La poeta de origen chileno Paula Cucurella presenta una serie de textos acompañados de algunas fotos realizadas por el artista visual Felipe Cooper. Estas aportaciones a la literatura son valiosas, dan cuenta que el binomio poesía e imagen es una forma en que el “misterio poético”, se conecta con el ser humano hoy en día.

 

El misterio de los asesinatos simbólicos

Las abejas querían compartir mi pan dulce

Me sembré las palmas con migitas

Y la extendí en signo de ofrenda

Asumiendo que todas las criaturas pequeñas comen

semillas o migitas.

 

Salí a sacar la basura, como no hago lo suficientemente a menudo. La ocurrencia de ratas esporádicas y cucarachas en mi pequeño departamento vienen a la mente a confirmar un estado de descuido que ya no podía atribuírselo a mi juventud. El trabajo era mi única excusa. A veces pensaba que si trabajara menos tendría que limpiar más y la idea me deprimía.

Abrí la tapa del bote de basura, al tiempo que giré el rostro esperando el tufo del basurero fermentado en el calor del desierto.

Fue cuando dejé caer la bolsa que la vi de soslayo. La silueta de un cuerpo, una línea negra y una figura familiar, humana y movediza armándose en el concreto.

Las migas de pan dulce en la vereda cubiertas por hormigas formaban una vaga estructura ósea dibujada por el hambre de las hormigas en el pavimento. Era una mujer. Me quedé un rato admirando el milagro. La perfección de la silueta duró lo que le tardó a las hormigas recoger el botín.

Esa fue la única vez que le agradecí en silencio al hombre que se sentaba en la esquina de mi casa a alimentar a las palomas con pan dulce. No había tantas palomas después de todo. Los trozos de pan dulce servirían de comida a las ratas cuando cayera la noche. Pero no esa noche. El alimento fue llevado a algún lugar recóndito bajo tierra en la espalda de las hormigas. Y la silueta de esa mujer desapareció con ellas.

 

 

 

 

 

[***]

 

El oro espeso demasiado hermoso que no desprecia la paz pálida, abandonó el pistilo de su rostro y terrestre encuentra la costura de las piedras, la hilacha que se jala para abrir un cerrojo y entrar al cuerpo de aquella especie humana que se jacta de ser experta en descubrir manchas en las vestimentas de los otros.

Dudo de este poema mientras lo escribo, dudo que incluso pulida la repetición pudiese liberarme de su decadencia púrpura, de la adicción al decoro, de las florituras, de la línea cortada, pero es solo por él que puedo tocar la tragedia del oro espeso que se despoja de algo para hacerse un rostro y sonreírle a criaturas que como yo se pasan el día admirando el pozo de su propio asombro en la paz pálida del oro espeso demasiado hermoso.

Porque sí, porque aquí la arena corre en sentido opuesto del viento en la dirección de tus ojos, y porque en enero insistías que esta es una vida de práctica, robándole migajas a las cucarachas bajo el radar de las cenizas, porque al final del día todavía tienes hambre y escribes y te acuestas cada noche imaginándote en tu lecho de muerte para que no se te olvide.

Tal vez este poema es otro falso comienzo, y en esta versión nadie te curará la comezón de la espalda, aquí la luz no se curva ni para ti ni para nadie y si se te cae un lápiz nadie se agacha, pero aprendiste a escribir para que te disculpen el silencio, y un zumbido ajeno te llena las manos una forma de elevarse que se parece demasiado a caer, al sentimiento pretérito del plato lleno, mendigando estrellas fugaces, apostándole todo a la transformación de la papa en tulipán, y quieres aprenderle a las flores en el desierto que parecen sobrevivir de nada. Sigues lanzando redes en medio de la órbita ruidosa de la nada.

De la nada. Aquí nada se parece a nada. Se siente bien el fuego falso de la chimenea a gas, el éxtasis de cafeína y escribir sin parar, sin leer, sin corregir, con talento pero sin huevos, o con muchos huevos y nada de talento. Usura de rimas y la pasión oscura de un apetito por el silencio servida

––al menos por el momento–– como una comezón que solo se va a saciar cuando tus uñas rasquen el hueso. Repito. cuando tus putas uñas lleguen al puto hueso.

Y temes levantar el rostro dar un paso y saber lo que es cargar con esa levedad que empeora, la madre del vértigo, y temes hablar para que no te entiendan. Temes hablar para acusar recibo del vello que viste asomarse por una camiseta. Violencia astuta, una herencia que no pedí y no me hace gracia, aunque se lo agradezco. Como canica que rodando en el asfalto revela la inclinación de la pupila.

¿Llegará mi deseo a hacer juego con la fetidez de las rosas?

Las súbitas ganas de romper el silencio con el gemido preciso y en cambio el archivo de mi indiferencia y la molestia de tu camiseta en mi memoria.

Ya no queda rastro del lenguaje que debí inventar para escribirte como si me desvistiera cada noche y esta vigilia con tu nombre que puja para adentro no es más triste que un café frío.

Un camino trazado a fuerza de intentos fallidos y el hábito del nómade de siempre tocar en las puertas equivocadas.

Te reservas la respuesta para alargar el diálogo y te sigo escribiendo como si me importara, como si te escribiera a ti, y no me molesto en cambiar sábanas si a todas les doy tu nombre, filamentos de una partícula que se suspende leve .

una luz dentro de otra luz . perfecto.

y cierro los ojos para archivar dos segundos en que el tiempo satura un despojo

la exactitud del milagro, una luz la que entra por la ventana, esparce una ceguera por dentro y solo puedo apretar el culo, en- roscar los dedos de los pies estirar las manos y rogar que me abandone.

Siempre hay demasiada gente mirando.

y en tu espinazo

se escurre otra idea. una canción.

otra idea. empapada en la paz pálida del oro espeso demasiado hermoso.

 

 

 

 

 

 

patología del exilio

 

Entre los síntomas: la necesidad congénita de ser malentendida acentúa la tendencia a perder el hilo.

Pero entre tú y yo, América,

hemos llegado a dominar el arte de la alucinación controlada

haber normalizado la ceguera, como enamoradas,

Aún cuando me siento utilizada por tu lenguaje

y me desquito escupiendo tu nombre en cuatro siglas

y tu me arrullas susurrándome ofertas de última hora

por altoparlante, América, suenas tan dulce

y te perdono todo por la excelente conexión a internet

me paseo por tu cuerpo, América, como si fuese mi dormitorio

los mismos actos eternos de precalentamiento.

 

[preferiría un puñetazo en la cara]

 

Y qué vamos a hacer del engendro que creamos en mi boca?

Cuál de los dos apellidos vamos a escoger?

aceptaré por nombre lo que me llames, querida

esta lengua adora el sabor de tu piel.

 

 

 

demasiada luz para hacer poesía

 

Me pasé toda la noche

escuchando el chirrido de las abejas

ventiladores, los goznes de las alas

y la radio sintonizada en miel estática

[demasiado polen enloquecería a cualquiera]

este día fronterizo,

envenenado de aburrimiento

saturado de religión–suficiente para matar a cualquiera—-

y de en medio del zumbido rostros

clavados a mis oídos

porque no los puedo hacer hablar,

y la vergüenza arrastrada cuesta arriba

por el puente Santa Fe

una mujer mendigando con dos niños

dormidos o desmayados

al calor del mediodía

 

En el desierto la luz ámbar nos ciega

 

Crees que puedes traerme de vuelta con un blues?

Tengo nostalgia de melancolía

quiero ahuyentar a estas moscas

quiero esconder un aroma

de fruto y flores

y los cristales de azúcar en la arena

de mis axilas sale olor a pan recién horneado

mi cuerpo una colmena

demasiado feliz y lánguida

y sonámbula

al dolor del mundo.

en el espacio entre las piedras

se asoma una ciudad de luto

a pleno día

mareada de calor en los contorno

en este mes dorado de mediodías

tengo puesta una sonrisa

y sonrío detrás de ella

espero a que mi plato devuelva el guiño

y el atardecer se esconda en las rendijas de los muros

sin un plan en la piel

cada atardecer vuelvo a mi cuerpo

avergonzada de especular miel.

 

 

 

 

De Tanatologia

 

es viernes, casi sábado.

intento armar un puzzle.

en una esquina coloco piezas

que llevan la marca del detalle conspicuo

la paradoja y el golpe dejan una arista

un agujero en las cosas

Y en esta esquina del mundo

con este calor

no hay erección que dure

el semen se evapora en los testículos

pero persistente en mi romanticismo

me acostumbré a enviarte una postal desde este infierno

pues aquí abundan los gestos de ternura

masculinidad y tierna sodomía.

En esta esquina

solo tú me entiendes cuando titubeo

lo que es menos que literatura

I am trying to translate these blows into fucking kisses, honey

y cuando regreso con las manos vacías,

y me preguntas y te digo y.–

la respuesta nos hace reír

(Aunque sé que te ríes por bondad)

intento recobrar la sensación de una pesadilla

y que me lo leas en el rostro

en ella aprendí la lógica de la sordera: mientras más gritas menos te escuchan.

 

Y en esta esquina

hay quienes creen que la poesía se inventó para la confesión pero escucha este poema

es sobre un perro maullando:

Es sobre un bus en Juárez

las maquiladoras se están vaciando

en el trayecto,

un desconocido insiste en colocar su pelvis

apuntando a mi boquita carmín

y el miedo al contacto visual

el bus está repleto

y en otro asiento ella aspira el éxtasis salado de otro cuerpo

dos pechos inmensos sirven de almohadas

caridad pública

en el bus es una orgía con la ropa puesta

y algo más que comedia y tragedia

es aquí es dónde te puedo tocar, Juárez,

solo desde aquí me sabes a poesía

bocanadas de amnesia

Pechos perfumados, salados.

Suaves caricias en mi mejilla.

 

 

 

 

 

Paula Cucurella es filósofa, poeta y traductora. Sus poemas han aparecido publicados en revistas mexicanas de poesía (Circulo de poesía, Revista Monolito y La Rabia del Axolote) y en Revista Laboratorio (Chile). Traductora de El Can de Kant de David Johnson (Metales Pesados, Noviembre 2018), y cotraductora de Bottles to the Sea (SUNY, 2014), y de poemas de Sasha Pimentel, Rosa Alcalá, y Eileen Miles, entre otros. Sus artículos académicos han aparecido en The New CR, Revista Teuth y Revista Laboratorio. Actualmente enseña para el departamento de Creación Literaria de la Universidad de Texas, El Paso, EEUU.

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Felipe Cooper es Artista Visual. Estudió Artes Visuales y obtuvo los títulos de Magister en Artes Visuales e Ingeniero Agrónomo en la Universidad de Chile. Ha expuesto en cinco ocasiones de forma individual y más de treinta exposiciones colectivas. Su obra ha sido comentada en 7 libros, entre ellos Las obras y sus relatos II, de Sergio Rojas (Universidad de Chile, 2009), e incluida en 8 catálogos, entre ellos Colección de Arte Contemporáneo, Galería Gabriela Mistral (Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, 2017), y Galardonada con 12 premios, la obra de Cooper ganó la Beca Fondart 2012 para la producción artística. Su obra forma parte de la colección del Consejo de La Cultura y Las Artes y de más de veinte colecciones privadas.

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