Carrusel

Por José Durango

La abuela me llevó un día al mercado para que le ayudara con las bolsas del mandado. Prometió comprarme una cosita dulce. Pensé en un caramelo de los que venden en las ferias, redondones sabor peppermint, tan grandes que te tapan la cara. Pero solo fue un paquete con seis mandarinas.

Pelé una mandarina cuando nos subimos al autobús, para que la abuela no pensara que no me había gustado la cosita dulce que me compró. Entre cáscaras y gajos una voz quedita me dijo desde el pasillo…

––¿Quieres que te lea un cuento…?

Era una señora con sonrisa y unos ojos que decían como “¡Dale, dale ahora te toca decir que sí…!”

Mi abuela le fue cómplice a la señora, porque también sonrió como diciéndome “¡Mijo dígale que sí…!” Apuesto que, si fuera un buhonero, insistente en vendernos un caramelote, hubiera disimulado entreteniéndose con el paisaje sin sacar los ojos de la ventana.

La señora congeló la sonrisa. Acercándose un poquito me dejó ver la primera página y el título del cuento era Carrusel. Ella siguió en pausa como los que hacen mimos en la avenida central, esperando que le eches una moneda en la latita para arrancar su show.

Sonreí solamente por cortesía, pero la señora sintió que le di permiso para leer. Su voz me hacía hormigueo en la barriga como cuando vas de bajadita en una montaña rusa. Sentí que mi puesto se convertía en un vagón, paseándome por las alturas con una brisa rebotando en mi frente que hasta me hacía achurrar los ojos. Por ratitos me dejaba caer al vacío, sacudiendo mi panza con cosquillas que me hacían darle sonrisitas de nervio. Era como si ella cantara, pero solo estaba leyendo.

Las páginas que sostenía la señora comenzaron a oler a peppermint y su reloj de mano se transformó en un carrusel caja del tiempo. Las manecillas se extendieron como largos brazos de un grillo gigante, con muchos dedos en forma de números. Me hacían cosquillas y las multiplicaban por la tabla del doce en todo mi cuerpo.

La correa del reloj de la señora se desprendió de su brazo convirtiéndose en un tobogán de chocolate. Los súper brazos de manecillas del reloj me alzaron para dejarme caer sobre el tobogán. Allá iba deslizándome de cabeza relamiendo chocolatina.

La voz de la señora cantaba en el carrusel al igual que todos los niños que estaban dentro. La canción me hacía bailar sin tener pena y dar piruetas como los que salen en los circos.

Varios números del uno al doce me vistieron con ropas de muchos colores y festejaron mi llegada.

––¡Es la hora del niño feliz!  ––gritaban sin parar.

Todos los niños se formaron como en batallón, dieron una marcha en círculo y gritaron a coro…

––¡Clock, clock y clock. ¡Viva el niño nuevo!

Todos los niños corrieron a sentarse sobre las manecillas del reloj después de la marcha. Para mí tenían un puesto especial en el centro, donde se unen el segundero, minutero y horario.

––Prepárate para la vuelta de la felicidad ––me dijo el número doce al oído.

Todo empezó lento al son de clock, clock y clock. Pero luego se fue tornando rapidísimo, a la velocidad del micro segundo. No me mareé, ni me dio ganas de vomitar, solo reía y reía.

Los colores se fugaron de todas las ropas de los niños y formaron un remolino con los tonos del arco iris donde yo estaba sentado. Las risas de todos los niños se unieron en lo alto del remolino y los colores se pusieron relumbrantes.  En eso apareció un pájaro cucú. Tomó al remolino como un cono azucarado para barquillo, picoteándolo en la punta de abajo. Lo colocó en mi boca y todas las risas estallaron en mis labios. Hasta me hicieron llorara de tanta risa.

––¡Ríe niño nuevo, ríe es tu hora feliz!  ––dijo el pájaro cucú.

Poco a poco los colores regresaron a las ropas de todos los niños y las risas a sus bocas. Las manecillas del reloj me devolvieron a mi asiento en el autobús.

––Y así el carrusel le regaló al niño una sonrisa nueva. ––fue la última oración que leyó la señora cuenta cuentos y se bajó del autobús.

Acerca del autor:

José E. Durango Polo.

Nació en la ciudad de Panamá el 21 de septiembre de 1975.  Graduado de la Universidad de Panamá en Licenciatura en Contabilidad. Cursó Diplomado en Creación Literaria en México D.F., en la Escuela de la Sociedad General de Escritores de México – Sogem y la Maestría en Creación Literaria Bilingüe en la Universidad de El Paso Texas, USA. Ganador del Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró 2010 Panamá, sección teatro con la obra Ñinga culpable. Premio Nacional de Literatura Infantil y juvenil Carlos F. Changmarín 2015 Panamá, obra Extra bum bum y otros cuentos.

administrador Marcapiel

Creemos en las artes como un medio de expresión plural y responsable.

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