido en otros cuerpos y sobre todo en la soledad de su habitación, 8, 9, 10, tampoco sintió nada, 11, 12, 13, se prometió que volvería a intentarlo y que en caso de no alcanzar siquiera un vestigio de orgasmo lo terminaría, 14, lleva dos años con él.

Tiene frío. Lo odia a él y a su manía de encender el aire acondicionado. Odia a ese muñeco que se niega a soltar una sola gota de sudor teniendo sexo. Odia que siempre se olvide de poner una sábana para que ella pueda dormir tranquila. Levanta la cabeza, observa el ropero en la esquina de la habitación y piensa mentalmente en los pasos que tiene que dar para llegar ahí: 7; con 5 pasos más llega al baño. Si suma 11 pasos más a los anteriores llegara a la puerta.

Pero le gusta su forma de hablar de lo que ama, como se le iluminan los ojos al pensar en el futuro; el ceño fruncido que hace cuando ella habla de sus problemas o como es que siempre canta las canciones en voz alta. Adora que le cocine, su brazo fuerte alrededor de su cintura en las reuniones familiares y la torpeza que siempre muestra ante juegos de niños.

1, 2, 3, 4, el frío del piso le enchina la piel, 5, 6, 7, 8, primero el baño, 9, 10, 11, 12, cierra la puerta. Orina con los pies en el aire y se observa en el espejo. Entiende porque le gusta tanto verse reflejado en la intimidad del baño, la misma razón por la cual sigue haciendo las mismas preguntas.

-¿Te está gustando? ¿Ya te veniste? ¿Te gustó?-

Antes hacía todo lo posible por sentir algo. Paso horas explicándole que tocar, donde pasar su lengua, que apretar, pero siempre aparecía la pregunta que lo arruinaba todo, -¿ya mero? –

12345, sabana con olor a talco y ocre, 1234567, su olor. Lo mueve para hacerse espacio. Un ronquido y una flatulencia leve son la única respuesta. Se irrita. Gira su cuerpo para ver a ese pendejo que no es capaz de hacerla gemir ni una sola vez y lo odia como tantas otras veces.

Es que quiero saber cómo te sientes-.

-No, cabrón, lo único que te interesa es sentirte bien contigo mismo, el gemido que buscas sólo busca complacerte a ti, nunca a mí-.

Ha practicado millones de veces la forma en que lo va a dejar. Cómo pelearan. -Eres un bueno para nada-, le recriminará.

-Tú eres una frígida-, la herirá él.

Palabras que dolerán y de las cuales se arrepentirán. Se olvidarán con el tiempo, él encontrara a alguien que se acople a su cuerpo y ella recuperara el tiempo de placer perdido. Nunca más esas tablas rojizas.

Tal vez debería hacerle caso a Claudia y dejarlo sin más. Sin peleas ni explicaciones. Una ruptura limpia. Mira otra vez al techo. 23 pasos para llegar a la puerta y dejarlo.

-Mi Rita-, suspira Pedro.

Rita deja de contar las tablas y lo mira.

-Mi Rita-, repite con añoranza entre sueños.

Lo abraza, sonríe muy a su pesar y cierra los ojos con una idea clara: aquí el único muñeco atrapado es ella

 

Michelle Daniela Sánchez Patiño

 

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