Presentamos una muestra de la poesía de Juan Carlos Recinos, que pertenece a su nuevo poemario Nagara (Puerta abierta editores, 2018). Asimismo, acompañamos los poemas con el prólogo incluido en el libro, el cual escribió nuestro editor Marco Antonio Murillo.

 

 

Juan Carlos Recinos: casa y poesía

 

 Por Marco Antonio Murillo

 

“Apretado por los músculos del viento azul / en las vigorosas neuronas de la altura  / no importa si te vas o te vuelves / y tampoco importa que mi pelo se haya vuelto blanco / (no es esto lo que me atormenta, lo que me atormenta es que mi corazón no se vuelve blanco…) / Déjame ir contigo”. Uno de los poemas centrales de la poesía del siglo XX, se llama Sonata del claro de luna y lo escribió Yanis Ritsos. Se trata de un extenso monólogo dramático, basado en la pieza musical de Beethoven, que lleva el mismo nombre que el poema. La trama es sencilla, pero a la vez vigorosa por la musicalidad de los versos. Se narra una historia de encuentros entre una mujer madura y un adolescente. Vejez y juventud, dualidades que se separan y se reúnen en los sitios de tensión colocados a lo largo del texto, sitios marcados por la frase: “Déjame ir contigo”.

La mujer quiere escapar de su casa (acaso más vieja que ella), ese sitio privado en el que los clavos se están soltando, el yeso se cuartea y los cuadros caen; pero esto es en realidad una metáfora que Ritsos ha construido: lo perecedero y el cuerpo. La mujer quiere escapar de su fatiga, la vejez que prodiga canas, arrugas y tiempos muertos y memorias donde ella también fue joven. La larga plática con el adolescente tiene una función curiosa, no es aquella plática de los ancianos que sirve para el aprendizaje de los jóvenes o para su entretenimiento, sino que parece, por momentos, dar la promesa de una pequeña espora de juventud, pero, en realidad, tiene que ver con la aceptación de la vejez: “Es que, por fin, tengo que salir de esta casa machacada / Tengo que ver la ciudad un rato. / No, no la luna, la ciudad con sus manos marcadas de callos. / La ciudad que nos lleva a sus espaldas, soportándonos a todos nosotros, / nuestras ambiciones, nuestra ignorancia, y nuestra vejez…” En todo caso, los aspectos importantes en Sonata del claro de luna son la casa y la palabra dada a través del monólogo de la mujer. La casa, como reflejo preclaro de su habitante, y la palabra como pequeña transformación.

Quiero retomar estos dos conceptos, que también pueden ser vistos como sinónimos (al fin y al cabo, la palabra es casa para quien logra ceñirse a ella), para hablar de Nagara de Juan Carlos Recinos. Dentro del título ya se comienzan a vislumbrar nuestros conceptos: Nagara, templo hindú, es decir, una casa habitada de palabras sagradas, de poesía: “Oigo la voz de Vyasa. Su certeza es el principio de estas ruinas, el testimonio que constituye el silencio de esta casa”. Leemos en el poema introductorio. La casa de palabras que propone Recinos está dividida en cuatro secciones (“Poemas para la cantante”, “Visitaciones”, “Partituras”, “Galerías”) y un poema que hace las veces de entrada.

Íntima y erótica, la primera sección busca construir el espacio propicio para los amantes: “Tu cuerpo es la habitación donde desato mi tormenta”. La alcoba y sus iluminaciones intermitentes y sus sombras eróticas capaces de llenar los poemas con diversas sensorialidades. Desde el sueño que nace al levantar una piedra, hasta el sol que baña el cuerpo con sus milagros, mientras va transformándose en mar, mariposa, pájaros o canto. Pero no todo es plenitud, a las imágenes luminosas que exaltan la pasión, le corresponden otras que describen la desolación: “Hemos abandonado las cosas / en la casa para conocer lo que ignoramos”; “En tu mano reposa el último vestigio de esta casa”. Como en Ritsos, que la vejez invocaba a la juventud, “Poemas para la cantante” se despliega en un río donde eros y thanatos fluyen paralelamente. En un poema encontramos al poeta diciendo que el cuerpo de la amada “es tiempo, espiral solar  / que asciende y desciende, / y busca la luz”; mientras que en otro, exclama derrotado: “Las cosas que he amado / ya no existen, no importa”.

Para la siguiente sección, el poeta ya tiene la experiencia del amor erótico, ahora abundará en la amistad, otra forma de amor. La sección está coronada por un epígrafe de Cernuda: “Abrid las puertas, dejad que vuelvan todos”. Las puertas de Nagara, templo, casa de la poesía, se abren y sus muebles se pueblan de amigos, familiares, poetas, lecturas: en la cama está Elliot (hijo de Recinos) escuchando una canción de cuna, en otra habitación está Luis Alberto Arellano aceptando los secretos de esta vida: “Luis Alberto, la vida es la forma más extraña de amar. No hay asombro ni justicia por lo que tenemos y luego lloramos. ¿Quiénes son los que se van? ¿Los que duermen el silencio de la piedra? ¿Los que ignoran nuestros nombres?”.  En la sala de la casa podemos ver a Eugenio Montejo y a los nicaragüenses Carlos Martínez Rivas y Francisco Ruiz Urdiel, al igual que a José Carlos Becerra y Octavio Paz, conversando de literatura y de la vida como un río en crecida: “No somos inmortales, ni ingenieros, ni políticos, no somos un accidente del universo. Somos el enigma de Dios”. Luego: “Uno nace sin nombre. El llanto es el primer milagro que abre el camino de la infancia para recorrer sin miedo el mundo”. Y, por último: “Uno lucha contra el destino para no olvidar lo que comulgamos en la vida”.

La lección que nos muestra Recinos con este grupo de nombres familiares y poemas, es valiosa, la amistad enseña, como las lecturas; son un espacio en la poesía que hay que procurar diariamente y nunca dejar de velar por sus iluminaciones. Allí están grandes amistades para demostrarnos esto: TS Elliot y Ezra Pound, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, sólo por mencionar un par que produjeron obras imprescindibles en el siglo XX, ya sea retroalimentándose, editándose, incluso haciendo libros a cuatro manos.

Por su lado, “Partituras” explora un sitio distinto de la casa de la poesía que ha estado erigiendo Recinos, hablo de los cuartos, pero nunca la alcoba, pues esa, como ya vimos, está dedicada a la primera sección. Cuartos, sí, pero interiores del poeta, aquellos que revelan lo que vive o se ilumina adentro de su alma. Hay un cuadro que cuelga en una pared, es de Chagall, se imagina cómo fue pintado: “Dios nombra las cosas en desorden, tú las pintas, sin embargo, la pátina es una imitación del corazón. El mundo es exacto en el movimiento de tu mano”. Lo mira detenidamente, cobra vida ante su mirada: “La cicatriz salta del cuadro. // El cuchillo contra el sol, vibra. // El azul brota del muro. // Nace el musgo sobre la piedra”. El poema establece juegos entre forma e imagen y palabra e imagen, es decir, los versos se vuelven pinceladas, y el poema en un cuadro, hasta que todo en la mirada del poeta se desdobla en pintura y “El paisaje se rompe”. Correspondiente a este poema, está “Autorretrato”, que es una aceptación de principios: existe la derrota, pero hay que tomarla como viene, aprender de ella e iluminarnos a partir del fuego con que nos ha quemado.

“Partituras” también aborda algunos temas constantes en la poesía de Recinos, como lo es lo que yo llamo la música del paisaje, es decir, la construcción de la atmósfera: el sonido de la lluvia, los colores de la luz, los olores que salen de una panadería, los brillos del medio día y las sombras que nos adensan a medianoche. Señalo algunos ejemplos: “La línea va cortando todo a su paso, prosigue su dominio terrestre con un poco de jazz en la niebla que circula el ritual de esta ceremonia”; también este otro: “Los secretos del mar se olvidan en las playas / como sombras veloces”; o bien, “Todo se reinventa ahí: la luz tiene un brillo de oro, / cumple de una manera extraña la sospecha de este fuego en la primera tregua”. Barajados a estos poemas de construcciones atmosféricas, se encuentran otros que exploran la idea de presencia y ausencia: “No voy a borrar los recuerdos que sostienen esta ciudad, es tuya”, leemos en “Cuerpo adentro” y más adelante: “La memoria ni siquiera es una fortaleza para vivir”. La amada y la memoria están presentes, nos enseña Recinos, pero no son definitivos, pues sus imágenes palpitan entre la ausencia y el olvido; al fin y al cabo, es de estas relatividades de la que está hecha la vida: “El tiempo no es promesa, es mar abierto”, se concluye en el poema “Los ausentes”.

El último apartado nos acerca al complejo arquitectónico de la casa de la poesía que ha venido montando Recinos, nos recorre por sus entramadas y luminosas “Galerías”. Los temas que aquí se ponen sobre la mesa de diálogo son más generales y contemplativos que en las secciones anteriores. El poeta se da a la tarea de reflexionar sobre las cosas invisibles de su entorno, esa materia que es la que conforma las cosas perennes de nuestra realidad. Así entendemos que la poesía es un símbolo que primero está vacío, luego se desdobla y se incendia en la noche de los tiempos; el hombre es como un roedor en su madriguera; el río que corre sin importarle el porvenir y nunca se detiene ante las cosas del mundo; la noche que crece como un árbol y al amanecer se derrumba luminoso; y el silencio. El tema del silencio es, creo yo, primordial en la obra de Recinos, nutre y hiere de formas diferentes sus poemas. Hace varios años, cuando me acerqué a su primer libro Cantos Peregrinos, realicé estas anotaciones que creo pertinentes retomar:

“En Altazor existen unos versos que valen para mí, en cuanto a que invocan la calma al final de la vorágine del canto I: “Silencio / Se oye el pulso del mundo como nunca/ pálido/La tierra acaba de alumbrar un árbol”. En este punto, la palabra de Vicente Huidobro nos recuerda que es necesario hacer a un lado la velocidad de la vida moderna y su ruido, para escuchar las cosas verdaderas que palpitan en el mundo. Cantos peregrinos de Juan Carlos Recinos, que está lejano de muchas de las propuestas huidobrianas, parte de esta premisa y es una buena opción en la poesía mexicana actual”.

 A varias lecturas de distancia de aquel momento, sigo pensando en que la poesía de Juan Carlos Recinos es un referente necesario en la poesía mexicana actual; pues, como bien lo demuestra su tercer libro Nagara, existe una valiente propuesta estética que recoge temas hoy poco frecuentados en poesía: el erotismo, la casa, el hombre, la propia poesía. Temas que se encuentran bien suscritos a formas (la prosa o el verso) que procuran servir al poema más que a los caprichos del autor, y, además, crean atmósferas precisas y sonoras.

 

 

 

 

Nagara (selección de poemas)

 

A Elliot Naguib, luz esencial en el hallazgo del fuego.

A ti toda esta geografía que crece en tu mirada.

 

 

EN ESTA CASA TODO SE HA CUMPLIDO

 

Todo lo que se puede amar lo amé contigo,

en tu sangre arraigué, lo moriré contigo.

Enriqueta Ochoa

 

En las paredes de esta casa, la luz atrae sombras con la avidez de un atardecer que se inclina a la noche. El hallazgo del fuego mantiene el curso del agua desde el principio. El silencio inaugura otro recuerdo para todos, cumplió con el cambio de estación. No fue suficiente la mentira para anegar este fuego en la noche. En la mesa, las ausencias explican este desamparo. ¿El amor es una invención de Dios? Oigo la voz de Vyasa. Su certeza es el principio de estas ruinas, el testimonio que constituye el silencio de esta casa. Soy fiel, pero ya no dispongo de amor, no hay exaltación en este éxodo. Nunca volveré a este mausoleo frío, nada me pertenece. No hay dioses en el umbral ni espíritus que expliquen mi trayecto. ¿Exilio o fracaso la conciencia de mi tiempo donde se consume la última señal del fuego? El mundo fue perfecto, la luz clarísima. Todo fue visible. Nada fue cuestionable en ese horizonte.

 

 

 

 

 

 

 

HEMOS ABANDONADO LAS COSAS

en la casa para conocer lo que ignoramos.

Ayer el mundo cumplió con su deber,

hoy todo es un recuerdo que el álbum familiar

empuja. Nadie contará los días de aquel viejo calendario

que señala el maleficio. El sol es una forma de luz

que ilumina el día y el silencio. Ese es su método

y su misterio.  Ignoro su presencia mañana,

mi tiempo aquí es imprevisible, pero la noche

desafía su permanencia.

 

(La desnudez de Elliot deambula en mis ojos)

 

 

 

 

 

 

 

 

UNO ESTÁ EN EL OTRO,

idénticos, en la noche plena.

 

Por un instante crece la vida

para iluminar las sombras.

 

La única virtud para amar es Dios.

 

Uno está en el otro,

idénticos, en la noche plena.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EN SEPTIEMBRE, LA VIDA

es más alta, las magnolias

coronan la pared de mi casa,

anegan sombras sobre el estanque.

Quienes nacen en este mes

guardan la luz en el corazón.

 

El amor, la razón del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

LAS COSAS QUE HE AMADO

ya no existen, no importa.

 

¿Comprendes?

 

Las telarañas

cuelgan en la esquina de la casa.

 

Un paisaje descolorido esa escena

 

Para morir de amor,

basta borrar mi nombre.

 

 

 

 

 

 

 

NANA PARA ELLIOT NAGUIB

 

Duermes. En tus sueños, la luz enloquecida. Indeciso, me acerco y rozo tu frente. Todo fluye, hijo mío, nada es pleno en este momento. Poso la mirada en la claridad inconquistable de tu cuarto. Desciendo a ti con la fuerza prodigiosa de un árbol que tiembla e ignoras existe. Los días son olvido, fragmentos de vida en una región sin patria. La ciudad es un cúmulo de voces, donde el fuego moldea ídolos y profecías. Aquí, Dios está ebrio de visiones. Tu primer llanto inauguró el mundo, reino de profetas falsos. Después, recuerdo tu primer dibujo en una pequeña lámina. Ahí conocí la angustia. Un nuevo mundo tu primer paisaje. Hijo mío, nombrarte, de repente se parece al repliegue de la vista, al abandono del día bajo la lluvia. Asciende, consuma los secretos más hondos que forjó Dios al principio. El mundo tiene la blancura de la nieve. Ignora que duermes. Permanezco en silencio. Observo tu rostro. Acaricio tus manos y sonríes. En la mirada se desliza el agua. Quizá estamos ya separados por un hilo de sombra y cada uno está en su propia luz. Duerme, hijo mío, hasta entonces, la luz en ti.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LUZ: RELÁMPAGO

 

a Joel García Bustos In memorian

 

I

Mi padre está ausente.

Asciende al fuego en una llaga madura.

 

Se abre en racimos,

                               pájaro por el mundo.

 

De tu rostro, cae la luz.

El agua en tu cuerpo

es un manantial de sonidos.

Tus ojos, se hunden de raíz,

se despeñan de un salto.

El cielo inunda la tarde de luz,

finge tu ausencia, cae espeso.

El mundo es un cementerio,

río vertical en la lengua,

plaza líquida, escritura de signos.

La palabra sostiene un nombre,

tu vientre un árbol.

Tu rostro llega de los árboles,

se acumula en septiembre.

 

El músculo fue aislado en la boca de Dios,

tú en un grito.

 

 

II

Contemplo tu frente.

 

Un fulgor se abre en mi rostro,

crece con el agua bajo el viento.

 

Un árbol parte soles.

 

Tu nombre se petrifica,

se posa en la noche.

 

La palabra se desata en tu cuerpo, encalla.

Tu cuerpo

arde

estalla

salta

se precipita

se condena

crea un camino

Sílabas entre miradas

abiertas como frutos maduros.

 

Hay pájaros en tu vientre.

 

 

III

Quieta al instante,

la memoria se desdice sin piedad

y convoca al relámpago,

 

palpita entre el día,

despliega la raíz en la piedra,

—geometría de relámpagos—

 

sin embargo, el presente es huida,

el pasado una piedra.

 

 

 

 

 

 

 

 

TODO PASA

 

Un grano de sal ―en la punta de mi lengua―,

constituye la verdad de este mundo.

Una gota de agua fija en un instante su imperio mineral.

La sangre también es una verdad. Pasa en silencio.

 

Un cuerpo roído  donde la vida es canción inconclusa,

náufrago de otra mirada, anticipa lo que la historia anula.

La mujer de Lot fue la primera estatua doliente

de donde proviene nuestra debilidad,

el miedo a envejecer y la fatiga de reconstruir la ciudad

que nos interroga. La sal se alza devorando todo,

nada recrimina. Un grano persiste en la noche.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRIMERAS LLUVIAS

 

Mi abuela, pequeña e invencible, siempre contemplaba la tarde para anunciar en un grito la lluvia precoz. Rara vez, imposibilitada por la enfermedad, no brindaba ese grito. En la humedad de la tarde, ella se alzaba como un ave en el patio y todos se aglutinaban ante su figura de niña hermosa. Nubes grises, pájaros en vuelo, remolinos de polvo. Mi madre, a lo lejos soportaba en silencio  el milagro de mi abuela. La lluvia, como quien escucha una canción inesperada, invadía los recovecos de la casa. La danza de ella ―dice mi madre― era un adiós que cargaba el temporal de ese año, un recuerdo que aún habitamos desde la infancia. La primera lluvia que trajo la desolación a mi madre, llegó en abril bajo el signo de Aries. Con ella los funerales, las veladoras, los retratos viejos, el silencio, largas oraciones que no terminan pero sirven para aligerar el desconsuelo. Madre, hoy llueve y tu cabello es una sombra inmensa que se entrecruza en el espejo, con tus huellas más hondas de la mirada. Cierro los ojos en el silencio de esta casa vacía, como en la primera infancia. Danzo como mi abuela en el patio donde se ahogan todos los sueños. Mi madre danza en silencio. En cada movimiento disimula los recuerdos de aquellos días. Un grito involuntario y el milagro sucede. Afuera llueve.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ANUNCIACIÓN

 

Escucho jazz. Un vaso con whisky y soda entre mis dedos. La foto de mi hijo al fondo y un cuadro de la serie chilena 31 minutos en torno mío. Recuerdo que Vicente Quirarte dijo “en tus ojos naufragan mis veleros”. Le creo. Aquí, en esta  mesa he aprendido la melancolía y a nombrarte aunque la lluvia desdiga mis palabras. Hoy es la última noche del mes de marzo para preguntarte ¿reconoceré las galerías de tu cuerpo en el músculo de tu voz que miente? Tu quejido iluminará esta memoria donde el diablo escupe por temor a Dios. Ningún destino tiene límites en esta planicie. El tiempo aguarda. En el espejo, el misterio se tuerce con la inocencia de la primera caricia que tu corazón recuerda. La historia consumida, la nuestra,  aguarda el fuego que el Padre irguió en una visión. Santificó la semilla. En la mirada, la luz reposa los secretos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

POEMA EN TRES ACTOS A UN PANADERO

 

I

 

Se me antoja un pan de canela caliente, una colmena negra, sin agua, que roce tus huesos. Un húmedo territorio, un sol de trigo, de mi boca llena de rocío. Un vino espacioso, un diamante de las sílabas del canto. Hoy se me antoja tu cuerpo desnudo, un volcán derramado en tus ígneos pasillos. Estoy bebiéndome la callada pintura y el vino amargo en la ventana arrodillado, y te llevas mi dolor, mi arrugado corazón y estoy triste. Tus manos de harina han hecho un vestido azul de mis ojos pálidos. ¿Quién con su canto alegre despertará al horno caliente? He ido buscándote panadero, entre árboles lejanos y frutos maduros. Quiero tu sonrisa blanca, horneada en tu estrella sencilla. Hoy se me antoja un pan de canela caliente. Haz de mi calma dolorosa,  un gran  viento de sombra.

 

 

 

 

II

 

Lo sé, no puede ser tu harina, una fresca luz blanca, una casa pública entre flamboyanes y naranjas. En la diminuta medianoche, el horno caliente nace como la primavera, radiante, claro de la mañana verde. Y tus manos se juntan sobre la madera, en donde los párpados y la cueva sombría. Lo sé, no puedes  ser árbol quieto a la medianoche con las estrellas y la luna congelada. Anda, revuelve el azúcar de tus cañaverales y la sal del mar, la harina en el agua clara, y como flor sombría, derrama tu dolor doloroso sobre las manos verdes del océano, no pienses en las campanas, no pienses en mi canto.

 

 

 

 

III

 

Apenas tus ojos, dos pálidos topacios de fuego. Apenas mi corazón vencido, sumergido en tus tinieblas, es una piedra agrietada. No vengo por tus raíces en mi cintura. Vengo a que desembarques los ingredientes de tu coronado oficio. Vengo a sumergirme en tu boca, a devorar tus ojos cerrados. Y sin embargo, mis sedientos huesos, mis abejas doradas, como si fueran lágrimas, salen cantando tu pesado polvo. Mi sangre y tu sudor, se juntan como un río, como un mar continuo, un canto, una luz que se inclina sobre mi cielo duro, sobre mi idioma  claro y mis anchas tierras viejas y amarillas. Canta panadero, y haz de tus manos, espigas doradas, un gran navío, al final de la mañana (apenas el sol nace de su opaco cielo oscuro, con sus pájaros cristalinos). Espérame con tus praderas blancas panadero, voy a volar con las naranjas y la luz del trigo, hundiendo mis pies en tus caminos de oro, recogiendo la  zarzamora, y  el canto del canoro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

POSTAL DE PALIZADA

 

Hace frío. El día recobra sus pájaros,

hace el tiempo más benigno. En este hotel,

todo es viejo y las camas duras. Aquí los amantes

adelgazaron la piel, reinventaron la historia

de Pompeya. La arquitectura de este edificio

de dos pisos, es de 1935. Las dos generaciones de sus ocupantes perdieron prestigio, ahora son migrantes desmemoriados. Pienso en el retorno a esta ciudad,

caminar sus calles pequeñas, ver su iglesia, los rostros de los niños. Todo se reinventa ahí: la luz tiene un brillo de oro, cumple de una manera extraña la sospecha  de este fuego en la primera tregua.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL RÍO NOS OBSERVA y su silencio nos afirma que en su lentitud perenne el porvenir es indiferente. Ignoramos el futuro. Todo orden en este mundo sigue principios para nuestra existencia. Nuestra arrogancia  juega en contra de nuestra vida. En esta casa se han forjado todas las desgracias. No me tomen en serio, pero tú y yo, nos vamos a extinguir, volveremos a nuestro estado natural, seremos polvo. La historia pone las cosas en su sitio. Hoy fraguamos el amor con dificultad, las guerras y el odio han disminuido nuestra permanencia. La noche se ha hecho larga, no nos reconocemos en este inventario. El pasado nos interrogará, no habrá heroísmo en este recuento auténtico. El río dibujará nuevos cauces y amar será un misterio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NADA PODRÁ reproducirse de nuevo en esta casa. Mi huella ―mínima  línea de luz―, se extingue con las horas que amansa el tiempo, somos extranjeros en el lugar donde fuimos anfitriones, el polvo ahíta esta casa donde palpitó la vida, es el precio justo para esta orfandad que anticipa la noche en ímpetu febril. Todo lo que conducía a ella ―donde resonaba el lugar de nuestro destino―, el sitio que reservamos para ti, todo ha desaparecido, el tiempo no tiene piedad, es nuestro enemigo, el primero que nos olvida desplegando la tristeza. Hay preguntas sin respuestas, sombras donde hubo fuego, nuestros nombres dan forma al silencio incesante que navega insatisfecho, nuestra presencia ahí dio forma a un nuevo elemento, ningún intento podrá borrar esa partícula de sangre, nunca habrá otra casa para disipar las sospechas, ya no importa, es absurdo este rencor, ten paciencia, la luz de agosto es precisa para empezar a recordar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan Carlos Recinos (Pichucalco, Chiapas, México, 1984). Es poeta, ensayista y traductor.  Lic. En Ciencias de la Educación por la Universidad Vizcaya de las Américas,  campus Colima. Mención honorífica en el concurso de Poesía FIL Joven 2002 y en los Juegos Florales de Zapotlán el Grande 2007. Becario del FECA del Estado de Colima 2012, en poesía. Autor de los poemarios “Cantos Peregrinos (Linajes Editores, 2008 /Toro de trapo, 2011/Jaguar Ediciones, 2012), y de “Cartografía íntima” (FECA/Jaguar ediciones, 2015). Ha traducido a Georges Schehadé, Saint John Perse y a Yves Bonnefoy. Del 2006 al 2010 fue director adjunto del suplemento cultural Altamar, del diario Ecos de la Costa, junto al poeta Alberto Vega. Del 2014 al 2017 ha sido jurado en el concurso de Arte Pictórico Contemporáneo “CRUCIFICIÓN DE JESÚS”, organizado por el Museo Casa de los Monos en el Estado de Colima.  Ha sido antologado en Panorama de la poesía mexicana (Gobierno del Estado de Querétaro, 2009) de Romina Cazón y  Rubén Falconi, en la Antología Poemas al padre y a la madre (Gobierno del Estado de Jalisco y Universidad de Guadalajara, 2011), en el libro de memorias El festival de la palabra (Gobierno del Estado de Sonora, 2011), en el libro de ensayos Gregorio Torres Quintero. Enseñanza e historia (Universidad de Colima, 2012),  en el libro Arte efímero. Fotografías del proceso de construcción de La Petatera (PECDA/Jaguar Ediciones, 2017) y en Fragilidad de las aguas.  Antología poética del sureste mexicano 1980-1989 (Ediciones La Otra, 2018). Actualmente forma parte del consejo editorial de la “Revista Morbo”, editada en Campeche y es director de Jaguar Ediciones. Forma parte de la Asociación Poetas del mundo. Textos suyos han sido publicados en México, Estados Unidos, Brasil, Ecuador, Perú, España e Inglaterra. Parte de su obra ha sido traducida al maya y parcialmente al portugués, francés e inglés. Recientemente fue incluido en la Enciclopedia de la Literatura en México, de la Fundación paras las Letras Mexicanas del Gobierno Federal y actualmente escribe la columna La espiral de Elliot en El Comentario Semanal del periódico El Comentario de la Universidad de Colima y Apuntes de poesía en la revista Marcapiel.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *