POESÍA SALVADOREÑA: WALTER AQUINO MENÉNDEZ

Presentamos como parte de la muestra de Poesía Salvadoreña Actual que prepara nuestro editor, el poeta Alberto Lopez Serrano unos textos del escritor Salvadoreño Walter Aquino Menéndez 

 

 

Ahmud

Teníamos todo lo necesario
El camino de cardos
Suficiente ganado.

Yo vivía en Alepo
Estaba asistiendo al segundo grado
Y papá jugaba por las tardes con nosotros.

Luego vino mi hermano
Poco antes de la guerra
Con herrumbre entre los brazos
Y se llevó a mi padre.

No pude hacerme cargo de la huerta
Ya nadie dio de beber al ganado.

Y una noche
Las acequias se inundaron de sangre.
Hoy nos han traído aquí

A las orillas del Rin
Y no tenemos nada más que hambre y frío.

 

 

 

 

Detención

Las manos sobre el cuello siempre llaman la atención
Un poco más que las rodillas luxadas
O el rostro encubierto de cuatro policías.
Y esa forma de yuxtaponer dos carropatrullas —culo contra cara—
Opaca al nissan gris con las puertas como albatros
al final de un largo vuelo.

Nadie se pregunta lo que pasa
Las manos en la nuca solventan más allá de toda duda
Las piernas bien abiertas y el rostro oscurecido
Disparan a quemarropa las respuestas.

El tráfico lento se detiene a mirar
sobre la boca de una calle.
Alguien intentó robar un auto
Secuestrar a alguien
Pasarse un alto
No pagar una factura
O simplemente huir en la ciudad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Asilo

Vive un hombre en Turingia como una higuera rota
Como rama de olivo sumergida en el Werra.
Ha extraviado la vara
Que guió su rebaño
Por el monte escarpado
De su ayer pastoril.

Vive un hombre en Turingia que no suelta la escoba
Mientras barre te cuenta de la guerra civil
La peor de las plagas
Que diezmó a su familia
Y redujo a escombros
Su heredad ancestral.

Un inmigrante vive en un centro de acogida
Y barre todo el tiempo la entrada del lugar
Aunque nadie se lo pida
Aunque no es necesario
El hombre barre a diario
Por conservar su dignidad.

Un sirio
Un eritreo
A quien nadie da trabajo
En el centro de Turingia son higueras rotas
Ramitas de olivo sumergidas en el Werra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Luz en la cortina

La tarde es un perro al otro lado del cristal
Con un charco de luz en el hocico.
Con su cálida lengua
Viene a lamer la herida en mi ventana
Viene a impregnar su vaho sobre el vidrio
Su cansino bostezo en mi reflejo.

Una luz estancada en la persiana
Revela el polvo
Guía a los sabuesos
Allí donde se oculta la memoria.

Como indistinta sombra
La tarde se agiganta.
Y el recuerdo exhumado por los canes
Se lía en sus finas hebras
Como una telaraña.
Como un musgo de culpas
Y dulces florescencias
De tardes olvidadas.

La tarde cuyo único movimiento
No nos permite nada
Con su último reflejo
Nos manda sus sabuesos
Para desenterrar nuestros recuerdos
Y sumirnos en la nada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Presencia I

Por un momento
Mi casa se ha quedado sola.

Sus ojos
Como radas de luz iridiscente
Se lamentan del musgo y el invierno.
Su oído como el ámbito del polvo
Escucha a los insectos henchirse de su savia.
Su tacto omnipresente en el silencio
Sondea los cristales de fotos y alacenas.

Mi casa
Da un respiro en nuestra ausencia.
Levanta las cortinas
Y observa el clamor de las copas de los árboles
Obsecuentes al viento y a la lluvia.

Cuenta los intervalos de sombras
Que la surcan
Esperando se trate de alguno de nosotros.

Mi casa en sus cimientos
Resguarda la ceniza de la espera
Para murmurarnos por la noche sus secretos
Cuando todos hayamos regresado.

 

 

 

Insomnes

Cierta noche los murciélagos se cansaron de chirriar
Los grillos abdicaron de llamarse unos a otros
Los ratones no musitaron más.
Las cosas sueltas dejaron de caer para asustarnos
Se apagó el rumor eléctrico del refri
Las puertas y las gradas no crujieron deshinchándose del día.
Cierta noche las camas dejaron de gemir
Y de roncar
Y de dar vueltas en el roce de las sábanas.
No hubo maullidos
Ni basureros cayendo de rodillas en el patio
Ni desafortunados ladridos en calles desoladas
Ni siquiera el parpadeo de una luz o el choque de unas alas contra el foco.
Cierta noche en la casa de al lado nadie vio la tele a altas horas
No hubo vituperios ni trastos rompiéndose
Ni motores
Ni noticias de una llave sigilosa y el crepitar de las bisagras.
Fue una noche de silencio incomprendido
En la que todos despertamos y nos pusimos a gritar.

 

 

 

SOBRE EL AUTOR:

Datos

Pseudonimo: Fabriccio Odonio Baul

Nombre: Walter Francisco Aquino Menéndez

Documento Único de Identidad: 04175117-3

Residencia actual: Colonia las Delicias, Casa 65, San Marcos, San Salvador, El Salvador

Edad: 29 años

Fecha de nacimiento: 13/10/1989

Nacionalidad: Salvadoreño

Ocupación: Empleado y Estudiante de Ciencias Jurídicas en la Universidad Nacional de El Salvador.

Telefono: 50370986819

walterfabriob@gmail.com

 

 

En cuanto a mi biografía literaria. Mis cuentos se han publicado en las revistas, Ariadna rc (España) Ciudad Absenta (México) y Cinco Centros (México) dos cuentos en Revista Literatos de El Salvador, dos poemas en Revista Monolito (México) y recientemente un poema seleccionado para Antología latinoamericana de poesía de la Editorial Casa Verde (México) y un poema publicado en la Revista Cultural El Coloquio de los Perros  (España), tres poemas publicados en Revista Literaria Letralia Tierra de Letras (España), cuatro poemas publicados en Revista Literaria Aquarellen (Chile-España). Actualmente coordino el taller pro-difusión y producción literaria de la Universidad Nacional de El Salvador y el taller literario Cutacuzcat de la Casa de la  Cultura de San Marcos, Seis poemas publicados en Revista Almiar (España). Un poema publicado en la antología El Vuelo del Flamenco (España).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde una mesa a la sombra

 

Un día como una hoja enrojece y se agrieta
Alguien me saluda y ni siquiera lo recuerdo
Hay hechos
E intrigas
Que ciertamente no nos hunden

Palidezco como el hombre de los castings
Tras largas horas de actores principiantes
Me enhiesto en mi silla
Y los observo
Haciendo malabares con su angustia

Lo que anhelo es algún sitio sin bandera
Mientras rompo las páginas de El Oficio de Poeta
Donde la distancia no abra sus labios
Ni la nostalgia alce cortadas sus memorias

Aquí
Libro una guerrilla entre el paisaje y la palabra
Deshojo la sombra de las hojas
Y amarro con miradas los ladridos de los perros

Aquí
Bajo el abismal verdor de una rama
Quiero a media mesa:
Símbolos de espuma
Y la inerte calidez de los automóviles parqueados
Para conocer su amor sin hambre de palabras

Quizá aquí
En este remanso de nociones luminosas
Conciba el corazón de la memoria
O haga llover la exacta dosis de los versos
Desde mi cabeza
Hasta el cobarde fondo de mis manos

Aquí
Con una voz que desconozco
Quiero blandir el filo renovado de mi lengua
Contra las pequeñas caídas de las cosas
Y sus ecos diminutos

Aunque nadie gane la batalla.

 

 

Fondo de  calle

 

Hay un hombre que fuma cigarrillos bajo un techo de láminas

No sé si le gusta sonreír porque no encuentro su rostro

No sé si parpadea con la pesadez de dos ballenas que descansan

Porque se oculta bajo techo

Entre las hojas de la milpa que ha sembrado

No sé si es joven o es viejo

Si acaso demora con el humo algún recuerdo

Solamente veo un techo de láminas

Y olfateo su descanso a la sombra después de la comida

No sé si porta un sombrero en donde esconde su mirada

O si al contrario apunta hacia las nubes sus pupilas

Como a peces esponjosos con unas piedrecillas

Si es flaco o es robusto

Mucho menos sé cuál es su nombre

O como llora sus desgracias

Uno diría que no sé nada de aquel hombre

Que fuma cigarrillos bajo un techo de láminas

De su breve y fresca huella en medio del concreto

Pero sé que después de la cosecha

Cuando la diminuta milpa sea trasquilada

El hombre que fuma cigarrillos de quien yo no sé nada

Dejará detrás de sí un predio baldío

Tierra sombría y un ennegrecido techo de láminas

En una esquina del terreno.

 

 

Para recordar a una amiga

 

“Vos y yo podemos escuchar horas y horas de poesía sin aburrirnos”, dijiste sentada en medio loto al borde de la cama.

Y pensé que aquello era mentira

El agujero en que vivíamos era el tercer año de derecho

Y yo dormía con zapatos para no apestar la habitación

No podía verte sin tropezar con esa frase que aquella vez me pareció una mentira

Incluso ahora me despierto y te veo allí sentada sobre los lunares de la sabana como una radio vieja repitiendo esas palabras

Te imagino, a decir verdad por las mañanas cuando la luz empapa la distancia entre la sala y la cocina

Y me imagino al otro extremo de la cama encendiendo los parlantes de la “compu” para iniciar la singladura de las voces

Quietos como muchas veces que dormimos apretados

Sin valor para tocarnos el silencio

Allí las hojas del limón atravesando la ventana

Como vos decís: Sin aburrirnos

Pero cuantas horas han pasado

Cuantos años han durado estas horas aburridas

Y yo eso no lo he visto

Aunque he desmenuzado por mi cuenta las palabras

Y de tantas migas convocado nuevos nombres de poetas en una fresca hogaza

Que quisiera compartir algún día contigo

Pensé que era mentira, pero jamás cerré los ojos afirmándolo

Ni te dije: No te creo

En mi recuerdo vive tu rostro antes de ingresar en las tinieblas del poder

Antes de adquirir un compromiso y un destino

Cuando despertábamos con los gritos de los niños en la cancha que queda atrás de aquella casa

Las horas sin decir palabras ni escucharlas

Las horas de una lista reproducidas por YouTube mientras nos miramos

Cuando dijiste algo que pensé que era mentira

Pero jamás me atreví a confirmarlo

Esas horas se han pausado silenciosas en un reloj de viento o de arena

Se han pausado porque no dijiste “juntos”

Podemos escucharlas “juntos”

Por eso asumo con un silencio que me embriaga

Que las horas se amontonan a partir de aquella frase

Que vos no paras y en secreto cada que podes escuchas sin aburrirte a los poetas

Que yo paso los días en una jaula de voces que alimentan

Y que vos y yo podemos escuchar horas y horas de poesía inmunes ante el tedio

Porque allí nos encontramos sin haber pasado el tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Playa Imaginaria

Detrás de aquellas casas no veras el mar
Solo otra calle hacia el sur de la ciudad
Pero no se ve el mar.

Bajo el labio roto de la tarde
Hay algo de lluvia
Y noche incandescente a la espera
Otros edificios más allá
Ventanas vivas y muertas
Miles de escaleras.

Fábricas de invierno
Y parques olvidados
Perros acuñados frente a tiendas
Pero no el salitre en la mirada de un cometa
No el mar.

Solo el sur de la ciudad
La pared blanca del garage
Que pinte a principios de año
Y una vereda
Que da hacia los cerros
Pero no hacia el mar.

Detrás de aquellas casas
Solo hay una autopista
Y un viejo camino de tierra
Para pensar en el océano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Edificio

 

Por eso aquellos albañiles me parecen querer saltar del edificio

Por la extraviada dureza en sus miradas. Sus miradas

Como ancianas solitarias sentadas en la plaza

Intentando –sin lograrlo– consumirse con la tarde.

Por ese afán de columpiar las piernas al vacío

Al final de un tercer piso

Y esa intención a la altura de sus rostros

De no caer sobre el andamio.

Por eso los contemplo

Ellos no saben que en silencio ya se han ido

Que en el iris de sus gestos un navío se los lleva.

Que se han quitado los guantes

Y han depuesto sus cascos allá atrás

Junto a sus otras herramientas

Que se sientan al borde del plafón del tercer piso

Porque piensan suicidarse.

Que mancharse de pintura

Constituye su ritual de despedida. Pero no lo saben

Y lanzan el cáñamo cansado lo más lejos que se puede

Para llevarse un buen trozo del paisaje

Antes que el vértigo los ancle

Y les impida lanzarse sin temor al infinito.

 

 

 

 

Después de todo

Sostengo la píldora del tiempo entre mis parpados.
Hace rato escancie del escritorio los tres vasos, las dos tazas, el plato con restos de comida
Y mude las alacenas junto al monitor.
¿Para qué fingir?
Si me gusta apagar todas las luces
Sembrarme descalzo en la oscuridad
Escuchar ralentizados los temas de las series 80teras
Espantar los molestos invasores que se cruzan frente a la pantalla
Sentir dolor en la columna
Rascarme las picaduras de zancudo
Y sobrepasar la capacidad de mi vejiga.
Abrir diez, veinte pestañas en Google Chrome para:
La poesía underground
La poesía indie
La poesía realista, sucia, intima
La poesía Re-generada española
La escuela Neoyorkina
Anti-stablishment
Del Spoon River
Y sustanciosos blogs de poesía sobre insectos
Sobre calcetines
Sobre suéteres
Sobre electrodomésticos
Señales de tránsito
Esquinas
Sobre esperar en un pasillo de motel en Miami a las dos de la mañana.
No voy a mentirme: aquí son las tres de la mañana
Y Antonio Luis Ginés me pide que lo lea.
La luz naranja que instalo el alcalde de San Marcos
Para iluminar mí calle
Cruza una enredadera en mi ventana.
Esa luz desvanece el aspecto mentiroso del día
Y da a la calle su verdadera cromatura
Y a mí ganas de verla, de fumármela
De arrojarme al líquido amniótico en sus piedras.
De arrancarme las orejas o incorporarme en el cerebro los audífonos.
Pero en esto no hay futuro y ya estoy muy cansado
Y no logro ser uno con la Autopista a Comalapa
Ni la palabra concreta que emana del asfalto
Del guijarro
De la ropa bien doblada y las camisas que cuelgan de las vigas
No logro sacar el jugo
El extracto pegajoso de las patas de los grillos
Ni aureolas del andar en callejones
Ni el sabor de las ex-amantes madrugadas
Ni la estela azucarada de la noche
Ni una gota de la sangre de Mesones y Moteles
Ni una sola lamida de la obra ruinosa
De la luz de vallas comerciales y oficinas
De la carretera ultrajada por los autos con una sola via
Ni de la gente prodigiosa que dinamita la ciudad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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