La tía Ricardina

Por César Ruiz Ledesma

 

Presentamos el siguiente cuento del narrador peruano César Ruiz Ledesma (Lima, 1986). Actualmente estudia el MFA en Creative Writing en El Paso, Texas. Es autor del libro Estación perdida y otros cuentos. 

 

Alonso caminaba bajo una hilera de árboles cuyas hojas mustias caían en espirales. En otoño la tarde tiñe de agonía naranja las calles y el cielo. Podía oír el silbido del viento, su jugueteo agitando los arbustos de la berma y el rumor de una atareada avenida a lo lejos. Con las manos en los bolsillos y la vista perdida, se decía: Finalmente iré a ver a mi tía Ricardina. Desde que Raúl muriera no había ido a visitarla. Ya estoy cerca, pensaba, reconociendo las calles y el jirón que terminaba en la avenida Abancay, y caminando con la seguridad de lo impostergable.

Raúl, el hijo menor de su tía, fue encontrado en una casa abandona cerca al Mercado de Frutas y La Parada, refugio de indigentes y pródigos que no tenían dónde pasar las noches. Los vecinos se quejaron con la policía de un hedor insoportable que llegaba hasta el emporio comercial de Gamarra, pero a los oficiales no les importó indagar sobre el asunto y solo respondieron que en verano el hedor de la basura del mercado se estancaba en el aire por la canícula. Ya los gallinazos se encargarán de los desperdicios, dijo el comisario, paciencia. Y efectivamente eso pasó: un día las aves se hicieron con un botín de tripas y ojos, hecho que fue cubierto de inmediato por los canales de televisión. Raúl había sido la oveja negra de la familia, por quien su madre rezara tanto en las iglesias. A pesar de todo se comportó bien, al menos en lo posible dentro de su adicción, reflexionaba Alonso. Se había alejado de los suyos para no lastimarlos, intentando muchas veces la rehabilitación. Cada vez que era internado salía en poco tiempo por su buen comportamiento, pero en seis meses estaba de nuevo drogándose y terriblemente angustiado, con los ojos inyectados y el rostro demacrado, hasta que finalmente su corazón no resistió un triple de pasta, coca y marihuana que lo mantuvo cautivo cuatro días y un fatal amanecer. Alonso estaba convencido de que su sobredosis había sido adrede.

Su tía vivía frente al colegio el Buen Pastor, en una casa de dos pisos con un pequeño zaguán. La puerta principal, en la viga del quicio, tenía un pequeño alpendre de tejas que daba la sensación de encontrarse ya dentro de la casa. No ha olvidado que su tía Ricardina nunca cierra la puerta con seguro desde que sus hijos partieran. Aquí todos son bien recibidos, solía decir. Es por eso que puede traspasar el jardín y abrir la puerta de la sala. Adentro, el resplandor tibio del crepúsculo descansaba sobre sillones, mesas, sillas, anaqueles y portarretratos. Está durmiendo, concluyó ante el silencio. Subió de puntillas las escaleras al lado derecho de la puerta, cogiendo el pasamano de madera.

La encontró en su dormitorio, sentada en su mecedora de ébano bruñido, rendida al bamboleo que la arrullaba tiernamente. Tenía los bucles blancos sujetados por una cofia, algunos caían sobre su frente como toboganes de plata. Sus ojos, acomodados a sus cuencos cual gemas en un relicario, estaban separados por una nariz de tabique ancho que desemboca en dos sutiles orificios. Debajo de ellos una boca de labios delgados se dibujaba en su rostro ovalado. Vestía una bata floreada que le llegaba a las pantorrillas, y sus pies, en pantuflas, descansaban sobre los arcos de la mecedora. Alonso permanecía bajo el quicio. Tenía en la mano derecha la manija de la puerta con el cuerpo ligeramente inclinado, sin atreverse a entrar. Esa profunda paz le recordó a su abuela: de alguna forma ella vivía en las reminiscencias de su hermana, en la forma de sus manos, en su serenidad expresiva, componiendo un cuadro hermoso del hogar, donde, como en aquellos versos, lo único amargo y lejano era él. Conmovido, su vista empezó a humedecerse y a brillar cuando ella abrió los ojos. Sobreponiéndose al sueño, exclamó: ¡Hijo, soñé que venías! Se incorporó apoyando las manos en los brazos de la mecedora. Alonso se acercó a ella y dejó que lo abrasara con fuerza.

—Por qué no has venido antes, ingrato —le sonsacó mirándolo a los ojos, cogiendo con sus manos arrugadas su rostro lozano—. Esta es tu casa.

—Sí, tía. No sabes cuántas veces me repetía Esta vez iré donde mi tía Ricardina, pero no podía cambiar mis planes; algún deber o quehacer de última hora me obligaba a posponer mi visita.

—Siempre hay tiempo para una vieja como yo.

Cogida de su brazo, con su lentor andar, salieron de la habitación.

En el comedor le sirvió una taza de café y le invitó galletitas. La conversación tomó rumbos diversos, aunque siempre hacia la persona del sobrino. Era mejor escarbar el futuro que remover los mohos de un pasado y una suerte ya echada. Luego sucedió lo inevitable: se mencionó a Raúl. Queriendo aliviar su dolor, la tía Ricardina dijo, con cierto arrebato en el rostro: Así es la vida, hijo, los años pasan y al final no queda más que cruzar los brazos y esperar a la pelona. Alonso sonrió y dijo que no había que ser tan trágicos. El paso del tiempo también concede alegrías. De noche, y a la tercera taza de café, tuvo que irse, prometiendo que vendría a la semana siguiente. Ven que te preparé tu plato favorito, dijo su tía, despidiéndolo en la puerta.

Aquella mañana, luego de siete días, la tía Ricardina se levantó como de costumbre a las seis en punto. Le preparó el desayuno al guachimán de la calle, quien a las once hizo un alto a sus labores y fue al mercado a comprar lo que le encargara. Alonso, mientras tanto, estaba en la biblioteca. Sería una jornada fuera de lo común, pues como almuerzo tendría un banquete. Interrumpiendo su lectura, se dijo que había sido un tonto, cómo no fue antes donde su tía querida. Visitarla de niño era una de sus actividades predilectas. Le gustaba perderse en las habitaciones de la casa, jugar a ser adulto vistiendo ropas que le parecían fúnebres e imitándolos en sus reniegos frente al espejo, mientras sus padres lo buscaban tras las puertas y al interior de los viejos roperos. Degustar los platos preparados por su tía Ricardina era lo mejor de la jornada, su inapetencia pueril sucumbía a exquisitos ajíes con gallina y lomos saltados. Su platillo favorito era tallarines verdes con una lonja de bistec jugoso. De todas las hermanas de su abuela ella era quien mejor cocinaba. Y es que, como solía decir, su sazón era de una limeña auténtica, nacida y criada en Barrios Altos, heredera del criollismo de Felipe Pinglo, Buenaventura y Villalobos. Pisco, guitarra y cajón nunca faltaban en los festejos de los cumpleaños, acontecimiento que convocaba a diversos artistas, poetas y cantantes, y a algún personaje político. La cuadra entera no olvidará el día de su cumpleaños número setenta, cuando despachara ollas de arroz verde y fuentes de ceviche en plena avenida Abancay, para todo el que quisiera ser parte del festejo. Alguna vez un viejo amigo suyo, seducido por el recuerdo de aquel onomástico, le sugirió abrir un restaurante, pero ella rechazó la idea diciendo que el secreto de su cocina se quedaba en casa y que, además, tenía miedo de hacerse millonaria.

A la una de la tarde la comida estuvo lista. La tía Ricardina, con la predisposición de siempre, descascaró las papas amarillas y sirvió arroz en una fuente. En un plato de porcelana, sobre dos rodajas grandes y peladas, vertió la crema con el pollo deshilachado. Ya está, dijo en voz alta cuando la puerta se abrió y apareció Alonso. Se dio de bruces con la fragancia de la comida y con la imagen, de otros tiempos, de su tía tras un delantal blanco, rodeada de ollas y cacerolas. La saludó, dejó su mochila sobre una silla y fue a lavarse las manos para sentarse a la mesa. La tía Ricardina regresó de la cocina con dos platos servidos. No eran sus adorados tallarines verdes de siempre, pero aquel platillo había salido, de igual manera, de las manos de su tía. Estaba listo para el viaje, para llenarse la boca de recuerdos y sentimientos lejanos, quizá olvidados, que aflorarían por medio de su paladar y lo harían pequeño otra vez: volverían de la muerte sus abuelos y al vigor de sus días primos y tíos. Humea ante él la comida. Con solemnidad coge el tenedor y el cuchillo, prensa las hilachas de pollo con la crema de ají y una papa amarilla sancochada. Van rumbo a su boca.

—¿Te gustó? —preguntó su tía, dirigiéndole el rostro lleno de arrugas.

—Está delicioso —contestó Alonso luego de tragar el primer bocado—. Cómo pude privarme de algo tan rico. Debo venir, al menos, una vez por semana —finalizó repentinamente apenado.

—Ojalá así sea, hijo.

Pero no volvería más. A los pocos días ensayaba versos en un cuaderno cuando le avisaron que su tía agonizaba en el octavo piso de un hospital. En la tarde, a la caída del crepúsculo, su habitación había sido desocupada y su cuerpo yacía en el velatorio, a la espera de sus hijos. Ahora, ya de noche y entre las distintas personas que habían ido a darle el último adiós, Alonso la observa a través del cristal del féretro, ataviada con sus alhajas y vestida con sus mejores prendas. Como cuando dormía aquella vez en la mecedora, la paz se ha posado en su rostro marchito. La familia y algunos amigos cercanos permanecieron hasta las doce en el velatorio. Pasada esa hora, solo los hijos de la doña se quedaron. Al día siguiente, en las afueras de la ciudad, se dio el entierro.

Alonso despertó a las nueve de la mañana. Leyó una novela de Dostoievski hasta la una de la tarde, momento en que un personaje —una condesa que se volvió mendiga— le recordó a su tía Ricardina. No estaba triste, ni siquiera apenado, pese a la importancia que ella había tenido en su vida. Y es que el dolor de su partida comenzó antes. Con la primera gleba que el azadón arrojó sobre el cajón de caoba, recordó que el día de su visita la encontró distraída y cansada, con pantuflas y una bata rota y desteñida, prendas que nunca se ponía y que detestaba. Recordó, también, que tiró al suelo un plato de porcelana, que no sabía quién era cuando se presentó en su cuarto, que lo llamó Raúl y luego lo trató con indiferencia como si fuera un extraño. Finalmente, la sintió irse el instante mismo en que degustó el platillo servido: había perdido su sazón, no le desató su hambre voraz de días pasados, tampoco lo inundó de sensaciones y recuerdos, descubriendo en cada opacidad de su persona el heraldo aciago de la muerte.

 

 

César Ruiz Ledesma (Lima, 1986). Estudió Derecho y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú, de donde se licenció con su tesis sobre el poeta peruano César Calvo, Un real maravilloso contestatario en Las tres mitades de Ino Moxo. Ganador del concurso de ensayo Vamos a Leer del 2010, evento organizado por su alma máter, desde entonces ha publicado artículos de literatura, poesía y cuentos en diversas revistas. Su ponencia sobre el poeta y narrador Manuel Scorza, “La impronta de Manuel Scorza”, fue publicada en el libro homenaje a tal autor durante la Feria Internacional del Libro 2013, en Lima. El cortometraje de cine G, en el que trabajó como guionista, ganó el concurso The 48 Hour Film Project 2015, año en que apareció su primer libro de relatos Estación perdida y otros cuentos. Actualmente cursa una maestría de escritura creativa en The University of Texas at El Paso.

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