Desde Argentina 2 cuentos de Gabriela Chiapa.

En MARCAPIEL Creemos en los nuevos talentos y para muestra traemos dos cuentos de Gabriela Chiapa desde el sur del continente americano, esperamos disfruten todos esta lectura.


La reposición.

Fue como un golpe en medio de la frente. La sensación de vacío vibraba, latente. Quise seguir con mi lista, estaba a la mitad de la reposición de los libros devueltos pero ese golpe de vacío seguía en el aire y no me dejaba concentrar. Era como un gran, no… Como un enorme agujero que me llamaba desde algún lugar. Comenzaba a zumbarme los oídos demasiado fuerte y no pude más que salir en la búsqueda de su origen. Necesitaba completar la tarea y eso no me dejaba en paz.

Mi trabajo no es fácil. Todos piensan que es estar sentado, recibir, entregar, sugerir y guiar hacia cualquier libro, así como si nada, como si no requiriera un mayor esfuerzo. Todos suponen una vida laboral aburrida y tediosa, siempre lo mismo en el mismo lugar. Pero se equivocan. Me tomo muy en serio mi trabajo. Cada libro tiene su espacio en la gran biblioteca. Ni más allá ni más acá, tienen su justo lugar, numerado con su código y letra correspondiente. Es un sistema impecable y me siento muy a gusto aquí.

Ese vacío que me estaba atormentando era un libro faltante en su lugar, de eso podía estar seguro. Sabía que libro entraba y cuál salía y qué espacio debía estar ocupado, por eso esa mañana el vacío me agarró desprevenido. Hurgué nuevamente en mi memoria sacando cuentas pero nada faltaba y los de la pila de reposición ya tenían su lugar destinado. Me dediqué a buscar minuciosamente de dónde provenía aquella falla en mi sistema. En las filas donde estaban los libros de historia estaba todo en orden, ni una guerra fuera de lugar, ni una heroína se había escapado para rebelarse, todos los próceres estaban descansando en su sitio esperando el relevamiento para ir a una escuela. Pasé por la sección de cuentos maravillosos y fantásticos, por ahí era lo más probable que en ese sector hubieran cosas más extrañas. Por cierto ya una vez hubo problemas entre esos libros, pero eso es otra historia que no viene al caso contar ahora. Nada. Todo estaba en un orden silencioso. Hice el mismo recorrido por cada sección en busca de ese zumbido.

Ya pasaba de ser una sensación para ser algo más punzante. Me costaba respirar, me ahogaba con mi saliva al tragar, debía encontrar ese vacío urgente, ya era una necesidad. Ni siquiera lo había sentido cuando a una señorita se le habían caído todos los libros de la estantería de Jane Austen mezclándolos con los de Isabel Allende. Un horror. Y al final logré encontrarlo.

Uno no piensa en la ausencia cuando está ocupado. Levantarse. Trabajar. Salir. Comer. Siesta. Trabajar. Salir. Cenar. Noche. Así siempre, una y otra vez, es la estructura que da sentido a cada día. Es la comodidad de saber qué sigue después. Nada fuera de lugar pasa en este sitio que quiebre con esa seguridad del día a día. Todo tiene que estar armado de antemano y seguir ese plan establecido en mi memoria. Lo que le dicen una cotidianidad.

El vacío provenía de la sección menos pensada, estaba entre medio de los libros dedicados a la política. Hacía tiempo que nadie se acercaba por ese pasillo y nadie pedía un libro de esos. Se veían abandonados, tristes, grises… Ni siquiera yo pasaba por ese sector, no eran de mi interés, yo solo cumplía mi trabajo de reponer los libros y mantener el estricto orden que se requería en cada sector. Estaban limpios a pesar de todo, no había polvo ni telas de arañas, solo silencio y soledad se percibía entre ellos. Y de ahí me llamaba ese vacío oscuro y horrible que atormentaba mi cabeza.

Traté de apretarlos un poco para cerrar ese espacio, pero lo único que logré fue que se abriera aún más. Faltaba el libro de Código de Ética Profesional y El Príncipe de Maquiavelo, y al tratar de tapar ese espacio, el vacío hizo desaparecer otro en la esquina de arriba de las estanterías. ¡Adiós Aristóteles! Volví a intentar agruparlos más juntos pero cada vez que hacía eso, un libro más desaparecía en ese abismo. Me volvía loco. No podía haber espacios sin rellenar, no podía pasar eso en mi biblioteca. Sí, me la había apropiado y sentía que cada espacio era un pedazo de mi cuerpo que se desvanecía, células en choque que iban mutando hacia la nada.

No me movía pero los libros seguían desapareciendo de a uno, dejando huecos extraños. El silencio que provocaba el hecho me golpeaba tan fuerte que no podía mantenerme en pie. Me senté sin fuerzas en el piso viendo cómo seguían abandonándome. Se sentía como una afrenta a mi persona, a mi trabajo arduo y estricto. Un caos se aproximaba y lo estaba viendo brotar. ¿Qué pasaría si me quedara sin los libros? ¿Quién podría acercarse allí y decirme: quisiera leer algo sobre un señor que vuela muy lejos pero no sé qué libro podría ser, me recomienda algo? O ¡Señor, el libro de poesía que me prestó no me sirvió para nada, la novia de mi amigo lo terminó dejando igual! No. Nadie iría a pedirme sugerencias. ¡Ya no hay más libros! tendría que responder y luego, un día, debería cerrar por que no habría libros que reponer, ni prestar, ni sugerir, ni personas que acudan allí.

Sentí como desaparecía toda una estantería completa de libros, ya en otro sector. La biología y estructura de los animales no existía más. Adiós a los políticos y a los veterinarios e investigadores del ratón enano de la Patagonia. Aunque no me molestaba que los arácnidos desaparecieran, siempre me produjeron miedo, sobre todo esas que se quedan escondidas en una esquina observándote lentamente, para bajar en el momento en el que se abre una página que está doblada en una esquina. ¿Quién dobla las esquinas de un libro? Eso es maldad reprimida y se descargan con los pobres inocentes libros.

No pude aguantar más. Cada libro seguía siendo una célula que moría de mi cuerpo. ¿Terminaré por desvanecerme yo también? ¿Dónde se estarían acumulando? Por qué no creo que los estuviesen leyendo, y un libro que no se lee, se olvida, se amontona y luego muere. No sé en qué momento mi conciencia dejo de ser fiel a la realidad y me perdí en una especie de ensoñación. Se repetía en mi cabeza ese cortometraje donde los libros cobran vida y se hacen amigos del bibliotecario. Se me figuraba que ese tipo era yo, que trascurría mi vida con ellos cuidándome en cada paso que daba, volando a mi alrededor, cubriéndome con sus cálidas hojas mientras dormía, y yo haciendo felices a miles de personas que adquirían color cada vez que abrían un libro que yo les entregaba. Y me desmayé.

No sé cuánto tiempo habría pasado tirado en el piso si una suave voz no me despertaba. El sueño era dulce y liviano, estaba en un líquido rosa sereno, atravesado a veces por un haz de luz tenue y brillante cuando esa voz me sustrajo de ese espacio.

Volví a la realidad.

Sí, era real todo lo que me rodeaba. El peso de mi cuerpo tenía sentido de nuevo, los sonidos eran casi imperceptibles y el silencio era el de siempre, atravesado por leves murmullos de los pensamientos de quienes leen absortos en sus páginas.

– ¿Señor está bien? -La voz volvió a llamarme y yo de a poco retornaba de mi inconciencia.

A mí alrededor todo era como siempre. Cada espacio en su lugar, cada libro en su espacio.

-Sí pequeña, estoy bien. –

Aún se escucha el sonido punzante del vacío, pero el miedo me detiene cada vez que quiero ir a en su búsqueda. Él sigue existiendo y seguirá ahí persistente, sacándome de la estructura de mi día normal, comiéndose mi rutina despacito y saboreándola. Ya no es más levantarse. Trabajar. Salir. Comer. Siesta. Trabajar. Salir. Cenar. Noche. Hay algo que quiebra con mi realidad. Las noches han dejado paso al insomnio. Los hechos comienzan a cambiar. La reposición no está completa. Una risa oscura a veces me hace burla y yo trato de ignorarla.

Sé que lo que pasó ese día fue un hecho real, lo viví, lo sentí en mi cuerpo como cuando se siente la cortada del cuchillo cuando tratás de cortar pan y tu dedo está en una posición desfavorable. Cada día que pasa, un vacío nuevo aparece y desparece. Ahora la cosa es así, un libro se va, y al rato vuelve a aparecer. Con las hojas dobladas, o manoseadas, a veces marrones y otras con la tapa mojada. Intenté dejar de reponer espacios vacíos y oscuros. La risa macabra persiste cada vez que me evade.


Talismán

Detrás de esos ojos se guardaba un secreto. Se veía un alma encerrada, gritando por su libertad, pero resignada a su confinamiento en ese cuerpo ya rígido de aceites y lienzos. Cuando los vi quede absorta ante cada detalle en sus pupilas, intentando en vano desenterrar la historia que escondía detrás de tanta belleza.  No eran ojos exóticos, eran más bien comunes, no era eso lo que atraía a mirarlos. El color marrón de ellos cerraba una cierta magia.

La primera vez que la vi, posaba en una fotografía en el margen superior  del lienzo del artista. Él estaba observándola, absorbiendo cada minúsculo detalle de la muchacha que posaba allí. Morena de ojos marrones, cabello largo y espeso. Lo saludé pero ignoró mi llamado. El artista estaba creando su obra en su cabeza. «Es su musa» escuché detrás de mí, una mujer mayor de sonrisa contagiosa se me acercaba para recibirme.

—Me parte el alma verlo así, hace meses que solo observa la fotografía y nadie sabe por qué—Ambos mirábamos al artista y al lienzo en blanco a la misma vez. De golpe se dio vuelta y me atendió invitándome a beber una cerveza. Extrañamente fue amable y gracioso, como ignorando que había estado con el pensamiento en otro mundo.  Pasamos el día sin ningún sobresalto, como grandes amigos que una vez habíamos sido. Aunque, no me animaba a preguntarle nada sobre esa fotografía. Si algo recordaba de él era su predilección por la comida picante, acompañada de unas cuantas cervezas bien heladas. Casi todo era como siempre, las charlas, las risas, las mismas frases; pero algo andaba mal, lo sentía en su mirada, se perdía en algún horizonte que no podía comprender.

Llegamos un poco mareados a casa listos para dormir y, como siempre,e tocaba el futón. Fui directo hacia él y me desplomé, casi al instante me dormí profundamente. Una mezcla de imágenes mareaba mi cerebro durante el sueño, la sensación de estar en una pesadilla sin poder escapar hizo que me despertara sobresaltada. Intentaba ubicarme en el espacio-tiempo, quitándome las telarañas del sueño, cuando vi a mi amigo parado frente a su lienzo, aún en blanco, abstraído con la fotografía delante. De repente comenzó a mover sus manos. El pincel parecía una máquina autómata, que volaba entre los dedos del pintor, la paleta, con los oleos dispuestos desordenadamente, parecía una obra de arte en sí misma. Ni siquiera miraba a su alrededor, solo su mano se movía indiscreta por las sinuosas curvas que iban reflejando el cuerpo de la muchacha morena. Su mirada no se movía ni un milímetro de la fotografía, fija en ella, dejaba que su pincel sea el que hablara por él. La oscuridad nos envolvía, solo una vela iluminaba la escena de mi amigo pintor y su obra. Para él no era necesario más que eso, se sabía de memoria cada detalle que debía plasmar.

Todavía me quedaban rezagos de una suerte de borrachera,  volví a desparramarme en el sillón. Dejé a mi amigo ahí con su arte a flor de piel, nunca mejor dicha esa frase. Me olvidé del asunto y hasta cerca del mediodía no me levanté. Cuando pude reincorporarme, el artista ya no estaba frente a su pintura, vi el cuadro tapado con otro lienzo encima. Busqué algo de comer y como no había ni siquiera café para preparar, decidí salir a pasear en busca de alguna cafetería cercana. Le mandé un mensaje a mi amigo para que se acercara apenas pudiera, así almorzábamos juntos alguna pasta en el restaurant a la vuelta de su casa. Aproveché ese tiempo entre medio para seguir con mi lectura que había quedado trunca al bajar del colectivo. Llegada la hora, esperé un buen rato pero no aparecía nadie y ni siquiera respondía los mensajes. Yo sabía que algo raro pasaba dentro de Marcelo, pero preferí no hacer teoría sin hablarlo directamente con él.  El hambre me estaba carcomiendo el estómago y decidí pedir la comida, total, él se lo perdía. Volví a su casa al finalizar el postre, que era un flan casero de esos que parece que tocaras un mundo mágico de dulzuras y no querés terminar. La casa seguía vacía, ni Marcelo ni la mujer mayor se encontraban allí. La pintura seguía tapada y en el mismo lugar. Me senté frente al lienzo, tratando de encontrar qué era lo que llamaba tanto la atención de mi amigo pintor, la fotografía ya no estaba, los pinceles seguían embadurnados de oleos y todo parecía en su lugar. Si hay algo que me caracteriza es mi alto nivel de ansiedad, es lo que me llevó a destapar la pintura sin permiso de nadie. Y allí estaba ella, con todos sus detalles, con esos ojos marrones tan atrapantes y seductores. Cada cabello era una pincelada precisa, el borde de su vestido mostraba hasta las costuras que tenía, y el collar… ¡Ese collar azul que no recordaba en la foto! Era lo más realista que había en la pintura, casi daban ganas de tocarlo para saber si era pintura o colgaba de verdad en el cuadro.

La pintura me atrapó en ese instante. Y comencé a notar esa sensación de alma encerrada. ¿Cuál era el secreto detrás de esa imagen? La historia estaba allí, entre los ojos vivaces que parecían seguirme hacia donde me moviera y ese collar azul que saltaba de la pintura.

La mujer mayor apareció hacia mitad de la tarde y titubeante me dijo que tal vez Marcelo se habría ido a dar una clase. Yo tenía el pasaje de colectivo en la mano y tenía que irme sin poder despedirme. Aún los mensajes no eran leídos por mi amigo, pero no me quedaba de otra que saludarlo a través de ellos. Pasaron unos días y sonó mi celular. Era la policía de Maipú que me interrogaba por si conocía el paradero del artista plástico Marcelo, en su celular había mensajes míos y por eso decidieron contactarme. La mujer mayor había hecho una denuncia declarando que su profesor de arte no aparecía hacía tiempo, sin responder llamadas ni mensajes. Me citaron para hacer una declaración, por lo que tuve que viajar hasta allí y sentarme frente a un oficial, su interrogatorio me pareció una eternidad. Me pidieron hasta el detalle de lo que comí en el restaurant, qué hice en cada paso que di y por qué me había marchado sin esperar la llegada de mi amigo. Volví luego del interrogatorio hacia la casa de Marcelo,  traté de buscar alguna pista de donde pudiera haberse ido.  No había nada. De su gata se habían hecho cargo los vecinos acercándole comida, ella no se separaba de la pintura, que aún estaba tapada con el lienzo, tal cual la había dejado días atrás.

Detrás de esos ojos marrones se escondía algo, lo presentía. Me seguían en cada paso, parecían vivos detrás de esa capa de oleos y aceites. Mi amigo no volvió a aparecer. Dejaron el caso a medias por carecer de pistas. Interrogaron a la muchacha morena de la foto, pero ni ella sabía siquiera que Marcelo tenía su retrato.  Solo dijo a la policía que él le había declarado su amor mucho tiempo atrás, viviendo un corto romance por que la situación era “complicada”. Me llevé la pintura y a la gata a mi casa. Y cada vez que pasaba delante de ella sentía una angustia que me oprimía el pecho. La gata no se movía más que para comer y hacer sus necesidades. Había una historia detrás, sí, eso lo sé con seguridad, pero nadie me contó cuál era su secreto. Saqué varias conclusiones del paradero de mi amigo, pero ninguna correspondía a una respuesta real.

Una noche mientras cenaba y, le daba de comer a la gata, miré de reojo el cuadro y saltó a mi vista el collar. La mujer no llevaba collar en la foto, eso era seguro. Desde ese ángulo bajo pude distinguir que algo se movía en la pintura, como una mano que intentaba salir del collar azul. Era de noche y estaba sola, el miedo me ganó y salí a caminar por la ciudad. Al volver más tranquila, miré el cuadro nuevamente. Estaba rasgado en varias partes, quedaban jirones de la pintura, casi deshecha en gran parte. Solo quedaba a salvo el collar y la mitad del rostro. Me acerqué para mirar más detalladamente lo que quedaba y ahí lo vi. Dentro del collar, de manera muy sutil, se distinguía un cuerpo, era mi amigo que había quedado plasmado allí, con un grito desgarrador en su rostro y una postura suplicante. El ojo que quedaba sano tenía una chispa un poco satánica, parecía como si se riera, había logrado su cometido.


Acerca del autor:

Gabriela Chiapa (General Alvear, Mendoza, Argentina)

Desde pequeña siente atracción por la literatura, gusto fomentado por su madre.  Escritora autodidacta, motivada por su curiosidad y por la lectura constante decide escribir obras propias descubriendo la pasión por el cuento corto y abocándose al género fantástico, donde abundan fantasmas, en el sentido romántico de la idea.

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