El poeta colimense Juan Carlos Gómez Recinos nos presenta el siguiente ensayo sobre la poesía de Ricardo Muñoz Munghía. Cabe destacar que este texto fue leído en el marco de la XXVI Feria Nacional del Libro de León (FeNaL), México, 2013. Tambie se publicó una parte en el Mexican Cultural Centre de Reino Unido, Inglaterra, aquí se reproduce íntegro.

 

Si se extiende la luz

toma la forma

de lo que está inventando la mirada

JEP 

 

I

Para Marco Antonio Murillo.

Poesía, es todo y es nada. Nombra, duda, absorbe, traduce y traslada. El poeta es una voz que el tiempo moldea en silencio, un espejo donde la palabra significa. Polvo de pabilos (K editores, 2009), de Ricardo Muñoz Munguía (Chignahuapan, Puebla, México, 1970), es un libro que de principio a fin —el destello, brillante y luminoso— deletrea nuestras vidas, donde el eco de su voz se difumina en las cosas que designa. El discurso en esta caja de iridiscencias provoca un hallazgo fidedigno donde se delinea una escritura firme y precisa. Este poemario integrado por seis secciones Furia de soledades, Cenizas de silencio, Lumbre en cálamo, Rumores de la tumba, Bocanadas de luz negra y Realidad que sueño es, advierte la búsqueda de una angustia, que uno como lector ve desplegarse en el primer poema de este libro: 

Algo nace dentro del infierno

algo sin nombre y sin dios

algo entre llamaradas.

Escucho.

 

En estos primeros versos, el poeta entreteje el paisaje de su alma y traza, con notable oficio, la geografía que experimenta cada poema como un sol de nadie.  Convierte los versos en un festín de palabras  que cincelan el asombro y fluyen con naturalidad. El mundo es posible en ese nacimiento perpetuo donde la palabra es un testimonio entero y preciso del canto, el poeta lo sabe. Muñoz Munguía asume su oficio con tal intensidad y nos dice:

Crepúsculo donde la muerte mora

es inicio del fin de algo, de lo que deja de ser.

Los elementos perfectamente visibles en los ojos del poeta, iluminan estas páginas, gobiernan con buena poesía y verifican de manera eficaz todo aquello que ha sido nombrado y que nos interroga. Furia de soledades la primera parte de este poemario es un testimonio donde el poeta busca permanecer, donde su risa en lugar de llanto, es una flama invisible. Los poemas de esta sección contienen diálogos con voces simples, condición que permea en todo el libro como una comunión, no como consigna. Aquí el poeta rezuma su muy particular manera de transcribir el mundo. Cenizas de silencio expresa, exacta y legiblemente,  una música natural, digamos que el misterio es un signo frágil, al cual  el poeta da respuesta: Al pabilo lo sembraron / entre sangre nocturnal, / veladora de alientos silenciados. Se podría decir que aquí reza cierta fuerza expresiva y original que permite ver una mínima porción del mundo del vate. Lumbre en cálamo y Rumores de la tumba, son dos apartados de Polvo de pabilos, donde en el goce del texto, por simpatía con la poesía o por un esfuerzo en particular, uno se acerca de manera espontánea a un poeta que sabe comunicar y decir. Poemas que son frutos maduros y de los cuales se sabe, es una virtud de pocos redondear la hazaña epifánica, donde se reconcilia la realidad y la textualidad que tensan la experiencia que se establece a manera de una revelación poética:

*

Sólo los muertos

recorren con libertad

los sueños,

no tienen obligación de despertar.

*

La casa conmigo escapa en el rumor nocturno,

tiempo en que los sueños iluminan la sombra.

*

En Bocanadas de luz negra uno asiste a un mundo pausado por el asedio de la materia iluminada, a un enjambre de relámpagos que habitan estas páginas y que buscan establecer un juego con la memoria.

Tiempo sostenido en la maraña

del visitante leproso,

recién desembarcado en Veracruz.

Le vi arañas vivas en sus manos,

hilos que eran gritos de sangre,

nervios estrangulados

sobre la piel bañada de sufrimiento.

El hombre me respondió lo que deseaba saber

a pesar de no hacer la pregunta:

“He venido para que mutilen mis manos”,

y apretó los puños.

Se fue.

 

Las palabras caen y testifican en su descenso, la restitución del tiempo, tiempo finito e infinito que da identidad al mundo en un punto de inflexión entre cada una de las secciones que integran este poemario. Asombro que alcanza su punto más alto en Realidad que sueño es sección donde un solo poema Paraíso de brasas vibra como una resonancia cautivadora. 

            El principio donde nuestros cuerpos…,

            tampoco es tu mirada

            que posas al fondo de mis ojos

            cuando las bocas abren sus horizontales puertas

            y dejan a solas el tremendo ataque de las lenguas

            besándose con todo su cuerpo,

            batiéndose entre la sangre del deseo,

            haciéndose cada vez más fuerte una y otra

            conforme el dragón salival les concede brío y calor.

            Sin embargo, siguen sostenidas

            a pesar de sus esfuerzos dados por el dolor del deseo;

            no podrán arrancarse para dar nuevos frutos en otra boca,

            pondrán su sabor en la falda de tu pubis

            y trazarán, como si de una ciudad se tratara,

            caminos a lo largo de tu cuerpo,

            rumbos que sólo míos habré de recorrerlos

            en este instante en que tu nombre

            hace sudar mi lengua

 

La música emotiva que se desprende logra una atmósfera definida, precisa y altamente expresiva, donde un mundo múltiple y diverso, asombra  por la paciente construcción de una voz que devasta la noche con una fluidez y un pensamiento único. Cada una de las partes que componen este libro, abren un diálogo distinto  sin escisión  en la totalidad de la misma. Cobran forma en los fundamentos del espíritu humano, donde nombrar es una verdadera  prueba de amor y fe en el poder de la palabra.

 

II

La palabra alude a un mundo natural, reactiva la memoria en ecos que se apoyan en los recuerdos que laten al paso del tiempo. No hay tema que no pueda ser poesía. En Melodías del suplicio (BUAP, 2011), Muñoz Munguía pareciera querer demostrarnos en los poemas que integran este libro, que la palabra, misteriosa e iluminadora, es un acto de conocimiento en la inmediatez de la creación poética. Este poemario integrado de 4 secciones, Sacrilegio de cicatrices,  Estuario, Plegaria por las ciudades y Luciérnagas núbiles, se abre como una rosa de los vientos, cada apartado apuntando hacia un rumbo determinado por el poeta. La fluidez con la que se despliegan los poemas, su secreta fugacidad y la eficacia con la que rebasa la simple experimentación es una factura precisa que aparece con toda naturalidad en quien hace de la poesía su propio periplo:

            Busqué en toda mi vida

            una frase para mi epitafio,

            que me definiera como escritor,

            pero sólo encontré fantasmas dictándome.

 

Este fragmento que cito de Sacrilegio de cicatrices, revela el desafío del poeta hacia el tiempo, la meditación inusitada para convivir con algo deliberadamente ambiguo: la muerte. Toda la imagen poética contenida en este palabra, vivifica una experiencia de vida, tan real como palpable, que establece un juego de múltiples voces, que se abisman y contradicen, pero que en el diálogo contienen la reflexión en el universo del lenguaje propuesto por el poeta. En Estuario, uno asiste a una celebración donde la palabra cobra  la forma del deseo, uno testifica que el cuerpo es entonces lo sagrado y que la primera razón de su validez no reside en la propia experiencia, sino en el mundo creado a través del ejercicio poético:

            He visto mi cuerpo

            seguir

            sus pasos

            sin mí,

            y desde tu casa le grito que no se vaya

            pero se va

            y así, huérfano,

            me defiendo a vivir en ti.

 

El tono armónico que Muñoz Munguía resalta en este conjunto de poemas, reafirma su constante convicción de su ejercicio creativo, de su mirada que, como lo indica el título de esta sección Estuario, en la fluidez hacia la desembocadura, se asume el asombro de la muerte como una variación de la memoria y el olvido. Pacto que se inicia bajo el árbol que vivifica lo sagrado:

            ¿Dónde más?, sino tu boca

            sea el mejor sitio donde me guardo,

            que si de ahí me arrojas

            le arrancaré la lengua a tu corazón frío.

 

Una mirada penetrante como la del poeta, sabe hallar los asombros de la vida, iluminarlos, reconocerse en ellos. Su oficio es nombrar, dar testimonio de lo que transita en su escenario lírico. Y parece ser que  Ricardo Muñoz Munguía asume el quehacer poético con su palabra precisa, no otorga concesiones en sus construcciones verbales:

            El sabor sepia que en ti deja

            esta figura mía, es para que el silencio

            con sus activos acentos brote

            a mitad de la navegante noche

            y te exclame la onomatopeya

            del tic-tac golpeando en tus puertas

            con el aroma de mi nombre.

            En palmas de tu mano

            se desmembra la razón,

            entonces resbalan voces ocres

            que van dando color

            al camino rugoso

            por donde he venido

            hasta tu hermosa casa.

 

Nada queda al azar, todo se hilvana de una manera sabia y serena. Todo lo que es misterio se nombra. Como un itinerario, la rosa de los vientos nombra las emociones palpables de la noche, nombra y fundamenta. En Plegaria por las ciudades y Luciérnagas núbiles, las melodías a las que el autor alude  en el título del libro, producen correspondencia cuando dice:

            La marcha hacia mi ciudad es lenta,

            raíces nacientes del orbe de sueños

            van a la cima de la montaña de tinieblas

            donde mis pies escapados de la lumbre

            dejan su desnudez y su rastro sobre rocas

            en que cimenté mis infortunios reacios.

 

Pareciera que el poeta no sólo construye un libro de poemas, las sonoridades que surgen de sus textos, parecieran pequeños universos vivos, que se suceden con inquietante delicadeza, como olas, van dejando su huella para que cada uno entreteja su propio universo:

         SEMILLA DEL DÍA

 

            Al abrir el puño una parvada de golondrinas

            escaparon veloces hasta perderse

            en el voraz horizonte que tragó el plumaje

            de la breve biografía de la primavera,

            donde dibujaron el rumbo del tiempo muerto

            formando con su vuelo terco y desordenado

            frazada para las rudas caricias sobre cicatrices,

            las que muerden la carne hasta sangrar el olvido.

            Las horas primeras lamen el cielo

            sobre el alba soñolienta

            en el naciente desafío del día.

            El canto de luz ha subido inclemente

            a la derrota de los pies solitarios,

            imperio de la sarna de mendigos y

            huellas de acaudalados malditos:

            eternamente hambrientos hombres de oro

            eternamente desmoronadas mujeres de plata

            que no demoran su bandera sagrada,

            de colores insulsos acuñados por falsas monedas.

           

 

Ricardo Muñoz Munguía, es un poeta que define el acto poético como una celebración muy rigurosa, donde prestigia la experiencia en  ejercicios muy depurados, que proyectan multiplicidad, pero a la vez, son una ventana a la memoria, esa en la que se reivindica la sensibilidad y la inteligencia de quien sabe sentir el mundo. Para el poeta, la enseñanza es un secreto:

            donde la pasmada razón prismática

            es gota enredadera sobre paredes

            que cobardes y valientes trepan

            conforme la generosa muerte

            los bendice con el vasto beso

            que incendia el vigor turbulento.

 

La experiencia es un hallazgo que la realidad transforma sustancialmente. Aquí todo ha sido renovado en un testimonio luminoso. La materia del mundo recobra su plenitud y concreta en una experiencia irrepetible la vida. El amor es una vivencia indomable en estas melodías. El tiempo se desvanece. Es puntual y exacto, breve y silencioso. Transitar por este quehacer literario es un privilegio necesario donde se conserva la comunión de la palabra, el amor, el tiempo y la vida. Aquí, la huella de la luz habitará tu corazón, único cómplice que florece como una rosa en cada poema de este paraíso. En esta hoguera, el fuego se crea en silencio.

 

 

Juan Carlos Recinos. (Pichucalco, Chiapas, 1984). Director de Jaguar Ediciones. Es poeta, ensayista y traductor.  Lic. En Ciencias de la Educación por la Universidad Vizcaya de las Américas,  campus Colima. Mención honorífica en el concurso de Poesía FIL Joven 2002 y en los Juegos Florales de Zapotlán el Grande 2007. Becario del FECA del Estado de Colima 2012, en poesía. Autor de los poemarios “Cantos Peregrinos (2008, 2011 y 2012), y de “Cartografía íntima” (2015). Ha traducido a Georges Schehadé, Saint John Perse y a Yves Bonnefoy. Del 2006 al 2010 fue director adjunto del suplemento cultural Altamar, del diario Ecos de la Costa, junto al poeta Alberto Vega. Ha sido antologado en Panorama de la poesía mexicana (2009), Antología Poemas al padre y a la madre  (2011), El festival de la palabra (2011), Gregorio Torres Quintero. Enseñanza e historia  (2012),  Arte efímero. Fotografías del proceso de construcción de La Petatera (2017) y en Fragilidad de las aguas.  Antología poética del sureste mexicano 1980-1989 (2018). Actualmente forma parte del consejo editorial de la “Revista Morbo”, editada en Campeche. Forma parte de la Asociación Poetas del mundo. Textos suyos han sido publicados en México, Estados Unidos, Brasil, Ecuador, Perú, España e Inglaterra. Parte de su obra ha sido traducida al maya y parcialmente al portugués, francés e inglés. Recientemente fue incluido en la Enciclopedia de la Literatura en México, de la Fundación paras las Letras Mexicanas del Gobierno Federal y actualmente escribe la columna La espiral de Elliot en El Comentario Semanal del periódico El Comentario de la Universidad de Colima y Apuntes de poesía en la revista Marcapiel.

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