La poesía de Arlette Luévano

Presentamos la primera parte de Serpentario, escrito por Arlette Luévano (Aguascalientes, 1976) Ha publicado los poemarios Casi verde, Tercera persona, Informe sobre trenes que llegan y desaparecen, Apostillas negras, Casa en ruinas, No basta con nombrar al llanto llanto y La maldición y la sangre. Ha sido incluida en las antologías Cuerpos rotos, Latinoamérica en breve, Aquí comienza la sangre y El fulgor de la estrella negra. Publica microficciones en Twitter como @luda76.

 

SERPENTARIO

 

PRIMERA PARTE

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Cerca del pozo está el hogar de la serpiente. Se esconde bajo tierra durante el día, aunque puede escucharse el baile de su lengua azul.

De noche, la serpiente sube por los ladrillos y busca su reflejo en el agua. Mira a la luna y cree que una estrella brilla sobre su boca. ¿Lo ves?, pregunta a alguien que ya se ha ido, no es necesario mirar al cielo, entre mis labios lo tienes todo.

 

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Fotografía de una serpiente. Una figura enroscada. Inmóvil, la serpiente no es una serpiente. La serpiente es el cadáver de un trayecto imaginado. La imposibilidad del movimiento, de la andanza.

 

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La serpiente mueve su lengua asmática y su avance es la respuesta a ese dolor intermitente que entra por su boca. La impotencia mantiene abiertos los ojos de la serpiente. La ausencia de lágrimas es compartida por la trampa en que se encuentra, pero la transparencia de éste es una burla. A la serpiente le pesan las escamas.

 

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¿Qué será de la serpiente que se mueve en la asfixia de tierra y sol? ¿Qué camino cree que atraviesa? Es la serpiente la ondulación de un cansancio doloroso. Movimiento de la carne que no sabe que es ceniza. Destino de presa, de leña, de contenedor de incendios. Lo doloroso aquí es la falta de voluntad. El sueño donde hay flores y una ligera brisa. La posibilidad de no ser y seguir siendo aunque no sepa lo que es.

 

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Sigue la serpiente roja en un laberinto. Cámara lenta. Serpenteo acelerado. Se desliza la serpiente sobre ductos transparentes. Al fondo la noche. La serpiente roja no tiene a donde ir, se precipita.

 

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Jaulas de oro o de hierro, estuches forrados de terciopelo, férreas envolturas. Todos los caminos son jaulas, contenedores. Y ahora estoy en el laberinto de la transparencia. En la jaula última con vista al vacío.

 

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La serpiente sale del otro lado del túnel. Ciega. Sí. La luz. Y la pálida piel de su cuerpo se quema al instante. Un ardor que no mata. Avanza la serpiente con la confianza que da el calor. Porque aquí fuera la tibieza marca el camino. Pero no hay caminos. La serpiente quiere dormir pero tiene urgencia también por comida. El anticipo le duele en los colmillos. Su lengua por fin le da noticias: está sola. Al aire libre. Pero la serpiente se comería su cola antes que regresar. Se enrosca sobre sí misma y sueña con un animal gordo que llora de miedo justo en el límite de la noche fría.

 

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Tuvo la serpiente un sueño dictado por Schowb. La inefable luz ámbar entre los árboles, las raíces musgosas y los largos laberintos de hojas por el suelo. La serpiente se embriagó del olor a maderas, entrecerró los ojos y sonrió. Nada se atrevió a rozar. Fue el sueño más triste de la serpiente, que se entregó a la vigilia como a un abismo.

 

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Ser serpiente es avanzar sobre la tierra solitaria como una caricia, como el dibujo efímero de la caricia, lenta como la sangraza que escurre de un lastimado cuerpo desconocido.

 

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La memoria de la serpiente está en su piel. Sus anillos, sus colores, su elasticidad. Por eso debe desprenderse de ella. Para olvidar, de una vez y para siempre.

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