De la mano de Juan Carlos Recinos, presentamos un ensayo sobre la poesía de Melquiades Durán, poeta nacido en Nayarit en 1962, pero que radica en Colima desde 1982. Melquiades Durán es Maestro Normalista egresado del C.R.E.N. Ciudad Guzmán, Jalisco. Licenciado en Historia por la Escuela Normal Superior de Nayarit. Egresado de la primera generación de la SOGEM, 2002-2003. Ha obtenido los siguientes premios: el de cuento C.R.E.A. 1987, el de Guiones para Teatro Infantil en el Estado de Colima, en  1989, el Premio Único de cuento de la Feria de Colima en 1991. Mención Honorífica en el Quinto Concurso Nacional de Poesía Haikú, José Juan Tablada, en 1993. Tercer lugar en cuento para niños Xcaret  1999.  Mención Honorífica en el Concurso de Cuento “Alas y Raíces a los Niños” en la Ciudad de Guanajuato. En el 2007 ganó el concurso de cuento “Juan Rulfo” de San Gabriel, Jalisco. Este 2018, fue finalista en el certamen internacional de cuento breve “Todos somos migrantes”. Ha publicado los siguientes títulos: “Bajo el limonero en flor” (2001), “Jardín Bonsái” (2006) y seleccionado para formar parte de las Bibliotecas de aula del país, en 2009,  “Quetzalli” (adivinanzas, cuentos y poemas para niños),Pleito de Perros” en 2013 y “Luciérnagas en vuelo” 2017.  Recientemente fue publicado en braille su cuento “Aurelio y las vocales” en Guanajuato. En 2010 obtuvo la medalla al mérito docente, otorgada por el Congreso del estado de Colima.

 

a Virginia Cabrera,

jardín de luz, fuego y sombra.

 

El haikú es el poema más breve, una caja de sonidos. Un pulso nervioso: colibrí de diecisiete vibraciones. Relámpago. Revelación. Iluminación. Pequeña gota de agua: vida. Milagro y asombro. Flor fugaz. La forma más delicada del espíritu del hombre para crear la comunión. Lámpara luminosa. Pequeño insecto musical. Instante de mil colores. Fuego. Alumbramiento. Diálogo y memoria. Oración. Árbol de pájaros. Principio y fin: continuidad. Blanco y negro: arcoíris. Macizo de vida: metamorfosis. Mirada interior y anterior. Isla y puente. Río en movimiento. Espíritu secreto. Presente y futuro. Antifaz del día. Así defino al haikú, así es Melquiades Durán Carvajal, un pequeño universo donde se construye y funda el principio natural de la vida, el reino de la luz, el verbo. En pocas obras actuales, el rigor y la disciplina alcanzan la precisión de la imagen como en el haikú. La contemplación del mundo no es un acto científico, es la recompensa que conscientemente nos da la experiencia. En la poesía no hay nada fundado, la posibilidad que tenemos de justificar nuestros sueños, surge de la vida misma y esa tabla de salvación es la palabra. Una puerta se abre y la luz convoca al fuego, el agua, la piedra, animales al azar, relámpagos, colores, caracolas, un cielo azul, frutos maduros, pájaros. El tiempo es una brasa, los días, el único camino de la fundación de estas brevedades que la noche devela como pequeñas estatuas. La construcción de un haikú es un territorio que pocos dominan por su eficacia y su belleza, por su esplendor y sinceridad. Debo admitir, el haikú es como un juego de ajedrez, en cada movimiento se prolonga la vida. Pero ante esta capacidad de contemplación de un mundo que se fragmenta a diario en mil pedazos ¿qué convoca Melquiades Durán Carvajal con el  haikú en este siglo XXI? Seré un ignorante si trato de definir y responder a esta luz que se origina en el alma de un poeta que forja alianzas  con la vida y donde su corazón es un horizonte, ojo de agua donde el sueño tiene su origen. La única consigna a la cual hay que aferrarse al leer a este poeta es la del movimiento, pero no el movimiento cotidiano y torpe de nuestros pasos, ese movimiento del hombre es hermoso, es breve, nos permite deslizarnos por caminos insospechados, pero no nos revela nada, en cambio el movimiento del corazón y del espíritu, le otorgan un registro de voces y ecos a su vida, que ve su duración temporal en un espejo de agua y murmura:

 

No es una piedra

retumba entre mis manos

un corazón[1]

 

Este haikú, es uno de los más íntimos dentro de la obra de Durán Carvajal, y bajo ciertas circunstancias, un himno a la vida que se hincha en todo lo que sus ojos ven, lo que sus manos tocan y su cuerpo asimila. No hay nada al azar, cada palabra es un río en crecida, un asombro que se revela en un eco en el mundo. Todas las cosas que nos rodean y nosotros mismos, tenemos un tiempo de permanencia en este planeta, igual éste en el universo. No hay eternidad. Nos mezclamos con las cosas y somos parte de un todo. Dura menos un hombre que una vela, dice el poema Duración, uno de los poemas más hermosos de Eugenio Montejo. No hay duda en lo que señala el poeta venezolano, hay hondura espiritual que busca la perfección y comunión con la naturaleza que se nos revela con toda su fragilidad en pequeñas gotas de rocío. La vida no es perfecta, es un templo de imperfecciones donde reposa el fuego que alumbrará nuestros caminos. En este silencio que comulga el fuego y el hombre, es donde nace el haikú, el equilibrio que otorga lo que la mirada observa es innumerable, o lo que podría llamarse mono no aware, expresión acuñada por Motoori Norinaga (1730-1801) para designar la belleza efímera de las pequeñas cosas y la fugacidad de las mismas en este mundo. Esta expresión, mono no aware, no tiene equivalentes en la lengua española, lo más cercano a ella es la palabra portuguesa saudade, y aun  así, ambas son intraducibles. Son refinadas y asimétricas en nuestro lenguaje, lo que les permite ese halo de misterio. El haikú, como las expresiones mencionadas, guarda un misterio que solo se devela ante el corazón de un hombre como una breve sorpresa inmutable, todas las cosas se contemplan en sus formas cambiantes, es ahí donde el poeta, como un pescador, atrapa las palabras. Al escribir, uno toma sus precauciones, pero, ¿cómo hacerlo ante un objeto verbal que unifica en 17 sílabas el tiempo, la esencia de las cosas y el eco que producen las palabras? Cualquier pretensión es inútil, el enigma poético es imprevisible, el hallazgo, una sorpresa. El poeta ante el haikú, es como un niño ante la mesa de regalos, todas las envolturas son diferentes, unas más elaboradas que otras, pero en su interior todas contienen una sorpresa, y estoy convencido que esto que señalo, fue la misma impresión ante la cual sucumbió José Juan Tablada, y el mismo relámpago verbal que ha hipnotizado a Melquiades Durán Carvajal. La brevedad del haikú contiene la totalidad del universo, he ahí que sea asociado a elementos naturales como lo es un colibrí o reiterando de nueva cuenta, al que es a mi parecer el que mejor asume la esencia y comunión de su concepto, el relámpago. La belleza de estas dos palabras son en definitiva muchos adjetivos de una honda conciencia: perfección, instante, milagro, asombro, sensibilidad, memoria, vida y luminosidad. Las últimas dos palabras de esta honda conciencia que señalo, creo es el derrotero sobre el cual respira esta forma silábica, vibrando y dejando su resonancia en todas las cosas que se nos revelan en la memoria es como permanece por un instante toda le belleza verbal de este poema autónomo. Habrá otras pretensiones que definan mejor al haikú, pero estas son a mi parecer las que mejor se insertan a la evolución misma de esta sonoridad oriental y las que mejor definen al poeta Durán Carvajal, un fiel continuador de esta forma específica de nombrar que tuvo su aparición en las primeras décadas del siglo XX en el continente americano. Anteriormente señalé el nombre de José Juan Tablada, no como un elemento al azar, todo lo contrario, es indispensable para entender la presencia del espíritu oriental en la poesía actual mexicana y en la poesía colimense reciente. Tablada es una de nuestras asignaturas pendientes en la poesía mexicana. Vivió por un breve momento en Japón, y supo asimilar en su estancia la cultura y arte nipona, no como un exotismo, sino como un re-descubrimiento de orden espiritual. Tablada no ha sido olvidado como han sugerido algunos académicos en el paredón de nuestra literatura, de ser así como lo han planteado, la obra poética de Melquiades Durán seguiría siendo un sueño en gestación,  el problema con Tablada, reside en que ha sido mal leído incluso por esos que señalan su nombre entre los olvidados. La miopía de nuestros críticos —salvo el nombre de Octavio Paz— es tanta que superan la ceguera de Borges, pero por obvias razones, sin la lucidez y brillantez de este. La indiferencia ante la obra de Tablada no es ninguna sorpresa en la literatura mexicana, es visible observar que en todas las épocas, los hombres de letras son malos lectores de la obra de los coetáneos, parecen que reservaran sus conmovedoras palabras para antes de su muerte y presumir inocencia en el día del juicio final, pero para muchos, esa oración a Dios no es necesariamente una palabra, la oración es la vida misma de quien comulga con el orden del universo. Tablada fue uno de los poetas que supo fijar en nuestro caudal poético, la fuerza y la tensión del pensamiento oriental en nuestra conciencia. Introdujo una visión del pensamiento que tajantemente sintetiza el mundo en una breve sentencia, el haikú. He dicho actual sin ser peyorativo, porque el cauce del cual nace la poesía y al cual se dirige es el mismo del cual beben todos los escritores, algunos renegarán de su suerte, pero la esencia de toda creación se sitúa en el corazón y de ahí toma vertientes insospechadas, que solo podrá ser desasida de la cotidianidad únicamente por aquel que ve, siente y busca un camino espiritual y estético a su vida en este planeta, nuevos valores y formas que trasladen a breves palabras lo hermoso del mundo en todas sus dimensiones. El poeta creador de haikú, un Haijin, asume su destino como un danzante bajo la lluvia, sabe de antemano que la ligereza de sus movimientos debe de tener en el trazo, la precisión y hermosura de un universo particular y de un mundo nuevo, al que solo se podrá acceder mediante la perfección de las ideas y la conciencia. En esta línea retrospectiva para visualizar la obra poética de Durán Carvajal, donde hay una recuperación directa del refinamiento verbal oriental, traída a Hispanoamérica por Tablada, habría que señalar algunos nombres que, como una rosa de los vientos, otorgan una admiración visual como si fuera el infinito azul del cielo en las diferentes estaciones del año: Matsuo Basho, Yosa Buson, Kobayashi Issa y Masaoka Shiki. En esta línea, donde Tablada es el centro direccional, Basho es el norte, Buson el sur, Issa el oeste y Shiki el este. En esta flor, Melquiades Durán ve la puesta del sol y asume su destino como una luciérnaga en vuelo. Es cierto, el tiempo es infinito y perpetuo, pero también es una burbuja que encierra un enigma. Nadie sabe a ciencia cierta si mañana, el día, rehilete de 24 instantes, permanecerá como lo hemos visto hoy antes de que sea consumido por una bomba nuclear. Dicha imagen, guarda una correspondencia secreta con esta escena apocalíptica desprovista de esperanza para la vida misma:

Hongo de fuego

consume nuestra casa

nuevo amanecer

Así lo pensaron los japoneses, cuando fueron testigos de la destrucción masiva a la cual fueron sometidos por los norteamericanos,  para poner fin a la segunda guerra mundial. Se cuestionarán porque he mencionado esto y cuál es su relación con el haikú, con Tablada, Durán Carvajal, Basho, Buson, Issa y Shiki, es sencillo y lo explicaré. Este avance científico de la física, en su momento cambió la forma de ver las guerras, los regímenes políticos impusieron su dominio sobre el resto del mundo y nuestro destino quedo suspendido sobre el hilo de una araña. El siglo XX ha sido la centuria de los remordimientos y donde los buitres han establecido los banquetes de sangre. Algunos poetas advirtieron esas descomposiciones sociales y la mayoría de los líderes, prefirieron esconderse en sus castillos que quemarse en fuego ajeno, algunos, ante la afectación directa de sus intereses, rompieron la línea de su horizonte para inclinarse al de otros y cambiar el color y orden de las cosas. La esperanza, como una flama azul, es lo único que ha permanecido intacto ante tanta barbarie desde entonces, como una flor solitaria, como una flor de cerezo. Estos hechos y circunstancias que delinearon y fundaron una nueva dirección en todas las manifestaciones artísticas, buscaron vínculos que les otorgaran un nuevo dominio apostólico sobre las formas del pensamiento que, resplandeciente, comenzaba a iluminar la quietud absoluta de este tiempo marchito. Una espada de luz y tiempo, de asombrosa vitalidad, es lo que comenzaba a surgir en la primera década de la segunda mitad del siglo XX, como verdad, en la persona de Melquiades Durán Carvajal. Los sueños de aquellos poetas japoneses y del fulgor del rayo de Tablada, encontrarían eco en el poeta nayarita, quien publicaría en el 2006 su primer acercamiento al haikú, Jardín bonsai. Un libro pequeño, lacónico, resplandeciente y que restituye lo que el hombre ha destruido desde que tiene memoria, es un signo de esperanza donde se forjan las notas musicales de nuestra vida. Este pequeño libro, abre con un magistral relámpago verbal que incita a meditar la vida en todo su esplendor:

Es primavera

derrama miel y canto

la verde higuera

 

Me detendré en este haikú para admirar la cascada de vida y color que se sostiene en este brillante y maduro fruto, es necesario hacerlo para señalar dos elementos importantes, el primero es que esta pequeña construcción no es un saludo a la vida. Esta idea es errónea, ningún Haijin, ha hecho de este andamiaje un saludo. Tablada lo entendió a la perfección y al momento de comulgar con este poema corto, supo que su función es celebratoria ¿de qué? De la vida misma y del universo que la contiene. Entre la palabra saludo y celebración hay una gran diferencia, la primer palabra me encamina a un hola o a una reverencia, pero la palabra celebración modifica por completo la visión occidental que se tiene del haikú. Siempre he creído que esta creación verbal y lingüística es como un árbol cerca de un río, crecerá tanto como pueda, siempre que fluya agua por el río del cual se nutre. Su color será diferente todos los días. Sus ramas tendrán muchas hojas y en ellas se posarán las aves para reposar las distancias acumulada en sus alas. Los cantos de estos le otorgarán un dominio absoluto al árbol, haciendo del tiempo una versión cristalizada de la belleza misma por un instante. El haikú que he referido antes, de Durán Carvajal, contiene esto que señalo, además de que crea precisión verbal, da pautas para identificar  lo que somos y lo que el Creador nos ha otorgado, vida, color y amor. Dicho esto, surge un elemento que ha pasado desapercibido por la crítica de manera consciente, el kigo. La palabra en sí, encierra un secreto y las posibilidades de su interpretación son infinitas, como lo es el idioma japonés desde la coyuntura que se le vea.  El kigo, en la tradición más antigua del Japón, funda su posibilidad, pluralidad y esencia lingüística en la naturaleza, haciendo de esta palabra un acto secuencial e irrompible. Las razones que señalo no son una anomalía, son una forma singular de ver la realidad. Las cuatro estaciones (primavera, verano, otoño e invierno), la flora y la fauna en todas sus manifestaciones y todas las cosas que carecen de vida pero que otorgan  la misma, son el kigo. Jardín bonsai genera una iluminación que nace en el corazón y convierte nuestra memoria en un camino de perfección. El Kigo en este libro, se convierte en un reconocimiento singular de la naturaleza misma del ser humano y canta la comunión con el entorno. Por la fuerza y el misterio que rodea a esta palabra, puedo proferir que posee la fuerza estacional  de un relámpago y en ella, dos tiempos de verbalización que cumplen  con eficacia la verdad inmutable y el espíritu más hondo que caracteriza a esta entidad poética:  vibración y sensibilidad.  Ambas palabras avivan y enriquecen, en definitiva, cada detalle del poema más breve en la literatura oriental. He dicho anteriormente que el Kigo, es un reconocimiento germinal a la naturaleza y no lo digo al azar, el haikú no sugiere o sustituye nada, expone de una manera extraordinaria la realidad y el deseo donde el hombre sitúa su vida. La plasticidad del haikú no podría estar completa si no se mencionan dos elementos que amplían su enigma, uno es visual y el otro es auditivo, el primero de ellos es la metáfora y el segundo es la ilustración para acompañarlo. La conexión entre ambos elementos es una de las diversas posibilidades en las que el  Haijin otorga un rasgo constante al texto. Esta modalidad, es a su vez, un ejercicio crítico donde se reconcilian dos mundos, el interno y el externo. Lo que se gesta en el corazón ofrece una nueva visión de lo que nuestros ojos ven en la naturaleza. Buson, por ejemplo, ilustró el libro Sendas de Oku de Matsuo Basho, y al hacerlo, nos ofrece una contemplación frágil donde la imaginación rige una nueva significación al texto. Melquiades Durán, sabedor de la importancia de este elemento de correspondencia, utiliza 10 ilustraciones en Jardín bonsai que cifran la vivacidad y la iluminación en esta estética visual que designa una nueva visión ante el mismo texto. Dichas formaciones que, como el autor señala, son un ejercicio hecho en base a tinta/acuarela/collage, tienen una doble función. Visualmente, dan un sentido real al texto  y revelan su esencia, pero en Jardín bonsai, estas ilustraciones tienen una correspondencia con otros haikús. El tiempo es un río que nace en el silencio de un árbol, y este, desnuda sus ramas para que el canto de un ave anuncie la siguiente escena. Esta particularidad en este libro que he mencionado, adquiere una fuerza mayor al momento de señalar que, como los antiguos Haijines, Durán Carvajal es el mismo creador de las ilustraciones, acción que le permite enlazar el enigma de esta unidad poética de forma natural. Dos veces he visto la obra plástica de este autor nayarita y me atrevo a decir que la correspondencia es asombrosa, su actitud visual yuxtapone sus entidades verbales. El dominio de esta objetividad en la obra de Melquiades Durán Carvajal hace alianzas indefinibles, parecida a la que otorga la fotografía y a los instantes que logra encapsular en un breve relámpago:

En mi ventana

el sol es una flor

colibrí es mi alma.

 

La intensidad que alcanza este texto es relativa, para entender su precisión  es necesario buscarla en alguna de las ilustraciones que integran este libro, que como el colibrí, es pequeño. El equilibrio y la significación del texto en la complementación de la ilustración, constituyen una nueva luz en la revelación del mundo. El entusiasmo que me provoca la obra de Melquiades Durán Carvajal, es el mismo que me provoca ver como una oruga alcanza su transformación y luego, el vuelo. Nada más preciso que este cálculo natural que se configura en el cosmos y que equivale a un haikú. El Haijin no inventa nada, contempla. ¿Alguna vez han visto como la oruga alcanza el vuelo? ¿El ruido que provoca la piedra al caer al agua o al saltar al estanque una rana? Lo que he mencionado es recurso activo que permite la enunciación y la iluminación poética. Estos ejemplos parecen insignificante, pero no lo son, aquí se establecen los tres instantes que hacen del haikú una suspensión admirable. La primera es la acción pasiva, seguida del movimiento inesperado y concluye con el hecho poético. El siguiente haikú de Melquiades Durán Carvajal enuncia con magistral belleza, lo que he señalado como significación del acto poético:

 

Ese ciruelo

cubrió su desnudez

con primavera

Este texto puede ser comparado sin miedo, con el texto más conocido de Basho:

Un viejo estanque;

se zambulle una rana,

ruido de agua.

En ambos, las coincidencias y contrastes son visibles, el Kigo se hace presente en estos textos de manera muy diversa pero permitiendo fundir la esencia de la naturaleza en el mismo río. Estos textos muestran con naturalidad un acto de contemplación de diferentes elementos y correspondencia, sensibilidades y asombros diferentes. El haikú, como el acto fisiológico de respirar, permanece siempre fugitivo, no es artificioso, es un acto espiritual continuo que busca la perfección con el universo mismo. Un reflejo del cosmos es el kigo  en el haikú. Objetividad y concisión. Esencia de la palabra. La fascinación de los elementos de la naturaleza puebla  la realidad de la vida y eligen el misterio para iluminar el tiempo y los sentidos  que dictan la nueva estación. Jardín Bonsai, es un ejercicio donde el espíritu es un fruto que expresa y cristaliza el diálogo y la comunión con Dios mismo. Es irreductible la idea de su elemento creador frente a una realidad que se alza hechizando todo. La diversidad que puede tomar las diferentes vertientes de la expresión, es en absoluto, un testimonio del espíritu mismo, la traducción del mundo es una nueva actitud que engendra una nueva geometría. Cual triángulo isósceles que se levanta con dos paredes iguales y una dispareja, Melquiades Durán nos dice:

Así es la vida

sobre el encino seco

brota la orquídea

 

Perpetuar y confirmar lo que Dios ha esculpido en la Creación es traducir el mundo y eso lo afirma el poeta colimense en esta pequeña estatua con la cual él bautiza el mundo y así reanudar todos los lazos en esta unidad del universo mismo, la iluminación es un gesto  de la revelación del secreto en este haikú. En Jardín Bonsai, la descripción que pone de manifiesto el poeta es una actitud muy sensorial, la sorpresa es una acción del momento mismo donde en un instante la grandeza del mundo se convierte en una perla donde se condensa lo más hermoso de nuestra vida. La existencia humana es un breve instante y en el libro de nuestra historia, el haikú nos define con una precisión matemática asombrosa, he ahí su naturaleza y también la nuestra, en todos los sentidos. La obra de Melquiades Durán Carvajal traza en este libro un puente. Un puente de vida y amor, de esperanza y fe. Un ritual celebratorio que da continuidad a la claridad que se aloja en su corazón. De Jardín Bonsai publicado en el 2006 a Luciérnagas en vuelo (Fireflies in flight), publicado en el 2017, pasan 11 años. Podríamos decir que durante este tiempo el poeta observa la realidad y tensa en imágenes precisas un mundo que se desmorona vertiginosamente. Siempre he dicho que la rigurosidad y la transparencia poética la establece cada individuo en su obra de forma muy particular y eso ha hecho Melquiades Durán Carvajal en estos años. Este nuevo libro tiene dos particularidades, una más que la otra. La primera, es que los haikús de este árbol suyo, que sigue hundiendo sus raíces en la mejor tradición poética mexicana, cuenta con la traducción al idioma inglés, lo cual permite una posibilidad de lectura diferente a la del idioma castellano, dada que las primeras traducciones de la fascinación del arte y la cultura japonesa fueron realizadas a esta lengua y al francés, por Arthur Waley y Donald Keene al inglés y por René Sieffert al francés,  podría permitir ver la originalidad de esta obra y comprobar que la exclamación del universo, no tienen barrera que contenga la totalidad de un universo en gestación. La segunda particularidad que quiero señalar y que entra en detrimento con todo el conjunto de haikús de este libro,  es la ausencia de la ilustración que, en su primer libro hizo acompañamiento a la plasticidad de los textos. No supongo, lo afirmo, esta acción empobrece mucho las posibilidades de interpretación de la obra misma, dado que, como lo he señalado, cuenta con la traducción al idioma inglés.  De no contar con este espíritu bilingüe, este poemario tendría otra encomienda, la de continuar la tradición, pero no es así. Las estampas de cada haikú contenido aquí, es ilusoria y a su vez, nómade. Ilusoria y nómade porque lo que el poeta ha visto con sus ojos en la breve estancia que realizó a China –y no a Japón- le permite ver las variaciones de lo que uno nombra acá en Occidente con lo que uno ve en Oriente, mundos dispares que se unifican en el libro mismo en los apartados de este libro (Paisajes de Haru/ Acuarelas de Natsu/ Postales de Aki/Suspiros de Fuyu y Cantos del Haijin). Cada apartado encierra su propio Kigo y alcanza su propio silencio y su propio fuego en los Cantos del Haijin o hacedor de haikús. La comunión que existe en los apartados de este libro se afianza en la estructura misma y la continuidad de advertir la esencia de estos relámpagos verbales. Los apartados  tienen la esencia del poema breve japonés en las palabras que acompañan. Haru, por ejemplo, es primavera, Natsu, es verano, Aki es otoño y Fuyu es invierno. El juego de palabras que emplea Melquiades Durán Carvajal es un ejercicio de lucidez que se logra alcanzar con la experiencia misma.  A Luciérnagas en vuelo  agregaría un momento más o una particularidad, es un libro visual, y por más que uno se resista a no verlo así, es imposible. La invención de la pintura en los tiempos del hombre de las cavernas, alcanza su comunión en la ilustración que, no profunda pero si decisiva,  da fe de la correspondencia de la palabra con el lenguaje creado en la pintura.    A veces, he creído que el haikú es una estela  donde la incógnita de la vida encuentra su hondura, y eso es lo único que permanece en la memoria. Es conveniente señalar que en estas construcciones poéticas de Melquiades Durán Carvajal, encuentro un elemento que es el revulsivo en toda su obra y a la vez el espíritu de su palabra: la experiencia. Es necesario decir que este elemento matiza toda la poesía  del haijin colimense y  revela una nueva realidad que da forma a un nuevo mundo. Bajo limonero en flor (Plaquette incluida en Jardín bonsai), Jardín bonsai y Luciérnagas en vuelo  es la respuesta, y añadiría –bella descripción- de lo que la mirada de un poeta nos revela de lo más profundo de nuestra realidad. El milagro de la poesía se sostiene en la voz de Melquiades Durán Carvajal,  porque es un hombre que se ha sometido a la rigurosidad del ejercicio poético con sinceridad, no es un poeta donde la vanidad encuentra su semejante, es un hombre común que trabaja la palabra en el dilatado proceso de madurez. Debo admitir que en la poesía hay puntos en común con otros poetas. Uno es un pájaro en este paisaje y se posa en diferentes árboles para llevar con orgullo el viaje de las alas, pero ¿en qué árbol se posa este pájaro que Dios observa en su luz antiquísima? A los pájaros los emparentan tres cosas, la sangre, el vuelo y el canto. A Melquiades Durán Carvajal, lo emparento, aparte de Tablada y los escritores japoneses ya mencionados, con José Gorostiza y su libro Canciones para cantar en las barcas. Con este poeta tabasqueño, Durán Carvajal comparte dos elementos muy importantes: la unidad y la emoción. Ambas sustancias poéticas son una asociación necesaria que dan plenitud en la obra de ambos, como si fueran pequeños trazos en un óleo, una conjunción palpitante de la naturaleza misma del poeta que toma forma en silencio, mientras el fuego camina y otorga una evidencia mitificada en el eco que queda de la voz. Una liturgia advierte este paisaje espiritual que atisba y constituye la concepción que traza en su canto este pájaro. Ahí reside el secreto de la poesía de Durán Carvajal. Lo que canta es la vida, lo que está escrito son las instrucciones para iniciar el viaje, ahí la ruta la traza uno al contemplar el mundo:

Vi la vereda

cada grano de arroz

era una hormiga

 

Este testimonio de vitalidad es uno de los registros mejor logrados y la conjunción más sorprendente donde la imaginación cristaliza toda la revelación del torbellino que desafía al tiempo: la vida y el amor. Quizá sea este último, uno de los valores donde se armoniza toda nuestra existencia y la que otorga sentido y dirección a la espiral que llamamos destino. La vivacidad es el deslumbramiento de entrada y salida en todo este conjunto de haikús, asimismo, no pretende ser refugio o fuente de conocimiento, es un manantial inagotable donde se orienta el que se asoma a este mundo alucinante. Otro escritor con el que Durán Carvajal encuentra la sustancia de su ejercicio poético y también la experiencia que lo vincula al mundo de una forma verbal comprometida, es el ecuatoriano Jorge Carrera Andrade y su libro Microgramas. Este libro de  Carrera Andrade es raro y bello a la vez. La contención del discurso poético es tan preciso, que da una muestra de la práctica y de la dimensión justa de un haijin. Carrera Andrade planta un árbol a medianoche y los pequeños puntos de luz, como gotas de agua suspendidas entre las ramas, transforman el paisaje. La luminosidad implícita en Microgramas, publicado en 1940 en Tokio, es el hilo de luz y vida que antecede a  Durán Carvajal y la misma que le da fuerza al espíritu del haijin colimense. La compatibilidad de la obra entre estos escritores, con los japoneses ya mencionados y con Tablada, no radica en la sonoridad de las 17 piedras contenidas en un instante, ni en lo espiritual, ni en lo estético o en la perfección, cada uno a su manera contempla el mundo con diferente hondura y es ahí  donde radica el secreto y el misterio del relámpago del haiku. El hombre es un sujeto vacío en su forma, la vida, le otorga un orden y un equilibrio, un objetivo y un destino, un lenguaje alquímico para que las palabras que reposan en el sueño sean el primer relámpago del amanecer. Inclinarse para ver los cimientos de esta obra no es necesario, navegar un río no nos otorgará ninguna señal. Al leer una obra, siempre es más importante ver los ojos de quien escribe, ahí reside el verdadero secreto y la consumación total de la palabra. El fuego contenido se convierte en la claridad donde los sueños de agua repartirán en silencio las cosas que han florecido en otras distancias por un instante:

No cuelgan frutos

de las ramas del mango

sólo tres nidos

 

Dicho esto, es necesario ver que la sorpresa de la vida ante el abismo es una pequeña luz que pulsa en silencio. Luciérnagas en vuelo  es ese recordatorio de que la belleza es lo único que hace posible nuestra epifanía. No es necesario exponernos al recuento de nuestra propia raíz poética, basta tener conciencia de la misma para navegar el ancho mar de la palabra y al nombrarla, habitar el mundo. La carta de navegación que nos ha otorgado Melquiades Durán Carvajal a partir de Bajo limonero en flor, Jardín bonsai  y Luciérnagas en vuelo constituye una de las mejores coordenadas en esta cartografía poética y el mejor registro para revelarnos el secreto de la vida en contrapunto con el transcurrir turbulento de este siglo. Es temprano para decir que esta emoción que desafía al tiempo, es la expresión más justa y reveladora de la actual poesía colimense. Lo digo y lo creo. Quien diga  y piense lo contrario que sumerja su espíritu impetuoso  en lo que nos sugiere Durán Carvajal:

Gran alharaca

al cantar se desarma

la chachalaca

La sencillez con que se revelan ante nuestros ojos estas imágenes poéticas, nos dan una lección de vida y a su vez resulta un pequeño homenaje a lo que nos rodea. A primera vista, pareciera que el poeta nos revela una escena de nuestro entorno, una escena de regocijo para la vista y para el oído, pero en su esencia guarda un secreto y es necesario detener la mirada y observar con rigurosidad el silencio que se ha establecido en el corazón del poeta y ante el cual nos hace partícipe con su palabra. El poeta, sabedor de que nuestro tiempo en este planeta no es eterno, rinde cuenta en este breve poema de lo que pasa en la naturaleza y por consiguiente en nuestra sociedad cada vez más vacía. Alza la voz, no como denuncia social o ecológica, sino como la oportunidad que tenemos para enmendar lo que hemos dañado.  La chachalaca anuncia con su canto su alegría, pero también su canto nos hace partícipe de que estamos invadiendo un área que no nos pertenece, y que escucharlo con asiduidad es porque hemos rebasado los límites demográficos y en vez de contemplar lo maravilloso de la naturaleza, nos empeñamos en destruir sin meditar que contra el tiempo, nuestra desgracia está asegurada. Este poema, es a mi parecer el que mejor reúne todas las preocupaciones del hombre moderno. Después del diluvio bíblico, un ave fue la que le anunció al hombre que aún había esperanza de iniciar de nuevo y construir un destino favorable al anterior. Ahora, de nueva cuenta, un ave nos anuncia que es tiempo de voltear la mirada para replantearnos un destino de orden y equilibrio. Estamos ciegos como en la primera oscuridad, la misma que nos ha acompañado desde siempre y parece que ese será nuestro retrato en el tiempo. Las incógnitas en torno a la vida de nuestra especie son incontables, ni Dios mismo las conoce en su totalidad, pero nosotros si tenemos conciencia clara y definida de lo que le hacemos a nuestro entorno. En el apartado tercero (Postales de Aki) de Luciérnagas en vuelo, Durán Carvajal nos entrega un conmovedor haikú que revela la preocupación que he enunciado, es el último texto de este apartado:

Huyeron todas

las flores del cerezo

tras el disparo

El mundo al que se enfrenta el poeta, no es el mismo de ayer, al que los poetas japoneses cantaron con alegría y pasión, hoy el mundo se nos quiebra en mil pedazos a los pies. El mundo es frágil, lo hemos despojado de todo hasta dejarlo como un árbol seco. El texto anterior hace evidente dos cosas, la primera, que en este milagro que es la vida misma, tenemos a la mano un objeto que nos puede aniquilar, como lo es un arma de fuego, misma que hace evidente la segunda cuestión que contrasta con la anterior, el miedo. La vida es extraordinaria, pero en estos tiempos, la tecnología ha sustituido la felicidad, y cada vez es visible que la sociedad moderna prefiere lo superfluo a una comunión honda con la naturaleza. La vida es un árbol donde vibra el mundo, donde el canto del pájaro es la invención perfecta. El tiempo es contundente al margen de lo que hagamos y esta cultura sin razón no es señal de progreso, aún es posible caminar por esta senda. La lectura de la poesía de Melquiades Durán Carvajal incita a conocer el mundo desde otros ojos, es evidente que al mundo y a la sociedad le suceden todos los males, producto de nuestra propia imaginación. Al leer a Durán Carvajal el paisaje cambia y la realidad toma un nuevo sendero y no exagero al decirlo, he recorrido el camino que el poeta ha trazado con su obra y ahora dispongo en mi corazón de lo indispensable para enfrentar este laberinto que me rodea en silencio. La luz ha vencido a la oscuridad como antaño. En el jardín he visto un colibrí llamado Melquiades Durán Carvajal:

Buscaba ranas

sobre los nenúfares

sólo vi flores

Juan Carlos Recinos,

Punta Mita, Nayarit 30 de julio de 2018

 

[1] Este haikú pertenece al apartado Suspiros de Fuyu del libro Luciérnagas en vuelo (Fireflies in flight)  de Melquiades Durán Carvajal, traducido al inglés por Abigail Kalhi Durán. Puertabierta editores 2017.

 

 

 

 

 

 

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