Apertura Prekova

 

Iva Prekova

Cometo errores…

¡Luego existo!

Javier Tartacower

Durante una límpida mañana de primavera en perfecta armonía con los rojos rosales y las mariposas azuladas se llevó a cabo mi unión con la hermosa Iva Prekova en la iglesia ortodoxa de San Macario, el piadoso, en la zona aledaña a San Petersburgo.

 

Transcurrido el primer mes de tan encantadas nupcias, súbitamente mi tierna mujer enfermó de un extraño mal, enfermedad a la que docenas de experimentados doctores de toda la faz de la tierra imposibilitados, alzaban sus hombros sin saber de qué afección se trataba. Los días y sus sombras trascurrían sin que el llanto consolara semejante desdicha. Me mantuve sin dormir o comer por largas jornadas junto al cálido lecho de mi moribunda felicidad observando cómo su dulce hálito se iba consumiendo. Cortesanos preocupados por el estado taciturno que presentaba, me dieron a beber un fuerte láudano que hizo dormitar parte del cuerpo.

 

Entre sueños, me pareció ver a un ser oscuro y tétrico. El cual, entre sus manos sostenía un utensilio de labranza que lentamente se aproximaba al tálamo de mi romance. Sobresaltado de inmediato supe de quién se traba aquel invitado indeseable. Me incorporé con cierta torpeza y me franqueé sin temor a su lado izquierdo.

 

Durante la entrevista se resistió a responder pregunta alguna, su cara amarillenta y flaca ignoraba completamente mi presencia. Insistí con las interrogaciones, a lo que aquel ser encorvado quitándose la capucha respondió  con un tono sarcástico: “No me quites el tiempo importuno mortal, no ves que hay alguien a quien tengo que llevar a mi reino.”

 

Me hinqué y le dije ser una persona adinerada que podía darle toda riqueza si así lo deseaba, incluso le ofrecí mi vida a cambio de la de ella. Sin responder, sólo se escuchaba junto a mis lamentos el balanceo de su filosa guadaña con su enorme hoja larga y curvilínea que esperaba ser usada para sajar el hilo de la vida de mi preciosa esposa. Sin poder hacer nada más, hincado le imploré con humildad su misericordia.

 

El instrumento para segar interrumpió su péndulo repentinamente, y de la mano derecha, al abrirla, la peste sacó una hucha de oro en la cual vertió polvo grisáceo que no logré saber de qué se trataba. Sólo inferí que ya todo estaba perdido.

 

El exánime ente, sin soltar la pequeña caja metálica, a grandes pasos se dirigió a las puertas de salida de la casona. Dentro de su recorrido, la cadavérica tomó una postura vacilante, cesó sus ávidos pasos y fijó su apagada mirada en el tablero ruso del siglo XIV que se posaba sobre la pequeña mesa hindú con sus delicadas unidades labradas en colmillos de morsa; listas para el combate, permanecían formadas con una alineación perfecta representado un bando al ejército cosaco y las negras a las hordas tártaras con sus trajes tradicionales. La muerte, sin dudarlo, con sus huesudas y puntiagudas manos alzó una figura sin ninguna dificultad como se pensaría. Mientras observaba los detalles resaltados del Zar con los brazos cruzados con su cota de mallas entrelazadas, escudo y espada preguntó sobre la propiedad del juego. Confuso, le respondí que era un regalo de bodas por parte de los abuelos de Prekova perpetuando una añeja tradición que consistía en dar el ajedrez a la niña mayor y primogénita de la familia a la hora de desposarse.

 

La parca rió pausadamente y dijo que existía una forma de rescatar al ser amado de su poder. Aguardé en silencio estático sobre la incógnita de tal posibilidad. Aquel marchito ente parecía meditar en lo que me observaba detenidamente de pies a cabeza. Me impacienté y pregunté, bien ¿De qué se trata? Ella sin interés respondió. Tengamos un frívolo pasatiempo. Un duelo de ajedrez con consecuencias simples, si ganas te devolveré a tu adorada, pero si pierdes, a ti también te llevaré. Perplejo y asustado, acepté su propuesta pues mi vida ya estaba agonizante.

 

“Pero hay algunas condiciones que debo decirte,” la pálida calavera replicó, la confrontación se desarrollará en el panteón de San Basilio, el bienaventurado, sobre el féretro de mármol blanco que pertenece a la duquesa Romanovna Zajarin Yuriev, al punto de las doce, al sonar el campanario del día de mañana. Un sólo juego, una sola noche, un solo lugar y un único triunfador.

 

La parca posó sus ásperas falanges en mi hombro y me dijo con voz hueca que no fuera a olvidar por ningún motivo el tablero de ajedrez en bajo relieve con sus artísticas figurillas. No supe en qué momento mi contrincante desapareció de la  habitación con la misma impavidez con la que había aparecido.

 

Al día siguiente por la noche anduve por los apartados caminos que conducen al camposanto ciñendo con ambas manos el invaluable pasatiempo. Llegué al cementerio y a la cripta indicada; su base estaba tan límpida que se reflejaba la luz. Preparé el tablero encerado y coloqué de forma casi litúrgica cada una de las piezas. Inicié con las torres de coloridas incrustaciones, luego con los obispos de cuencas brillantes y así consecutivamente hasta terminar con los valiosos peones con lanzas, banderas y pendones. Al punto de las doce de la noche campanadas a lo lejos se escuchaban sonar, volteé a ver si localizaba su procedencia pero no puede adivinar, al volver mi cara al tablero, allí estaba ella, imponente, cubierto con su negro hábito y sosteniendo su inseparable guadaña.

 

Esperé a que ella diera las indicaciones, movió su cráneo y con un gesto lúgubre me cedió la apertura, lo cual internamente agradecí, ya que en mis épocas de bachiller había ganado el campeonato escolar con la utilización de las fichas blancas.

Antes de iniciar la partida, de la tumba en donde estaba, salió un espectro que con su violín ejecutaría una apasionada danza macabra hasta el fin de la confrontación.

 

Me concentré antes de iniciar la apertura; hice algunos cálculos y traté de recordar elementos que me produjeran alguna ventaja. Buscaba la mejor jugada y continuar con un plan razonable. Inicié una partida predominantemente agresiva. En el desenlace del enfrentamiento mis nervios me traicionaban. Sudaba como nunca antes, adiviné que mi anfitrión sabía lo que me pasaba pues de su boca se notaba una sonrisa fúnebre. “Apúrate humano, que el alba está por llegar” me recordó aquel espanto con su profunda y grave voz.

 

En la tabla las fichas se encontraban distribuidas en la siguiente posición: Rb a4, Tn b2, Tn b8, Ab c6, Pb f 6, Cn g3, Pb g6, Rn g8, Tb h1, Cb h3 y Tb h4. Todo fue tan lento pues aprendido antes la prudencia previne jugadas demasiado deprisa. Así desembocó nuestro fatídico encuentro: el blanco mueve la Torre a h8, el Rey en jaque captura, el Caballo va de h3 a f6 con jaque, el Rey regresa a g8, segunda entrega de la Torre en h8, el Rey la toma de nuevo, con lo que el Peón mueve de g6 a g7 logrando dar jaque, el Rey una vez más regresa a g8, y ahora muevo el Alfil a d5 produciendo el anhelado jaque mate.

 

Entre sueños escuchaba voces desafinadas e incomprensibles, hasta que después de un largo rato, mientras mi mente dispersaba la confusión, abrí pausadamente los pesados parpados hasta lograr reconocer el cuarto. Miré hacia toda dirección temeroso hasta encontrarme con el bello tablero de ajedrez que se situaba a mi lado con sus treinta dos piezas regadas y junto al Rey blanco una minúscula arca de esplendoroso brillo que permanecía abierta. A través de la puerta de cedro continuaban mis sirvientes con sus gritos: “¡Venga! ¡Venga pronto señor! La dama Iva se ha recuperado, ¡la dama está viva!”.

Ivan Medina

administrador Marcapiel

Creemos en las artes como un medio de expresión plural y responsable.

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