Eros Alesi: la historia del Ícaro italiano

 EROS ALESI: LA HISTORIA DEL ÍCARO ITALIANO

MIRANDA GUERRERO

 

 

Eros Alesi  nació en Ciampino (Lazio) en 1951. Se suicidó en Roma en 1971. Su cuerpo fue encontrado el 31 de enero del mismo año a las afueras del Muro Torto, ahora ruina conocida por la aparición de fantasmas y turistas borrachos a medianoche. El muchacho no pasaba de los diecinueve años de edad. Tenía una cara regordeta, casi infantil y un par de ojos tristes que lo hacían irresistible para las ragazzas.

Joven y de sangre melancólica, el poeta principió su inmersión en las drogas como un método de autoconocimiento y abandono, mas la curiosidad con la que había iniciado su viaje se volvió eterna. Los estupefacientes le habían tomado mucho cariño, tanto que le pidieron que los acompañara hasta la muerte. Sin embargo, años después se conocería la voz de Eros Alesi como una de las más auténticas de su generación, comparado con otros poetas malditos, como Rimbaud, Baudelaire y Verlaine. 

La infancia del escritor italiano constituyó un caos. Fue concebido durante los años cincuenta, período no tan alejado del término de la Segunda Guerra Mundial y las atrocidades provocadas por el Holocausto. Respecto al escenario que encaraba la poesía en esos momentos no hay que olvidar la sentencia de Theodore Adorno: “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie” (Adorno, 1984: 248). El escenario resultaba tan agobiante que el génesis de nuevos hombres y mujeres capaces de ver la belleza en el mundo era sólo un sueño. Aunque el filósofo alemán se equivocó al creer que ya no habría más poesía. El caos no era la madre de ningún hombre o mujer, pero de un poeta sí. La historia del Ícaro italiano comenzaba a escribirse.

Eros Alesi empezó sus primeros años de vida entre la violencia y el vértigo. Su padre, un hombre alcohólico y cruel, puede ser comparado con  la figura clásica de Dédalo, famoso por haber construido el laberinto de Creta y haber tirado a su sobrino Talos de lo alto del templo de Atenea. Tal vez fue desde ese momento que el destino del niño poeta había sido marcado, pues las alturas fueron lo último que lo impulsó a morir.

No pasaba un día sin que el padre diera una paliza al hijo. De esta manera, Eros Alesi empezó a acercarse a los brazos de la muerte o al menos a los laberintos que su progenitor construyó. La madre, una mujer débil y sin voz, no tuvo suficiente ahínco para marcar un hito en la historia del niño indefenso. Tanto así que años más tarde, el poeta maldito italiano encontraría el consuelo y afecto en una madre más bondadosa y a la vez más letal: la morfina.

 Aún así, antes de precipitarse a su trágico desenlace, Eros Alesi hizo un intento por reivindicarse y escapó de casa. El día en que sucedió dicho acontecimiento no tiene una fecha exacta, ni siquiera un espacio en las memorias que el joven guardaba entre sus notas. La omisión de aquella fuga puede deberse a un deseo de generación espontánea o lo sublime que guarda cada rebeldía adolescente. Cansado de notar el morado entre sus manos, cara y piernas, Ícaro decidió realizar su primer vuelo. El sol se veía más brillante que nunca y los laberintos de Dédalo resultaban cada vez más falsos y pesados. Era muy difícil soportar su carga.

Si en un principio Ciampino le había parecido un lugar inmenso, ahora le recordaba un grano de arena que guardaría en sus zapatos, por si alguna vez que se le ocurría regresar a pie. Mas poco duro el encanto del paraíso y como un Dante sin su Virgilio, Eros Alesi cayó en los vicios de la ciudad.  No había sido casualidad que la Divina Comedia fuera escrita por un italiano, Roma era el infierno.

Durante los años 60’s  y principios de los 70’s,  la capital de Italia no sólo había emergido como una de las fuentes de cultura más importantes, sino también por el desenfreno que provocó  la adoración a las estrellas de cine. Fue también este período en que emergió la palabra paparazzi, que proviene de plaga, y hacía alusión a los hombres que perseguían a las actrices y actores para tomar fotografías de ellos. Cada flash e imagen significaba una remuneración exorbitante de dinero. Los requisitos para poder capturar a la estrella no eran específicos, podían ser atrapados en una caminata hacia la piazza o en los brazos de un amante desconocido. Lástima que ninguna de esa atención logró captar el verdadero astro; mientras en la zona acaudalada de Roma uno tenía la posibilidad de encontrarse a personas de la talla de Brigitte Bardot, Eros Alesi moraba entre las zonas más paupérrimas de la urbe con los capelloni, una comuna hippie.

La interacción con las drogas, cocktailes alucinógenos y cualquier tipo de estupefacientes no se hizo esperar. Acostumbrado a los laberintos de su padre, Ícaro no dudó en sumergirse entre sus propios demonios. Si en un inicio su padre había sido el constructor de sus adversidades, ahora Eros Alesi era el propio arquitecto de sus pesadillas. El alma del poeta italiano pedía el autoconocimiento que su familia le había negado. Buscaba la salida del laberinto y, convencido que con la morfina conquistaría los cielos, batió sus alas por última vez. Ese día sucedió el 31 de enero de 1971 y quienes encontraron su cuerpo, no pudieron dejar de recordar el sol de Roma. Estaba tan brillante, que parecía que el infierno había llegado al cielo.

 

 

Bibliografía

 

Adorno, Th. W., Crítica cultural y sociedad. Madrid: Sarpe, 1984.

 

 

Sobre la autora: 

Miranda Guerrero Verdugo nació el 27 de abril de 1993 en la Ciudad de México. Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UAM Iztapalapa. Su carrera artística resulta ecléctica, pues se ha dedicado tanto a dramaturgia, narrativa, poesía y la creación de collages. Entre los talleres y profesores que han servido para su formación destacan Raúl Renán, con quien realizó un proyecto de poesía sonora y Marina Porcelli, profesora de narrativa con la cual tomó clases. Ha publicado en diversas revistas electrónicas como Círculo de Poesía, Digo.palabra.txt y Otro páramo.

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