El Botón de Avance

 

A Brian Aldiss, con toda mi admiración y respeto

 

Mucho ha cambiado en el mundo desde que Conrad Barlow y Gregory Magee obtuvieran el ansiado premio Nobel de la Paz por la creación del Reflejo de Demora Funcional. El RDF, popularmente conocido como el Botón de Pausa, era una nanomáquina capaz de frenar los impulsos más violentos del hombre, aquellos de los que nos arrepentimos apenas un segundo después de haberlos puesto en acción. Frenaba nuestra mente y nuestro impulso irracional y nos hacía mejores, más lúcidos, más automáticos. La violencia doméstica disminuyó, así como la irresponsabilidad en las carreteras. Éramos capaces de reflexionar de manera clara en situaciones de crisis, nos convertimos en matemáticos del mundo, analistas de la causa y el efecto.

Más tarde comenzó la crisis.

En una ocasión un amigo me recomendó que cuando quisiera declararme a una mujer no pensara, sino que actuara. El Botón de Pausa me impedía obrar de tal modo. Todas mis decisiones eran el complejo resultado de barrocas elucubraciones que nunca incluían la solución directa e instintiva, la que induce a una criatura a querer agradar a otra del sexo opuesto. Fue cuando empecé a comprender que el cerebro humano, al contrario de lo que se piensa, no tiene nada de racional. Sus decisiones están afianzadas en poderosos mecanismos de una naturaleza algorítmica más que caprichosa. Nos convertimos en mentes deductivas y nos olvidamos de que existió un tiempo en el que nuestros antepasados cazaban mamuts mientras desafiaban desiertos y océanos, un tiempo en el que vivían la vida sin detenerse a pensar en los riesgos.

La eterna historia de la humanidad. En su arrogancia estúpida, desdeña lo que estuvo antes, lo que ha perecido a las arenas del tiempo.

Es por eso que, muy a mi pesar, inventé el Botón de Avance. Siguiendo los preceptos básicos de Barlow y Magee no me resultó muy difícil diseñar una nanomáquina que, implantada en el cerebro, se arrastraba a lo largo de su laberíntica estructura y se enraizaba entre las dendritas a la espera de acelerar las respuestas sinápticas. De ese modo, ante un aumento de adrenalina, también la respuesta del sujeto aumentaba.

Los primeros en probarlo fueron voluntarios que me ayudaron en mis experimentos. Una vez implantado su capacidad creativa llegaba a límites nunca vistos, pero por desgracia su grado de insensibilidad afectiva también aumentaba, confirmando la moderna teoría de Ackren referente a que los grandes genios de la humanidad eran unos monstruos en términos sociales y personales.

Permanecí ciego a tal hecho. El hecho de tener ante mí nuevos Newtons y Einsteins, con sus virtudes y defectos, me hizo considerar el experimento un éxito, y lancé a aquellos depredadores al mundo. Un mundo lleno de sujetos con el Botón de Pausa alojado en el cerebro.

El ascenso de mis cobayas fue imparable. Encontraron acomodo en puestos de elevada importancia entre las sombras, manejando a los títeres gobernantes, nobles y llenos de buenas intenciones, pero también fáciles de manipular. Eran un puñado de águilas en un reino de ratones; reyes del entorno, demasiado lejos del alcance de sus víctimas.

Destruí todos los documentos relativos al Botón de Avance, pero era demasiado tarde. Ellos mismo descubrieron el funcionamiento del mecanismo que abrió sus mentes y continuaron con el proceso.

Seleccionaron a los soldados de menor coeficiente intelectual posible y les implantaron el Botón de Avance. El resultado fue aterrador: si bien el intelecto de aquellos hombres no experimentó un avance muy notable, en términos militares se habían convertido en las perfectas máquinas de matar. Sin represiones, sin dudas. Todas aquellas cavilaciones eran producto de la mente racional.

Para aquel entonces el Partido Unido de la Realidad había caído y mis protodioses eran, a efectos prácticos, los dueños del mundo. Nada parecía detenerles. Ejércitos enteros sucumbían ante el avance de sus soldados mejorados, demasiado tontos para conocer el miedo, sin una pizca de moralidad, carniceros perfectos que sembraban el terror allá por donde sus hordas avanzaban. Por si aquello fuera poco, el Botón de Avance fue implantado también en los soldados más brillantes y más fieles a los nuevos líderes del orden mundial, soldados con amplios conocimientos de numerosas disciplinas de combate cuerpo a cuerpo. La escasa decena de hombres resultantes, por llamarlos de alguna forma, resultó ser la legión de guardaespaldas más letal y brillante que se ha conocido jamás, dotados de una crueldad carente de límites.

Y entre orgiásticas celebraciones, fruto de sus impulsos inmediatos, los amos del mundo llevaron a cabo la última parte de su plan.

Lejos de erradicar el Botón de Pausa, consiguieron modificarlo para que su respuesta no sólo englobara situaciones de crisis, sino también aumentos de adrenalina prácticamente imperceptibles para la medicina moderna. De ese modo, consiguieron eliminar la idea de la rebelión en la mente de los vencidos antes incluso de que ésta se llevara a cabo. Toda respuesta a la violencia, a los malos tratos, a la tortura, acababa en la parálisis del sujeto. El dolor engendraba dolor, sin posibilidad alguna de resistirse ni tratar de combatirlo.

De ese modo el Botón de Avance y el nuevo Botón de Pausa fueron introducidos en la secuencia genética humana, y la evolución hizo el resto. Dos castas nacieron, una casta de lobos y otra de corderos, y las pesadillas sociales de visionarios como HG Wells tomaron forma. El resto es historia. Esta sociedad, sin embargo, está claramente condenada al fracaso. Tras mucho teorizar he comprendido que un cuerpo humano no puede resistir durante mucho tiempo la implantación del Botón de Avance, lo que he dado en llamar Efecto Autodestrucción, efecto que ha estado patente en muchos de los grandes genios de la humanidad, como puede constatarse a partir de la inmensa cantidad de ellos que han recurrido al liberador método del suicidio.

Método al que yo mismo recurriré en breves momentos. Porque en un último acto de traición global me uní a mis propias creaciones y me dejé degradar por ellas, hasta que su piedad me hizo digno de que me implantaran el Botón de Avance. Tengo sin embargo el consuelo de que su mundo putrefacto y emponzoñado morirá con ellos, y entonces sólo quedarán los mansos, que, como bien fue vaticinado en el pasado, heredarán la tierra. Tal vez entonces comience la verdadera historia de la humanidad, eliminada toda perversión de sus corazones; pero será una historia vacía y triste, porque escondida en esa clase de impulsos reside también la chispa que los hace capaces de grandes hazañas. Y es que, como el propio Ackren dijo, la principal diferencia entre un héroe y un villano es que hay que usar menos letras para referirse al primero. Tal vez algún día, en un futuro lejano, lo comprendan aquellos que, con tanto empeño, con tanto ardor tratan de disociar los indivisibles términos del bien y del mal.

 

Sobre el autor:

“Magnus Dagon: Seudónimo de Miguel Ángel López Muñoz. En el año 2006 ganó el Premio Internacional UPC y en el 2009 el Villa de Torrecampo, entre otros galardones, además de ser finalista de los Premios Domingo Santos, Andrómeda, Vórtice, Pablo Rido y dos veces finalista en el Ángel Ganivet. Ha publicado más de un centenar de relatos, tanto en editoriales y revistas de papel (Ediciones B, Edge Entertainment, Dolmen Editorial) como en medios online, y ha sido traducido al alemán, búlgaro, francés e inglés. Es el autor de Los Siete Secretos del Mundo Olvidado, Los Caídos, The Jammers y El Espejo de Ares. Es además el cantante y letrista del grupo Balamb Garden (www.balambgarden.bandcamp.com). Su último trabajo es El Planeta Muerto, novela corta publicada en enero de 2017 con Ediciones el Transbordador, y Los Guardianes Errantes, novela publicada en septiembre de ese mismo año y con la misma editorial.”

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