Poemas de José Kan (Campeche)

José Kan

Presentamos una selección de poemas de José Kan (Campeche, México), una muestra del quehacer poético en el sureste mexicano

 

A la imagen de Don Raúl que dejó cada revista comprada

durante el verano del 95

1

Uno de los primeros recuerdos que tengo de Isla mujeres
es su noche trazada por calles de arena en algunas partes del centro.
Los turistas como parientes extraños de los cuales me alejaba
de la mano de mi madre. Y a mí, tomando una revista del estanquillo
mientras los paseantes se disolvían con solo fijar la atención
en las manecillas del reloj de mi padre.

2

Qué lástima que en la vida a veces no nos tomemos el tiempo
de reconocer cuando un amigo pasa a formar parte de todo ese nuevo impulso
que te orilla al olvido, a la indiferencia, a la apatía,
o a la profunda sensación de que los rostros te son conocidos,
que se ha pisado anteriormente este suelo,
y que la armonía que tanto buscaste se confundió muchas veces con humildad,
ante la sonrisa forzada que dejaba el último en salir.

3

Supongo que la gentileza con la que abrías la puerta,
también puede dar parte acerca de lo útil que resulta mantener las puertas abiertas
y dejar pasar a la gente, como si cada visitante trajera consigo a un pueblo o colonia;
sus reacciones cálidamente acomodadas, las maldiciones o mentadas de madre
que fueron útiles para preservar la cordura y la gracia,
y que quedaban de forma fugaz y cautiva bajo las revistas de espectáculos,
donde los horóscopos y la forma de sonreír ante la mirada ajena,
nos llevaban —del optimismo a la apatía.

4

Algo que disfruto de las lluvias de mayo
es mirar caer la llovizna sobre las calles aun soleadas,
y la sombra de los techos de estas casas,
donde juntos hemos leído en las noticias de un diario,
acerca de la suerte que cuelga del almanaque o de un puño de sal.
A fin de cuentas los niños crecieron.
Todas las revistas que una vez compré quedaron ocultas de tu madre.
Nadie puede negar que un “te extraño” sería oportuno
para hacer justicia por aquellos días en que sentí vergüenza
del color de mi piel, de los lunares en mi rostro.
Si alguna vez no pude evitar arroparme
en el laberinto de las buenas intenciones,
pido no se me juzgue. Solo sé que amé.
Al final, todos los amantes estamos destinados
al silencio y al adiós.

5

No recuerdo por qué aquella tarde no supe decir adiós.
Tal vez debí ser más imprudente
y exigir al sol un recuento de nuestras vidas,
para que todo aquello que fuera innecesario
se perdiera con ese miedo que en la oscuridad
te impide levantar la mirada.

6

Sin duda alguna ahora logro entender el porqué de los desvelos
y esa terquedad de levantarse temprano.
Como si la ayuda de dios no fuera suficiente para detener la caída
de las hojas del almendro o el crecimiento de la yerba
en el patio de nuestras victorias. Ahora tengo una hija.
Y cada día logro reconocer en su manera de negarse a lo que considera injusto,
una parte de aquello que mantengo inconcluso y que me impulsa
a destinar todas mis plegarias al puerto de los buenos días.
Son las cinco de la tarde. Llovizna en esta isla.
Mantengo la ventana abierta, la tarde se confunde con una caída
y todas las dudas que alguna vez tuve acerca de mi sexualidad,
me permiten mirar de frente al espejo de la memoria
y reconocer la sombra de mis padres, de mis hermanos,
de los presentes y de los que hicieron falta,
de todo aquello que me mantuvo profundamente optimista
a pesar de que la suerte no resultó suficiente para mantener una casa propia,
un negocio que permita navegar la vida de manera firme
y que de todas formas me impulsó a sacar una sonrisa de la bolsa,
en la cual aferraba con el puño un escapulario
cada que mis miedos se confundían con el calor de la tarde.

José kan (Campeche, 1988) estudió la licenciatura en Psicología en la universidad autónoma de Campeche. Forma parte del “Proyecto Escuela de Escritores Campechanos”. Fue becario del Festival Interfaz-ISSSTE Los signos en rotación 2015. Ha participado en lecturas para familiares y amigos y colaborado en revistas de dudosa procedencia. Actualmente lee poesía para sobrevivir y escribe por necesidad de tacto.

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