Una jacaranda en el patio – Zel Cabrera

Por Emanuel Bravo Gutiérrez

 

Hay que entender de amores para escribir genealogías, para trazarlas hay que adivinarle el rumbo a la sangre que se trae en las venas, sus ires y venires, amores contrariados, desatinos y aciertos. Zel Cabrera en su poemario “Una jacaranda en el medio del patio” inicia un viaje que busca invocar y rescatar este pasado: “Darles sus nombres al pasado, / alimentarlo, / repartirlo en alientos, / que conformen / las que fuimos, / las que somos”. Pasado que parte de ella y se dirige hacia ellas, las mujeres de su familia, base de los poemas de este libro.

Es la abuela la que planta una jacaranda en medio del patio y bajo la cual la familia busca refugio, pero también es la máquina de coser marca Singer con la que: “mi abuela alimentó a cinco hijos, / así crió también al muchacho viejo que era mi abuelo / y las mujeres viudas que fueron sus hermanas, / así dio recuerdos y risas a los que pasaban por su casa”. A partir de ciertos objetos, la poeta se sirve para construir leitmotivs y atmósferas que asientan el carácter temático de la obra: jacaranda, máquina de coser, bufandas, boletos de lotería, espejos, fotografías; recorremos esta íntima galería que tiene mucho de arcón y en el que, como lo dice el último verso del poema “Benigna Martínez, viuda de Damián”: “el amor es la pieza principal”.

Las mujeres que protagonizan estos poemas son mujeres de gran fortaleza frente a los obstáculos, errores y abusos, a veces representados por tragedias que ellas no escogieron, o, por otra parte, de condenas que no alcanzaron a vaticinar: “mi tía Delia / le dijo que sí al juez, / le dijo que sí al destino triste, / le dijo que sí a los engaños, / a la vida precaria…”  No son retratos condescendientes, su mayor logro radica en que son exactos en su dolor, incluso desvergonzados, no rehúyen a los detalles escabrosos, son mordaces y concluyentes en su propia brevedad: “Se casaron embarazadas / para guardar las apariencias: / la tía Becky, / la tía Miriam, / la tía Delia”.

El acto de nombrarlas se torna insuficiente, hay que recordar desde los orígenes, inmiscuirse hasta el más íntimo secreto familiar que seguramente fue arrancado por la poeta a través de años de conocer el alma de estas mujeres, es ahí cuando el quehacer poético se vuelve provechoso y rico en sentidos: “para nombrar no basta, / nombrar es acostarse sobre la milpa, / sin recordar que antes fue / semilla, / tierra, / agua”.

Estos poemas se entrelazan uno con otro formando una policromía rica en escenas, crónicas y pequeñas anécdotas que tanto exploran la sencillez de la infancia hasta los desengaños matrimoniales, y que configuran una mirada amplia que dignifica a cada uno de estos personajes; en su sencillez y franqueza se reivindican y sus trayectorias vitales adquieren nuevos significados: “las primas de mi madre / son bellas / barrigonas o no, / dándole el sí a ese fulgor / que todas las mañanas les amanece / en los ojos, / en los cabellos”.

Al terminar de leer este poemario, he quedado con la sensación de que me he asomado a una vida secreta, con el recuerdo de un puñado de nombres, de imágenes brillantes que reposan en la memoria y que se entrelazan para formar algo más amplio y que seguramente descubrirá sus secretos en nuevas relecturas.

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