Presentamos el ensayo “La crítica literaria en la era de la sociedad superficial” de José Manuel Recillas.

En el volumen 30 de 1910 del Archiv für Sozialwissenschaft und Sozialpolitik apareció el artículo “Antikritisches Schlußwort zum Geist des Kapitalismus”, de Max Weber, el cual en español se conoce como “Mi palabra final a mis críticos”, y en el cual este defiende sus tesis de La ética protestante y el espíritu del capitalismo de las críticas de que había sido objeto por parte de Karl Fischer y Felix Rachfahl. Se trata de una de las polémicas intelectuales más relevantes y mejor documentadas del siglo XX, y uno de los mejores ejemplos referentes a la historia de la recepción de una obra en particular, es decir a la forma en que fue leída al momento de su aparición.

Entre otras cuestiones documentadas por Francisco Gil Villegas, “Weber simplemente respondió que en ninguna parte había afirmado algo tan absurdo como que la Reforma protestante ocurriera antes de los inicios del capitalismo, y mucho menos que los textos de Benjamín Franklin o de Lutero hubieran gestado al ‘espíritu del capitalismo’, como tampoco había negado la importancia fundamental de los factores sociales y políticos en la génesis del capitalismo. La razón por la cual Fischer había realizado una lectura tan llena de malos entendidos, posiblemente se debía a la forma de presentación de la tesis en el artículo original, por lo que Weber ofrecía eliminar aquellas ambigüedades que pudieran haber afectado la correcta lectura del mismo, sin caer, por otro lado, en la falta de rigor del vago reduccionismo ‘psicologista’ que Fischer tenía el descuido de proponer como alternativa metodológica seria”.

Se puede considerar que la respuesta de Weber a Fischer es, con todo, bastante cortés. El caso de Felix Rachfahl es aún más ilustrativo de lo que se le podría llamar no sólo mala fe o malos entendidos, sino de la abierta ignorancia con respecto a sus extensos comentarios sobre su trabajo. Weber le reprocha al inicio de su artículo que “en lugar de admitir con honestidad sus groseros errores y superficial manera de leer, ahora toma un nuevo giro y compone parcialmente sus errores incluso de una manera más desesperada que antes, para mantenerse en términos generales justo en la misma posición en la que me vi obligado a caracterizarlo”, para señalar, en una nota a pie de página, “espero nunca más tener que volver a involucrarme en una polémica con otro ‘crítico’ de esta calaña”.

El que Weber se refiera con tales epítetos a Felix Rachfahl habla del nivel al que llegó la polémica entre ambos. Rachfahl no fue, en ningún sentido, un alma cándida o un improvisado que se subió al cuadrilátero de la crítica, literaria o no, para recibir aplausos. Fue un historiador que aún hoy es referencia obligada y autor de títulos como Bismarcks Englische Bundnispolitik; Margaretha von Parma, Statthalterin der Niederlande (1559-1567); Der Stettiner Erbfolgestreit (1464-1472): Ein Beitrag zur Brandenburgisch-Pommerschen Geschichte des Fünfzehnten Jahrhunderts; Deutschland, Koenig Friedrich Wilhelm IV. und die Berliner Maerzrevolution; Die Organisation der Gesamtstaatsverwaltung Schlesiens; y Kaiser und Reich, 1888-1913: 25 Jahre Preussisch-Deutscher Geschichte, todos ellos libros que aún se editan y son materia de estudio y referencia en Alemania.

La de Weber no será, ni remotamente, la más acre o extensa polémica entre un autor y sus críticos, pero sí una de las más notablemente documentadas, y sin duda la más inteligente e ilustrativa sobre un problema que a todo autor aqueja, y que le llevaría a Carl Gustav Jung afirmar que él no podía responsabilizarse por lo que entendieran o no sus lectores. En efecto, uno de los problemas más agudos a los que se enfrenta cualquier autor es a lo que la crítica tiene que decir sobre lo que ha escrito o compuesto.

La polémica de Weber con Rachfahl y Fischer es importante porque en su base está el asunto de la lectura: cómo se lee y desde dónde. Todo escritor se enfrenta a esa cuestión, quién lee y desde dónde lo hace, pues la lectura de una obra publicada constituye el proceso de la historia de su recepción. Frente a la casi desaparición de la crítica literaria entre nosotros, sustituida por el candoroso ejercicio del ninguneo, la mayoría de las obras, especialmente en el ámbito de la poesía, aparecen publicadas sin que se complete el círculo de su recepción. No hay críticos que comenten libros ni den cuenta de su aparición, lo cual no significa que no haya lectores, sino que sus lectores no tienen manera de dar fe de esa recepción. Esto tiene que ver con la forma en que se ha movido no sólo el campo literario, sino también porque, como sostiene Giovanni Sartori, la nueva sociedad humana ha sustituido al Homo sapiens de la cultura escrita por el Homo videns de la sociedad mediatizada.

No se puede afirmar que la cultura escrita con la que crecimos haya desaparecido, pero sí es posible afirmar que el mercado editorial ha segregado, hasta casi hacerlo desaparecer, el ejercicio crítico que anteriormente realizaban los propios escritores, y en su lugar sustituye dicha labor por una promoción mediatizada en donde no hay tiempo ni espacio para la recepción de las obras y donde lo que importa es su venta y mediatización inmediata, impidiendo el natural proceso de recepción en el que lo relevante es la lectura, la reflexión meditada sobre una obra. Eso ya no sucede al haber desaparecido prácticamente las revistas y espacios que permitían esa labor, y ser sustituidas por espacios en los que lo importante es quién comenta más que la obra comentada. Lo que vemos es, en efecto, la degradación del ejercicio de la crítica, del análisis y la reflexión, los cuales son sustituidos por el comentario superficial y sin sustancia, el cual conduce a los “me gusta” de las redes sociales —esa manera en que la popularidad se establece— y, en última instancia, a la monetarización de dicha actividad, la cual se rige en sentido estricto y exponencialmente inverso a la seriedad de lo dicho en pantalla.

En tal sentido, Rodrigo Borja nos recuerda, en su Enciclopedia de la política, que “el Homo videns —‘el hombre que ve’, ‘el hombre vidente’— se caracteriza por privilegiar el sentido de la vista como medio de formación e información. Su principal instrumento de aprendizaje es la televisión. El mundo que cuenta para él es el que muestra la pantalla o aparece en el ciberespacio, es decir, en el espacio virtual creado por la cibernética. Construye su identidad y diseña su comportamiento con arreglo a los estereotipos forjados por los medios audiovisuales en la era digital, en la que, como dijo el filósofo alemán Hans Georg Gadamer, en materia de formación cultural, hemos pasado de ‘lectores’ a ‘espectadores’ del mundo”. Más aún, “el Homo videns es el producto de los modernos medios audiovisuales de comunicación que la revolución digital ha entregado a las elites sociales. Y es, en último término, un producto comercial, ya que el orden de prioridad de la información que recibe —y, por tanto, de sus conocimientos— lo establece el rating. Con la presencia de la imagen, la televisión interfirió el simbolismo de la palabra y con ello modificó la naturaleza de las comunicaciones masivas. Este proceso fue seguido después por la informática. Ellas han suplantado los conceptos por figuras, han contribuido a anular buena parte de la capacidad de abstracción del hombre y a mermar su sentido crítico, han alterado sus procesos mentales y su forma de pensar y han disminuido sus aptitudes de reflexión e introspección. El lenguaje conceptual y abstracto ha sido reemplazado por imágenes concretas que no dejan espacio para la imaginación”.

Este es el medio propicio para que “la buena voluntad” de “una persona que leyó un libro y puede tener una opinión” se manifieste en toda su pereza intelectual, y justifique su derecho a expresar dicha opinión basado en la libertad de expresión. Es decir, estamos ante la relativización absoluta de la expresión. Esto, sin considerar un hecho palpable: el empobrecimiento de la capacidad comprensiva del proceso de lectura, que en casi todos los casos conduce a una constatación lamentable: la gente lee, pero en muchas ocasiones no entiende lo que lee, saltando de forma automática a conclusiones no sustentadas en lo que el texto expresa ni en las posibles evidencias presentadas, algo muy característico de las sociedades visuales y mediatizadas, en las cuales las teorías de la conspiración juegan un papel muy importante, siendo el mejor ejemplo de esa pobreza de comprensión en el proceso de lectura.

Lo que este proceso de lectura superficial demuestra es la manera en que alguien lee algo, la realidad, un libro, un párrafo o hasta un comentario, y a partir de allí salta a conclusiones absurdas que no están, ni siquiera implícitas, en el objeto de lectura. La capacidad de análisis y comprensión brillan por su ausencia e intentar entrar en un diálogo constructivo con el comentarista es una labor extenuante, condenada al fracaso. Esto es más evidente en el caso de los autodenominados yuotubers que se dedican a comentar libros en plataformas virtuales.

En ningún caso se trata de escritores profesionales, o críticos con una trayectoria visible. Su desconocimiento de la tradición literaria es realmente grosero. Se dedican a comentar libros de reciente aparición, sin nunca referir influencias o aspectos técnicos en aquello que comentan por el simple hecho de desconocer por completo tradiciones o historias literarias. Para estos youtubers la literatura se acaba de inventar y no hay pasado al cuál hacer referencia. Stricto sensu, no son críticos literarios ni tienen aspiraciones literarias, humanísticas. Ni siquiera son lectores confiables o rigurosos. Ninguno tiene obra publicada, porque lo que les importa no es la palabra escrita, sino vivir del trabajo de otros, y en particular de su objeto más visible: el libro, no como resguardo de una tradición, sino como producto mediático.

Ellos mismos son, también y principalmente, un producto de la misma sociedad cibernética en que viven, y en ese sentido, tan superficiales y temporales como la duración de sus videos. Son los mejores representantes de eso que Mario Vargas Llosa denominó sociedad del espectáculo y cuyo mayor logro es el de conseguir seguidores. Fuera de estos aspectos, simplemente no existen. Son lapas que viven al amparo de peces más grandes. Eso los define mejor que nada. No están al servicio de la literatura y su comprensión, sino al del mercado tanto como al de su propia promoción. La literatura no es más que un medio para su lucimiento.

Lo que mejor explica este lamentable estado de cosas es lo que algunos denominan relativismo, el cual se explica por el hecho de haberse perdido los filtros necesarios para que una opinión, del tipo que sea, llegue a ver la luz del día. Los casos de Felix Rachfahl y Karl Fischer antes mencionados no son ni remotamente equiparables con los comentarios de youtubers sobre la última novedad editorial, comentada casi siempre sobre las rodillas, sin orden ni concierto. Si alguien se atreve a cuestionar al youtuber en turno, sus respuestas sólo denotan esa cultura del Homo videns ajena al pensamiento abstracto, al razonamiento comprensivo y al análisis puntual, y sólo balbucean conclusiones fuera de contexto como la libertad de expresión y su derecho a la lectura, algo que nadie les niega.

¿Por qué debería importarnos la existencia de estos comentaristas, de “‘críticos’ de esta calaña”, para volver a Weber, que no tienen ni la formación literaria ni el perfil intelectual para hablar? Porque denotan la pérdida de filtros que permiten la pobre y superficial expresión sobre un trabajo que está muy por encima de sus limitadas capacidades analíticas –concediendo que las haya– en virtud de su (de)formación mediática. Como los perfectos representantes que son de la cultura del Homo videns, elaboran “discursos” basados en la inmediatez y una nula cultura literaria, pues el pasado no existe para ellos, sólo un hic et nunc sin consecuencias. Ni siquiera están enterados que así como existe una tradición literaria, también hay una tradición crítica muy puntual y que el ejercicio de la crítica también supone un conocimiento que vaya más allá del comentario improvisado y superficial. Sobre todo, desconocen que el ejercicio de la crítica también implica una responsabilidad intelectual, tan alta como la de la creación misma, y que en virtud de todos esos elementos intangibles el crítico no está exento de ser criticado, en particular cuando sus opiniones no están basadas en el conocimiento profundo tanto de la obra comentada como del contexto cultural e intelectual, no menos que el social, en que se halla inserta.

La ausencia de crítica seria, debido a la falta de medios para darle espacio a este necesario ejercicio intelectual, ha dado como resultado que la sociedad visual de las plataformas digitales se abrogue un poder que no le corresponde y sobre el cual, con justificada razón, no pocos lectores y creadores, desconfían. Quizás sea tiempo de pensar en recuperar los espacios que la era digital ha usurpado falazmente.

Sobre el autor: 

José Manuel Recillas (1964) es presidente y fundador de la Academia Mexicana de Poesía, obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Crítico Evodio Escalante 2016 por el libro Catábasis y θεία μανία, y mención honorífica en el X Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada 2015-2016, convocado por la UAEM por el libro Atrévete a mirar, tú, que no quieres. Recibió la Cátedra Sergio Pitol en 2012 por el Centro Universitario de los Lagos, dependiente de la Universidad de Guadalajara, por su traducción y edición a la obra del poeta alemán Gottfried Benn (Un peregrinar sin nombre. Escritos fundamentales, 2010). Ha publicado los libros de poesía Mahler (2015), El sueño del alquimista (1998, 2015), Sidereus nuncius (2009), Entre el sol amarillo del escombro (2003) y La ventana y el balcón (1992). Francisco Segovia dijo que los suyos “no son versos humildes y sencillos, pudorosos y casi avergonzados de sí mismos. Porque en la poesía de José Manuel Recillas no suena la voz tímida de un Yo sino la de una civilización entera”. Guadalupe Aldaco ha subrayado que “su poesía es rica en sentidos, significados, resonancias y profundidad […] tiene eso que uno anhela de la literatura, una especie de inconmensurabilidad, la sensación de poder detenerse ahí, en cada uno de sus versos, y regocijarse, obtener la pauta para escalar intensamente las propias rutas interiores”. Por su libro Atrévete a mirar, tú, que no quieres, los jurados del Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada 2015-2016 han señalado que es “la gran sinfonía de la poesía, si es correcto definirlo así” (Joan Manresa), “nos hace pensar otra vez en la necesidad del poema extenso” (Subhro Bandopadhyay), “hay en José Manuel Recillas una dicción neoclásica que eleva este libro a un lugar de compromiso vital con lo necesario” (Rafael Sarabia); por su parte, Cosme Álvarez subrayó que “José Manuel Recillas habla como pocos de nuestros contemporáneos un brillante lenguaje de endecasílabos y alejandrinos, pero la mayor experiencia que se puede tener con su poesía se encuentra sin duda en sus poemas de amor, o, para decirlo con mayor precisión, en sus cantos ceremoniales a la mujer”.

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *