Con motivo del día de Canarias, Marcapiel presenta algunos poemas de Víctor Yanes.

 

AMIGO GINSBERG QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

 

Me envió un telegrama a mi domicilio de Santa Cruz de Tenerife.

Era el otoño de 1996 y en su correspondencia, Allen Ginsberg, me preguntaba si era yo el autor de ciertos versos que ya ni recuerdo.

También tenía especial interés en saber si consumía drogas y me confesó,

con inesperada exaltación, que mi rotunda negativa a realizar el servicio militar, a desertar de la jerarquía de las metralletas, le había supuesto una especie de confusión inexplicablemente amorosa en edad tardía.
Nunca le pregunté cómo era posible que supiera tantas cosas sobre mi insignificante persona.
La emoción que sentía era tan intensa que me lancé a responderle, confesándole que el placer mareante de las hierbas fumadas, formaban parte del almacén de los recuerdos locos y que era yo un minúsculo desertor del orden que alguien (no Dios) o algunos (no los santos ni las vírgenes) habían impuesto férreamente casi al inicio de los tiempos.
Allen Ginsberg falleció el 5 de abril de 1997. Era yo tan joven y tan estúpido, que no sabía ni de qué se trataba la muerte por cáncer hepático. El fallecimiento de Allen me lo comunicó su novio, Peter Orlovsky. Mi padre, con enorme esfuerzo y cantidades descomunales de incomprensión me pagó el billete para ir a Nueva York. Cuando lo vi dentro del ataúd caí en la cuenta de lo duro que sería morir.
Ginsberg, sigues vivo, 19 años después.

Ginsberg, sigues vivo, 19 años después.

 

 

 

 

 

 

PEDAL DEL ACELERADOR

 

La química del cerebro y el amor. La naturaleza indómita del animal humano. La corteza cerebral, la corteza planetaria, la capa de ozono. La relatividad, el infinito, el cáncer, la velocidad de la luz, los mitos, la música, la epilepsia del optimismo, la llama inmediata del “mañana es demasiado tarde”, el presente, el pasado, el futuro, la torre de babel, la política de la ambición y la política del cambio, la vanguardia, la religión, los santos, las vírgenes, Jesucristo en estado puro sin resurrección posible, los curas, los abuelos, los homosexuales, los embaucadores, los diplomáticos que mienten, la risa como un cristal que se rompe, la palabra destrozada por la envidia, las conexiones nerviosas, los músculos del movimiento, los derrames cerebrales, la muerte, la palidez del hombre, la risa, los planetas, el cielo como una cúspide única, la meteorología, los aviones, la amable azafata y el piloto, la lectura, los libros, la muerte, los sueros del autoengaño, los accidentes, los suicidas, el cinismo, los puñetazos y las pataletas, los hospitales, los cuentos largos para dormir, las cuentas, los alquileres, las estafas, la difícil existencia, el sí pero tal vez no, las dudas, los garrotazos del miedo, la rebeldía resolutiva como plan, los cuidados paliativos, el cerebro, la campana sombría del campanario, la literatura, tú y yo y todos, la familia, los biombos establecidos entre padres e hijos, el tiempo, el transcurso de los días que se acumulan, la nada, la absoluta nada, las máquinas de escribir, el tabaco, las motos, nuestra muerte rotunda, los teclados, las salas de espera, la carnicería, 1974, el irrepetible siglo XIX, 2013, las borrascas, los susurros, los besos, los ojos y la mirada…

 

 

 

 

 

LAS BESTIAS

 

La mercancía para las bestias llegaba antes del mediodía.

Estábamos en el desierto industrial de los grandes polígonos

donde sólo hay grúas, carretillas elevadoras, olor

a cemento y un viento a latigazos y arena extraña en el

ambiente, hojas secas y bolsas de plástico, papeles, insectos disecados

volando por los aires, cucarachas con somnolencia

ante la presencia humana

y el porvenir de importantes proyectos empresariales.

Nosotros, las bestias, la obediencia asalariada

preparábamos nuestros brazos, nuestros tendones,

nuestras espaldas completamente rígidas para lo peor.

 

Llegaba el container: sesenta pies igual a cuatro

horas de trabajo extra.

Éramos unos ocho tipos, una fauna, una orquesta

de perdedores.

Generalmente ninguno se había planteado la

posibilidad de no resignarse,

ninguno estaba allí porque tenía que pagar la matrícula

de una carrera universitaria

o porque soñaba con dar la vuelta al mundo

durmiendo en hoteles de cinco de estrellas.

Trabajaban para saldar las cuentas con el estúpido delirio

de los pobres sin honra que quieren ser ricos.

Eran un grupo de indecentes nadies, de babeantes diablos

que no miraban a los ojos,

eran bestias resentidas o borrachos resacosos

o chiquillos a la moda con un pantano de artilugios en el cerebro.

 

 

II

 

El mecanismo era sencillo:

no pensar, no mirar la luz del sol,

no pensar,

aunque me asaltaban deseos

de practicar sexo con desfachatez e irreverencia,

de beberme unas cuantas cervezas calientes

y luego vomitar en un baño público de señoras.

Mientras sentía estos deseos

sudaba mi piel y mi camisa.

La mercancía embalada en cajas de cartón,

pesadas cruces para un esclavo

y luego las facturas, los albaranes, la falta de coincidencia

al revisar las hileras de bultos apilados.

La confusión, el dolor de cabeza, el hundimiento

de la nave de la ilusión,

el «no hay sentido» porque el futuro no existe.

 

Ya de vuelta a casa

ceno y me acuesto

y mañana será otro día

en el que las bestias volverán a esperar la mercancía

antes del mediodía.

 

 

 

 

 

 

SUGERENCIAS

 

Somos los chinos de ojos como platos,

somos los negros de la Europa

de piel blanca de Noruega,

somos hormiguero constante de un país de Asia

en medio del desierto,

somos árabes con Jesucristo colgantes,

somos un papel recortado del sueño de Manhattan,

somos de alguna parte porque el azar preparó

el imán de las suelas de los zapatos y

la patria con sus propuestas de arenas movedizas.

 

 

 

 

 

 

 

ALEGRE CANTO CONTRA MÍ MISMO

 

Quiero lanzar mi cuerpo

contra la pista de aterrizaje del paraíso soñado.

El desespero me prohíbe pensar,

ya rajé mi lengua de intelectual

y se la eché a los perros hambrientos de la calle.

Abro los ojos, abro la tapa de mis sesos,

meto la mano y revuelvo

las imágenes inolvidables del tiempo.

Quiero lanzar mi cuerpo

contra ti en un acto de amor infinito,

¡sujétame!, los saltos sin red

han dejado de darme miedo,

en cambio, tu voz inquietante

siempre al límite de odiarme

me despierta.

 

 

 

Víctor Yanes nace en Tenerife en mayo 1974. Comienza a escribir en 1992, a la edad de 18 años. Impulsado, en un primer momento, por cierto apetito de amor romántico, consolida pronto su inquietud por la poesía, la lectura y la creación de sus propios versos, que avanzan dentro de un apetito por comunicar una intensa sensación emocional, algo que dentro empuja y empuja, golpea casi.

Su poesía ha sido escuchada en programas radiofónicos como el ya inexistente Entre dos luces, de Radio Nacional de España, y ha colaborado en revistas como la extinta Liberación, Togas y Letras o El Brinco. Además se ha embarcado en proyectos culturales: el festival de literatura Las Tres Orillas y el programa de radio La hora de los invisibles. Formó parte del equipo coordinador del encuentro de escritores Félix Francisco Casanova que se celebra, con carácter anual, en la isla de La Palma y en la actualidad colabora en la organización de Los Jueves Literarios en la Biblioteca Municipal de Candelaria.

Escribe en revistas digitales como El Diario de El Valle y Difunde Cultura Canarias. El Centro de Estudios Caribeños de Las Palmas de Gran Canaria le concedió un accésit en el concurso de poesía La calle que tú me das, siendo su trabajo publicado en Antología cercada. Forma parte de la antología Autores en La Palma. En 2007 ve la luz su primer libro de poemas, Cuando Yo era Otro. En 2015 presentó su segundo poemario, Animal Luminoso.

Actualmente trabaja en su tercer libro, que supondrá su primera incursión en la narrativa.

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