Cuento de Virginia Sánchez

 

presentamos un cuento de la autora mexicana Virginia  Sánchez (Yucatán, 1990).

 

 

Cuando mi esposa y yo llegamos a esta casa, lo hicimos sólo con dos cajas, una suya y una mía. Llevábamos en su interior sólo lo indispensable, un poco de ropa, una fotografía familiar, y nuestras viejas cintas caseras, que constituían el único recuerdo que conservábamos de nuestro pasado antes de conocernos. Como nuestras familias se habían opuesto al matrimonio y teníamos escasos amigos en la ciudad, mi mujer y yo procuramos adaptarnos a la vida de recién casados lo mejor que pudimos, a pesar de las carencias. Pasábamos largas horas de ocio mirándonos a los ojos, rozando nuestras pieles y adueñándonos de los pocos metros en los que consistía nuestro hogar.

 

Los sucesos comenzaron la novena noche desde que nos mudamos a la casa. Recuerdo que al despertar sobresaltado aquella primera madrugada, me encontré con la mirada asustada de mi esposa. Se acercó a mí y me preguntó qué me pasaba; yo no le contesté, pero ella me besó la frente y me ayudó a recostarme. Antes de cerrar los ojos la vi sentada a mi lado, con la mirada vacía y la espalda apoyada en la cabecera de la cama.

 

La noche siguiente, después de cenar y darle las buenas noches a mi esposa, me eché en la cama y cerré los ojos con la esperanza de conciliar el sueño y deshacerme de la sensación de cansancio que me aquejó el día entero. Pasados unos minutos, me puse de pie y caminé hacia la habitación que en un futuro habría de ser mi estudio. Una vez allí empecé a dibujar, una hoja tras otra, hasta que eventualmente me sentí adormilado. Cuando regresé a la cama a alguna hora de la madrugada, vi a mi esposa contraer el rostro, los brazos y las piernas, como si se estuviese defendiendo de algo. Me acerqué a ella y la sacudí levemente, pero se sentó en la cama de un salto, con el cuerpo húmedo de sudor por debajo de su blusón de dormir. Me abrazó llorando, aferrándose a mi pecho, y a partir de aquel momento en el que ambos admitimos sentir miedo, no volvimos a dormir tranquilos.

 

Noche tras noche, algo trepidaba por las sábanas de nuestra cama y nos hacía despertar en llanto, huyendo de espantosas angustias. Incapaz de seguir en la cama y contemplar a mi esposa atrapada en temblores, escapaba a mi estudio vacío y me la pasaba dibujando figuras amorfas, ilógicas, que día a día me parecían más horribles. Las cosas no mejoraban al paso de los días, dejamos de hablarnos y cada noche dormíamos menos. Debo admitir que empecé a vigilar a mi mujer que, a su vez, también me vigilaba; a cada momento nos volvíamos más paranoicos.

 

Desesperado, consulté a nuestros amigos para saber, de una vez por todas, si estábamos perdiendo la cabeza. Fui incapaz de explicar el contenido de nuestros delirios, que expuestos a sus interrogatorios me parecieron más que nunca producto de la locura. Tan sólo fui capaz de balbucear que se trataban de historias cuyo origen y narradores no podía recordar, pero que nos hacían sentir abrumadoramente solos e insignificantes, y que nos enfermaban de melancolía y ansiedad.

 

El vigésimo séptimo día desde la mudanza decidimos reordenar nuestras pocas pertenencias y pintar la casa, con la esperanza de que ello mejorara nuestro ánimo. Mientras limpiábamos, descubrimos que las cintas de video estaban más desgastadas de lo que las recordábamos. Cuando las revisamos a detalle notamos con horror que había partes faltantes, como si sobre la cinta magnética nunca hubiese sido grabado algo. Movido por un impulso, corrí a mi estudio en busca de los dibujos que había hecho durante aquellos días, y entre mi mujer y yo los ordenamos cronológicamente. Nos quedamos petrificados, sin admitir ante el otro que reconocíamos en los dibujos las espantosas imágenes que nos torturaban por las noches. Ahí estaban los fragmentos faltantes en las cintas de VHS. Tuve miedo de estarme volviendo loco. Mi mujer también tuvo miedo, pero al igual que yo, decidió no admitirlo. Recogí todo el valor del que disponía y como pude tomé todos mis horribles dibujos y las viejas cintas de video, y los eché a la basura.

 

Durante veintisiete noches consecutivas, los monstruos que habían logrado escabullirse de las cintas a mis dibujos se deslizaron por los bordes de las hojas y gozaron torturando nuestras mentes. Vueltos dibujos, habían dejado de ser memorias capturadas para volverse unos espantosos recordatorios de aquellos tiempos en los cuales no podíamos ser más que anhelos de nosotros mismos. Las ensoñaciones en las que nos sumergían eran tan perturbadoras que en más de una vez hube de preguntarme si su objetivo era volvernos dementes.

 

Aquella misma noche decidimos atarnos el uno al otro antes de quedarnos dormidos. Supusimos que, de este modo, si los monstruos regresaban por uno de nosotros, terminarían llevándose al otro. De este modo, al menos uno de los dos podría despertar al otro, encender la luz o abrir las ventanas.

 

Quisiera asegurar que dormimos en apacible quietud desde entonces, pero la verdad es que a pesar de que nada ocurrió en las noches siguientes, aún teníamos miedo de cerrar los ojos y abandonarnos al sueño.

 

Cumplido el trigésimo sexto día desde que nos mudamos, mi mujer entró a mi estudio, pálida y temblorosa, con la mirada entornada en los objetos que sostenía entre las manos. Sentí un escalofrío al verla otra vez tal y como en esa horrible primera noche, pero mi pánico creció al comprender que aquello que sostenía entre las manos eran las fotografías familiares que habíamos traído a casa. Corrí hacia ella y se las arrebaté.

 

Nada. Estaban completamente negras, como si las fotografías jamás hubiesen sido develadas.

 

 

 

SOBRE LA AUTORA:

Virginia Sánchez González (Yucatán, 1990), Lic. en Teatro por la Universidad Veracruzana. Ha sido becaria del Curso de creación literaria para jóvenes de la Fundación para las Letras Mexicanas en el año 2010 y 2011, del Instituto de Cultura de Yucatán y el FRCA Zona Sur para el Diplomado en Dramaturgia 2011, y del Festival Cultural Interfaz 2016 en el área de Literatura. Ha colaborado en la revistas AEDA, Improvisación y en el proyecto “43: una vida detrás de cada nombre” de la Revista Lepisma, que posteriormente fue publicado por la Editorial de la Universidad Veracruzana.

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