Dos veces dos

Por Zel Cabrera

 

Conozco a Matza Maranto desde hace  seis años, el puerto de Acapulco y la poesía fueron los encargados de presentarnos. Coincidimos en una mesa de lectura de obra y desde entonces, no le he perdido la pista. Años más tarde, volvimos a coincidir en un taller de creación literaria en Casa del Poeta (Ciudad de México) y cada martes durante tres meses, fuimos compañeras de butaca.

Con el mismo cariño con el que veo a Matza desde hace tantos años, es que recibo Ajedrecístico (Biblioteca Chiapas, 2018), su quinto libro; una entrega en la que la poeta se desdobla en dos encuentros de ajedrez. Las dos secciones que componen este poemario, en las que se observan los restos de lo que fue, lo que no volverá, porque como enuncia la autora en el verso final de este libro:

Vemos a ”la felicidad desplomarse como una paloma”.

De principio a fin, la poeta nos lleva de la mano por una ciudad imaginaria y a ratos inasible. Los epígrafes —ecos innegables de corte borgeano—  arrojan la luz necesaria para completar las piezas del laberinto que la poeta traza en esta entrega y que responde a lo largo de las dos secciones que integran los poemas el libro.

En Ajedrecístico encontramos las rutas de un viaje y los lugares de su tiempo, el cual se trastoca en lo escrito. Son breves viñetas en prosa, que dan al lector pistas de los sitios en los que el ojo de un “viajero” transita y se entretiene para dilucidar acerca de su propia nostalgia y su fe, ese mecanismo que nos lleva a creer que en algún momento un milagro va a hacer su aparición:

“Él ha visto su rostro sobre la plaza. Después de la tormenta jamás vendrá la calma”.

Es cierto que en estos poemas la calma no se enuncia pero existe una suerte de resignación que flota en el aire y que el lector puede notar apenas entra e n contacto con los poemas de Matza:

“Después de la devastación vino la ciudadela. Sonó la hora del refugio, el viajero desvió la vista y un aleteo le arrebató lo inexplicable. Todo fue así: ni el soplo del viento pudo cambiar el rumbo”.

Estos poemas develan las obsesiones propias de un simbolismo claro en ocasiones y en otras nebuloso, como dicen que tiene que ser el arte cuando se propone descifrar la realidad e intentar retratarla a partir de sus propios elementos. A través de sus poemas, la poeta retrata en este libro —con una lucidez envidiable — los movimientos de inteligencia necesarios en una partida de ajedrez, construyendo imágenes que llevan al lector a ser testigo de una partida, literalmente, del abandono y del derrumbe.

La “primera jugada” de este libro, el primer apartado que lleva por título “La siempreviva”, hace un paralelismo con un famoso encuentro en el ajedrez, quiero decir; el partido disputado en 1852 por Adolf Anderssen y Jean Dufresne. Está compuesto por poemas que reflejan un tiempo que fue, la decadencia de una ciudad que poco a poco se derrumba, quizá el amor o la vida también sean un campo devastado:

“La ciudad está cubierta de innumerables acertijos, cada barda es la continuación de alguna pista. Él la ha recorrido, sólo hay un muro que contiene la verdad; es ahí donde no quedarán puntos suspensivos y traerá la puerta de eso que algunos han llamado paraíso”.

El lector pasea por los poemas de Ajedrecístico junto con el “viajero”, se detiene en la devastación, pero también hace paradas para mirar de reojo el horizonte, para tararear la desdicha de saberse solo ante la catástrofe de las cenizas.

La segunda parte de este poemario, que lleva por nombre “La lanzadera” –otra partida célebre en la historia del ajedrez según la Wikipedia—,  es la culminación de este viaje resumido, estos son apuntes de un viajero abatido, resignado, que no vuelve o que intenta no volver la mirada:

“Yo soy el viajero. Iba de paso; sin embargo, me convertí en habitante de esta ciudad-derrumbe. Alguien pronunció mi nombre pero no volví la vista, nada podía ser petrificado. Ninguna vereda llevará a otro sitio; todas las catástrofes están cumplidas. Aquí los rastros del crimen son lo único verdadero”.

II

Ajedrecístico de Matza Maranto, es un libro limpio y complejo por más de una razón y con más de una lectura posible, ceñido sí a todo lo antes mencionado, pero también con fuertes vasos comunicantes a la tradición de las letras mexicanas, en lo particular a la poesía de Rosario Castellanos. Leer a Matza es evocar ineludiblemente el famoso poema de su paisana, “Ajedrez”, es obligatorio pensar que esas partidas planteadas en este libro, son también el amor el que el yo lírico juega y pierde.

Sentado, meditando encarnizadamente, el “viajero”, armado con toda su estrategia y dominio del tema, pierde el juego de ajedrez. La plazuela el tablero “equitativo en piezas, en valores,/ en posibilidad de movimientos” y el amor el juego y al mismo tiempo la disputa.

“Aquí viví todas mis muertes. Moví las piezas hasta ahogar el tablero, la solución no es el final; quedarán los nubarrones, su voz por los altavoces, la enmohecida satisfacción de salir ileso, la memoria. Intercambié tiradas, y es así como sé que todas las bardas tienen las claves exactas para concluir: hemos vivido en el reflejo”.

Desde los lentes prestados por el poema de Castellanos, lo que antes parecía nebuloso se devela y todo es más claro entonces. El abandono, lo que queda después de haber amado, porque en el ajedrez tanto como en el amor, el azar también nos pasa la factura.

Dicen que hay más de una forma de hacer las cosas, pensando en estos poemas, en su emoción latente en cada tirada de verso, en su dolor que se desdibuja a ratos pero que se palpa, creo que el lector es el único que deberá tener la última palabra y leer con cuidado y atención este libro tan cuidadosamente escrito.

 

 

 

 

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