Tres poemas de José Manuel Vacah

Presentamos tres poemas de José Manuel Vacah (Estado de México, 1990). Poeta, narrador y periodista. 

 

 

Visión en una calle rota

 

para Ricardo Yáñez

 

Cuando giré para que la bicicleta no se destrozara

contra el día blanco, el frío y el taxi mutilado por el odio,

miré al caballo que venía hacia mí, sus dulces ojos manchados,

y lo encontré hermoso

y lo admiré.

 

Una mujer me ha despreciado, se ha burlado de mí:

“qué mierda eres, incapaz de compadecerte de las flores”.

Pero qué es una mugre flor, comparada con un ángel destruido.

 

Arrastro una carreta de basura,

a mí también me fustigan, laceran el costado,

también trabajo para imbéciles y salvajes,

siento cómo mis cascos, quebrados por el óxido,

chocan contra la calle rota.

 

Pero el caballo

me miró con ternura; presentí el recuerdo de mi madre muerta,

y en sus ojos bebí leche, comí pan y mordí una fruta negra.

 

He bebido de él, he comido, he escrito,

y no dejo de admirarlo, estoy aquí como si por primera vez,

como si su recuerdo volviera para enmudecerme.

 

¿Qué eres tú magnífica bestia?

Toma de mí el alcohol y la venganza,

toma mis pulmones, respira, y fumemos hasta reír,

¿hace cuánto que no estás contento?

 

¿Has escuchado una canción de Patti Smith

mientras haces el amor?

Aquí no, en esta ciudad,

en esta orilla de la muerte,

 

en esta calle reventada por una visión:

he decidido amarte,

esquirlas de una hierofanía

—qué palabra tan pinche—

me cortan.

 

Escucho tus pasos fracturados

contra mis costillas,

como si muy adentro caminaras para pedir perdón por no sé qué,

contemplo tus huesos astillados.

 

Canto a tus crines mordidas por la sarna,

a tus muelas podridas, a la desnutrición,

a la orfandad, a la tristeza.

 

Cruzas la calle arrastrando la carreta,

cargando el triciclo destrozado que alguna vez una niña

rompió contra la calle blanca,

contra el frío,

contra el autobús desquiciado,

 

mientras tu dueño, drogado con la mona, te fustiga.

 

 

 

El intérprete

 

Humedece la piel de un animal incierto,

la luz imita el sonido del agua.

 

Hallé la música que perdí hace años.

Escuché los duros golpes del bajo

cayendo como una lengua húmeda

sobre mis huesos.

 

Aprendí a huir de las palabras,

no de su sonido.

 

Comprendo la inquietud de los peces

cuando alguien los observa:

el ojo humano es luz artificial,

las palabras sombras.

 

Soy ahora el intérprete,

pulso una cuerda

y comienza a llover.

Ese sonido que cae

está mirándome.

 

 

En mis huesos la claridad del día se pospone,

se hace distante el ritmo de la noche,

se prolonga,

mi cuerpo también es música

pero duele.

 

El tempo es violento,

es incómodo,

arden las canciones de la muerte,

en mi carne estallan sus palabras,

soledad, cáncer;

me enfrento a los sueños de un dios asustado:

nunca he salido victorioso de nada.

 

Quizá la luz es un espejo.

¿Quieres ser un ángel? –le pregunto al otro—,

¿conoces la belleza?

Me miro a los ojos y no hay nadie.

 

Me crujen los cristales de la nuca

como un pasillo solitario,

¿qué es aquel sonido en la ventana?

La lluvia me ha vencido,

no es una confesión amarga,

es un estado de alerta.

 

La luz es música.

 

 

 

La canción de amor de J. M. V.

 

El hocico de la ciudad,

los dientes grises, la lengua negra,

su aliento amarillo precipitándose contra mis pasos,

la tarde entera contra mi cuerpo, la ruidosa multitud aplastándome.

 

Intento seguir el ritmo de mis premoniciones.

El cielo enfermo me ofrece un cigarro,

y después tose,

tose y escupe sangre;

hubiera valido la pena

tomar una fotografía

para recordar el atardecer.

 

Regresaré mañana,

y lo contemplaré todo,

—la ciudad entera, los ojos de las mujeres,

la cerveza derramándose en los vasos—

realmente habrá tiempo para eso,

hoy se trata de caminar y seguir viviendo.

 

Un pájaro ha muerto

en la rota sombra de mis pasos,

crucé sobre sus huesos

mientras la tarde gemía como un animal sagrado.

Aunque he visto a los ángeles,

no conozco su lenguaje,

los escucho ahí tirados sobre el puente

esperando la noche.

 

Atravieso calles vacías,

dejo atrás a los mendigos,

las prostitutas han dejado de cantar para mí.

 

Es cierto, he pasado por miradas ajenas

como un fantasma;

me peino el cabello hacia atrás,

abrocho el abrigo,

y sacudo mis zapatos.

 

Paso de largo por entradas de hoteles baratos…

La memoria de su cuerpo me lame la espalda,

su voz me detiene con una intención insidiosa;

responderé:

odio a los que se entregan a esta hora,

atrozmente los envidio,

inflamados por el deseo,

aullantes,

rabiosos

e idiotas.

 

También poseo una ternura abrumadora;

diré:

soy capaz de conmoverme con la pintura de unos labios,

he pasado largo rato mirando a una mujer,

me gustan sus nalgas,

y la he seguido hasta una tienda cercana.

¿Me atrevo?

El tiempo se posa en mi lengua y me dicta las palabras de otro.

 

La luz frota su espalda sobre las vidrieras,

me estoy quedando calvo;

la luz frota su sexo sobre mi rostro;

el deseo es un fuego ritual que despelleja el aire

y lo humedece.

 

Decido que no,

al ver que adentro las mujeres ya están hablando del atardecer.

Hay tiempo de fumar un cigarro;

si fuera una cafetería,

entonces elegiría su nombre,

una mesa,

una conversación sobre un asesinato

o un artista.

 

Hay tiempo para preparar preguntas

—tiempo para ella y para mí—

mientras el cielo deja caer las últimas gotas de sangre;

la luz se va arrastrando calle abajo

hasta destrozarse contra los automóviles.

 

La multitud enferma se paraliza,

y después tose, de su hocico

se desprende un ritmo estúpido, una música.

Hay tiempo entonces para recordar esa canción,

realmente hay tiempo de romperme la cabeza contra el vidrio.

 

Decido que no,

adentro las mujeres están hablando de un vestido rojo,

¿cómo podría atreverme?

Me detengo en el umbral,

enemistado con mi cuerpo,

desesperado

como el día en que destrocé el espejo de la habitación.

 

Ellas dirán:

tiene los pantalones sucios,

está gordo,

se le está cayendo el pelo.

 

Hay tiempo aún para cien dudas

y para cien visiones,

antes de huir y ocultarme

detrás de la mesa de una cafetería cercana,

antes de comer pastel,

beber té,

fumar un cigarro,

antes

de inquietar al universo.

 

 

Sobre el autor: 

José Manuel Vacah (Estado de México, 1990) Poeta, narrador y periodista. Fue confundador y director de la revista Hysterias. Ha publicado el libro de poemas Desearás irte, y los libros de cuentos  El pasajeroEl asesinato del conspirador y Fueron los gatos. Es compilador de la antología de narrativa actual Historias de sexo, conspiración y muerte.

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