Por José Antonio Íñiguez

 

En Carta sobre el exilio, María Zambrano escribe: “Pocas situaciones hay como la del exilio para que se presenten como en un rito iniciático las pruebas de la condición humana”. Esta sentencia, impecable y letal, pareciera estar sellada en la frente de todo ser en exilio.

Radicado desde hace algunos años en la Ciudad de México, el poeta chileno Manuel Illanes (1979) ha de saberlo, sin duda, a la perfección. Sus tres libros publicados (“Tarot de la carretera”, “Crónica de Tollan”, “Memorias del inframundo”) no solo lo confirman, sino también lo revelan como alguien que no solo se reconoce en su condición de exiliado, sino que se sabe consciente de que detrás de él hay una fila india que se robustece en cada latitud de américa latina.

La poesía de Illanes, por supuesto, da cuento ello; no ofrece estadísticas frías, ni tampoco se vale del melodrama fácil; intenta, por el contrario, ofrecer lo que todo poema, curado de cualquier matiz panfletario, debería de ofrecer: mostrar y resignificar en toda su crudeza las pruebas de la condición humana.

El resultado son los poemas que componen Paraíso Inc. En ellos, como rasgo particular, hay siempre la visión de un territorio inhóspito, solar, imperioso, y un hombre (un viajero) que –a la manera del Travis de París Texas, de Win Wenders– camina sin detenerse, como un autómata, rumbo “a la orilla del mundo”.

Esta visión potente y casi onírica es la que nos lleva de nuevo por los caminos sinuosos y alucinantes de la poética de Illanes. Los paisajes (o postpaisajes) que nos ofrece su yo lírico parecen extraídos siempre de la realidad de todo aquel que tiene como fin alcanzar el “sueño americano”; ese paraíso neoliberal que nunca ha sido ni será para todos.

Textos como “Hidalgo”, “Dicen que este poema habla de una fundación” y “Epístola para el reverendo Eliot” hablan, por ende, de ese trayecto infernal y desgastante que parece nunca terminar; metáfora que Illanes refleja, verso tras verso, con su propia experiencia de nómada, como se nos anuncia en la parte IV del poema “Exilios”:

 

Corriendo detrás de unos vagones

oxidados, un cascajo rodante

que galopa hacia Paraíso Inc.

La tierra prometida es un

campo de naranjas en Salinas,

California, una cueva de braceros

que nos guiña desde lejos.

[…]

Los coyotes andan cerca

cazando maras y zambos para el pozole,

la migra sigue el hedor

de nuestros pantalones

cagados. Hay que correr

entonces, saltar lo más alto

que se pueda, abrazarte

de los sucios costados

de La Bestia si no quieres

acabar como un montón

de basura apilado al borde

de los rieles, con tu rostro

vacío arañando la tierra.

 

Paraíso Inc es por eso, al unísono, un poema de adiós (“el despido redactado en el viejo español del hambre”), una crónica escrita sobre una bitácora de viaje, y un canto de amor a la patria natal expresado en medio de otra ciudad u otro territorio –trasunto quizá de la Ciudad de México– que asombra, maravilla a nuestro autor, pero que, de algún modo, no le pertenece.

En “Carta de residencia”, Illanes nos dice: “No vas a declinar tu nombre o tu patria/ como Saint John Perse, perdido/ en los versos de su propio Exilio/ No. Lejos de la Cruz del Sur, / de las rocosas alucinaciones/ de los Andes, aturdido delante/ de una suciedad que no es la de ese/ Santiago espectral todavía tatuado/ en tus huesos,/ absorto en el cruce de caminos”. Y esta no declinación, diría tal vez Zambrano, es una de las tantas pruebas a su condición humana, antes de llegar a ese tan lejano, tan siempre anhelado y ominoso paraíso de plástico.

 

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