Nuestro editor Samir Delgado entrevista al poeta canario Antonio Arroyo Silva, cuyo libro “Las horas muertas” recibió  el XXXVIII Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez 2018

– ¿Qué recomiendas a los poetas jóvenes de cualquier latitud para desarrollar con éxito una voz propia en el complejo mundo de la poesía? 

Yo les recomendaría a los poetas jóvenes, es decir, esas personas entre 15 y 30 años que no tengan prisa. Que no se dejen llevar por el éxito inicial que les da esa tremenda capacidad para la intuición, la imagen, el tono y el ritmo poéticos. Hay que reflexionar mucho sobre esos dones, pues de no hacerlo caerían como casi todo el mundo en los propios estereotipos y fórmulas que al principio les había dado tantas alegrías; pero que después les dará tantas penas. Escribir poesía conlleva la responsabilidad de mantenerla viva y en movimiento constante. Sabes que yo explico estas cosas con la imagen de Sísifo cayendo con la roca y volviéndose a levantar y tal como Camus espero que Sísifo sea feliz.

 

-Con el libro Las horas muertas obtienes el Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez 2018 que se convoca en Andalucía cada año, ¿cuál es la génesis y el colofón de este poemario que consolida a nivel internacional la madurez y la vigencia de la poesía canaria contemporánea?

Antes que nada, he de decir que estoy jubilado como profesor de secundaria y que esto es muy importante para la génesis de Las horas muertas. Digo importante porque, hasta hacía poco, tenía dedicación casi exclusiva a los temas de educación lo cual mermaba mucho la dedicación a la creación poética. Solo tenía esos momentos diarios entre las 9 y las 12 de la noche, los fines de semana, las vacaciones y poco más; es decir, eso que popularmente llamamos horas muertas.

En estos momentos, pues, casi todas mis horas son horas muertas por llamarlas de alguna manera: tiempo perdido para la sociedad que me rodea y tiempo total para la reflexión poética y, por tanto, para la escritura total. Así, paseando por esas calles de Gáldar, tomando el café matutino, atento a todo lo que me rodeaba fueron surgiendo los poemas de este libro. Yo siempre he creído que la poesía no tiene sentido si no es la vida misma — de ahí que las metáforas y la imagen partan de elementos reales— y, por otro lado, tampoco lo tendría si no tuviera vida propia. Esa idea surge de llevar lo cotidiano a una escala reflexiva, cuando los objetos y los seres se transforman en símbolos.  Con estos planteamientos acabé la sección que titulo «Calle de las horas». A continuación, esas calles y esas horas pasan a los cuadros — «Trazos»—, a aquellos cuadros con los que tengo una íntima conexión, de Óscar Domínguez, Kandinsky, Mark Rothko, etcétera, sin ninguna pretensión intelectual que no fuera lo vital y lo poético. Después viene «Oberturas del cantor», un homenaje que, sin perder ese hilo que vengo contándote, hago a aquellos cantautores hispanoamericanos que para mí son poetas. De hecho, como dice mi amigo Jorge Rodríguez Padrón, la poesía es cantar, no contar ni definir el mundo, sino abrirlo, ampliarlo. Y, por último, «Las horas de Swamm» esas calles se transmutan en el Swamm de Proust y en los ecos consecuentes de grandes poetas como Rilke — Libro de horas – y Borges, entre otros y otras que forman parte de la memoria poética que está presente en todo el libro a través de citas y referencias directas o indirectas.

No escribí, en principio, Las horas muertas para presentarme a un concurso; pero desde que me llegó la convocatoria del XXXVIII Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez 2018 no me cupo la menor duda de presentarme. Desde luego tenía mucha fe en lo que tenía escrito, algo bastante aceptable que contenía toda la artillería para ganar; pero sabía muy bien que el nivel de los que se presentaban y la cantidad de obras era alto. Así que me llevé una tremenda sorpresa y una gran alegría cuando recibí la llamada telefónica desde Moguer anunciando que yo había sido el ganador. Entonces mis horas muertas y yo nos subimos a una nube.

-La poesía es un género literario que pervive a pesar de la irrupción de las nuevas tecnologías y el declive global de los índices de lectura. Juan Ramón Jiménez dedicó su obra a una inmensa minoría ¿cuáles son tus consideraciones acerca del papel de la poesía en español en un mundo cada vez más polarizado entre el consumo de masas y la cultura crítica?

Es cierto que la poesía es un género literario; pero, además, es una forma de vida. No quiero decir con esto que el poeta sea un dios o una especie de mesías. El poeta ha de tener los pies bien puestos en la tierra que pisa. Solo se diferencia de los demás en esa sensibilidad especial que lo capacita para captar las incertidumbres del mundo que le rodea. Pocas personas, sean o no poetas —y a veces ni los mismos llamados poetas — poseen este don que más bien es piedra de Sísifo. Esa, creo, es la inmensa minoría a la que se refiere JRJ. El mundo actual está polarizado entre el consumo de masas y la cultura crítica, como tú bien dices; pero yo creo que el mundo contemporáneo tras la segunda revolución industrial siempre ha estado polarizado por un Sistema que ha ido tomando peso hasta hoy. De no ser así, no habría existido la poesía de Poe, ni de Baudelaire, ni de Rimbaud, ni siquiera las vanguardias históricas. Piensa en ese cisne de Darío en medio de la podredumbre de la sociedad.

Sin embargo, que alguien dedique su vida a la poesía como es el caso de Juan Ramón Jiménez no quiere decir que no pueda llegar a esa inmensa mayoría de la que hablaba Celaya. De hecho, creo que tanto Gabriel Celaya como Blas de Otero, incluso, para poner ejemplos de poetas canarios, Agustín Millares y Pedro Lezcano, tomaron estos derroteros, como bien sabes.

La poesía no crea certezas, sino que despierta los sentidos y la propia conciencia de ser en el mundo. Y esto, sea para una inmensa mayoría o minoría es muy peligroso para ese mundo del que me hablas. De ahí el confusionismo que el sistema utiliza a través de ciertos poetas que no lo son por su escritura acomodaticia. También vemos esto en la banalización de la cultura, en general, y en particular de la crítica.

– Aunque nacido en La Palma, buena parte de tu carrera profesional como docente y autor radica en el norte de Gran Canaria, ¿qué opinas sobre el estado de salud de la literatura canaria y sus conexiones con el panorama hispanoamericano? Muchas gracias

Nací en Santa Cruz de La Palma y allí viví hasta los 20 años. Después, mis estudios en la Universidad de La Laguna y mi residencia definitiva en Gran Canaria tras ganar mi plaza de profesor de secundaria de Lengua y Literatura Española. Decía Rilke que la poesía es la patria de la infancia. Para mí esa patria es La Palma y la poesía misma. Ese paisaje privilegiado de la Isla siempre ha estado en mis poemas.

Respecto a la pregunta, el estado de salud de la literatura canaria es muy bueno, precisamente porque ha recuperado ese impulso de Gaceta de Arte que preconizaba que ceñirse al territorio era algo así como la muerte precoz de la literatura de un punto determinado. Los escritores canarios han aprendido la lección, han puesto su mirada en otras literaturas y, sin renunciar a las características propias que los define como canarios, han dado un paso hacia la universalidad, en el sentido de diálogo constante con otros puntos del mundo, especialmente Hispanoamérica; pero también Europa, incluso África.

Sin embargo, lo negativo del panorama, como siempre, está en la cantidad que a veces apaga la calidad. Esto se produce por la carencia de una crítica seria que ponga cada cosa en su sitio y también por la prisa que tienen muchos autores por publicar, sin nada de reflexión ni espíritu de autocrítica.

Mi relación con la poesía hispanoamericana es no solo cordial, sino entusiasta. Me parece una poesía mucho más rica y variada que la peninsular española. Y, al mismo tiempo, más cercana. Borges, Juarroz, Lezama…y podría poner un sinfín de poetas fallecidos hombres y mujeres que siempre me acompañan. Y, por supuesto, también me acompañan poetas actuales que están en plena y ascendente creación poética. Eso mismo piensan otros compañeros poetas canarios que de alguna manera hemos transcendido las fronteras locales.

 

Antonio Arroyo Silva, nació en Santa Cruz de La Palma (Islas Canarias) en 1957. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de la Laguna y profesor de Lengua y Literatura Castellana. Ha sido colaborador de revistas en papel, como ArtymañaLa Menstrua Alba (de Canarias), Zurgai (de Bilbao) y de revistas digitales como la de la Sociedad de Escritores de Chile, Cinosargo, la Antología de Poesía Poetas para el Siglo XXI y Poesía Solidaria de Fernando Sabido. Colaborador de la prensa local, sobre todo en Diario de Avisos y La Laguna Mensual. Ha publicado diversos libros de poemas entre los que figuran Las metamorfosis (1991), Esquina Paradise (2008), Caballo de la luz (2010), Symphonia (2012) y Sísifo Sol (NACE, 2013), Las plaquettes Material de nube (2012), Un paseo bajo los flamboyanes (2012) o No dejes que el arquero, entre otras muchas.

 

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