2666, el viaje a La Frontera: diez años después

2666, el viaje a La Frontera: diez años después

 

Por Fernando Montenegro

 

Elijo este título para mi intervención de modo arbitrario y caprichoso. Es quizá un homenaje a un tema del rockero argentino Andrés Calamaro llamada, claro está, “Diez años después”. ¿Qué hay en esta canción de interesante? Casi nada, excepto que, a diferencia de la abrumadora mayoría de canciones del argentino, se habla abiertamente sobre el futuro y no sobre un pretérito y empalagoso amorío. Mejor dicho, establece una tensión entre estos dos planos temporales.

Si llevo hasta un extremo mi interpretación, podría decir que la canción en realidad plantea la presencia efectiva e inevitable del pasado sobre el futuro, el problema teórico que implica hablar en tiempo futuro. Se trata sobre aquello que siempre va a haber sucedido y es ya irremediable y fatídico. Incluso se podría argüir que, como en aquel relato de Phillip K. Dick “The Preserving Machine”, esta canción propone la idea del arte como una tecnología, una suerte de aparato, que viaja ciegamente hacia el futuro, y nos aguarda allí terriblemente.

Es cierto que en estos catorce años que han pasado desde la publicación de 2666, Bolaño ha hecho todo menos caer en el olvido. Al contrario, a medida que avanza el siglo parece cada vez más pertinente, en parte, porque el verdadero material con que trabaja el autor de Los detectives salvajes es, efectivamente, el futuro. Pero, ¿qué clase de material es este? ¿cómo se puede narrar el futuro?

Con estas preguntas en mente, vale la pena tratar de entender qué quería decir esta idea en los tiempos en que Bolaño escribió sus obras más importantes, esto es, sobre todo, entre 1996 y 2003. Se cuenta que Bolaño, ya residente de un pequeño pueblo fronterizo en Catalunya, habría escrito 2666 con la insoportable amenaza de la muerte. Se ha construido un mito alrededor de ello en los últimos años. Sin embargo, ¿era esta la única amenaza (suficientemente monstruosa, por cierto) con la que parece constituirse su universo narrativo? En mi opinión no. Hasta donde puedo observar, y esto es lo que quiero sugerir con mi trabajo, esta suerte de constante amenaza está presente a lo largo de toda su obra, desde la Literatura Nazi en América hasta relatos como “Últimos atardeceres en la tierra”.

Quizá la amenaza sea una de las fórmulas más pertinentes para pensar la idea del futuro. La amenaza y la promesa. En el proyecto literario de Bolaño parecen dos oscuros gemelos que, sin embargo, bien vistos, tienen rasgos que los distinguen fundamentalmente. En todo caso me parece más adecuado hablar de la amenaza, como una fórmula que se repite en toda su obra y ayuda a comprenderla. En el relato mencionado anteriormente, “Últimos atardeceres en la tierra”, esta cuestión es muy evidente: “Hay cosas que se pueden contar y hay cosas que no se pueden contar, piensa B abatido. A partir de este momento él sabe que se está aproximando el desastre” (30).

Existe en este pasaje una relación tan evidente como íntima entre la narración y la amenaza de un desastre venidero. Se narra porque sobreviene una tragedia. O, quizá, la tragedia ocurre precisamente porque se cuenta una historia (o se calla). Hay varios ejemplos en la obra de Bolaño donde el acto de contar, el de un personaje, por ejemplo, es homologado con un acto criminal. La literatura como crimen. Esta es, en principio, la fuerza fundadora de La literatura Nazi en América, para dar un ejemplo concreto. Nada más basta recordar a Ramírez Hoffman aquel sofisticado poeta que también es delator y asesino.

En el caso concreto de esta obra me interesa, empero, recordar a dos breves, pero decisivos personajes. El primero es Willy Schürholz, también discípulo de Hoffman. De la obra del primero el narrador comenta lo siguiente:

Sus primeros poemas son una mezcla de frases sueltas y de planos topográficos de la Colonia Renacer. No llevan título. Son ininteligibles. No buscan ni la comprensión ni mucho menos la complicidad del lector. Algún crítico ha querido ver en ellos una semejanza con el mapa del tesoro de la infancia perdida. Algún otro sugirió malignamente que se trataba de cartas de enterramientos clandestinos (45).

Encuentro en este pasaje una especie de resumen de la obra del propio Bolaño, como si estuviera esbozando allí lo que después desplegaría en su maquinaria narrativa. Me resulta particularmente interesante pensar en la imagen de las fosas clandestinas, como un anticipo de lo que después veremos en 2666.

El segundo personaje, llamado Zach Sodenstern, es un autor de ciencia ficción que ha sido (¿o será?) reconocido por su saga sobre el Cuarto Reich del Medio Oeste norteamericano (50). De este autor inventado el narrador dice que trama un proyecto novelesco de dimensiones épicas: “En los planes de Sodenstern la saga de O’Connell y el Cuarto Reich constaría de cinco novelas” (51). Resulta difícil no confrontar esta descripción con 2666 que, además, también ocurre cerca del medio oeste norteamericano.

El elemento más interesante, no obstante, presente en estos dos autores no es tanto, digamos, las similitudes estructurales que se proponen con 2666, sino que se trata de autores futuros, que desarrollarán parte de su obra cuando la barrera del siglo XX se haya superado largamente. Willy Schürholz, por ejemplo, aquel poeta experimental que deja entrever “La parte de los crímenes”, muere en Uganda en 2029. Zach Sodenstern, por su parte, morirá en 2021. ¿Qué han podido ver estos dos escritores que ha Bolaño le estuvo negado?

Entre otras cuestiones, la guerra contra el narco, la desaparición de centenas de miles de mexicanos, las invasiones de Irak, la primavera árabe, la presidencia de Obama, la presidencia de Donald Trump. Finalmente, la inminente construcción (o expansión) del muro en la frontera México-Estados Unidos.

No es casual que las dos obras más importantes de Bolaño terminen allí precisamente. Cuando al final de 2666 Bolaño (o Belano) escribe la palabra “México” no se refiere exactamente a la nación, sino de modo metonímico. Benno von Archimboldi, el esquivo narrador prusiano de la última parte emprenderá camino hacia Santa Teresa, la ciudad fronteriza que ha devenido fosa clandestina. A través de los ojos de Archimboldi, no obstante, observamos claramente la terrible genealogía de las fosas clandestinas en el siglo XX. Ocurre durante el relato tenebroso de Zeller, una especie de Schindler diabólico, prisionero ya en Berlín después de la rendición. Allí se cuenta que Zeller recibe cientos de judíos por error en su fábrica y que, gracias a las precarias condiciones en los albores de 1944, debe tomar la difícil decisión de ejecutarlos masivamente y enterrarlos en fosas clandestinas: “Aquella tarde se deshizo de ocho judíos. Me pareció una cifra insignificante y así se lo hice saber. Fueron ocho, me contestó, pero parecía que fueran ochocientos. Lo miré a los ojos y comprendí” (956).

La operación que se puede observar en este relato, a mi entender, pretende desacralizar los eventos de Santa Teresa que en 2666 ocupa un intervalo entre 1993 y 1998. Y cuando digo desacralizar no me refiero a restarles importancia, sino a tratar de comprender cuál es la maquinaria criminal (y narrativa) que permite eventos como este. En el caso de Zeller no falla la agencia humana, sino el sistema capitalista alemán. No es banal que Zeller sea un empresario y no un militar nazi. Aun así, amanece ejecutado el día después de su narración.

El problema, entonces, para Bolaño, no es tanto la especificidad maligna de los crímenes de Ciudad Juárez o la sicología de esos asesinos implacables, sino el sistema que posibilita la banalización de la vida humana. Por eso, “La parte de los crímenes” nunca empieza ni acaba realmente. Nunca sabemos el verdadero origen de los crímenes (se empieza en 1993 arbitrariamente) y se nos deja planteado que siguen y seguirán ocurriendo: ¿porque los asesinos siguen libres? ¡No! Porque sigue prosperando un sistema que solo puede terminar en catástrofe, como cualquier narración verdadera.

Ahora bien, ¿qué relación tiene todo esto con el futuro como material de la ficción? La respuesta fácil se encuentra en el título de la novela, 2666, más que una referencia diabólica o maldita, el anuncio de un futuro desolador y barbárico. Si por un momento quitamos la mirada del número de la bestia, rápidamente nos daremos cuenta que es el siglo (o milenio) que nos toca vivir. Un siglo en que, como plantea Zizek, es más dable figurarse el colapso de un meteorito en las suaves costas de California, que el fin del sistema capitalista. Y este era también el miedo de Bolaño, el sentido de amenaza con el que escribe.

El momento histórico que le toca vivir a México, obliga a tomarse en serio estas cuestiones y, quizá, la mejor forma de atenderlas es a través de tomarse en serio la ficción, como una suerte de amuleto o aparato (diría Borges) que, como todo amuleto, contiene en su anverso y su reverso, la catástrofe, pero también la buena suerte.

Quizá, en el fondo, Bolaño, tal como lo deja ver en el final de Amuleto, precisamente, estaba más esperanzado de lo que parece a simple vista. Quizá, pensaba, no se trata de simple optimismo sino de una necesidad futura que, con la presidencia de Trump, resulta más urgente que nunca. En estos tiempos que corren parecen cristalizarse. Todos los jóvenes del mundo marchando por su supervivencia o por su perdición. Marchando contra el anquilosamiento de un sistema criminal. Si es el caso, como diría Calamaro, diez años después, conviene más reír que llorar. Sin duda, Bolaño lo vería también así.

 

 

 

Fernando Montenegro. Escritor e investigador ecua-mexicano nacido en 1986. Licenciado en Relaciones Internacionales y Estudios Latinoamericanos, Maestro en Letras Hispanoamericanas y candidato a Doctor en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, con una investigación sobre Roberto Bolaño. Ha colaborado en diferentes revistas culturales mexicanas y ecuatorianas con trabajos de crítica literaria y de cine.

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