Por Marco Antonio Murillo

 

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Cincinnati. Historia personal, de Manuel Iris es casi una rareza dentro del gran cúmulo de libros de poesía producidos en México. Lo es en dos sentidos: desde la manera en la que se concibió el poemario, es decir, fuera de nuestro país, y luego desde la propia ejecución del trabajo final. Lo primero no tendría que estar presente aquí, pues se entiende que los poetas son seres viajeros por elección propia, pero lo está. Y lo está porque una de las grandes constantes del poeta mexicano actual es no salir de su tierra de origen, y a partir de esta decisión poco acertada, buscar su forma de leer el mundo, elegir a sus autores necesarios y, ya con todo esto, forjar sus versos. Así, algunos de los poetas más señalados de mi generación (digo señalados, porque no creo que sean importantes), no han salido de sus entornos de origen, ni siquiera para hacer una pequeña estancia de estudios.

Las salidas del poeta son importantes, por medio de ellas expande su idea del mundo, obtiene material para su trabajo, pone en jaque sus modos de vida, cuestiona su cultura; y si esto no está presente, entonces con seguridad su producción será redundante, y no tendrá mucho qué decir más allá de un mero despliegue de formas. Esto que vengo diciendo, y el modo de vida cultural acomodaticia que impera hoy en día en nuestro país, podrían explicar la poética que prevalece en mi generación: el libro-proyecto: cinco o seis poemas buenos alargados hasta el cansancio para llenar un mínimo de sesenta páginas.

La poesía de Manuel Iris, dado que se ha forjado desde varias aristas culturales, no tiene este problema, que para mí es serio. Todo lo contrario, su libro es casi una rareza en la poesía mexicana actual que suele publicarse. Cincinnati. Historia personal, cuenta con varios poemas que gozan de poéticas distintas y narran hechos inconexos entre sí, pero todos unidos por un pequeño eje ya entredicho en el título: la vida de su autor en Cincinnati. Desde el prólogo se avisa: el conjunto de textos que reúno en este libro dan testimonio de esta ciudad como espacio o escenario de una vida interior que deja de ser la del visitante para convertirse en la de aquel que se queda y adopta al sitio que lo ha adoptado. En otras palabras, hablan de la vida de un inmigrante, del modo que me ha tocado serlo.

Entonces, no tenemos al típico libro donde todos los poemas tocan el mismo tema, sino la colección de poemas articulada por la inteligencia y la experiencia vivida por el autor. Estos libros son difíciles de idear en términos de proyecto FONCA, y para ser premiados el jurado tendría qué leérselos de principio a fin. Vaya es un tipo de poemario que exige a su autor vivir y luego escribir, y eso no se hace en uno o dos cortos años.

 

 

 

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He hablado bastante del contexto poético mexicano que rodea al libro de Manuel Iris, ahora me gustaría adentrarme a sus páginas para mirar qué ofrece. En primera instancia, se encuentra dividido en tres secciones o vueltas, a medida que son como un retorno a momentos significativos de la vida y poesía de su autor: “Ventana”, “Nueva nieve” y “Poemas escritos en Lodlow Avenue”. Todas ellas elaboradas al pasar de los años, más de una década, pues, tal como consta en alguna firma, el más antiguo pertenece al año de 2008. Pero vamos por partes.

“Ventana”, que es nuestro umbral al interior del libro, es la parte más personal, nos deja asomarnos a la vida interior del autor. Así, da cuenta de su condición de extranjero. En la prosa primera termina por preguntarse ¿A quién extrañas?; En “Itinerante” celebra: Como hecha de veneno, como si hubiera sido arrebatada a alguien / me duele esta alegría de que tengo casa; mientras que en “Son” canta, como si acompañara a una sinfonola:

 

arrinconado en mí

herido de aguardiente

odio a todos los que aman

y que felices están

y voy, en ebriedad tranquila

a restregarles en la cara mi desprecio

porque yo

no puedo tener

ni amor ni casa mía.

 

Pero también están los temas que caracterizan los anteriores libros de Manuel Iris, hablo del erotismo, raro en la poesía actual mexicana, no raro de encontrar, sino de hacerlo bien y aún más sacarlo del lugar común. El de Iris es un erotismo en donde se le invita al lector a ser partícipe de la experiencia poética, a través de palpar la imagen con el oído y pensar los distintos significados de la misma. En “Itinerante” leemos:

 

Amor,

 

existen días que te ando como a un parque.

 

Hay días que entro en ti

como a una plaza de toros.

 

Doble forma de entender el amor, como algo pasivo y como algo pasional; la belleza de la relación cotidiana y la furia de la relación sexual. En “La vecina ideal” el erotismo pasa al ámbito voyeurista de mirar con detenimiento las acciones del ser deseado: La vecina ideal, te digo. Sales de la ducha y llevas solamente una toalla en la cabeza. Te pones crema junto a la ventana. Las acciones del ser deseado se convierten en materia viva para la poesía, en el momento en el que provocan el extrañamiento y luego, como en un juego de reflejos sobre un cristal, sobreviene la reflexión poética: Acechas hacia afuera y no percibes el milagro de que tu reflejo, imitando tus gestos, también acecha hacia tu desnudez. La prosa titulada “Una mujer y un hombre” parecen expandir la experiencia del poema anterior, allí persisten los juegos de espejos, los sujetos que se desean y las habitaciones íntimas, solo abiertas al lector mediante una pequeña ventana, que es en realidad el punto de vista del autor: Una mujer y un hombre que viven, a veces, en el mismo edificio, se aman y besan sin que lo sepa nadie. A las dos de la mañana, en sueños, uno piensa en subir y otro en bajar un piso. Se ven en la escalera.

 

 

 

 

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“Nueva nieve”, la segunda vuelta del libro, me recuerda mucho a Eugenio Montejo. En su “Taller blanco” nos dejó esta lección de vida: En el taller blanco tal vez quedó fijado para mí uno de esos ámbitos míticos que Bachelard ha recreado al analizar la poética del espacio. La harina es la sustancia esencial que en mi memoria resguarda aquellos años. Su blancura lo contagiaba todo: las pestañas, las manos, el pelo, pero también las cosas, los gestos, las palabras. Nuestra casa se erguía como un iglú, la morada esquimal, bajo densas nevadas. Por eso, cuando años más tarde contemplé por vez primera en París la apacible nieve que caía, no mostré el asombro de un hombre de los trópicos. A esa vieja amiga ya la conocía.

“Nueva nieve” hermana la poética de Montejo con la de Manuel Iris, más allá de las referencias a la nieve que hallamos en la anterior cita. Hay una voluntad de minuciosidad poética cuando se describe cómo se comporta la nieve en diversos espacios y ante diversos objetos, tal como lo haría el autor de “Alfabeto de mundo” en sus poemas. Hay también un gusto por acercarse a lo rural, una necesidad por volver a la naturaleza y observarla detenidamente para hallar un material poético siempre sincero.

A veces la nieve aparece ligada al que hacer del poeta, como en “Decir lo ajeno”: No es mía la blancura / que hay fuera de la página. Otras se vincula con la mujer, tal es el caso del poema “Nueva nieve”: Una mujer me habla mientras cae la nieve. / Habla mientras la nieve deja su más puro silencio. / Se oye el milagro de que su aliento sea / más silencioso que el aliento de la nieve. En “Homeless”, a la pureza de la nieve se le opone la miseria de un mendigo, mientras que su frialdad y blancura es contrastada con la explosión mortífera de una bomba: Desde su aliento / el cuerpo encima del muñón / rehace una guerra en un lugar distinto / en que jamás se ha visto una blancura / más quemante que la flama de napalm.

Es, entonces, en esta segunda sección de Cincinnati que la nieve se despliega como ejemplo de asombro humano por la naturaleza. Lo que causa que derive en una buena oportunidad de reflexionar cómo las cosas de la realidad cercana se impregnan de una fina escarcha, que es la poesía, y, a partir de allí descubrimos cómo se comportan, qué nos intentan decir acerca del mundo.

 

 

 

 

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Poemas escritos en “Ludlow Avenue” es la vuelta final, y al mismo tiempo, tiene algunos de los poemas más lejanos respecto a la poética que Manuel Iris ha venido cultivando en sus anteriores libros. Por ejemplo, aquellos poemas de índole política, como el titulado “Actos políticos”, donde pequeñas escenas: Dos muchachas que se aman caminan de la mano, o bien, Un ser humano de cualquier minoría sale a la calle con seguridad y orgullo., son entendidas como declaraciones de humanidad frente a la opresión que los gobiernos puedan estar ejerciendo con sus leyes. En esta misma línea vale mencionar el “Poema escrito en el cielo que pocas horas después cruzarán los misiles nucleares”, pues da cuanta de los últimos hipoéticos momentos de la humanidad y se sentencia que Las pocas horas que nos quedan por vivir / hay que vivirlas en la cima del amor. Toda poesía es un acto político, a medida que apela, aún en los momentos más terribles, al bienestar del ser humano; este es el aprendizaje que me llevo de estos poemas.

La sección no sólo incluye las anteriores novedades, también es recuento de algunos temas que han aparecido en el libro: por ejemplo, las reflexiones sobre poesía halladas en “Ahora que escribo”, “Mirando el lomo de las nubes por la ventana de un avión” y “Arte poética”. También están las celebraciones: “Para brindar ahora”, que es un volver a estrechar la mano de los amigos que ya no están cerca de nosotros, y “Victoria del amor”, poema que, al estilo de Rafael Cadenas, da cuenta del triunfo del amor aún en la desesperanza. También regresa la temática del extranjero, el cual está claramente denotada en el poema final, llamado “Soy de aquí”, una toma de conciencia del lugar que el poeta tiene que ocupar en el mundo donde se desenvuelve:

 

Uno es de los sitios

a los que ha llegado,

 

del idioma

en el que no puede soñar

y un día sucede

y se despierta preguntándose

cuál es su casa ahora,

cuando siempre hay corazón

en otra parte.

 

Hay que reconocer la importancia de este poema. Es ya común, en la tradición de las poéticas del exilio, que se diga que uno lleva su país a cuestas, ya en la palabra, ya en su idioma materno; es decir, es el poeta como resistencia ante la adversidad del territorio. Iris se atreve a romper con el romanticismo de este pensamiento y propone que, en realidad, el poeta debe adaptarse a las circunstancias nuevas que le van tocando vivir y abrazar un nuevo espacio, inclusive otro idioma.

Entonces, Cincinnati. Historia personal, de Manuel Iris es un libro variado en cuanto a temas, formas y musicalidades del verso. Su compromiso con el lector no está en entregar un leitmotiv que le tome de la mano y lo lleve por cada uno de los poemas, sino en entregar textos bien hechos y funcionales para cada sección, textos que cuentan con un propio punto de vista sobre cómo es vivir en el extranjero, qué preocupaciones, amores, soledades, escrituras, y paisajes se suscitan para enriquecer la vida, y, por medio de esta, aportar algo, aunque sea un copo de blancura, a la poesía actual escrita por mexicanos.

 

 

Manuel Iris (Campeche, 1983). Poeta, ensayista y traductor. Es licenciado en Literatura latinoamericana por la Universidad Autónoma de Yucatán, maestro en Literatura hispanoamericana por la Universidad Estatal de Nuevo México y doctor en Lenguas romances por la Universidad de Cincinnati. Forma parte del consejo editorial de la revista electrónica de poesía Carruaje de pájaros. En 2009 le otorgaron el Premio Nacional de Poesía Mérida por Cuaderno de los sueños y en 2014 el Premio Regional de Poesía Rodulfo Figueroa por Los disfraces del fuego. Es poeta laureado por la ciudad de Cincinatti. Sus últimos libros publicados son Translating Silencie y Cincinnati. Historia personal.

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