Presentamos para nuestros lectores una muestra del  poeta peruano Martín Zuñiga (Cusco, 1983). La selección corre a cargo de Mariano Rolando Andrade

 

 

 

País abierto

a Alarico, todista

 

mi país es tan pequeño que si me levanto

por el lado izquierdo de la cama

ya soy un extranjero. mi país

no tiene más que una estación solo de salida

de buses. en mi país cuando trajeron

un cristo crucificado para la única iglesia

tuvieron que cortarle un brazo para

que entrara. en mi país los días

duran la mitad. y la gente tiene

herramientas que a la vez son una taza

un taladro una espada un tambor una silla.

para que la comida dure el doble

comemos frente a los espejos.

ahora que viajo me doy cuenta

que solo se puede hacer bien el amor

en mi país. cuando vino la sequía

nadie se dio cuenta. cuando llegó

el invierno incendiamos la iglesia

y creamos al menos tres religiones más.

mi país tiene la misma cantidad

de alfabetos que de personas.

al miedo no lo conocemos pues hemos

sembrado tanto horror en el mundo,

que solo le tenemos pánico a dormir

porque en mi país nadie sabe

convertido en qué se puede despertar.

 

De: No siga ese pájaro

Impasse

 

Ya sé. Se trataba de la valentía.

Un buen tema para cualquier conversación.

Terminada la juventud,

se está a merced del miedo,

(Olvido García Valdez)

por eso aman la valentía, como los héroes.

 

Como si el valor valiera algo. (Bolaño)

La inconsciencia de los héroes al trotar

sin saberlo sobre su piel

esquivando los huecos como sobre las olas

más altas

es solo

              técnica documental

              estrategia discursiva.

No tienen el valor de mirar atrás como lo tenía

Apollinaire porque no tienen memoria.

Pero no basta ser valiente

para aprender el arte del olvido

(J. L. Borges)

Amar sin aprendizaje degenera, pero te diría

ten el valor de equivocarte. O entra sin naves

en el altamar del sueño.

El sueño que divide sin rencor a sus amantes (Walcott)

 

Desde la proa se ve cómo el fugaz romper de las olas

es una máquina urdida

para devorar y construir a la vez.

     Debajo

de la marejada florece con amor la verdad

respirando en medio de los huecos

como un joven    elefante pesado y hermoso

   ocultando al sol

   tras su risa de marfil.

Este es nuestro pequeño espacio de confianza. (Watanabe)

 

Con su solo ojo de arena la verdad vale por su risa.

Y toda risa es liminoide.

Su inundado vacío (como papel

quemado) tiembla bajo el oleaje (y al llegar cerca

del obstáculo la ola crece, crece, se empina

y disminuye de anchura) con el sonido tísico de la hoguera.

No de miedo.

Miedo a que lo que ame sea letal para aquellos que amo.

(Carver) Dentro del tubo de la ola antes de romper

la risa tiembla de emoción

pues hay carencia en su atracción. Y cadencia.

La atracción de enfrentarse al horror y de tener una teoría sobre él. (Carson)

 

En un texto de cuatro líneas sales del sueño.

He soñado una fuga. Un “para siempre”

suspirado en la escala de una proa. (Vallejo)

Y alguien, del otro lado, siempre espera.

Impulsada por su angosta velocidad la ola

pierde equilibrio

y se estrella

            estruendosa

                sobre las peñas rocosas.

 

“Solo se es valiente para el otro”.

Lleno de aforismos acuáticos

la valentía se filtra entre las piedras.

Aunque sin puerto alguno.

 

      Hueco.

Cuántas costas ficticias

Antes del puerto hay.

(Emily Dickinson)

Cualquier texto puede ser un puerto.

Liminoide. Me gusta esa palabra.

Mas en aquel tiempo,

cuando rompían las olas los puertos

no la conocía.

Por eso para hablarte

tuve que referirme

a la juventud

Atardeciendo

Sin amor

Con su boca inflexible

Hacia el mar. (Elytis)

 

Pero entonces, totalmente trizas, apareces

con una fruta gastada en el hueco de cada mano.

 

De: No siga ese pájaro

 

 

 

 

 

 

 

  1. El dulce sonido de la estática en la televisión

 

Eran los mudos comienzos del siglo. Un chico perdido de dieciséis, luego de celebrar año nuevo durante dos semanas, tomó un bus y viajó al oeste. Al siempre viejo y peligroso oeste. Nadie podía decirle qué tan era el oeste: las ciudades casi costeras donde crecían trampas en cada esquina, donde cualquier sueño puede terminar en algo que devora. Lo de siempre: un migrante con muchos sueños, sueños criados poco a poco en las pantallas de televisión. Sin nadie quien viese por él. Ni él mismo. Siempre se está así de solo en el mundo. La familia es la forma que tienen para hacernos creer que no estamos solos, y en realidad nadie puede asegurarlo: cada familia tiene un criminal o un santo entre sus filas. Un pequeño caníbal totalmente solo. Total que llegó a una ciudad perdida en medio del viejo oeste, una ciudad blanca como un escupitajo de tuberculoso. No sabía cómo comenzar, así que fue anotando poco a poco lo que le sucedía y leyéndolo antes de dormir. Entre escribir lo que le pasaba y leerlo, se iba todo el tiempo. Entonces se vio a sí mismo convertido en palabras sin dirección ni peso, garabateadas en cuadernos escolares y amarillos. Por eso se tiró bajo las ruedas de los trenes en movimiento. Por eso toda la noche previa se dedicó a escribir lo más rápido posible sobre los días que hubiese, las calles vueltas a oscurecer, el agua que no iba a beber. Por eso puso música en la casetera –en aquel tiempo todavía existían caseteras–, juntó su poca ropa en el centro del cuarto, esparció todo con querosene –en aquel tiempo todavía en los grifos vendían querosene– y empezó a quemar todo. Nunca llegó a tener dieciocho, pero poco a poco su imagen se distorsionó con modulación. Por eso de muerto hizo milagros y el pueblo lo santificó. Esto fue antes que todos tengan cámaras a la mano. La calle donde dormía terminó en cenizas, pero no hubo ningún muerto, como sucede con los santos. Esa calle tiene su nombre. No la encontrarás en las guías de turismo, pues es una calle que ha ido viajando por el mundo. Y algunas noches los televisores de la ciudad, sin venir a cuento, se prenden solos, y hay estática y armónicos y la imagen se distorsiona, y algo entre todo ese error pronuncia su nombre. En algunos programas llaman a eso mancias, pero casi nadie se da cuenta, entre tantos televisores olvidados por los que duermen. Por cierto, bróder, ¿qué tanto duermes?

 

De: No siga ese pájaro

 

 

 

 

 

 

SOBRE EL AUTOR:

Martín Zúñiga Chávez (Cusco, 1983)

Es poeta, editor, gestor cultural y catedrático. No siga ese pájaro (Paracaídas editores, Perú, 2017) es su más reciente libro. Es también autor de Gavia (Ediciones Fecit, España, 2009), Pequeño estudio sobre la muerte (Ediciones Cope, Perú, 2010), Cover (Editorial Difacil, España, 2011), entre otros títulos. Su obra ha recibido importantes premios en España, México y Perú.  Es maestrista en Literatura con mención en Análisis del Discurso por la Universidad Nacional de San Agustín. Coorganiza el Festival Internacional de Poesía de Arequipa, gestiona espacios y talleres literarios en el sur de Perú y desde hace varios años gestiona el proyecto Urbanotopia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *