Poemas de Erick Pérez

Erick Pérez Velasco (Guadalajara, Jalisco, 1983). Estudió la Licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. Es poeta, gestor y promotor cultural. En el año 2016 se publicó su poemario “Si no ausencia ¿Qué nos queda?” en Argentina bajo el sello editorial El Suri Porfiado. Ha realizado estudios sobre vanguardias latinoamericanas y se ha desempeñado como corrector de estilo en distintas dependencias culturales. Textos suyos han aparecido en diversos suplementos culturales y ha sido becario en poesía del Festival Cultural Interfaz.

 

El abrasado instante (selección)

 

A la distancia te veo

Hombre

con los pulmones llenos

de fatiga:

 

te me desvaneces a media calle.

 

En tu soledad inmensa

en pie de nuevo te pones

para con dificultad

seguir viviendo.

 

En vano tus ojos buscan

el azul -nostálgicos-

y bajan de nuevo al sitio

donde un momento hace,

tu pesar yacía.

 

 

Les regalo con gusto las cintas de mis zapatos

y hasta mi fajo

si me dejan seguir durmiendo,

sí,

si de una vez por todas me dejan.

 

Pero imposible

gritan,

me apresuran,

me empujan por la espalda.

 

Alguien que me aborrece

ha pagado ya la fianza.

 

 

Tu sonrisa

no es como la foto de un catálogo,

es más como la Ola Verde,

peligrosa.

 

Fresca contusión que daña

sin herida,

como esos poemas breves,

que duelen desde el principio.

 

Que sin esfuerzo

del puro golpe

sin querer,

se memoriza.

 

 

Cuando caminas

toda tú hablas.

 

mudo

permanezco

petrificado,

 

mientras el mundo entero

en tu decir

se regocija.

 

 

Me atreví por fin a hablarte

de ese pulso que en ti notaba

 

— diminuta luz intermitente

imperceptible casi

pero a la vez brillante —

 

que pocos, muy pocos

en su vida vislumbran.

 

Ese fue el día que me dejaste,

para salir a buscarlo.

 

 

El día que me diste la noticia fue para otros cualquiera.

 

La gente que me rodeaba no se movió, ni un asomo de inquietud en ellos se percibía, no hubo pánico en el sitio. No sonaron las alarmas.

 

La tierra no tembló, no hubo incendios en los bosques, no cayó fuego del cielo y las plantas no murieron.

 

No hubo mayor desconcierto del acostumbrado en aquellos días.

 

El agua contaminada de los ríos no se salió de sus cauces, no se secaron lagunas. Los peces no se asfixiaron. Las aves siguieron sus rutas de migración sin apuro, despreocupadas.

 

Pero en mi repentina soledad no hubo sitio ni tierra firme bajo mis pies tambaleantes.

 

Tuve sed

y no atiné a dar con líquidos;

no había para mí un cielo, ni camino al río.

 

Sólo yo

y el resonar de una frase

que se quedó en mi memoria.

 

Sólo yo

y el recuerdo de una chispa

de blancura hospitalaria.

 

 

Sólo yo

y mi uno ochenta de dolor

tan distinto al de su talla.

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