Poemas de América Femat Viveros

Ofrecemos una muestra poética de la autora América Femat Viveros (México, 1984)

 

LA ESTACIÓN DEL AGUA

 

Yo soñé con la estación del agua.

Atenta desde mi interior,

desde mi pronunciada fuente,

bebí de su rostro,

sorbo a sorbo

una grieta hizo crecer el río.

 

En la calle,

golpeaba la lluvia que apaga

una voz de incendio.

 

–Su tallo sembrado entre mis muslos,

la tierra y el agua en que nacimos,

d e l i r i o (s) que se ahogaron–.

 

No sé de donde,

de qué fisura surgió el frió,

brotó la duda.

 

Mis manos de incendio,

dictaron los escombros

de domesticada presa

su nombre de ventanas cerradas.

 

La mirada se hizo herida,

bestia saliendo de los ojos

sacudida

con hambre de ausencia.

 

–Por última vez–.

 

Entre las esquinas de la memoria,

hendidura de indiferencia,

me hallé ciudad en ruinas,

asediada por cuervos que picoteaban

la locura.

 

Yo soñé con el cómplice que me perseguía.

 

Entre el caudal de días

un sendero con pasos detenidos.

 

La prisión fue un mar habitado

abierto en medio de la idea de un naufragio,

o concebida isla de los años en abandono.

 

–Ésa que no concede si no la turbada consciencia

para morir frente a una lámpara apagada–.

 

Yo quería ser del agua la estación amada,

un sol colmenado de tanta claridad.

 

Ese oro devuelto,

al grito de una luz silenciosa

se fue agotando, herido dejó escapar

un falso ruido de puerta entreabierta.

 

a ciudad fue mi leve aullido,

mi nombre sin rostro,

mi sueño que no se contenta con soñar;

la temible estampa en su mirada.

 

Él mismo,

en el amanecer ciego de sus ojos,

–oscuro en su rumor–

despertó mudo de brazos,

cobijado de muslos entre dudas.

 

Conforme la tarde sofoca

al calor del atardecer difuso,

el filo de su mano derribó de tajo al árbol

que daba sombra al cauce de sus pasos.

 

Vi desprenderse

la noche de una cabellera,

vereda de un tren

con sus días de rieles nublados.

 

–La lumbre que no se mira se apaga–.

 

Yo inclinada hacia su promesa,

hacia sus dudas derribadas en las mías

cargando un viento absurdo,

un espejo apagado,

silencioso e inmóvil

hasta la terquedad,

como un augurio en tinieblas.

 

–Memorias de mi propia agua sin estación–.

 

Absorta de mi domesticada humillación,

sin el goce de la calma que me dejara

proseguir.

 

En la floración de mi fracaso,

en la sitiada soledad iluminada,

confundida con otra sonrisa

que dictara un nombre que le fuera posible.

 

No sólo duele la tierra,

duele el agua lejana,

la luz que no enciende,

los hijos que no aprendieron nuestros nombres,

el renunciado temblor a una imagen.

 

Para morir ahogada tuve que olvidar

su espejo herido,

 

–para atravesar la ciudad–

 

espejo, igual que el mío,

se sostiene de ruinas.

 

 

TIERRA VACÍA

 

I

Hay veces que la tierra se encuentra vacía

y su espalda de barro no fecunda los rostros

de espigados mirasoles.

 

La tierra de mi espíritu ha olvidado

hace mucho mi nombre de galaxia.

 

Triste sin tiempo y sin época

dando pasos en lo caminado,

fantasma erradicado hasta de sí mismo,

fumarolas de un espejo de carne.

 

Me pregunto,

si tú también estás  sólo conmigo,

o te encuentras solo, conmigo.

–Pregunto–,

sí, mil veces sí.

 

II

Tropiezo sobre tu luna de agua,

las palabras fuente brotan de mi garganta,

serpenteo en la mente,

un viaje desde su origen

para terminar con la misma oración

 

–siempre–.

 

III

Caduca ensoñación para el que sueña.

Primitivo tiempo

letra “O” en suspenso

ouróboros, al huir de ti, te encuentro.

 

IV

Desde mi cabeza a tus pies

una historia no termina de escribirse.

Peces danzantes sobre la tierra,

marea de aturdimiento,

brisa de fertilidad a cada paso,

levitación, templanza,

tus pies te explican,

me conocen.

 

V

El polvo se levanta, absorbiéndome,

sepultándome, dejándome al borde

de la nada.

La piel cae de mi carne

igual que la sierpe del mito.

Estoy olvidada

de donde el sol se levanta

porque soy roca aislada,

pesada de melancolía.

 

VI

Sembré en mi mente

pero mis raíces se pudrieron,

hoy la tierra no fecunda,

carga un rebozo negro

y muestra máscara sobre máscaras:

artificio del desposeído,

y te pregunto,

¿Dónde está tu mundo si no eres de aquí?

¿De dónde te desnudas si eres coraza de alma?

Muda respuesta,

eco sin sonido.

 

VII

Qué tierna timidez cayó sobre el verdugo

que no deja de caer el último golpe,

lleno de intenciones pero siempre al borde

apuntando inmóvil sobre la llaga.

 

VIII

¿Quién te crees tú?

sobre todo, tú,

que has habitado mi vacío.

 

IX

Una vez un crisol rojo cobrizo

me cegó con su luz de fuego

y nuevamente me quedé sin luz en los ojos,

desde entonces, tres ciclos de luna

en un desierto conmigo misma.

 

Ya no llueve agua en mis poros,

mi tierra se ha secado,

 

¿Pero yo?

 

 

NO PUEDE SER DE OTRA MANERA

 

En este incendio me coloco, soy, sed de elementos,

me sé escombros cuando ofrecí de mis labios,

de mi lengua, de mi sexo la curiosa ocasión del amor,

no sabía que así nacería otra sed, otra hambre;

almuerzo diario de un peligro, de un asilamiento de aves rapaces.

 

–Doblada espada fue la voluntad –dijo alguna vez, si la casa estuviera de pie…

 

Dijo alguna vez, –más allá del alimento diario­– dijo

–no me llames bosque,

no soy el bosque, no en este incendio donde secos lo provocamos–.

¿De  los incendios?, –nada–, así están las cosas.

 

Son espejos de oquedad,  círculos contiguos a unos pasos,

 

–sombra del  incendio–.

(Y si es el viento en su lenguaje de árido alfabeto)

 

Quisiera sonorizar el mensaje del trueno, alcanzar su nota y su espada.

 

–Voz de hecatombe, mensaje de fuego–.

 

A veces ardo en la nada, crepito en la duda y me divierto al consumirme.

(porque al consumirse se le prende fuego a la imagen del eco)

En este incendio me coloco, sed de elementos,

Me pronuncio, me sé luz que viste los escombros, polvareda enemiga de mí misma

no hay flor enemiga, ni imperfecta–.

 

Soy así, despoblada, niña callada, sin reproches, infancia que quiere paz. 

¡Vísteme de esa luz de incendio,

mírame azarosa incrustada de metales,

sonorizada del trueno!

 

Luz de mí, luz del trueno, de mí, NADA,

soy la piedra que guarda silencio,

–aquella infancia–, una foto perdida que quisiera ser hallada.

¿De los incendios? –nada– así están las cosas.

 

 

América Femat Viveros (1984) Escritora y promotora cultural. Lic. en LMI-ITESM, Magíster en MKT–ITLA. Becaria por el  FOECAH, 2017. Participante en encuentros nacionales e internacionales. Publicada en diversas antologías, diarios y revistas nacionales e internacionales. Colabora en la Revista 217, Puebla. Fundadora del proyecto cultural y editorial Cipselas. Quinto integrante de El Ojo de Faetón, Círculo de Estudio ante la Poesía. Es parte del comité organizador de “De Amores y Otros Sabores” Autora de los poemarios: Irrupción, Atisbo, Inexorable y Muestra Poética, revista chilena, Mal de Ojo.

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