El Jaguar, el cadete Alberto y los cincuentaicinco años de La ciudad y los perros

El próximo año se cumple cincuentaicinco años de la exitosa publicación de La ciudad y los perros en España –galardonada con el premio Biblioteca Breve y el premio de la Crítica Española-, tras lo cual cabe reflexionar en torno a la obra como una forma de evaluar sus grandes aciertos.

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mvll01Se ha escrito bastante sobre la habilidad narrativa de Mario Vargas Llosa para retratar las distintas clases sociales que componen al Perú. Críticos como José Miguel Oviedo –en Mario Vargas Llosa: La invención de una realidad– y  Néstor Tenorio Requejo –en M– han resaltado aquello, así como también la precocidad y las largas horas de trabajo, como de revisión exhaustiva de manuscritos, a la que se sometía el joven Mario en su trabajo por componer La ciudad y los perros. En tal obra, por medio de los personajes, podemos apreciar la mixtura que constituye la sociedad peruana, no exento de cierto toque de humor. Cuatro son los más resaltantes en la novela: el cadete Alberto, limeño perteneciente a una clase social acomodada, por quien se explora los distritos de Miraflores, Chorrillos y Barranco, además de lugares exclusivos, como casas de fiestas, incursiones a playas y paseos por caros clubs de verano, donde desfilan otros personajes: amigos del barrio así como primeras el-fuego-de-la-literaturaenamoradas; el Jaguar, personaje proveniente de la provincia del Callao, de bajo recursos económicos y con roces delictivos, por él se recorren distritos como La Perla, Bellavista, Breña y Lince, además de chinganas, cantinas y burdeles donde el joven porteño madurará aceleradamente; el personaje del cadete Ricardo Arana representa la clase media limeña y su espacio pertenecerá a los alrededores de la avenida Salaverry: Lince y Jesús María; y el cadete Cava, a quien su propio apodo acusará que es de la sierra, lo mismo que el cadete Boa, proveniente de la selva peruana. Sobre estos dos últimos personajes no se desarrollan espacios narrativos, pero en compensación a ello se penetra en su conciencia, en su modo de pensar con monólogos interiores. Cada uno de ellos es un representante de todo ese Perú abigarrado y complejo y el Colegio Militar los reúne en su solo lugar, donde tendrán que convivir día a día. Ese roce constante exhibirá su modo de concebir el mundo y actuar, constituyendo un pequeño retrato nacional.

Del mismo modo, y en ilación con lo señalado, se ha hecho hincapié en la vocación totalizante de Mario Vargas Llosa, ánimo inherente a todo buen escritor de novelas. Me estoy refiriendo a esas ansias por transportar la realidad circundante –tanto política, social, económica y religiosa- a una novela. Devoto lector de Balzac, Víctor Hugo, Tolstoi y Dostoievski, aprendería de tales escritores que una novela debe encerrar un microcosmos y plantear, así, una realidad alterna, la que debe ser autosuficiente y tener su propio verosímil. Declarado es su entusiasmo por Tirante el Blanco, novela de caballerías que fue vapuleada por uno de sus profesores cuando era un joven estudiante en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. El joven Mario quiso comprobar cuán mala era la obra, pero en vez de eso encontró una verdadera joya de la literatura universal, a tal punto que, años después, le dedicaría un ensayo, Carta de batalla por Tirant lo Blanc, donde resaltaría su carácter de novela total, pues es imposible etiquetarla dentro de un rubro específico: se aborda lo social, lo político, lo religioso, lo moral, se narran diversos escenarios, desde palacetes reales hasta casuchas del vulgo, así como sentimientos como el amor, el odio, la intriga y los celos en los caballeros; todo ello con cierto toque de fantasía pero también de realismo.

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Así pues, tanto en tiempo como en espacio, los personajes de La ciudad y los perros ocupan lugares distintos que llevarían a completar el cuadro de la realidad, refractado en su paso a la ficción por la pluma del escritor. Cada autor interpreta el mundo en función a cómo lo entienda, lo cual depende de su educación y formación recibida en sus primeros años, del círculo social que ocupe en la vida real y de acontecimientos personales que lo hayan marcado de forma significativa. Así por ejemplo, José María Arguedas, Ciro Alegría y Manuel Scorza, escritores peruanos, producirían literatura indigenista pero de manera distinta. Arguedas lo haría desde una óptica interna, exponiendo su complejidad y su manera única de entender el mundo: de niño convivió con los indios aprendiendo a hablar quechua; Alegría, diferenciándose, lo haría desde una óptica exterior, un tanto alejada, pues creció viendo a los indios desde la distancia de la autoridad; y Scorza introduce fantasía a su narración además del mito, abordando los hechos como un cronista épico. Del mismo modo, Vargas Llosa nos cuenta su realidad citadina, el mundo urbano al que pertenece, tan distinto del indígena y marcando diferencias con otros escritores de la urbe como Julio Ramón Ribeyro, Enrique Congrains u Oswaldo Reynoso.

 

 

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Por otro lado, en su quehacer narrativo, Vargas Llosa ha señalado en distintas publicaciones las técnicas literarias aprendidas de escritores como Gustav Flaubert, Ernest Hemingway y William Faulkner. Así, hemos visto desfilar en su trabajo técnicas como la caja china, el dato escondido y los vasos comunicantes. Para no extenderme demasiado en este punto, abordaré rápidamente cada técnica mencionada. En primer lugar, la caja china encierra un relato dentro de otro relato. Esto sucede en La ciudad y los perros cuando la sección leía las novelitas del Poeta o cadete Alberto. El dato escondido busca, principalmente, causar intriga y expectativa en el lector. En la obra se da en el momento más tenso: cuando es asesinado el cadete Arana y al no revelarse la autoría de tal hecho. El ocultar que fue el Jaguar y el ir sugiriéndolo poco a poco creará un clima de suspenso en la novela. Finalmente, los vasos comunicantes, mediante el entrecruzamiento de dos o más hechos, genera un efecto particular en la narración, y ocurre cuando el Poeta telefonea al teniente Gamboa para pedirle una entrevista donde le confesaría todo acerca del Círculo y la muerte del cadete Arana. Recordando la escena, hay una mezcla de situaciones a través de diálogos: mientras Alberto llama y habla con Gamboa, en una mesa próxima a él, un hombre celebra su futuro matrimonio acompañado de unos amigos. Esta alusión a la mujer, como una gran conquista, se matiza con el diálogo entre el cadete y el teniente y su próxima charla donde se dará cuenta de los hechos reprochables al interior del colegio militar. Existe cierta relación entre el matrimonio a celebrarse –gran conquista para el personaje- y la confesión próxima de Alberto –otra gran gesta. Son situaciones distintas que al unirse crean un efecto narrativo particular.

Si uno lee con detenimiento, la vida al interior del colegio militar mantiene un orden lineal, como un eje narrativo constante en el tiempo. Pero esta sucesión ordenada se ve interrumpida con los saltos al pasado al explorar la vida de los personajes principales, floreciendo otras pequeñas circunstancias. No obstante, el argumento principal de toda la novela es la muerte del cadete Arana, conocido también como el Esclavo. Este hecho constituye un cráter narrativo que alimenta la novela: genera sentimientos encontrados, deseos de venganza, odio, miedo, incertidumbre, y es la encrucijada final de los personajes. Lo principal, en mi opinión, es que concibe dos posturas distintas e importantes que se enfrentan al abordarlo. Una está representada por el Jaguar y otra por Alberto. Nos encontramos ante la pugna del código de honor contra el deber de justicia. También puede entendérselo como una batalla entre la ley del orden y la ley fuera del orden. Como se sabe, el detonante fue la acusación contra el serrano Cava de ser la persona que hurtó el examen de Química, acusación hecha por el Esclavo. 6373Las autoridades del colegio se dieron cuenta que alguien había penetrado en las instalaciones donde se guardaba el examen al encontrar vidrios rotos. Arana lo delató porque no aguantaba estar consignado un mes entero. Quería salir del colegio militar no para estar en su casa, pues ahí tampoco se sentía a gusto, sino porque estaba enamorado: amaba a Teresa y deseaba verla cuanto antes. Para el Jaguar, quien siente que toda la sección está bajo su dominio, esto constituye lo más ruin del ser humano. El origen de esta animadversión contra alguien que delata, la podamos encontrar en los tiempos en que aún no ingresaba al Colegio Militar. Recordemos su pasado lumpen al lado del flaco Higueras. Pero él ya estaba inmerso en ese mundo antes de juntarse con tal personaje: su hermano mayor trabajaba con el flaco Higueras hurtando objetos de casas de gente adinerada. Así, el autor nos sugiere cierto determinismo en este punto, como también lo hace con otros personajes. El flaco Higueras, única persona a quien el Jaguar estimaba después de Teresa, es víctima de una trampa y cae preso cuando llevaban a cabo sus actividades delictivas. Así pierde al único amigo que tenía, el que lo llevó a los prostíbulos y le enseñó a beber pisco, el que le daba consejos con las mujeres le daba dinero sin pedirle nada a cambio. Luego tuvo que huir, refugiándose en la casa de su padrino, donde pasaría momentos difíciles. Le pagaban dándole techo y comida solamente. Hasta tuvo que acostarse con la esposa de su padrino, a quien la voz del personaje describe como una mujer gorda, fea y vieja. Entonces, el haber perdido la compañía del flaco Higueras significó un camino empinado y difícil para el Jaguar. De ahí su odio a los soplones. Lo que fue peor: con ello dejaría de ver a Teresa, perdiendo, también, el buen status económico que su vida de lumpen le había dado. Y ahora el drama –su drama- se repetía, pues tras la acusación contra el serrano Cava, este era expulsado del colegio y humillado frente a todas las secciones.

El serrano Cava no fue un cadete cualquiera, era uno de los principales integrantes del Círculo, leal y constante, muy útil al Jaguar en su plan de dominio. Este último no solo perdía una pieza importante en su engranaje, sino que todo el Círculo desaparecía y con ello su autoridad, su poder, su ley fuera de la ley. El Círculo introducía licor, cigarrillos y timba al colegio, además de conseguir las preguntas a los exámenes finales, pruebas difíciles que los cadetes debían superar. El atentado más grave para el Jaguar fue haber perdido autoridad. La delación de Arana le cercenaba poder, pues alguien se había atrevido a denunciar a un integrante del Círculo sin temer las consecuencias. Los del Círculo eran intocables, gozaban de beneficios al interior del grupo, no eran alumnos ordinarios aunque las autoridades creyeran lo contrario. Esa delación comprometía la figura del Jaguar, fundador del Círculo y corruptor. Entonces había alguien que no le temía o que al menos pudo superar el miedo a su autoridad. Ese alguien fue el cadete Arana, primer individuo en rebelarse contra tal poder opresivo. Quien diera la estocada final al Círculo de la misma manera, es decir, delatando los hechos, fue Alberto. Para él, el tema del honor y el respeto a la ley fuera de la ley pasaba a un segundo plano. LA_CIUDAD_Y_LOS_PERROSDebía hacerse justicia y la muerte del Esclavo no podía quedar impune. Aquí aparece otro tópico o tema recurrente en la literatura de Vargas Llosa: la rebelión y la resistencia, la obsesión de sus personajes por llevar a cabo sus consignas. Recordemos a Zavalita de Conversación en la Catedral, su obstinación por dar la contra y salirse de la corriente al renunciar a su clase acomodada, abrazando, así, un futuro incierto y sombrío. Del mismo modo Alberto actúa, sin importarle que su empresa no pueda llevarse a buen término y sea contraproducente para él mismo. De ello, de su delación, solo se desbarató al Círculo, pero no se pudo esclarecer la muerte del Esclavo por no tener pruebas fidedignas. No obstante, su proceder fue aún más extremo que el de Arana, pues acusó al Jaguar y a todo el Círculo, y no sólo a un integrante de él, comprometiendo a la sección con ello: le habló al teniente Gamboa de la venta de cigarrillos y de licor, del tráfico de exámenes y de la timba y juegos de azar. Quería demostrar, con todo eso, que había un ánimo delictivo al interior de la institución y ese mismo ánimo, atizado por el deseo de venganza, había acabado con la vida del Esclavo. El arquitecto y edificador de ese ánimo gravoso sobre el cual se apoyaba el Círculo, era el Jaguar y no podía haber otro asesino que él. Así, Alberto termina representando el orden, la ley suprema y oficial: solamente haciendo uso de ella podía castigarse al Jaguar. Su vida había transcurrido en el distrito apacible de Miraflores y no respetaba al nivel del Jaguar los códigos de honor y la ley fuera de la ley.

Pero lo que jamás imaginaría Alberto –y he aquí la principal crítica de la novela hacia las instituciones castrenses- es que esa autoridad suprema era burlada a sabiendas de sus propios representantes encargados de velar su adecuado orden. Alberto es llevado ante los superiores del teniente Gamboa para que relate exactamente lo que le había contado a este. Pero en vez tomar en cuenta su testimonio e iniciar una correcta investigación por la muerte del cadete Arana, recibe una grave reprimenda y se le saca en cara sus novelitas y demás cartas eróticas. “Esto es una verdadera prueba”, le espetan. Con ello es chantajeado para que olvide el asunto del Esclavo y el caso no cruce las fronteras del colegio militar. La requisa de armarios, donde se encontraría los cigarrillos, licor y cartas, fue llevada a cabo por Gamboa –único personaje militar que sí había interiorizado la ley-, iniciativa tomada por él y sólo por él. Sus propios superiores le dicen que no debería tomárselo tan en serio, haciéndolo quedar como un fanático de la norma cuando solo velaba por su cabal cumplimiento. Es más, sostienen que burlar la ley es parte de la formación militar, realizar actividades abiertamente en contra del reglamento sin ser descubiertos cuaja a los hombres, los forma y les templa el ánimo para la vida, y eso era la mejor enseñanza que el internado les daba a los cadetes. Sintomático es que el teniente Gamboa, al final de la novela, sea destacado a provincia, como una forma de ser marginado, una sutil manera de decir que en realidad, por su modo de ser diáfano e incorruptible, no encajaba en el sistema. También es sintomático que en sus monólogos piense en su hijo que estaba por nacer: si era hombre no lo involucraría en la vida militar. Así pues, se estaba decepcionado e iba desengañándose. En otra de sus novelas, Vargas Llosa ridiculizará y criticará la vida militar (en Pantaleón y las visitadoras) lo que demuestra que no cree y hasta combate el rígido sistema castrense, esa obediencia ciega por la autoridad superior y sus malas consecuencias devenidas en burocracia, corrupción y matonería. Definitivamente la figura del padre está presente, a quien, como el cadete Arana, odió.

De esta manera, el Esclavo se convierte en la primera persona en rebelarse contra la autoridad del Jaguar. Constituye un hecho de rebelión indirecta, por mencionarlo de algún modo, pues no tuvo la plena conciencia de denunciar al Círculo, no quería destruirlo, solo poder salir, no se sentía comprometido pues nunca dependió de él. Y he aquí que este hecho resulta interesante y podría aclarar muchas cosas más. El Esclavo era abatido, humillado y molestado a más no poder porque era distinto a toda la sección. No compraba exámenes, tampoco jugaba a la timba y consumía muy poco licor y cigarrillos, tampoco era violento, actitud crucial para poder sobrevivir en el internado del Colegio Militar.31003_I_ciudadperros Él se valía por sí mismo, manteniéndose al margen de la autoridad del Jaguar. Estudiaba, respondía a las exigencias del colegio sin burlar la ley, sin recurrir a la ley fuera de la ley. Nunca obedeció al otro orden porque simplemente era distinto y este no podía alcanzarlo. Aquello exasperaba al líder del Círculo y por ende lo batían constantemente, tratando de doblegar su ánimo y ganarlo como uno más de sus súbditos. La sensibilidad del Poeta advertiría esto último. A lo largo de la novela vemos que se convierten en amigos. Es más, Alberto se sentiría mal al ir con Teresa al cine y lloraría la muerte de Arana. De alguna forma, él también escaparía a la autoridad del Jaguar, aunque no completamente. El hecho de escribir novelitas y venderlas le daba cierto respeto y, pese a no ser un eximio peleador, no se metían con él. Aunque también se defendía con insultos y asumía esa actitud violenta sin la cual no hubiera podido sobrevivir, en el fondo no le gustaba comportarse de tal manera, mientras que sus compañeros –exceptuando al Esclavo, claro está- ser violentos y soeces fluía con naturalidad y hasta gozaban con ello.

La figura del Esclavo constituye la de un rebelde débil. La voz narradora explora en su mundo y, como con el Jaguar, podemos sacar conclusiones de su pasado para entender su actuación en el colegio. En una evidente escena autobiográfica de Vargas Llosa –capítulo primero de sus memorias Pez en el agua– un día la madre de Arana le dice que su papá estaba vivo e iría a vivir con ellos. El padre era autoritario y criticaba a su esposa el haber criado, según él, afeminadamente a su hijo. El pequeño Ricardo optó por ignorar a su padre como única forma de burlar su autoridad. No podía luchar contra él, ya lo había intentado y su pequeña fuerza física de diez años había sucumbido contra los puñetazos adultos de su progenitor. Solo le quedaba ignorarlo y aceptar lo que decía, haciendo creer que se sometía. Podemos encontrar aquí cierto paralelismo con la figura del Jaguar. El Jaguar era mayor al resto, tenía mucha más experiencia de vida y a veces asumía un rol paternalista con ellos. Como no se podía luchar contra su autoridad, Arana optó por ignorarla. Para lograrlo había que valerse por sí mismo, es decir, estudiar y responder a las otras exigencias castrenses del colegio. Y pudo hacerlo. Ya he mencionado que esto irritaba al Jaguar y por ende a los otros integrantes del Círculo. El Esclavo no se metía con nadie y sin embargo era blanco recurrente de las burlas generales. En su vida siempre hubo una figura superior que lo atemorizaba y de ahí su poca fuerza de espíritu, poca fuerza a ser violento y ser como ellos. Creyeron que doblegaban su ánimo y que lo convertían en lo que ellos querían, pero en realidad el Esclavo fue resistente sin caer en el sucio juego.

 

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En conclusión, queda expuesto el clima de anarquía que la novela propone, hecho que funge como herramienta de crítica social. Alberto no pudo denunciar la muerte del Esclavo. Con ello la autoridad del Jaguar pudo imponerse sobre la sección. La autoridad legal renunció a consumar un hecho de justicia, dándole paso a la ley fuera de la ley, donde los que son etiquetados de soplones pagan sus culpas de la peor manera. Dentro del colegio, al final se impone el más fuerte. Vargas Llosa parece sugerir esto en la realidad peruana, pues el internado militar es un pequeño Perú. El deber de justicia de Alberto es absorbido por la ley fuera de la ley: las propias autoridades a las que apelaba son partidarias de burlar el ordenamiento. Queda claro, entonces, que el Jaguar fue el asesino del Esclavo. Lo que aún permanece en la bruma es si la Teresa que amó el cadete Arana, y sería enamorada de Alberto, fue a la vez la Teresa que el Jaguar siempre amó y con la que termina casándose. Misterio sin resolver que enriquece la obra.

 

Sobre el autor

César Vladimir Ruiz Ledesma (Lima, 1986).

Estudió Derecho y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú, donde se licenció con su tesis sobre el poeta peruano César Calvo, Un real maravilloso contestatario en Las tres mitades de Ino Moxo. Ganador del concurso de ensayo Vamos a Leer del 2010, evento organizado por su alma máter, desde entonces ha publicado artículos de literatura, poesía y cuentos en diversas revistas del medio. Su ponencia sobre el poeta y narrador Manuel Scorza, “La impronta de Manuel Scorza”, fue publicada en el libro homenaje a tal autor durante la Feria Internacional del Libro 2013. El cortometraje G, en el que trabajó como guionista, ganó el primer puesto del concurso internacional The 48 Film Project. Actualmente realiza una maestría en Utep, The University of Texas at El Paso, Estados Unidos. Estación perdida y otros cuentos es su primer libro de relatos.

Sobre administrador Marcapiel 35 Artículos

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