La poesía es algo que se habita.

Entrevista con María Baranda

Por Tania Ramos Pérez y

Raúl Vázquez Espinosa

 

María Baranda es una poeta de voz metafísica. Rasgo que la caracteriza, que le ofrece un elemento de identidad. Tal vez, la especialización de las artes ha hecho que nos olvidemos que en la antigüedad el poeta, la poeta, creaban cerca de un desbarrancadero de profundidad ontológica. Parménides, Safo, Platón, Arquíloco, Virgilio, Horacio, Varrón… La poesía, en la era del conocimiento fragmentado, nos ha acostumbrado a la parcialidad. María Baranda parte de la puesta en marcha de cruzamientos que niegan la parcialidad, podemos pensarla, en la confluencia de una poesía que se siente, se piensa, se agita, desde la experiencia de estar y salir de la propia escritura.

 

 

Pregunta: ¿Cuáles son los referentes de tu poesía; tus deudas como lectora, cuál sería la genealogía literaria en la que te enmarcas?

Respuesta: Mi primera deuda es Virgilio. Las más importantes, también, Villaurrutia, Paz, Gorostiza, López Velarde; si ser lector significa tener una deuda con ellos. Más bien se tiene un gran agradecimiento a estos enormes poetas que uno lee y recurre a ellos con una emoción tremenda. A Vallejo, también, el Vallejo de Trilce. Recurro mucho a Vallejo siempre.

 

P: ¿Estos autores se reflejan en tu escritura poética?

R: Espero que sí. Yo no veo ningún problema en que se refleje nadie en mi escritura, porque yo no creo que exista el cero. En el cero no empezamos. Traemos una carga de cosas. Pero no se trata de reproducir lo que ellos dijeron; sino lo que pasa a través de mí que, seguramente, viene con todos ellos y ellas. Todo lo que yo leo. Pero no nada más leo poesía. Leo un montón de libros de agricultura, de botánica; entonces, todo eso brota en mis textos. Surge de ahí. Yo soy una enamorada del lenguaje y creo que lo importante en la poesía es que el lenguaje y la palabra siempre palpiten.

 

P: Hay temas recurrentes en tu escritura. Cuál es el proceso existencial que lo habita. Pensamos, por ejemplo, en la tristeza, la edad, la naturaleza, el mar.

R: Tantos y tantos. El mar es mi familia. Parte de mi familia es de Campeche y parte de Veracruz. Entonces, de ahí viene todo. Desde la comida, las costumbres, la manera de vestirse, de ser, mi manera física, mi cabello. El mar es mi fundamento. No es un mar de ornamento. Si al principio de mis libros hablaba de él, es porque está en mis entrañas. Y cada tanto recurro a él cuando pienso en mi padre, sobre todo.

 

P: El poeta parte de sí y ahí, es donde hace comunión con el mundo. Su universo primero son las sensaciones y los pensamientos que surgen de ese matrimonio con la vida. ¿De dónde viene tu interés por hacer llegar a los demás tus “bodas de tierra”, tu poesía?

R: Es una pregunta un poco complicada. Pero, yo me siento parte de un mundo de una naturaleza muy especial, esto que va creando o voy creando, va germinando en mí, de alguna manera, pues, uno lo quiere compartir. Tiene que salir. Porque, a veces, es demasiado lo que me habita. Simplemente por eso.

 

P: Tu poesía tiene mucho de meditación filosófica. Viaja de lo metafísico a lo terrenal, a veces, de modo abrupto, en esa polaridad haces que habite el lector. Pero el verso, a veces, enmascara el dolor bajo el cobijo de una rítmica bella y ahí, lo que nos interesa preguntarte es ¿qué le duele a la poeta? De esa sensibilidad despierta que todo el tiempo te acompaña, ¿qué te preocupa, y quizás, te agobia de este siglo que te ha tocado vivir?

R: Me preocupa todo. Me agobia tanto, y me sorprende que me veas con esta tristeza que, a veces, sí tengo y que cobijo. Me gustaría cambiar el mundo, me gustaría que mi palabra fuera cobijo de muchas cosas. Medito mucho, pienso mucho y leo mucha filosofía. Y me gusta la poesía que propone preguntas, sobre todo. Que no aclara cosas. A veces, mi poesía es muy cerrada, yo lo sé, es una lírica que roza lo abstracto, y lamento que muchos se queden fuera de eso, pero el dolor pasa, creo, el dolor y todo lo que cargo.

 

P: Cómo se coordina, en términos de escritura, la presencia de otras manifestaciones artísticas en su propia escritura poética. Pienso, por ejemplo, en su libro Nadie los ojos, en donde una parte, está formada por un conjunto fotográfico de esculturas de Javier Marín, pero no sólo es escultura, sino las fotografías mismas, la imagen fotográfica. En tu escritura, en este libro en particular, confluyen escritura, escultura y fotografía.

R: Es que el detonador de ese libro fue una fotografía de Javier Hinojosa. No eran tanto las esculturas de Javier Marín, era la fotografía. Y él me enseñó, este fotógrafo, un archivo de fotos que él tenía de estas esculturas que nunca se miraban. Y éstas no-miradas me hicieron pensar en un panóptico que se llama Nadie los ojos, donde el yo, tú, él, ellos, nosotros, nos habita y es una manera de no vernos. De ahí tanto dolor.

 

P: ¿Hay alguna forma en que la escritura proyecte al cuerpo que la nace? Queremos decir, cómo ver en la escritura lo que la escritura trae de corporal.

R: Es que la escritura en sí misma es cuerpo. La escritura no es una abstracción, es algo que se habita, algo que se vive, hay que entender eso. Es lenguaje, está vivo y palpita y tiene sangre y tiene venas. A partir de ahí se ve como un cuerpo, como un todo que conforma, si lo queremos transformar en eso. Pero, también, es un algo que está afuera del pensamiento o con lo que logro expresar. Y, por supuesto, que eso es, también, un cuerpo de pensamiento.

 

P: En la antigüedad la poesía no se escribía, se cantaba, la idea esencial era que el mito, que no era mito, sino la vida misma, su carnalidad, su entorno, llegara a permear la memoria de la comunidad para saberse eso, comunidad. Ahora, los libros, la poesía está condenada al flujo que sucede en espacios acotados, se ha cerrado al campo literario que se convierte para el poeta en muro de voz en ese terreno qué genera sus propios modos de inclusión y exclusión. En este panorama, ¿cuál es el sentido del oficio de escribir?

R: Estoy totalmente de acuerdo con el planteamiento de esa pregunta. La poesía antes era un ritual, era parte de una ceremonia, ya fuera que tuviera que ver con los mitos, con la religión o con los momentos importantes de la vida cotidiana o la cosecha o las cuestiones funerarias. Ese desprendimiento con la sociedad se ha dado. Y me parece grave. Sin embargo, la poesía es como una savia, es como un espíritu que recorre la época. Si en estos momentos se siente como si fuera un muro que se construye a través de lo literario es porque, la poesía, nos está pidiendo otro tipo de requerimientos.

 

Tania Ramos Pérez

(San Cristóbal de Las Casas, Chiapas. 1984)

Estudió Antropología Social en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Se especializa en estudios sobre la cultura maya. Es poeta, ensayista, bailarina y coreógrafa de danza contemporánea. Actualmente, colabora para el diario El Péndulo de Chiapas con la columna sobre danza: “De la palabra con cuerpo al cuerpo sin palabras”, junto a la bailarina Zaíra Lobato. Sus poemas sueltos aparecen en el  diario mencionado y en revistas como Habitus Magazine de Playa del Carmen. Ha participado en lecturas colectivas de poesía en foros de Playa del Carmen, Quintana Roo y en la Ciudad de México. Actualmente, estudia la maestría en Estudios Mesoamericanos en la UNAM.

Raúl Vázquez Espinosa

(1981)

Vive y trabaja en Chiapas. Su trabajo poético y ensayístico ha sido publicado en diversos espacios tanto impresos como digitales. Ha escrito el libro de poesía Dalton; así como ensayos filosóficos publicados en Punto en línea (UNAM); y en Rayuela, suplemento del Diario El Péndulo.

 

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