Canción de las humanas magnolias

a Leopoldo María Panero

Es esta maldita obsesión por las palabras,

esta búsqueda inteligible que heredé de mis padres,

lo que arrastra mis pies cada día,

lo que supura en los labios hasta ser música,

el eco y el murmullo de mis pensamientos,

el cruel murmullo idóneo;

dónde quedan esparcidas las notas escritas con heces,

dónde se desvisten y bailan antes de hundirse los días

en la nostalgia y el placebo de esperar.

Y mis hermanos, animales ciegos, frutos coléricos,

estatuas del salitre que les brota del cuello

para recordarles que nada pueden, que no deben hacer nada

para alcanzarnos en el abismo,

en la obsesión de la mente que duele,

Todos ellos, celestiales hijos de la puta de Babel

redimida a golpes, la fuerza de tener esperanza,

se apartan al presentir la peste de sus bocas quietas,

que los rodea, los devora, los consume,

mientras les parte los brazos para darles alas.

La piedad es una herramienta pobre de los que temen,

el peldaño último del cadalso que el campesino martilló

antes de anudar en su cuello la hermosa cuerda.

Todo hombre.

A mis pasos llegan las hojas reventadas

de la tarde que anhela ser estío siempre,

pequeñas venas enterradas en la carne del mundo,

sin la fortaleza del torpe cristo ensangrentado

que cae de rodillas en la inmundicia de su propio llanto,

abatido por su inocente soledad,

y que se abren como un hermoso regalo.

Mezcladas con el plumaje de las hadas eléctricas

Que huyen a copular con los cuervos,

cuerpos que gestan el feto canceroso de la espera,

las palabras se desprenden de la lengua,

se adentran por entre las oraciones y los objetos,

completando su mística complementaria,

su artificial manera de existir fuera de la mente;

y yo me siento a observarlas, a tocarlas en el vidrio,

como si mis dedos fueran la extensión de esas ramas

torcidas que buscan entre el follaje,

entre las mujeres y los dioses que se parten

lujuriosamente para que les posea la vida,

pero que sólo encuentran el espeso contacto de la carne

cayendo por la quijada. Esperan.

Esta voz que trata de convertirse en algo más

se sofoca en cada gemido, se desbarata,

en el intento de transmutarse sin piedra ni rezo.

Hay flores que escapan bajo las piedras, explotan

en un éxtasis fanático, frenético, fractal,

arrojadas a la insípida muerte de la contemplación,

que es esa molestia del mundo que las mira.

Una tras otra cometen el acto suicida, numeradas,

esperanzadas de hallar sentido a su estupidez,

a cada instante esperando lo distinto.

Y lo escucho, a todos ustedes, a aquellos

los de la respiración pesada,

los aplastados por el peso de su cuerpo,

los que sueñan con encontrar la claridad en la simpleza,

sin dejar de ser nunca un trozo de cristal, escucho

sus pecados llenos de la gala del aforismo

eternamente mal pronunciado

con que se cubren el sexo y las manos.

 

 

Sobre el autor:

Ernesto Zepeda Villarreal.

(Texcoco, México 1986).

M.C., Economista. XVI Premio Nacional de poesía Tintanueva 2014, con el poemario Reminiscencias. Mención honorifica en el 3er certamen de poesía Francisco Javier Estrada 2011, de la Casa del poeta Gonzalo Martré (Cd. Neza). Primer lugar del III certamen Buscando la Muerte, del CCMB, 2014. Editor del Colectivo Entrópico. Ha publicado en las revistas Salamandra, Molino de Letras (Texcoco, EdoMéx), Aeroletras (Querétaro, Q.), El Perro 6,7, Penumbria 23, Revarena Vol. 6, y otras. Los libros colectivos más recientes donde ha participado son: El canto de los Faunos (C. Entrópico), Masturbación Latina (La Fonola Cartonera, Chile), Lo poéticamente incorrecto (MiCielo Ediciones), ¡Está vivo! Homenaje a Frankenstein (Saliva y Telaraña), El infierno es una caricia (Fridaura), Turdus Mirula (Revista Mirlo, España), A contraolvido (Alja Ediciones), Poetas Latinoamericanos (Imaginantes, Argentina) entre otros. levedadlunar.blogspot.mx. @adairzv Fb: E Adair Z V .

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