Por Juan Carlos Recinos

 

        Para Agustín Gileta, por su paciencia

      Hablar de poesía, siempre requiere de un ejercicio crítico. Pero hablar de la poesía de determinado autor o región, requiere de algo más,  de un diálogo esencial e idóneo con el lenguaje de los autores, así como con el de la región que se pretende estudiar, tanto de sus influencias como de sus aportes en la significación de la misma. A  finales del s. XIX e inicios del s. XX, la poesía latinoamericana se vio enriquecida por los aportes de poetas fundamentales en nuestra tradición, como Darío, Huidobro, Neruda, Vallejo, Mistral, Agustini, Storni, Borges, entre otros. Nombres sobre los cuales descansa toda una tradición y en la que se identifican muchas de las voces de la  actualidad. Ante este marco en constante evolución literaria, me he cuestionado sobre lo que se escribió en Colima en la segunda mitad del s. XIX y la primera mitad del s. XX, lo cual me ha permitido formular algunas preguntas: ¿Qué autores fueron los que escribieron poesía en Colima en esos periodos referidos? ¿El cimiento de la actual literatura colimense descansa sobre los autores de este periodo? Preguntas que parecen sencillas, pero complicadas en su naturaleza, por los escasos estudios que hay sobre los poetas que nos antecedieron y por la casi nula difusión de la obra de los mismos. Colima ha sido tierra pródiga de autores cardinales, tanto para la entidad como para el país, y desde mediados del siglo XIX e inicios del XX, narradores y poetas comenzaron a esbozar el trayecto de la actual literatura colimense, entre los que cabe mencionar a Balbino Dávalos y a Griselda Álvarez, el primero, poeta de dos siglos, del XIX y XX, la segunda, un pájaro solitario de inicio a fin del siglo XX, artistas plásticos trascendentales como Alejandro Rangel Hidalgo y Alfonso Michel o el arquitecto Gonzalo Villa, figuras medulares y referentes obligados en la cultura colimense, dieron un giro de lo oscuro a la luz en la cultura de este periodo, con una obra sincera y responsable. Me es difícil dar una aproximación exacta de lo acontecido en aquel periodo. Los periódicos de la época, señalan que los autores colimenses y la presencia de autores de Jalisco, Michoacán y Nayarit (como actualmente sucede, además de autores de otras entidades del país) fortalecieron el desarrollo de una literatura crítica y objetiva, con ciertos ecos en la imitación de las corrientes literarias aún vigentes en nuestro país y de las que llegaban de Europa en las escasas publicaciones a las cuales se podía acceder en ese entonces, lo cual nos manifiesta que la poesía escrita en Colima, nunca fue localista y mucho menos costumbrista.  De eso queda constancia en los textos de escritores como Atanasio Orozco, Ignacio Rodríguez Valencia, Severo Campero, Blas Ruiz, Crescencio Orozco, Salvador Orozco Escoto, Manuel Rivera Salcedo, Rafael Martínez Rubio (El Duque Juan), Juan Carlos Calvillo de La Vega, Ricardo Véjar Madrid, Balbino Dávalos, Juan Curiel Suárez, Martín Medina Leal, Martín Robles Cárdenas, Abraham González Robles, Santiago G. Barbosa, Carlos G. Govea, Macario G. Barbosa, Feliciano Baltazar, José Trinidad Lope Preciado, Francisco Hernández Espinoza, Celso Arias Pérez, José Díaz Sandoval, Carlos L. Silva, J. Jesús Figueroa Torres, Agustín Santacruz, Manuel Rivera, Margarito Villalobos Lara, Luis N. Rodríguez, Fernando Valencia, Juan Fuentes Paz, Salvador Alcázar, Jorge Portillo del Toro, Carlos Sevilla del Río, José Juan Ortega, Benjamín Amador Cisneros, José G. Alcaraz, Andrés Loreto, Francisco José Yáñez Centeno, los hermanos, Juan y Rafael Macedo López, Roberto Barney Gómez, Bernardino Ramírez, Octaviano Gómez Morán, Ismael Yáñez Centeno, Felipe Sevilla del Río, Manuel Sánchez Silva, Francisco Garibay Batista L., Darío Pizano, Ricardo Guzmán Nava, Benjamín Pineda Gutiérrez, Hugo Enríquez Casillas, Carlos Torres Téllez, Ernesto Terríquez Sámano, Carlos Gutiérrez Zamora, Nahúm Bernal Ortiz, Rafael Trejo Ochoa, Fortino Pulido Salinas, Raúl Suazo Ochoa, José Bazán Levy, Ismael Aguayo Figueroa, Alejandro Ramos Leyva,  así como algunas mujeres, tal es el caso de María del Refugio Morales, María Espinosa, Gabriela Vázquez Schiaffino, Juana Ursúa, Josefina Arreola, Griselda Álvarez y Rosa Castillo de Fuentes,  además de  otros que, nacidos fuera de la entidad y que a corta edad de vida hicieron de Colima  como propia, cabe mencionar a Juan Valle, Francisco Eulogio Trejo, Miguel García Topete, Arcadio Zúñiga y Tejeda, Arcadio M. Azuaga, Jorge Inda, Miguel Galindo, Basilio Vadillo, por nombrar a los de mayor renombre, autores que compartieron muchas afinidades, ya sea por publicar en el mismo periódico, semanario, o en su caso por pertenecer a esta o aquella agrupación cultural, mismas que proliferaron hasta la segunda década del siglo XX.

Pero ¿qué pasó con estos escritores? ¿por qué no trascendieron? Las respuestas pueden ser muchas pero solo voy a sugerir algunas. Los que trascendieron en el ámbito nacional fue porque emigraron del estado de Colima a la capital del país, y a su vez, frecuentaron  círculos literarios donde la élite exaltaba o sepultaba según el ambiente preponderante y porque alcanzaron puestos de funcionarios públicos en el gobierno mexicano de la época. Los que no trascendieron y se anclaron en Colima fue porque, a pesar de lograr publicar su obra, realizaban ediciones limitadas, lo cual generaba la escasa difusión de la misma, por otro lado, y en gran parte, por situaciones económicas o porque eran autodidactas y muchos de sus trabajos nunca fueron publicados en un libro, sino en publicaciones representativas de la entidad, lo cual hace hoy en día que lo poco que se conserve, sea valorado, convirtiéndose algunos de ellos en glorias locales.

Los nombres mencionados, no son todos los que han ayudado a perfilar la actual literatura colimense, pero sí, de los cuales se tiene registro fidedigno. Poder acceder a la obra de ellos es casi imposible, solo de algunos se conserva obra y de otros, solo por el interés de jóvenes investigadores que en un afán de rescatar nuestro pasado, es que podemos apreciar su legado. Ante este antecedente mínimo, donde se reconoce la memoria literaria de un estado como Colima, me atrevo a decir que este es el derrotero donde la actual poesía colimense se erige y transcurre, misma que pretende fortalecer los cimientos  visibles de una tradición poética auténtica. Ahora bien, ¿cuáles son los autores que trazan el actual panorama poético colimense? La respuesta a esta pregunta me puede llevar a omitir algún nombre, y ante ello, pido una disculpa al autor o los autores no mencionados. A partir de 1950, en la poesía colimense, eran pocos los poetas a los cuales se podría referir uno, basta mencionar algunos nombres, entre los que sobresalen el de Balbino Dávalos, Felipe Sevilla del Río, Griselda Álvarez y Agustín Santacruz, poetas importantes en la escena local y a los cuales apenas se les empieza a valorar. De los cuatro poetas mencionados, Griselda Álvarez es la única poeta que más rezagada aparece a comparación de los otros tres, o de otros poetas que iré mencionando. La dualidad política-poesía en la cual se vio rodeada la poeta, encapsuló uno de los mejores momentos en la creación de una autora muy original en la poesía colimense del siglo XX y de la poesía nacional. Pero ante esto, hay que señalar las causas de su rezago. Desde un principio, ella manifestó una originalidad pasmosa en sus trabajos, lo cual la llevo a editar en 1956 su primer libro, Cementerio de pájaros, teniendo muy buen recibimiento entre los poetas de la época y de sus contemporáneas(os). Pero a la par de su actividad literaria, se iba gestando en ella la semilla de la política, continuación de lo que había sido su familia, políticos importantes de primer rango y que en su momento ocuparon el primer gobierno del estado,  lo cual desencadenaría, al paso del tiempo en su persona, la  primer gubernatura obtenida por una mujer en el período de 1979-1985. Esta situación política, los escasos tirajes de su obra (sólo 4 libros han alcanzado los 1000 ejemplares, 1 los 2000 ejemplares, 1 los 5000 ejemplares, 1 en sus diferentes ediciones ha alcanzado los 20000 ejemplares, siendo este La Sombra niña, quizá el más conocido de sus trabajos poéticos. En el 2014 apareció una nueva edición de La Sombra niña, con un tiraje de 1000 ejemplares,  el resto de la obra de Griselda Álvarez no pasa de 300 ejemplares la edición, en su mayoría, y alguno más de 700 ejemplares) y su poco contacto con la literatura colimense, la hacen casi imperceptible en el ambiente cultural del estado, además de lo elitista que fue ante sus coterráneos, mismo favor que le devolvieron al paso de los años. No me queda duda de que se le conoce en México, pero como la primera gobernadora en la historia reciente de nuestro país, no como una poeta importante, eso a pesar de los comentarios excelsos de Novo y Henestrosa respecto de su obra, misma que es vasta y creo que vale la pena recuperarla, asimismo su trabajo ensayístico, sus estudios sobre la obra de Borges y sus sonetos, los cuales desbordan un  alto contenido estético, nada más.

Mientras Griselda Álvarez publicaba en la capital del país y concentraba su espíritu a la política, en Colima comenzaban a surgir las nuevas voces, los nuevos poetas. Autores en su mayoría nacidos en la entidad entre 1950 y 1981,  y  a excepción de 4 poetas no nacidos en la entidad, son los que habrán de comenzar a configurar el actual panorama de la poesía colimense. A juicio personal, considero a los siguientes 20 poetas como los más importantes y sobre los cuales la actual poesía colimense continúa una tradición iniciada hace más de 100 años, mismos que son Guillermina Cuevas, Víctor Manuel Cárdenas(†), Armando Martínez de la Rosa, Alfredo Montaño(†), Efrén Rodríguez Mendoza, Rafael Mesina Polanco, Rubén Alcantar Alcantar, Melquiades Durán Carvajal, Gloria Vergara, Verónica Zamora, Jorge Vega, César Anguiano, Alberto Vega, Sergio Briceño, Avelino Gómez Guzmán, Rogelio Guedea, Nadia Contreras, Lizette Ochoa, Magda Orozco, Jetzabeth Fonseca y Carlos Ramírez Vuelvas, a mi parecer, estos son los poetas que han trazado un camino propio dentro de la actual poesía de Colima, asimismo, se han integrado al corpus poético nacional. Cabe señalar que algunos de los autores aquí mencionados han mantenido un silencio por más de una década, tal es el caso del poeta Alberto Vega y de Rafael Mesina Polanco. Del primero me atrevo a decir que guarda un silencio primigenio, igual al que se sometió Gonzalo Rojas por voluntad propia en sus primeros tres libros. De Mesina Polanco es importante señalar que a pesar de su mutismo literario, este se ve recompensado en el desarrollo de su obra plástica, misma que alcanza un nivel de concentración altísimo.  La unidad de la cual se vale para fundar esta arquitectura que prolonga su proceso creativo, se percibe como una amplia y prolongada multiplicidad para ascender al mundo y a la luz, como lo hace la raíz de una planta en el subsuelo, en silencio. De la lista antes mencionada, no todos han mantenido la constancia y efervescencia que se requiere en este oficio.

Hay poetas que han publicado lo que tenían que publicar y han guardado la pluma, no por falta de creatividad, sino por decisión propia. Rubén Alcantar Alcantar creo que ocupa este sitio y lo señalo sin temor a equivocarme, por el contrario, ante esta doble ausencia de silencio creativo, o una, lo cual sería correcto señalar, porque el desdoblamiento creativo de Mesina Polanco se tiene y debe de interpretar como otra posibilidad de crear, se anexan nuevos nombres que enriquecen este marco de fundación que otorga la palabra. Nombres que se elevan cual pájaros en el viento, para darnos sus voces como nuevos soportes audibles: Ada Aurora Sánchez, Marco Jáuregui, Yuliana Valle, Ihovan Pineda, Indira Isel Torres, Jaime Obispo, Jesús Adín Valencia, Krishna Naranjo, Zeydel Bernal, Gabriel Govea, Óscar René Robles, Armando Martínez Orozco y Grace Licea, todos ellos nos develan a la palabra como un río navegable, a partir de modelos y propuestas poéticas sencillas desde donde se contempla el mundo y la vida como un incesante redescubrimiento de lo que nunca cesa: el amor, la vida, el tiempo, la muerte, el mar, la noche, el silencio y todas esas cosas cotidianas que confeccionan el mapa de nuestra existencia.

No puedo continuar sin antes hacer un paréntesis, y señalar que esta apreciación mía no estaría completa si omito a dos poetas jóvenes que dan visibilidad a la palabra: Sugey Navarro y Miguel Ángel León Govea. Navarro reconcilia en su poesía una visión del mundo disgregado por la vorágine tecnológica a la cual estamos atados en pleno siglo XXI y que fragmenta nuestras estructuras sociales en la que vivimos. Su palabra decantada mantiene unido todo aquello que nos conmueve y ante lo cual nos reconocemos al instante. Las preocupaciones de León Govea son otras, la palabra y la poesía son una nueva posibilidad de modificar lo ya dicho, desplegar un nuevo espíritu original ante lo que permanece inamovible en las estancias poéticas ya definidas. Probablemente esa sea la mejor característica de este poeta, la de reinventarse en silencio sin limitarse. La luz y la transparencia de su discurso poético alcanzan un equilibrio que refleja las emociones del poeta. Por momentos da la impresión de que uno estuviera de viaje o frente a un escenario y ser uno el espectador de una obra de teatro, en la que el poeta nos va guiando por las escenas donde la palabra toma la forma, misma que los ojos desnudan en silencio. Estos dos poetas, más los ya mencionados, tienen no la obligación, pero si la responsabilidad de fortalecer lo que se ha venido cimentando desde el siglo XIX en el estado de  Colima, donde el café, la sal, las palmeras, el mar, los volcanes (tres para ser exactos), las máscaras de Suchitlán, los sopitos, las encaladillas entre otras cosas, dan identidad a un territorio pequeño, pero que por lo mismo, concentra lo mejor en lo que ofrece.

Colima es un estado que sorprende por la calidad de lo que aquí se escribe, es un caleidoscopio fantástico, lo creo y así será siempre. No hay duda en lo que señalo, el problema reside en que no somos una sociedad capaz de darle su lugar a quienes nos antecedieron y que por respeto, les pertenece. En la literatura el ejemplo es más que suficiente, poco se sabe de nuestro pasado, lo cual me parece un acto de apatía terrible. Lo digo con mucha honestidad y sin miedo. Rogelio Guedea, Carlos Ramírez Vuelvas y Ada Aurora Sánchez, tres poetas académicos que se han permitido a través de la investigación histórica literaria, abrir una brecha que nos ha permitido ver el pasado con otros ojos. Lo que nos han dado en el trabajo que han realizado, ha sido voces de poetas majestuosos y de una inteligencia calculada y fina sensibilidad. Pero esto no es suficiente. Falta mucho por desempolvar. Aquí en Colima, y lo debo decir, todas las cosas están relacionadas con la literatura, todas, no hay una que quede fuera de su zona y de su envergadura creativa. Por ejemplo, Juan Carlos Reyes Garza, tuvo a buen tino detenerse en tres cosas y en base a ello, generar una recuperación de la memoria histórica de la cultura colimense: las tradiciones de los municipios, la sal y su diccionario de colimotismos. Estos tres paisajes fueron parte de la órbita de su vida a la cual le dedicó todo su tiempo hasta el día de su muerte. No hay que olvidarnos de las cosas que omitimos en nuestro periplo, si lo hacemos, si olvidamos lo que permanece en las sombras y que nosotros mismos hemos dejado ahí, recorreremos el camino dos veces y al hacerlo, el tiempo no va a multiplicar o a extender nuestra vida, nos convertiremos en la sombra que negamos.

Víctor Manuel Cárdenas, el poeta colimense, el vate de la palabra precisa,  de la razón y la emoción, de la alegría y de la permanencia, de la armonía y la voz inocente, supo todo esto que he mencionado. El re-conocimiento a la poesía de mediados del siglo XIX e inicios del XX, no es un capricho, no debe verse de esa manera, es una obligación de todos los intelectuales colimenses. Que los poetas decimonónicos no sean un eco, hay que dialogar con su obra, ese es el verdadero botín de conocimiento, no hay ubicuidad sin memoria.

Probablemente estemos ante un capítulo en los anales de la historia colimense que requiere de la mayor atención por los nuevos críticos e investigadores, es necesario recordar y tener presente lo que ayer fue un sueño y hoy es una realidad. Nada en este mundo admite las cosas a medias. Nada es tan rigurosa como la creación. La palabra es fiel a sí misma y solo despliega su misterio cuando  ve su rostro en el corazón de un hombre. El siglo XIX en Colima es uno de los más ricos dentro del panorama nacional, su referencia no es mera casualidad en la historia, es un punto estratégico que permite ver con mucho interés nuestra memoria poética. La poesía de este siglo conforma un incalculable aporte a nuestro pasado inmediato, pero también satisface sobremanera las inquietudes de quienes se asoman a contextualizar el antes y el ahora en la literatura de este pequeño territorio. La verdadera memoria de esta literatura reposa en el silencio del siglo pasado. Reposa en cajas de cartón, con temperatura definida y bajo una rigurosa medida de seguridad. El tiempo ha encapsulado lo que nos interesa recuperar y estoy convencido que esta perspectiva debe ser modificada. Se debe incitar a las nuevas generaciones a develar todos los secretos, hacer un pequeño paseo por el paraíso que nos antecedió y degustar con un sabor inigualable los frutos y las esencias de las cosas ya hechas. Hay que iniciar el asedio hasta lograr el diálogo permanente con estos autores, evitar que sean sombras en nuestro diálogo. El tiempo es un elemento que siempre está presente en la memoria del hombre, es una profecía que comulga con el silencio de Dios, pero también es nuestra conciencia, es un animal que se angustia, salta y luego se agazapa, al hacerlo y cambiar de posición deja visible una parte de su grandeza y su misterio. En la actualidad, una pequeña pulsación de luz nos ha dejado a la vista lo que el tiempo ha ocultado en su regazo. He dicho anteriormente que algunos investigadores –entre curiosidad y necesidad- han hecho visible la realidad de recuperar la obra de autores imprescindibles. Nuestro destino es pasar por este suelo,  como lo hace el polvo. Va a todas partes y sin dirección, pero a diferencia de este, nosotros si dejamos huella, aunque estas sean cubiertas por el polvo después, el mismo en el que nos convertiremos con el tiempo. Las visiones han cambiado, y ahora todo es distinto.

 

La noche cae rápida, violenta como el aire; impenetrable, negra como boca de lobo, como las mil bocas hambrientas que ululan siniestramente por todos los rumbos de los montes. Y el sueño huye. Cuando amanece el tiempo amaina; llueve, pero no hace ya un viento fuerte. Aturdidos vamos saliendo poco a poco, tal como de un escondite. Volteamos el cuello de uno a otro lado y abrimos desmesuradamente los ojos al descubrir la estela de destrucción que tras de sí ha dejado la tempestad, cebada hasta en las hierbas.

 

Esto que he mencionado pertenece  al libro Prosas literarias e históricas, de Felipe Sevilla del Río, publicado en 1974. Como se puede leer en el texto citado, comulgar con nuestra memoria temporal no es una obligación, es una necesidad. El tiempo está quebrado, como lo puede estar un plato de porcelana al tocar el suelo. Por ésta y por otras muchas razones es necesario iniciar de nuevo la reconstrucción de la memoria que nos permita observar todo nuestro entorno. Los decimonónicos colimenses, más los poetas del siglo XX y las actuales generaciones, deben de comulgar en la misma dirección de enriquecimiento espiritual y de conocimiento, hacerlo nos permitirá estar presente en la historia, nuestra historia, con nuestra palabra. Negar la memoria nos hará suprimir de manera involuntaria los más hermosos secretos de la palabra develado a otros hombres y mujeres que se asomaron al lenguaje para transformar el mundo. En el libro Los decimonónicos Antología poética colimense del siglo XIX, Rogelio Guedea afirma en el prólogo que:

 

Entendamos, pues, con todo esto, que ése el “gateo” de la literatura en aquel tiempo, los inicios de lo que es hoy la nueva propuesta literaria. Se empezó a construir una conciencia que pusiera los cimientos de lo que ahora es una actitud sólida y comprometida, con rasgos completamente distintos y estructuras poéticas nuevas. En realidad, lo importante no es ver si la poesía colimense era “localista” o “trascendentalista”, “cerrada” o “abierta”, lo interesante es percatarnos de que sí existía una poesía colimense del siglo XIX;  sí hay un andamiaje en donde descansan los derroteros  actuales de nuestra literatura. Rescatarla es el compromiso; lo demás, solo palabrería.

 

Se puede o no de estar de acuerdo con esta visión de Rogelio Guedea. Se puede decir, por ejemplo que el gateo, refiérase esto al inicio o principio de nuestra memoria poética sigue tan vigente  como en el principio. Ha cambiado, si la actitud y las estructuras poéticas, pero la ceguera persiste. La necedad de negar lo ya evidente es un mal generacional que se aferra  como un cáncer al cuerpo, en este caso, esta ceguera y actitud nos priva de un gran botín de conocimiento. Rescatarla es el compromiso; lo demás, solo palabrería, afirma Guedea en ese libro, en ambas cosas estoy de acuerdo. Esta afirmación es una carta abierta y un saludo a los nuevos investigadores. En la actual poesía colimense hay mucha palabrería, no hay aporte al cimiento. El auditorio es grande, el parnaso cada vez se expande más con los nuevos poetas. Sin embargo, la última palabra aún no está dicha, hay que arder y consumirnos para recuperar la memoria. La soledad y el silencio son un exceso de los sentimientos que se iluminan con un poco de luz.

 

Juan Carlos Recinos, Cuyutlán, Colima, 04 de septiembre de 2018.

 

 

 

Juan Carlos Recinos (Pichucalco, Chiapas, México, 1984). Es poeta, ensayista y traductor.  Lic. En Ciencias de la Educación por la Universidad Vizcaya de las Américas,  campus Colima. Mención honorífica en el concurso de Poesía FIL Joven 2002 y en los Juegos Florales de Zapotlán el Grande 2007. Becario del FECA del Estado de Colima 2012, en poesía. Autor de los poemarios “Cantos Peregrinos (Linajes Editores, 2008 /Toro de trapo, 2011/Jaguar Ediciones, 2012), de “Cartografía íntima” (FECA/Jaguar ediciones, 2015) y Nagara (PuertAbierta editores 2018). Ha traducido a Georges Schehadé, Saint John Perse y a Yves Bonnefoy. Del 2006 al 2010 fue director adjunto del suplemento cultural Altamar, del diario Ecos de la Costa, junto al poeta Alberto Vega. Ha sido antologado en Panorama de la poesía mexicana, Antología Poemas al padre y a la madre, El festival de la palabra, en el libro de ensayos Gregorio Torres Quintero. Enseñanza e historia,  en el libro Arte efímero. Fotografías del proceso de construcción de La Petatera y en Fragilidad de las aguas.  Antología poética del sureste mexicano 1980-1989 (Ediciones La Otra, 2018). Actualmente forma parte del consejo editorial de la “Revista Morbo”, editada en Campeche y es director de Jaguar Ediciones. Forma parte de la Asociación Poetas del mundo. Textos suyos han sido publicados en México, Estados Unidos, Brasil, Ecuador, Perú, España e Inglaterra. Parte de su obra ha sido traducida al maya y parcialmente al portugués, catalán, italiano, francés e inglés. Recientemente fue incluido en la Enciclopedia de la Literatura en México, de la Fundación paras las Letras Mexicanas del Gobierno Federal y actualmente escribe la columna La espiral de Elliot en El Comentario Semanal del periódico El Comentario de la Universidad de Colima y Apuntes de poesía en la revista Marcapiel. Actualmente es becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes del gobierno del estado de Colima en la categoría de ensayo, periodo 2018-2019.

 

One thought on “LOS HÁBITOS COMIENZAN DE NOCHE: PANORAMA ACTUAL DE LA POESÍA COLIMENSE”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *