Curioso y Fragmentario

Dibujo: Sofía Hopkins

 

Curioso y fragmentario.

Alguna vez…

Alguna vez

a la muerte encontré

sentada frente a mí

descorazonada

En ella me reconocí

Siempre hemos sido

los mismos

siempre

los que del fuego hemos cuidado

Ve y ama

terminó diciéndome

Y me eché a morir

Amándola

 

 

rastro

las virtudes de un poeta son las de un asesino: a galope sobre un caballo ciego  intenta lacerar una selva pétrea hasta encontrar su arteria. escucha su sí mismo, el que no es él donde es todos, y embellece la destrucción y sueña lo que destruye dándole a los muros la forma de su rostro. vierte estío al doblar de las campanas y cría nervios. nombra toda geografía humana, nube, sal y margen, en su universo de una sola palabra al fraguar el reflejo del silencio. cincela murmuros. recrea cosmogonías como pájaros de niebla que recubre de escamas doradas. detiene sístoles y diástoles para transformarlas en geometría pura: materia donde los cuerpos oscuros brillan a la luz. su escisión renace cuando la flor vuelve a ser tallo y éste desaparece, desparece, desaparece, desaparece… y se levanta ante su atávica derrota: la palabra.

para asb

Péndulo

 

—Sí. Aquí también

acaba este mundo

vertebrado por el centro

que todo lo absorbe

y relega el ensanchamiento

de los márgenes.

¿Qué superficie queda

sin linderas, sin finales

para un inicio?

Frialdad, frialdad,

¿qué sangre habita

en lo desposeído?

 

—No. Aquí tampoco

acaba este mundo

erigido en el espacio

que despega

desde las constelaciones

hasta el fondo del mar.

¿Qué sustancia encuentra

su evocación

en lo increado?

Polifonía del cantor,

señala la rosa de los vientos,

polifonía del cantor.


 

 

Lección de tinieblas

 

Calígrafo: signa el canto de la última ola del mar: la entrada de la materia reivindica el vacío: la aparición del silencio cuando los gorriones se aparean en la sombra: la fecundidad del sol de invierno y el inicio de cada letra: ¿cuál ha sido nuestra historia, el primogénito enclave de la inocencia?: el camino por el desierto y la serpiente de sal: la soledad del barro tomando forma y el acápite de la flor nocturna: ah, el léxico del pájaro ciego de las mañanas, testimonio de las profecías al día siguiente del día siguiente

para mams

 

 

Encuentro de dos imanes

 

Cárdeno y ocelote:

pienso en la humedad de los lagrimales de los escualos

 y en la invención del mito de lo fragmentario

 y su devenir en la realidad. Y nombro el mar

y se agiganta. Y nombro el mar y se agiganta. Y nombro el mar

 que se agiganta y descubre su perfil de presencia antigua y su ola de tempestad

 que reluce, cuando acaricia el extravío y las extremidades

 del vuelo del ave que trasunta las orillas y vivifica la desocupación de la estatua:

amanecen fósiles eriales creándose el vacío. Es el mar y su polaridad…

Y la unción de las sílabas que lo  nombran

cuando se quema la sangre y se unge ese contemplar el mundo en un grano de arena:

lo que tañe la roca y bruñe la niebla, así se disuelvan.

Sueño con los tóxicos del vientre de las medusas y con los yunques de los herreros

 y sus hierros hirvientes donde se forjan los ornamentos de las pezuñas

y las puntas de los cuchillos, intentando disuadir el desgaste de la materia;

e invento el desvarío y lo asocio y lo restituyo en la maleza de su mención.

E insisto en estos fragmentos y en el ensayo vario de su cepa que altura la palabra:

  mar de toda profundidad y señor de lo oscuro, mar de las cavernas y señor de lo oscuro,

mar primigenio del cieno y bulbos del señor de lo oscuro, de los rayos

solares que atraviesan la superficie y emigran bajo tus aguas en vigilia de lo sagrado:

                        nombra en tu nacimiento lo pronunciado por el fuego de la salamandra,

esculpe ese andar vertical y haz que mane la contracorriente

 cuando se pierda la última fuerza en alianza de contrarios.


 


 

Través del funambulista

 

(Peregrino)

Ah, el frescor de los orines

en los amaneceres. El rocío

de la urea ardiente

expandiéndose y la callosidad

de los pies envueltos

por el polvo; epíteto

de los aprendices (virajes

del gozne): la propiedad de lo nutricio

expira en otros cuerpos. Borla

y pátina insurrectas: soldadura

de los descubrimientos.

 

(Forastero)

Ah, las sendas de las ábsides bajo las superficies del agua y las heridas blancas de los relojes cuyos números sólo se repiten: el equilibrio se resume en la ductilidad y la tensión de los filamentos; así, la constante del punto de no retorno, el impalpable regreso al origen de lo terminado: crepusculario y centuria de las arenas movedizas.

 

(Huésped)

Ah, los hocicos deshuesados de los cánidos

y los vapores destilados por el deshollinador: cábalas

de los bienaventurados.  Asumo los riesgos

de cavar en el aire, de delinear los horizontes

y colocarles embalses; asumo ser mi convidado,

asumo el vacío, su purpúrea nocturnidad

y lo inesperado como conocimiento:

he llegado a un nuevo final. Confrontación

de los rituales: no creo en los cantos

encerrados en jaulas.

 

 

 

Desinencias

 

¿De qué metal es tu voz?

A esta hora llega el sastre del sol, volando en su bicicleta blanca, a tocar el acordeón. Yo lo acompaño, calibro la utopía del cuervo de ala blanca. Y en mi movimiento siembro médanos y corales, reparto el sueño de los peces, y disecciono del mendrugo la caries de oro del empoderado, del que se coloca la corona de rey y fabrica lisos botones con los huesos de sus hijos, aunque por el ojal de mis camisas y pantalones se oigan, puros, sus nombres.

 

¿De qué metal es tu voz?

Los pájaros llegan tras la lluvia, cuando despunta el alba con sordina, trompeta y saxofón. Yo los acompaño, labro la tierra donde cómodamente defecarán para luego cultivar algunos puñados de semillas. Y en mi movimiento arrastro troncos y otros maderos, que serán vigas, que serán traviesas, hacia las orillas del estuario, y disecciono del báculo las joyas, pues este será ahora bastón de ciegos o azadón: la oscuridad translúcida me guiará.

 

¿De qué metal es tu voz?

Bienvenido sea el pastor de las nubes, y su piano de luna y noche, a entregarnos resplandores y algunas tormentas. Yo lo acompaño, remanso las hélices de los torbellinos para dejar sujetas algunas raíces y luego dibujar un arco iris. Y en mi movimiento recolecto neblinas hasta su disolución, fortalezco los tallos nacientes en los barrancos, y disecciono de la capa bordados, broches y algunos rubíes, e hilvano un saco donde recoger el polvo de los días y un poco de brisa salina para limpiar mis heridas.

 

¿De qué metal es tu voz?

Pasen, pasen escrituras, ha llegado su tiempo y el rasgueo de violín y charango, en un territorio donde el idioma cambia todos los días. Yo las acompaño, pronuncio el mismo vocablo, la diferencia entre pirata y corsario, para esparcir viruta en las calles empapadas y recibir al que escribe sus cartas en el aire. Y en mi movimiento fundo mi nombre en la misma hoja de acero que lo ha inscrito, ahí, donde señala la luz, en la sombra, y disecciono de las bulas las palabras que dicen de un yo, de un me dije, de un les dije, de un nos dijeron.

 

Afinidad del escalpelo.

para jcm

 

 

 

Fiebre de antílope

 

Quepo en el olvido. Me estiro, y quepo en el olvido.

A veces sueño que tomo la forma de un unicornio, y cargo en el lomo la piedra del insomnio. Soporto el peso del aire y el etéreo reposo de los astros como gajos refulgentes y silenciados.

Trazo el cielo, y conjuro al celador del ojo de las cerraduras. Desde aquí se divisa al artesano de los minerales que construye un mundo deletéreo: aquí naufragan los ríos de la distancia, aquí los pétalos balbucean, aquí tiritan los lagartos, aquí una gota de agua corroe todo respiro al caer.

 

¡Abran las puertas del reino de las leguminosas, hágase sobre nosotros la potencia de la luz, su espina dorada en la oscuridad!

¡Aclámese el vuelo del ave nocturna que fija las fisuras de la nebulosa! Ahí las calamidades y el vertedero cósmico de las ilusiones. Ahí la flor que bebe su propio tormento y ahí lo inasible, cuando arde el mar en una lluvia de estrellas.

A mí el salto lingüístico de las gacelas, a mí el dolor gramatical de las cornucopias y su chirrido cóncavo, a mí la dicción de las orugas al engullir los tallos y su siseo atragantado, a mí la morfología de los felinos y sus antípodas vegetarianas, a mí las extremidades semánticas y los barritos de los paquidermos. Sí, a mí la angustia de la existencia, la piel que sacia los colmillos, el liquen encaramado sobre las rocas y su rabia.

 

Heme aquí. Sigo la estela más oscura de la evanescencia, las estepas unguladas, sus cuernos huecos, sus ardores oníricos, la resurrección terciana de la realidad y el abrazo de la cofradía del sentido ortopédico del cuello de los cisnes.

 

Oigo en repique: ¡Sobrevuela raso y atiza tu esqueleto en la tierra, saborea la fruición lánguida cuando el sol reposa en otros huesos después de lavarse en la lluvia!

 

Me estiro, y no hay lindera. Me hallo suspendido en la clavija del olvido, aunque certero y preciso en el dominio del astrolabio. En mí habla el desierto, la caza armónica de los acordes al sonar el cálamo: ¡A mí el canto de la herrumbre y su garganta sellada!

 

Un nuevo día ha de empezar destemplada el ánima de los dioses.

 

 

 

Lenguaje de los bosques

 

El pez en la charca, en la poza,

náufrago o polizón,

ciñe su respiro

hasta el fermento de su espinazo.

 

Doy testimonio de lo sagrado y otras herejías; de la teología de la caléndula y el rayo de luna desplegándose en su polen, del esqueleto del pelícano que aún presume su buche lleno, de los insectos zarandeando la tela de araña y de quien levanta con barro y horcones de huarango su casa. Repito el diálogo de las cortezas desprendidas en busca de la enseñanza y del libro constantemente escrito en los anillos de los troncos, y ofrendo cual centinela el silencio de la luz extraviada en la luz. Migro en este follaje, de la página en blanco al signo invisible que de ella emerge, a las cumbres, a las raíces tuberosas, a los sembríos, a los humedales y a las tundras, en armonía de lo disímil. Y oro por las muertes que sobreviven y por la caridad del agua, hasta el gemido compasivo de los lobeznos antes de la primera caza estival.

 

El oleaje y las estaciones,

cautivos de la distancia del sol,

 acogen a los bienaventurados

en todo destiempo.

 

Percibo en el desove del salmón un bosque de arenas sumergidas, la estancia del grano unida al grano, donde la misericordia se iza en las algas y recibe azarosamente posibles crías. Asisto a la perseverancia de los témpanos, a la edad del hielo intensamente azul en sus costuras donde quedaron atrapados algunos animales balbuceantes y aún se escuchan tímidos coletazos de sirenas. Y al remar esta barcaza otros son los anzuelos y otros los sedales que he de lanzar cuando esclarezca la niebla: un bosque de piedras se levanta al pie del desfiladero como un panteón florido donde anidan seres inimaginables: utópatas y metafísicos transformadores de la materia, quienes conversan entre sí, en silencio, adoptando las formas de la erosión: en lo escarpado, como torres de aire, redescubren sus equilibrios.

 

Entrelazadas las aguas

aflora un bisbiseo

donde esculpir lo inhallable:

clarividencia, clarividencia…

 

Son estos días en que los dioses despiertan enfermos, imagen y semejanza, imagen y semejanza… Días en que las crisálidas rompen sus envolturas y cortan el viento en el sentido de la sobrevivencia; días de salud para los espantapájaros, cuando los cuervos arrasan con las mazorcas y los gusanos dejan intacto el corazón de las manzanas en designio de nuevo germen; días en que las hojas reciben advertencia antes de ser desprendidas…

 

Fosforescencia de la visión inaudible:

éxtasis y sosiego

perduran en la confrontación

de sus elementos.

 

 

Nocturno del Alba

 

También en el canto se oye el silencio

   He detenido el mundo

   A la izquierda de mi izquierda

    Para forjar en el fuego los ojos del tiempo

                    El pálpito de la tierra ha despertado

                            Son las flores quienes hablan

                                    También en el silencio se oye el canto

José Agustín Haya de la Torre.

(Lima, 1981)

Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue miembro del grupo de creación y publicación literaria Sociedad Elefante, del comité editorial de Distancia Crítica: aportes hacia una nueva consciencia social y redactor de la revista electrónica de humanidades Periplo. En 2006 publicó Canto de la Herrumbre (Lustra Editores), en 2008, Nocturno del Alba (Lustra Editores/ AECID) y en 2016, un bosque ardiendo bajo un mar desnudo (Amargord Ediciones). Ha participado en diversos festivales de poesía y eventos literarios. Es candidato a doctor por la Universidad de Salamanca.

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