Cuento: una señal

Una señal

Con la vista sigo a un grupo de gaviotas, vuelan en dirección contraria a las nubes, las gaviotas se van a refugiar hasta una zona rocosa y arbolada atrás del pueblo mientras las nubes se conjuntan en el horizonte dirigiéndose mar adentro. Pero ahora regreso la vista a las aguas, no veo señal alguna de la embarcación, algunas fuertes ráfagas de aire, como premonición de lo que se avecinan comienzan a presentarse. La estática de la radio suena, tengo la línea abierta, hace un rato intenté comunicarme con la embarcación pero no contestó nadie. Ahora enciendo la luz del faro, la lámpara encendida comienza a oscilar sobre su eje.

Veo el reloj de pared, son las seis y cuarto de la tarde, apago la radio, la desconecto, la meto junto con el reloj de pared a mi mochila y salgo del cuarto.  Uso  los binoculares, echo un último vistazo al horizonte, pero no los veo, ni una señal de ellos, con una mano me apoyo en el borde de la construcción, comienzo a golpear, como si hiciese clave Morse con mi dedo índice el cemento, echo un respiro y pienso si en verdad es importante lo que hago, pues aquí ya no llegan muchos barcos, creo que esto ya solo es un rutina que con el tiempo fue perdiendo sentido, pues en un inicio fue por un sueldo, ahora da lo mismo… Enciendo el faro y me siento a esperar y a observar un poco más. Es todo, quizás ya no hay nada más para mí en este, ni en ningún otro sitio.
Voy bajando las escaleras en espiral hasta llegar al arenoso suelo. Entro a mi carro, un viejo Caribe del noventa, enciendo el motor, que después de unos quejidos se pone en marcha. Rumbo a casa, escucho el golpeteo, tac, tac, tac.. tac tac las personas están clavando barras de madera en sus ventanas. Enciendo la radio del coche, muevo la perilla hasta que entre sonidos de intermitencia logro dar con una estación, una voz femenina dice que nos resguardemos en nuestro hogares, que “Clara” debe tocar tierra como a las ocho de la noche, categoría III, vientos entre 170 y 210  kilómetros por hora.

 

Llego a mi casa, estaciono el coche, me bajo, piso la escarpa y observo la estructura de mi morada, pienso que mi casa no es como la de los vecinos, pero que puede resistir. Está justo en medio de la calle, eso quiere decir que las casa de los costados, las que si son de ladrillos me protegerán del viento. Me acerco a la puerta y le doy unas palmadas al marco, toco el cedro, pienso que el cedro es fuerte. Busco unas maderas que tengo guardadas en la cocina, igual tomo el martillo, los clavos,  y me dirijo a una del par de ventanas que tengo al frente, Tac, tac, tac, tac…tac, tac, tac,…cubro la primera y voy a la segunda tac tac, tac, tac,… tac, tac, tac, tac…

Ahora pongo agua a calentar en una pequeña jarra de metal sobre el fogón, salgo de la casa mientras espero a que se caliente, el vecino me saluda, me pregunta si quiero pasar en su casa hasta que todo termine, le agradezco y le digo que no pasa nada, que me quedo en mi casa, me dice esto mientras baja bolsas del supermercado llenas de mercancía, entonces recuerdo los  pargos y boquinetes que tengo en mi congelador. Miro el cielo, las nubes siguen dirigiéndose hacia la misma dirección, se mueven mucho más rápido de lo normal, la copa de los árboles bambolean y vibran, quizás vaya ser terrible, pero el viento de ahora me agrada, es frio.
Estoy bebiendo un café en mi mesa de madera bajo la luz amarilla de un foco, me fijo, mientras tomo el mango de la taza, en mi mano, arrugada y venosa, creo que me estoy haciendo viejo.

Ha comenzado, parece que un dragón o alguna gran bestia este rugiendo ahí fuera, así suena el viento, a veces el sonido es más intenso, por segundos disminuye pero incrementa a la brevedad. Por un huequito entre las maderas de una pared veo la lluvia sobre la calle, parece un pastizal moviéndose, pues en el suelo se ve como segmentos que avanzan y retroceden, de pronto todo se ilumina, se ilumina más que en el mismo día, y suena un estruendo que casi me deja sordo. Ahora obscuridad total, el foquito que me daba luz se ha pagado, temo que se haya fundido. Pero sé dónde tengo velas.

A tientas voy a la alacena, abro y meto la mano en uno de los cajones, la encuentro, sé que aquí igual hay cerillos, no dejo de hurgar hasta que doy con ellos. Saco de la cajita un cerillo, lo enciendo y quemo la parte de bajo de la veladora hasta que comienza a derretirse, las gotas caen al suelo y justo ahí la coloco, me aseguro que esté bien pegada, ahora con el mismo cerillo enciendo la mecha. Ya tengo un poco de luz, eso me permite vislumbrar mi casa. Me dirijo a mi cama para acostarme en el colchoncito. El ruido de la lluvia comienza a adormecerme, sobre mi techo, suenan como si fueran canicas saltando. Escucho  otro estruendo, no más ruidoso que el de hace rato. Comienzo a cerrar mis ojos, cada vez me adormezco un poco más, cada vez un poco más…

Ya no se escucha la lluvia,  voy a la puerta, antes de abrirla aprieto el interruptor y verifico, y sí, el foco se quemó, la abro, me alivia ver casi intacto a mi Caribe. El cielo está despejado, solo algunas ráfagas como remanente de lo ocurrido de forma intermitente atraviesan la calle, que está llena de hojas y ramas. El vecino sale de su casa, me pregunta cómo la pase, le digo que bien, yo le pregunto igual y él me contesta lo mismo. Entro a mi casa y busco las llaves del coche, la deje en la mesa junto a la taza del café.
Voy de regreso al faro y agradeciéndole a Dios, pues veo casas a las que les fue verdaderamente mal, incluso a unas echas de material, ahora paso frente a una que le cayó un gran almendró encima y derrumbo una esquina del techo. También es difícil ir esquivando troncos y ramas regados por toda la calle, hay unas donde no se puede pasar y mejor busco otras.

De nuevo enciendo la radio y giro la perilla hasta que escucho una voz, es la misma voz de ayer, ahora dice que tuvimos suerte, que de huracán  categoría III descendió a I entrando a la costa y que tocando tierra se degradó a tormenta tropical, ahora pasan a una entrevista, es la voz de un hombre, que habla de un milagro, dice que llegaron todos con bien a la costa y que de no ser por el faro no hubieran dado con tierra, el hombre comienza a llorar, en este momento siento un tamborazo en mi pecho y una sensación me recorre el cuerpo, comienzo a respirar profundamente. Llegué, apago el coche y bajo de él. Alzo la vista y veo aún la luz oscilando, comienzo a subir las escaleras hasta que llegó a la punta, abro la puerta del cuartito, coloco el reloj en la pared, la garganta se me dilata, salgo al pequeño balcón y noto que las gaviotas ya han regresado a la costa.

Creo que aún hay un poco más…


sobre el autor:

Orlando Correa

(Chetumal, Q. Roo , 1992)

Autodidacta en materia literaria, actualmente estudiante en la Universidad de Q.Roo. Ha participado en el taller de escritura testimonial de Agustín Labrada.

 

 

Sobre administrador Marcapiel 35 Artículos
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