Para acabar con los ogros

Ogros ejemplares de Daniel Centeno

 

Marco Antonio Murillo

 

En 1902 Juan Ramón Jiménez comienza a recibir correspondencia de una peruana que se hace llamar Georgina Hubner. No tarda el poeta en quedar completamente enamorado. A los pocos años de cartearse con ella, se entera de su muerte y escribe una de sus mejores elegías Carta a Georgina Hubner en el cielo de Lima. Todo fue en vano, Juan Ramón Jiménez pronto supo que su Georgina nunca existió: se trataba de una broma tramada por un grupo de poetas peruanos que buscaban conseguir sus libros con facilidad. Jiménez había caído en una trampa digna de un buen narrador.

El recurso de invención de autores o engaños literarios es una broma que todo escritor le gustaría jugarle a su lector. En Latinoamérica ha sido bastante practicada. Con Borges, por ejemplo, tenemos Examen de la obra de Herberth Quain, y Pierre Menard, Autor del Quijote. Posteriores a él la fórmula ha sido repetida: El último caso del inspector (1986) de Luis Rogelio Nogueras, que es una antología de poetas cuya existencia resulta increíble. José Emilio Pacheco, en No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), evoca la obra de dos poetas mexicanos ya olvidados por la crítica: Julián Hernández y Fernando Tejada. Mario Bellatin en su novela Shiki Nagaoka: una nariz de ficción, hace posible la existencia de este escritor japonés a través de diferentes fotos. Sin embargo, no hay alguna en donde se aprecie la nariz, elemento único que le daba personalidad. El único mérito de estos autores ficticios, si existieran, no sería lo que hicieron en vida, sino lo singulares, terribles y hasta ridículas que pudieron haber sido sus vidas.

En Ogros ejemplares (Lugar Común / UANL, 2015) Daniel Centeno, que mucho tiene de narrador, busca que su lector abra el libro y piense que se trata de una compilación de autores ficticios. Debo confesar que eso me pasó: en el índice logré reconocer únicamente a Thomas Pinchon, y los demás ¿De dónde los sacó? Leí un par de perfiles, me entró cierta incertidumbre: no vaya a ganarme la tentación de revisar internet, y descubra que tal personaje no existe y, entonces, caiga en la trampa del autor. Nunca pasó, pues el libro de Daniel Centeno busca el dato novedoso, no el dato inventado. No permite que la ficción rebase al texto, sino que la utiliza para recrear perfiles que parecen responder a personajes que él hubiese deseado inventar. Personajes fracasados, algunos ridículos, otros que cayeron en picada desde la fama, vagabundos, suicidas, y los más que desperdiciaron su vida en algo grandiosamente vano.

ogros_final_portada_lc_23_01_20151-700x1024 Mi perfil favorito de los 26 que componen el libro es Alejandro Sawa: sombras de bohemia. En él se desarrollan dos personajes Sawa y Rubén Darío. Darío aparece leyendo una carta que Sawa le envió. En ella lo acusa de no cumplirle con el pago de sus servicios como autor fantasma y lo amenaza con exhibirlo borrando su nombre de la historia de la literatura. Darío se siente nervioso, y a la vez alarmado. Al poco tiempo, Sawa muere y sobreviene el arrepentimiento del poeta nicaragüense. Con el fin de aliviar su culpa, Darío se ve obligado a escribir una nota introductoria a su novela póstuma: “Juana Prier de Sawa, la viuda de Alejandro Sawa, me ha pedido un prólogo para el libro póstumo de su marido”. Pero la única validez crítica que se puede hallar en dicho prólogo, es la cruda sinceridad con la que habla de la obra de su amigo.

En Alejandro Sawa… los sucesos en los que se ven envueltos los personajes parecen inventados por Centeno, pero en realidad han sido olvidados en las enciclopedias de literatura. ¿Quién creería que el autor de Cantos de vida y esperanza utilizó alguna vez un escritor fantasma? El dato, en manos de un buen novelista, podría maximizar la idea haciendo que pongamos en tela de juicio la autoría de toda su poesía. A Shakespeare le ocurrió algo parecido con el llamado conde de Oxford, supuesto verdadero autor de sus obras.

En cada perfil Centeno nos recuerda que detrás de un gran autor hay un ogro fracasado, cuya historia busca emerger de las profundidades de su cueva. A veces ese ogro es el autor mismo, como John Kennedy Toole que se suicidó con todo y su La conjura de los necios sin debutarla jamás en la escena literaria, a pesar de su insistencia en tocar puertas. Otras veces uno se convierte en Ogro por la fama, como el caso de Cazuza, quien, a raíz de un encuentro con un vidente, terminaría encontrando su lado más oculto escribiendo y cantando tremendas letras como: “Disparo contra el sol con la fuerza del ocaso y mi ametralladora está llena de magia”, para luego morir de SIDA sin “arrepentimientos ni homenaje ni estadios de Wembly ni discos tributos ni himnos ni banderas a media asta ni cinco minutos de silencio”, como relata Centeno.

Ogros ejemplares, por tanto, es un trabajo oficioso, el cual resulta casi imposible clasificar en algún género determinado. Para algunos se tratará de una serie de perfiles periodísticos, para otros biografías raras. Yo prefiero leerlo como una variante de esa literatura que Borges pusiera de moda hace ya muchos años, la de autores de vidas y obras ficticias; una variante, que es en realidad el revés de una dorada moneda, personajes reales que por lo fascinante de sus vidas u obras, parecen ser inventados.

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