Rodrigo Ordoñez Sosa

Prólogo

En amarrillos dedos permanece la tierra,

el papel se escurre

deshecho de tiempo

al igual la palabra hueso en ceniza.

 

Dintel del machete histórico,

tierra y hombre se abrazan como erizos.

Aún llueve.

 

Sin meter las uñas quebrántame,

cuando araño el risco del vacío.

El polvo escinde mis retinas

y atisba cada rostro;

siento el muñón del deseo

cuando bayoneta el alba.

 

 

 

 

Poema desplazado

Con la letra herida observo mi rostro extraño,

hasta sangrar el verso

con olor de plaza y hierro.

 

Un golpe de fuego sarna un amanecer en las costillas.

 

Como el plomo de la lengua,

hundo mi cartucho literario

en Vallejo,

para probar el loto de su mordaza

que empioja por todos los flancos

su palabra precisa de bala.

 

(De “En el umbral del culatazo”)

 

 

Segunda

En la púrpura tarde

arrastran los pordioseros olvidadas paredes,

desentierran ajusticiados

sin encontrar la tonada exacta

que precipite de sus labios la herrumbre.

 

Visionarios,

saben que aquí nada ocurre:

todo muere en silencio

y sólo el ruido es roto y restablecido con asombro.

 

Juntos

desangramos la axila del tiempo;

nocturnos

sin cama

reposan en escondrijos que la ciudad ignora;

los pordioseros guardan tus heridas

a los ojos del transeúnte,

son sombras entre las calles y los pórticos fúnebres,

mueven la tramoya del derrumbe,

cubren los abismos de tu mandíbula erosionada:

únicos héroes del evangelio de la peste.

 

 

Ciudad triste:

la mano extendida de tus ángeles

no logra detener las grietas de la Luz.

Una ambulancia asesina la noche.

 

 

Séptima

A veces

los ojos de Ernesto Albertos Tenorio

comprenden mi vejez,

a veces sus ojos

nos protege de las bestias

sueltas en tu intemperie,

ellas trozan tu esqueleto pétreo,

alimento de sombras

tu abisagrada carne,

eres

y

serás

sol decapitado

sobre la alquitranada luna:

 

la luz ha sido derrumbada.

 

 

 

 

Décima

Mi hijo heredará un puñado de cenizas.

Los intrusos robaron los mercados agonizantes

y las bibliotecas.

 

Sólo quedó la litografía del Silencio.

(De “Bisagras”)

SOBRE EL AUTOR:

Mérida, Yucatán, 1979. Presidente de la Red Literaria del Sureste Nuestra américa, estudió Lingüística y Literatura en la Universidad Autónoma de Yucatán. Su propuesta poética logra encontrar un punto de convergencia entre la poesía experimental de Raúl Renán y los hallazgos estéticos de los poetas sociales del sureste mexicano. Cada poema de Rodrigo Ordóñez se alimenta de visiones crudas y realistas de la vida cotidiana, sólo denunciables a través de un lenguaje violento y experimental, capaz de significar la otra cara de la realidad: oculta para la prosa y la imagen, sólo dicha mediante la poesía. 

Libros de poesía: “En el umbral del culatazo” (En “Nuevas Voces en el Laberinto”, 2006), “Bisagras” (segundo lugar en el Premio Nacional de Poesía Rosario Castellanos 2010,(Ayuntamiento de Mérida), “persistencia del tiempo” (ICY). Recientemente obtuvo mención honorífica en el concurso de poesía Josè Dìaz Bolio (2016) con el trabajo “Las negras lápidas”.

 

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