Con motivo del 151 aniversario del nacimiento de Rubén Darío (1967-1916), nuestro editor Marco Antonio Murillo presenta un singular texto sobre poesía, celebración y obsesión, términos dibujados en la extensa obra del nicaragüense.

 

Arte pirotécnica

Porque sólo la creación es festejo.

Luis Cortés Bargalló

 

Cada verso es fogaje en la boca de los desvelados. No los insomnes, sino aquellos a los que cada poema les brota de una obsesión: reproducir una imagen distante, a la que ya no pueden volver en carne propia. Circulares, obsesivos, los poetas escriben el mismo poema toda su vida. Vuelven a dar su lumbre los viejos lampadarios, descubrí una noche que leí a Rubén Darío.

             Se dice que Darío recordaba borrosamente, aún hacia el final de su vida, una noche de fiesta en Metapa. Era el 17 de enero de 1871, día de San Antonio. Llamado por los arreos de la luz y la blanca furia de la pólvora, se había soltado de la mano de su nana para acercarse a la plazuela.

               Los fuegos artificiales

se expandían en el horizonte

simulando geografías de paso,

montañas de chispas y colores

que se disipaban desde lo alto

como un furioso rondel de humo negro.

           Durante los años siguientes, Darío quiso replicar la luminosidad de esa imagen: la pólvora que utilizaron los orfebres del fuego, los colores que se abrieron aquella noche en la vertical, la longitud y el tiempo de duración del estallido. Entonces, sus versos se cubrieron de polvóricos matices: la relojería roja del alejandrino, la arriesgada rima interna del equilibrista; y luego la prosa, miel que en el caracol de la oreja se derrama y el versículo en el tablero blanco, con su avance de alfil en brama. Como un doble espejismo, a Darío le interesaba la fugacidad de la luz y la estela de humo que el fuego suele dejar en el aire. Aciagas cenizas impregnaron sus poemas: un suave y enorme esfumino / del curvo horizonte borrara el confín. rubricó en “Sinfonía en gris mayor”.

          Poemas: obsesiones: variaciones musicales sobre un tema: un pueblo: un niño que se escapa de la mano de su nana: la fiesta de enero. Una noche, yo también levanté la vista en una plaza:

la pirotecnia respiraba repentina contra la noche,

la invertía, la reinventaba a sus anchas:

celeste ensenada, bahía de lumbre

sobre la pequeña catedral sitiada.

En la rauda luz de esos estallidos creí reconocer una silueta plenamente rubendariana: De desnuda que está brilla la estrella.

 

 

 

 

 

 

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