Presentamos “El cazador de miradas” de Verónica Miranda Maldoror, quien es poeta actriz y performer en la Ciudad de México. En su obra retrata los efectos que la violencia ha tenido sobre las vidas de mujeres y niños e interroga al lector sobre el aparente dominio que tiene el mal en la vida de las personas.

Verónica cuenta con un proyecto musical basado en temáticas de terror gótico. Cuenta con la experiencia de haber sido cantante de la banda de post punk Cadáveres y de haber formado el colectivo multidisciplinario Matter Tenebrarum, el cual incluía la publicación de un fanzine semanal y presentaciones en vivo.

Dentro de la cultura alternativa ha participado en distintos proyectos artísticos y socio culturales, como son: Cambio Radical Fuerza Positiva, Chavas Activas Punk, La Herencia de Maldoror, Laboratorio de Engendros, Visceral Scene y Lunas Negras.
Ha participado como locutora para el proyecto radiofónico Antesala Nocturna, radio por internet, con el programa llamado LA MORGUE

Ha publicado En el esqueleto de la Noche, Oscuros Pensamientos, Cuerdas: una historia punk, La conjura de los monstruos. Ha colaborado en antologías de las editoriales Criptomórfica Editorial y La Sangre de las Musas.

Actualmente escribe para las revistas Abigarrados (Taxco Guerrero, México), El Narratorio (Argentina), Revista Subte (Argentina), Obra Emergente (Uruguay).

En 2017 editó un EP titulado Balada Necrófila el cual incluye un tributo a H.P. Lovecraft.

Verónica es acompañada en sus presentaciones por el músico Mikel Riot; juntos ofrecen un espectáculo lleno de notas oscuras y relatos de terror. Actualmente presentan el performance musical Manifiesto Vampiro, un tributo a los poetas malditos.

Desde 2018 también forma parte del ensamble musical Dominus servus, junto a Carlos Maltés en la guitarra, con un estilo que va desde el horror punk, el hardcore, el postpunk hasta el metal extremo underground. En las presentaciones en vivo, como músico invitado, se les une Daniel Bolaños en la batería.

En 2019 presentan el EP homónimo, Dominus servus.

Aquí pueden visitar su sitio web

La pueden contactar en Facebook

Verónica Miranda Maldoror Escritora / Poeta

Aquí su proyecto Dominus Servus

 


El cazador de miradas


Un vaso con agua en donde flota una dentadura postiza, una tetera despostillada, una mesa de conglomerado de madera cuya superficie va siendo devorada por la polilla y las cucarachas. Un rollo de papel higiénico de hoja barata, gris, sin peso, maloliente. La mano del viejo que se estira para buscar unas gafas gastadas de cristales opacos y armazón de hueso humano. Se las acomoda, la visión sigue siendo borrosa, aguza la mirada, mientras se levanta lentamente, apoyando sus manos largas y artríticas sobre sus rodillas, siente que los huesos van a quebrarse con algún movimiento torpe. Alcanza el bastón de fémur y base de quijada limada hasta la perfección, el barniz conserva restos de un color rojo oxidado.
La mirada del viejo busca la última pastilla de metoprolol, con dificultad la deglute, mientras bebe del mismo vaso de agua donde flota la dentadura. Escupe el resto y pasea su lengua entre las encías.
Mira cansado hacia la puerta, ahora le parece una maratón llegar hasta la manija, sabe que debe hacerlo, que debe de salir. Antes, se ata un paliacate grueso en la frente, lo dobla y lo coloca de tal manera que el nudo queda hacia la parte frontal, relame sus bigotes gruesos que ocultan el eccema de la parte baja de la nariz. Se coloca un cinturón de cuero mal teñido con pintura para zapatos, este objeto no tiene hebilla, está hecho de piel, con un agujero en un extremo y un cordón pequeño para reforzar el amarre. Viste sandalias elaboradas artesanalmente, suela de neumático y cuero con remaches de clavo. La camisa lleva semanas sin lavarse, guarda una plasta de sudor en las axilas y manchas de mugre, saliva y comida. Las mangas largas ocultan las cicatrices de cortes desesperados en la piel de sus brazos. Toma un morral de carnaza vieja y con dificultad sale de su cuarto. El día comienza, son quince minutos antes de las seis de la mañana, camina hasta la avenida y espera el camión. Sube con dificultad, la gente no se compadece de su condición senil, lo empujan, les odia, le miran con asco, él se echa un pedo, y levanta como puede la axila para incomodar. El chofer lo mira con desprecio y le exige avanzar gritando sus razones, “la bajada es por la puerta trasera”. Señoritas recién bañadas, se miran entre sí al sentir como el viejo empuja tocando “accidentalmente” sus cuerpos, los enfrenones hacen imposible la llegada, y después de quince minutos de lidiar, por fin lo logra, justo cuando tiene que bajar. Llega a la terminal del metro. Desciende y se para en la entrada, estira su brazo, las monedas irán cayendo conforme la turba de transeúntes pasa. Las guarda en el morral, se va llenando poco a poco, nadie pensaría que ese miserable pueda juntar más de mil pesos al día, pero así es, aunque no sirvan para nada.
Por la tarde, y de regreso se detiene en la panadería, sólo para oler el aroma que emana el horno. Es en extremo tacaño y vive de lo que la gente le da durante el día, un taco, sopa, agua, gelatinas, tortas. Él no compra nada, ni el medicamento, ni la dentadura postiza, ni los lentes, ni la casa que habita, nada, y así vive, así pernocta, así ha vivido.
A las tres de la mañana del tres de abril de mil novecientos noventa y tres, el corazón del anciano deja de latir, primero un dolor profundo, después la desesperación, el ahogo y al final el ataque. Los estertores desnudan su pecho y un rictus doloroso queda grabado en su última expresión facial.
Avanzan los días, los gusanos primero y después las ratas dan comienzo al festín que se ofrece en el cuerpo putrefacto del anciano muerto. La pestilencia atrae a los perros y en la desesperación por querer entrar a esa casa derriban la verja construida con láminas y madera vieja. Las ratas han devorado casi todo, los perros hambrientos roban los huesos y roen los últimos podridos restos de carne. Terminan de devorar al anciano, depredan todo de él, todo excepto las córneas de los ojos. Terrible gusano que no se atreve a tocar, hambrienta rata que evade la mirada del viejo, miserable perro que prefiere hurgar el culo a meter su lengua en los agujeros de las córneas. Si la muerte presta la mirada, nos dará oportunidad de saber qué es lo que observan los ojos del viejo. Si la muerte otorga el permiso de prestar voz, le escucharemos:
“Yo, el cazador de miradas, el asesino ignorado, de remotos ayeres regodeados en el placer de sentirme dueño y señor de las miradas de los niños que hice mis víctimas.
Yo, dueño y señor del dolor de los padres de hijos extraviados. Yo, dueño de las pesadillas que propinan la eterna ausencia.
Yo, suspiro del viento que hace mecer la soga con la que arranco las vidas, y corrompo los cuerpos.
Yo, cuerpo veloz que se asoma un instante en las vidas ajenas y espera el descuido para robar lo más bello.
Yo, cazador profesional, que conservo el caos de notas de niños extraviados y restos de cuerpos enterrados en el patio de mi casa.
Yo, embalsamador y sacerdote que da el perdón de los pecados de aquellos que en su última hora me suplicaron por su vida.
Yo, evasor de la justicia, coleccionista de gritos y córneas en frascos de mayonesa y café.
Yo, tan humilde que incluso, el padre generoso me extiende su mano mientras yo robo la miel de su mesa y el beso del ser amado.
Yo, letra anónima que escribe en un diario los nombres de los niños que yacen en mi fosa personal.
Yo, mente perfecta que vence la esquizofrenia y convoca a los fantasmas en las noches mientras la edad avanza.
Yo, risa oculta cuando la madre da vuelta y la niña acepta un caramelo de mi mano.
Yo, sangre envenenada por el odio, y alejada de la gracia divina desde el momento de nacer.
Yo, ahora muerto, miserable y vil, ¡vuélveme! ¡Oh, muerte! ¡vuélveme a la vida! ¡quiero jugar de nuevo, jugar con los ojos de los niños muertos!”

 

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