Poemas de Bertha María Inzunza Choza

Presentamos cinco poemas de Bertha María Inzunza Choza (Sinaloa, 1994). Licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Ha publicado sus poemas en antologías y revistas impresas como “La Catrina “y “Tierra Adentro”, así como en portales de internet dedicados a la literatura, entre los que destacan Círculo de Poesía, La Otra Revista y Otro Páramo. Los campos no elíseos, su primer poemario, mereció el Premio de Poesía Joven Alejandro Aura, en 2015. Sus poemas han sido traducidos a idiomas como el árabe, francés y el chino mandarín. Ama la ilustración y la literatura infantil.

 

La mariposa que inventó los dedos

De labios del Viejo Oriente

nació la leyenda de la mariposa que inventó los dedos.

La historia cuenta que en un principio

los amantes podían tocarse sólo con la palabra.

La costumbre de usar guantes todo el tiempo

los había hecho olvidarse del tacto.

Un día estaban dos amantes jóvenes en un temprano bosque,

buscando hacer el amor diciéndose poemas.

De pronto una mariposa se posó en la piel de la mujer,

y la tocó tan profundo que la hizo ver en un segundo

todos los soles y las lunas que se han posado sobre la tierra.

La mariposa tocó también al novio,

y su tacto fue tan leve, tan exacto

que le recordó el olor del pecho de su madre

cuando lo amamantaba.

Ellos conocieron el poder de la mariposa

y lo buscaron en su propio cuerpo,

encontrando que su parte más frágil eran los dedos.

Desde entonces, todos los amantes lento se tocan

para no decir en voz alta la palabra “amor”.

 

 

Perro y cielo

Estaba el perro patas arriba sobre el camellón.

Descansaba suave, blanco mirando al cielo.

Y el cielo lo veía.

El perro no descansaba,

estaba muerto.

Un balde de agua fría llenó mi pecho.

Morimos cuando nos damos cuenta.

Igualmente pasa con el amor.

Amamos cuando vemos a alguien que también nos mira.

Dios siempre se me ha aparecido en forma de perro blanco.

Dios no volverá a morderme el tobillo.

 

La lengua es cárcel

Los mayas no querían palabra

para designar a la lágrima,

y la nombraron hija de los ojos.

En el antiguo Japón, el llorar se simboliza

con las mangas del kimono mojadas.

La lengua es cárcel.

Es el modo del amor.

Para llorar, te digo

llueve afuera, y en mi alma llueve.

 

El viaje

Salimos a las seis de la mañana.

El auto es pequeño, y vamos apretados.

Muchas horas de viaje, pero el paisaje tranquiliza,

monte verde o seco sobre azul.

Los niños gritan, piden cosas, nos detenemos para estirar las piernas.

Trato de dormir, pero es en vano.

Por fin llegamos al pueblo.

Este año nadie nos recibe porque la abuela acaba de morir.

Nadie nos recibe donde antes había flores, y luces, y comida caliente.

Mi madre entra a la que fue la habitación de su madre, y llora. La entiendo.

Alejo a los niños un rato. Todo está como la abuela lo dejó.

Sigue oliendo este piso a formol con telenovela.

En casa de mi padre también hay tristezas.

Mi tío está enfermo y sabemos que morirá pronto.

Yo quiero preguntarle cómo se siente su vida, pero no lo hago.

Comemos juntos todos, y platicamos.

En el pueblo no hay mucho qué hacer.

Persigo al gallito y veo cómo la madre oveja llama a sus crías.

Los días aquí pasan lento.

Vamos al mar que está cerca.

¡Hola, ola!, gritan los niños.

No trajimos ropa de playa, lo vemos de lejos.

Debemos regresar a casa ahora. Nuestras visitas son rápidas.

Veo en la carretera muchas cruces, y flores de papel, y fotos de accidentados.

Mujeres, hombres, eran jóvenes.

Imagino su momento final.

Lo que da miedo no es el golpe,

sino dejar de sentir nuestros pies asentados en la tierra.

 

El grito

Llegamos gritando de alegría

a la plaza ese domingo.

Dos mujeres se sentaron

en la orilla de la banca,

tejieron con sus manos

el grito de silencio con estambre

y ya no las miramos.

 

El cielo y la plaza son de las palomas,

el sol nos iba a comer muy pronto

y gritamos fuerte desde el quiosco.

 

Un joven con un trapo en mano

ofreció limpiarnos los zapatos.

Llevó el mismo aullido por toda la plaza.

Rezó al cielo y le dijimos que no teníamos dinero,

pero el grito se lo llevó hasta la otra esquina.

El sol ya estaba a punto de comernos.

Un niño chueco y rubio caminó con un balde

gritando como nosotros en el quiosco.

El sol ya estaba a punto de comernos.

Un hombre pasó e hizo que calláramos.

 

No gritamos cuando el sol nos comió

y la plaza imitó nuestro grito por toda la noche.

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