Derek Walcott descubre el yembé frente a la costa de Santa Lucía

Presentamos una plaquette del poeta veracruzano Aaron Rueda (Las Choapas, 1986) dedicada al Nobel antillano Derek Walcott

 

La criatura de isla paréceme, no sé por qué, una criatura distinta.

Más leve, más sutil,
más sensitiva.
 

Dulce María Loynaz

¿Palabras?

¡Ah, sí, palabras!

Razón, te consagro viento del amanecer. 

Aimé Césaire

 

I

Los caminos de la memoria son cantos que lanzan la indefinición de mandingas maduras en forma de sonidos fracturados por el trasmundo que ha de despertar el fractal enunciado de las Antillas mayores.

Sobre la mano todo estaba escrito: raras nereidas, el misterio a contra viento.

Mito en tazas de peltre escogidas para sustituir a caracolas blancas que tanto adornan el paisaje de playas en mundos vistos en la isla azul hecha para el poema negro.

 

II

La fragmentación es un paso al yembé.

Diluvio que la mano extiende en el escándalo de variaciones ocultas frente al océano.

Sonidos hilarantes el balbuceo de ángeles perdidos entre tanta palmera donde huele la carne.

Inútil aposento la canción de la memoria.

El perdón de repetir las mismas frases estructurando el poema, es reconstruir una isla en la forma más pura y legible.

Su agónico relieve justifica porqué tiene venas azules, rojas y grisáceas, pero aquí está prosa en desmedida irreverencia forja el sonido en la fachada que nos conduce al acto de dormir desde un mar tan humano.

III

Frente a la ventana la claridad del cielo tiene ese azul en su mejor momento.

En las ramas los árboles poseen una multitud de nidos: ojos que recuerdan viajes hacia el terruño en el cauce furioso de plegarias sordas sobre la arena.

El yembé penetra poco a poco junto al oleaje y se detiene en los pies negros del poeta.

 

IV

Los muertos escuchan el silencio con ritmos parecidos a pasos o marchas fúnebres. Caribe que aflora colores primigenios.

Las escalas tienen el rigor de ciudades desnudas con mulatos cantando al ritmo religioso del mar.

El poeta tiene la sombra en la cuadratura de la verba en un diluvio como destierro que ya no ve más la falta de angustia.

 

V

No se vuelve a la epifanía de añoranzas frente a mares inconclusos con la tentación de servir al tiempo su manojo de lágrimas, entonces preguntas a las estrellas la luminiscencia retardada cuando el rabihorcado suelta su canto.

¿Dónde están los primeros barcos de la primavera?

La memoria comienza a señalar instantes como un despertador que en madruga mira destellos de inmensa realidad: párpados nocturnos se mantienen abiertos ante el espectro de la luz.

 

VI

Vuelve la epifanía, añoranzas del poema verdadero.

Amargos son los rayos de luna colándose en la ventana y con la risa olvida esa reclusión, confiesa el abismo de aquella hora tan amarga del recuerdo.

Oraciones lapidarias corren dejando tus labios enteleridos; por ello escupes tímidos instantes de memoria enfrascando el alma.

Eso es el mar, le perteneces y se expresa en esta confrontación de voces indómitas dejando al final en ruinas sonidos incompletos.

 

VII

El yembé recorta siluetas huérfanas que añoran estar donde arden la sangre en el misterio de su caminata pegada a los huesos como una enredadera en la pared del cuerpo.

Fluye el suspiro por toda la gente arenosa.

El tiempo acontece la profundidad donde el infinito contempla existencias de pieles aprisionadas bajo el fuego.

Lengua de varias costas versadas por labios fragmentados.

 

VIII

Se teje el relámpago en tu boca.

Espera sobre cuatro muros impuestos ante las olas.

A veces se esconde en palabras grietas para herir el resuello como un látigo quebrando las manos al entender los parajes que llenan los ojos, empuja ciertos orales en laberinto rasposo de la sombra.

Líneas rojas en el cielo blanco beben la tarde e ilustran un cansancio de nubes grises en la vasta mirada de la isla, luego sucede la lluvia y a oscuras bajo la fotosíntesis de palmeras esas mismas líneas rodean el iris anocheciéndolo en la conquista de fantasías entre ramas y raíces de palabras mudas.

IX

Quieres árboles dibujados en un lienzo hasta alcanzar vuelo y ser la imagen de un Ícaro.

Regalo de dioses ancestrales de la tierra: niño-pájaro volando de la ventana a la palmera, triunfante de olas y yembé al pensar que atraviesas el canto del archipiélago.

Con alas fuertes para volar entre ramas, seguir contando y cantando la memoria de tus ancestros, cosecha un trozo de tierra donde florezca la luz y surca el vientre de cierta constelación, con alas de pájaro henchido de noticias buenas que se difundan sobre suelos olvidados.

X

Para sentir la lluvia hay que permanecer inmóvil frente al color de un sueño sin fisuras, sin pesadillas que el puño de Dios otorga reviviendo la conciencia dentro del implacable mar de gorgojos que nos espera en el infierno, hay que beber el canto de los pájaros, el espíritu de los árboles, la huérfana semilla en copas de las ciguarayas.

XI

Contemplar el crepúsculo desde el balcón es imaginar el néctar de la luz y la candente resolana en la caída de una isla.

En ese espacio el sonido íntimo de risas se escucha tenue bajo el instante loco que cubre de enredaderas antiguos árboles donde la crisálida emerge como estrella fugaz.

Brota la lluvia de esta primavera que comienza.

 

XII

Gris de la humedad acaricia el delicado rostro de la pared y una calandria se sumerge en la matriz de diminutas espigas de arena, luego que el semblante de la alborada es un alboroto de flores, crisálidas abiertas y melíferas zumbonas.

Actos del yembé desprenden un color y lo vierten en la marisma que desgarra tinieblas en los soportes del viento.

La nostalgia abraza la pared en un largo beso de campanillas y copas al viento.

XIII

La sombra se cuela entre la luz dibujando en la ventana su silencio. Queda inmóvil frente al color de un sueño sin fisuras, sin pesadillas que el puño de Dios revive en la conciencia del implacable mar que espera entender el llanto del cielo cuando el sol reprende las nubes y sentir su caricia al escuchar albatros bajo el beso de sus gotas.

Con voz indómita deja al final las ruinas del silencio, oídos rotos, siluetas huérfanas añoran un cuerpo donde arda la sangre vuelvan al misterio de su escorrentía pegada a los huesos como enredadera en la pared del cuerpo.

XIV

Un tiempo acontece en la profundidad donde el infinito mira la piel aprisionada bajo el fuego de la lengua lunar.

El yembé en el poeta es la epifanía, ve la estructura de las piedras contenida en el semblante barroco de serenos edificios, ahí, las claridades se tornan cada vez más confusas convirtiendo parvadas de pájaros en gotas y granos de polvo.

Hay un asombro en cada esquina, en cada gesto de la oscurana vagabunda en el humo del tabaco, ofreciendo el aroma del caribe al respiro de viejas chimeneas.

 

XV

La poesía es un acto tremendo, una isla canoniza cada atardecer hacia el encuentro con palabras.

Esperanza: irrupción del pensamiento en esos versos de nueva malva en los ojos azules de ese poeta de mulata sonrisa.

Su nombre descubre el muelle cercano al trasmundo caribeño y colorido en el tiempo musical de la marea.

 

XVI

El yembé posee sus manos. Entonación de notas en viejos paisajes.

En otros países has caminado como profeta con velas azules, una costa y una bandera tendida en los fantasmas de umbría rota.

Una parte del mar te pertenece en la fina tempestad del pensamiento.

Arrecife; monumento llevado siempre en el vaivén de ti al pensar la ruta de regreso a Santa Lucia.

 

Aarón Rueda (Las Choapas, Veracruz. 1986).- Sus poemas aparecen en revistas y antologías de Colombia, India, Brasil, Chile, España, El Salvador, Venezuela, Perú, Estados Unidos y México. Tiene publicado los libros: Remos de sal (Letroleum, 2012), La sangre florecida (Floricanto,2013), Arrullo de la tierra (UJAT,2013), Despliegue de colores donde todo parece oscuro (UJAT, 2015) y Cachalote (IMCT,2016). Ha obtenido el Premio Nacional de Poesía Rosario Castellanos (Yucatán, 2012), el Premio Universitario de Poesía Teresa Vera (Tabasco,2014), el Premio Nacional de Poesía Ramón Figuerola Ruíz (Veracruz,2015), los Juegos Florales Nacionales de Toluca (Estado de México,2016), los Juegos Florales Nacionales Universitarios (Campeche, 2017) y los Juegos Florales Nacionales de Jiquilpan (Michoacán, 2017).

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