DATOS MÓVILES

Era una máquina del tiempo.  Sus cortos brazos trabajaban exactos para registrar en papelitos las  microdecimas de segundo- con puntillazos imparables de mecanismo de tinta por goteo – cuando un nervioso bus aterrizaba en su impronta tienda, levantando polvo,  apurado, acelerado del corazón.

Un cobrador malcriado se  desprendía de babor  y caminando como un cangrejo en dos patas arqueadas iba a  imprimir el tiempo en la tarjeta de control, sucia, corroída por el maltrato de las manos,  donde nada se entendía. Luego el cangrejo muy arrebatado se le acercaba a Wilson Tacna, embistiéndolo con su vulgaridad, para nutrirse de su dato exacto.  Por dónde rodaría el enemigo  a esta hora?, necesitaba saber raaaapido, en guán, en qué pista rota  arrastraría sus repugnantes llantas, para sorprenderlo, y quitarle esos valiosos frejoles que llevaría para su finca el rechucha. La información del tigre  incluía detalles verbales, explicaciones con el cuerpo acerca de maneras y sentimientos rabiosos depositados en el capitán de la nave.

Cuál era su posición en el universo,  qué linaje le correspondía en la tormenta del tráfico y de bocinas que eran las alarmas del escándalo que alteraban los nervios de los palanca en las entreveradas pistas de Lima.

 

Con sus lentes potoebotella, seguros en el cráneo  con una vincha de soga sucia, el datero escaneaba exactamente la realidad de los agresivos cobradores, los leía y les recitaba  salmos groseros a cada latido  y respiro  de sus hojalatas rodantes. Con los nervios arrinconados en la combustión de ese paradero amigo, los desahuevaba de arranque, recién bajados, a la volada,  con la palabra filosa esperaba el primer golpe desde su cubil y con un sable en la lengua les  averiaba el alma, en lo que más le dolía a un machista profesional: habla cachudo,  papi  te dicen no?,  papicarte será… cachudo. Esa era la confrontación diaria de intercambio de insultos con tanto desposeído de afectos-que iba y venía por la ciudad con el pecho frío-, con tanto ser sin objetivos en la vida. Esta forma de sacudirse de los insultos recibidos durante el día era el perfecto estimulo para seguir generando esa carrera loca y rebelde contra su destino demasiado incierto, que lo esperaba ensombrecido con una capucha  puesta en el  paradero final.

Su pasajero lapicero era su amigo. Había dejado tantos perdidos en el camino. Tal vez prestado intempestivamente a una guapita transeúnte que lo utilizaba para inmortalizar alguna tristeza, o para recordar después, una invención poética al paso, o nada más para atesorar una importante cifra del banco  que se le iba de la cabellera descolorida.

¿Quién sabía más que él del arte de registrar números difíciles? –Se preguntaba y respondía en silencio W.T.

Esos detalles de “amabilidad” de los habitantes ocasionales del paradero, esas sonrisas inesperadas a su evidente miopía lo  hacían perderse (los segundos que le sobraban) en el sueño de una vida mejor, de un paraíso donde no existían ni ricos ni humildes, y  perdía el lapicero otra vez. Y era como un robo nunca castigado (quién se iría preso por robar un lapicero barato, simplemente lo descubrirían y le dirían como bromeando: y esas costumbres de tu barrio, no las olvidas…). Lo escondía en el bolsillo y se vaciaba la tinta arruinando  su único pantalón de trabajo. Lo colgaba de su oreja y el lapicero se escondía en el cerebro del datero, al fondo,  donde no había sitio para olvidarse.

 

Wilson había aprendido a descifrar y transcribir ese lenguaje inconfundible que manejaban los más jóvenes, los de su edad, y los que ya contaban millares canas a consecuencia de tanto sol que les daba directo a la piel sin hidratar. Razón por lo cual  algunos desprevenidos “verificadores” se habían vuelto excesivamente marrones como altiplánicos.

 

Saltaba, puteaba, se resbalaba  a veces  en la brea y con la lengua afuera la saboreaba caliente, todo por una moneda miserable que le haga el día. A veces llegaba la tarde noche y las monedas le explotaban el bolsillo pero seguía siendo pobre. Ya casi no podía correr sin hacer ruido como una alcancía llena.

 

Cansado buscaba alivio en el bolsillo sobreviviente, con esperanza, con fe, pero igual, otra vez solo encontraba veinte soles por tanto esfuerzo. Que eran ni mierda. Manejaba a su vez,  con destreza, una tabla  que soportaba un inmenso gancho. Esta aprisionaba los datos exactos en un croquis que dibujaba un orden sin sentido. Líneas y trazos que eran como un reloj suizo escrito, graficado, que no anuncia el paso armonioso del tiempo para el perfecto negocio del transporte en esta ciudad convulsionada de fierros viejos. De llantas gastadas como lonas en flecos.

Cuando se comunicaba en ese lenguaje grueso con sus clientes decía:

Por dos adelante Santa Rosita y Chivopato por 5, por ocho, por tres el zombi, sacolargo, chantón, ojo de águila, dumbo, Abelardo cara de perro, el santo por siete, menos dos igual cero, mordedor, sopa por 5, en correteo por 8 con el zambo, chilla la llanta, adelante tribilín, busmionca, haciendo Perú mi técnico, custer matagente, habla bien,  roza lata, techo alto, eterno señor de Muruhuay,  de Cachuy saca la cabeza por la cola  que murió la china, quién la mató?, el petróleo,   puro paraguayo va en ese fierro, con los dos pasamanos bien ordenados, pisa, mete todo el queso que dándose besos  están los parachoques vencidos , cabecéalo, mídelo,  éntrale fino al plantón del planchado y del  plomo.

 

Eran datos exactos, legales, que siempre los entregaba escritos para los choferes no memoriosos. Pequeños papeles del mundo del asfalto donde anotaba números con relaciones inexactas y poco precisas como para ser interpretados en el instante por un novato. Era una sucesión de cifras con alguna intención oculta. Cuando los vi de reojo en una parada pude distinguir algunos de  estos “códices”:

 L.A C D E G H

.P 1 P3

.D por 3 sin 8 minutos fuera

.TXD 8 en X y 3- 7 -2

.y.plancha.

 

 

Andaba siempre con agujeros en los bolsillos, parecidos a esos abismos interminables que dejan los malos pagos, las deudas interminables y el dinero siempre ausente para la family. Luego de entregar esa información oscura a los furiosos capitanes, se enorgullecía de su bondad. El chofer  de la inmensa hojalata, al descifrar sus códigos finamente calculados, crispaba sus nervios y levantaba su erizado lomo como una cordillera de espinas y  hundía el acelerador, estrangulaba la palanca de cambios, el freno de mano… con rabia y desprecio por la vida bastante conocidos por los resultados de su desgracia.

Sentía el desprecio oloroso como ácido que invadía el cuerpo  del semejante quien lo aventajaba en el camino por un tiempo considerable, distancia era dinero en un semáforo. Una eternidad de treinta segundos. Lo dejaba desierto de pasajeros, se burlaba de él metiéndole la punta que era como un dedo metálico imaginario rozando la culata.

 

Wilson Tacna sí tenía un objetivo en la vida: el desarrollo de un lenguaje secreto para que su oficio se especialice y se  valore con el tiempo en la inclinada escala remunerativa nacional.

 

En esas pulsaciones de carrera bestial  la vida  siempre le alcanzaba una solitaria moneda que él apreciaba hasta el fanatismo por asegurarse la sobrevivencia en este hermoso mundo por un día más.

Veía volar miles de hermosos diseños, pequeños retratos de niquel surcando el corto aire contaminado durante la ruda jornada laboral. Algunas monedas las atrapaba como un sapo, otras se le iban y alcanzaban la pista furiosa  y no podía desenterrarlas hasta que los inmensos buses la habían aplanado lo suficiente  como para hacerlas parte de la caliente brea. Así pagaba en la vida el datero.

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