Un cuento de Laura Zúñiga Orta

Imagen: Toko Shinoda

Los astronautas  

 

Salieron corriendo de la casucha iluminada por el fuego. Dos pequeñas sombras que en segundos crecieron y brillaron anaranjadas, como si cargaran brasas en las costillas; dos manojos de luz en fuga, tomados de la mano. Se detuvieron al llegar a la avenida, ese río de chapopote seco que separa la civilización de la barbarie. Recuperaron el aliento. Con los dedos, retiraron las nubes que atosigaban a la luna, y hacia ella dirigieron sus pasos.

—¿Cómo le hace uno para viajar a la luna, mamá?

Eran las cuatro de la mañana. Bajo techos de lámina dormían los desperdicios de la tierra: los marginados. Fue Juvencio quien dio la voz de alarma. Regresaba a su vivienda borracho y dando tumbos, como era su costumbre, cuando se encontró con el fuego. Se frotó los ojos, pensando que alucinaba; luego comenzó a gritar y a golpear las paredes de cartón.

—¿Cómo se llega a la luna, mamá? —preguntaron los hermanos al unísono.

—¿Y pa qué carajos quieren ir a la luna? ¿Qué, son idiotas?

No fue, sin embargo, el escándalo de Juvencio lo que despertó a los vecinos. Los más cercanos a la hoguera empezaron a soñar con el calor: se vieron caminando a orillas de un mar de agua hirviendo; sintieron sus pies arder. Algunos alcanzaron a ponerse los zapatos; los más, apenas consiguieron salir vestidos.

—¡Llamen a los bomberos! —gritó Juvencio, aferrado a su botellita de mezcal.

Nadie le hizo caso: bien sabían que los bomberos vivían del otro lado de la avenida, junto a la policía, el gobierno y Dios. Teresa, una mujer de edad indefinible y con cierta autoridad, fue la única que supo reaccionar. Ordenó a las vecinas contar a sus hijos, irse con ellos a un lugar seguro y no estorbar. Pidió a los hombres juntar palas, uñas, coraje; agua, ni pensarlo: estaba a media hora de camino.

La obedecieron sin rechistar: la pobreza educa a los suyos en la mansedumbre. Cavaron en la tierra apisonada del camino que, en esa época del año, era un desierto del color de la mierda. Ganaron la batalla al fuego cuando el amanecer ya desnudaba los despojos.

—A lo mejor en la luna no nos molesta Manuel —se atrevió a decir la niña.

—¿Van a empezar con lo mismo? ¡Cállense o les rompo el hocico!

Teresa, rostro de carbón, reunió a las familias. Quería contar a los vivos para saber cuántos muertos habría que buscar y abandonar a pie de carretera, para que los otros, los que viven más allá del asfalto, los recogieran y aventaran a la fosa común. Estaban casi todos, incluso aquellos que soñaron con el mar hirviendo, de modo que no fue difícil determinar a quiénes hallarían carbonizados.

—¿Usted ha estado en la luna, doña Tere? —la mujer rió ante la pregunta.

—Yo no —dijo—, pero el Juvencio sí: mírenlo nomás, ahí se la vive.

—Faltan Florencia, Manuel y su bebé —dijo Teresa, recordando al crío de meses y a la mujer que mal pareja hacía con aquel hombre—. Faltan los astronautas —agregó, refiriéndose al niño y a la niña, hijos del primer matrimonio de Florencia, así apodados porque querían vivir en la luna.

—Voy por costales pa meter a los cinco muertitos —se ofreció alguien.

—No busques cinco, Tere —advirtió Juvencio—. Nomás hay tres.

Ella hizo a un lado al borracho como quien se espanta una mosca. Tenía bien ganada su fama de hembra dura y los hombres no se quisieron quedar atrás, así que la acompañaron a buscar los cadáveres entre los escombros. Muy cerca de lo que había sido la entrada de la vivienda apareció el inconfundible cuerpo de Manuel.

—Seguro que este hijo de puta ya iba pa fuera —murmuró Teresa—, valiéndole madre su mujer y los chamacos.

Un par de metros adelante encontraron lo que quedó de Florencia: un pedazo de oscuridad protegiendo a su bebé. Al mediodía, después de haber revisado palmo a palmo el terreno, se convencieron de que Juvencio no había mentido. Teresa supuso que los niños habían escapado y ahora vagaban por los alrededores. Mandó a buscarlos mientras envolvía los cadáveres en cobijas.

Los hermanos pasaban los días en la avenida, tratando de vender a los pocos automovilistas las carpetas que su madre tejía a gancho. Cuando les iba bien vendían dos o tres. Pocas veces la suerte estaba de su parte, pero al menos alguien les daba en ocasiones un poco de comida, y aprovechaban para ver cómo eran las personas que vivían del otro lado.

Por las tardes regresaban con su madre, quien los esperaba con historias sobre el padre que no conocieron. Un viejo truco para espantar el hambre. De camino a su vivienda jugaban a tener futuro. Hacían planes detallados de lo que comprarían para comer cuando tuvieran mucho dinero. Se imaginaban corriendo en el jardín de una casa de ladrillos más grande que las que veían desde la avenida.

Al anochecer no había señales ni de los niños ni del borracho, pero tampoco tiempo para preocuparse por ellos. Teresa había terminado de envolver los restos carbonizados: los cobijó como si durmieran. Unido en raquítica procesión, el vecindario marchó hasta la avenida. Una vez ahí, en esa frontera que estaba prohibido cruzar, un joven se encargó de meter los cuerpos en los costales, bien amarrados para que no se fueran a escapar.

Manuel se adueñó sin aviso del minúsculo espacio que compartían Florencia y sus hijos. Ella misma le abrió la puerta. Al entrar, él orinó el suelo de tierra para marcar su nuevo territorio, como los perros. Dedicó una semana completa a enseñar el respeto a los niños, que gritaban a cada golpe sin que su madre los mirara siquiera.

—Don Juve, ¿es cierto que usted ha estado en la luna?

—¡Ah, chingá! ¿Cómo supieron? Sí, yo he estado por allá arribota.

A Florencia no tardó en crecerle la panza. Se fue transformando en un trozo de piel amarga; hinchada, pero hueca. Se le iban las horas rascándose la cabeza, sentada frente a su puerta esperando a Manuel, que cada vez llegaba más tarde y más borracho. Florencia no toleraba a sus hijos, quienes, de cualquier modo, ya no la reconocían.

—¿Y es difícil llegar a la luna, don Juve? —preguntó el niño.

—Pus no, lo cabrón es la distancia: hay que caminar mucho —contestó, con la boca pegada a su botella.

Manuel declaró que su mujer era una inútil y amenazó con dejarla cuando ésta cumplió cuatro meses de embarazo. Después de rogar durante horas, Florencia retuvo a su hombre a cambio de que los niños hicieran lo que ella ya no podía, desde los quehaceres domésticos, mínimos en el lugar que habitaban, hasta vender la ropa usada que él conseguía ocasionalmente.

—¿Podemos llegar caminando, don Juve?

—¡Claro! Nomás se fijan bien dónde mero está acostada la luna y jalan pallá.

En su sexto mes de embarazo, Florencia exigió a sus hijos conseguir dinero para dárselo a Manuel; comida y alcohol para que estuviera a gusto. Arrancándose el cabello a mechones, los enviaba de madrugada a buscar a su hombre entre los borrachos y las putas. Luego permitió que Manuel jugara con los niños en el catre mientras ella salía a tomar aire, bajando la mirada cuando se encontraba con Teresa.

—Don Juve ya nos dijo cómo llegar a la luna, mamá. ¿Nos dejas ir?

—¡Y dale con lo mismo! Orita mismo le digo a Manuel que les ponga sus chingadazos, pa que dejen de decir tarugadas.

No hubo rezos. No hubo llanto. Los vecinos sabían que al otro día los bomberos, la policía, el gobierno o Dios, echarían a los muertos a la fosa común sin dudas ni averiguaciones. Era un acuerdo tácito. La mirada benevolente de los habitantes del mundo civilizado. La rotunda evidencia de que para los pobres sí había algo mejor después de la muerte.

—¿Nos dejas ir a la luna, mamá? Así ya no te damos lata.

—¡Que se callen, carajo!

Las cosas siguieron igual después del parto, pero Florencia ya no se preocupó: Manuel no tenía ganas de irse. Hasta los niños, que jugaban con cerillos muy cerca de la puerta, se habían acostumbrado. Al menos eso pensó Florencia antes de cerrar los ojos por última vez, echada entre su bebé y el hombre que sí supo retener.

—¿Dónde están los niños de Florencia? —bramó Teresa al distinguir entre la gente al borracho Juvencio.

—Yo no sé nada, Tere —respondió él con una sonrisa eclipsada por la botella de mezcal.

—Si viviéramos en la luna…

—¿De dónde sacaron lo pendejo estos escuincles? —dijo Manuel—. Allá se largan cuando yo y su jefa estemos bien muertos, ¿oyeron?; mientras se me van a la chingada.

—No te hagas tarugo. Dime de una vez donde están —Juvencio comprendió que no era buena idea hacer enojar a esa mujer.

—¿Pus dónde va a ser, Tere? —contestó, echando la cabeza hacia atrás para mirar al cielo—. Allá no los alcanza el Manuel.

Salieron corriendo de la casucha iluminada por el fuego. Dos manojos de luz en fuga, tomados de la mano y sin mirar atrás; caminando hacia la luna.

 

 

Publicado en: Una ciudad tan bella, H. Ayuntamiento de Toluca, México, 2014.

 

Sobre la autora:

Laura Zúñiga Orta (Atlacomulco, México; 1982). Narradora y correctora de estilo editorial. Maestra en humanidades: estudios literarios, por la Universidad Autónoma del Estado de México. En 2005 ganó la Beca de Invierno para Narrativa concedida por el Centro Toluqueño de Escritores, A.C., con la que escribió No tiene nombre el paraíso, novela editada por el cte en 2007 y reeditada en 2008 por la Secretaría de Educación Pública. Recibió el Premio Estatal de la Juventud 2010 en la modalidad de talento y fue becaria del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México en 2013, en la categoría Jóvenes Creadores. Está antologada en Romper el hielo: novísimas escrituras al pie de un volcán (Bonobos/itesm, 2006) y compiló Imperio de sombras (Los400/uam, 2014), antología de narrativa editada en el marco del III Encuentro Internacional de Escritores del Nevado, Toluca 2014, evento del que es coorganizadora.

 

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