El poeta Juan Carlos Recinos presenta un ensayo a cerca del poeta y su oficio, el cual explora varias metáforas que son habituales en el universo de la poesía.

 

a Alondra Jacobo Torres

Recientemente se me ha preguntado el origen de mi oficio (el de escribir poesía, aclaro). La pregunta ha sido contundente ¿y tú en qué te inspiras para crear poesía? Ante semejante cuestionamiento no tuve tiempo de divagar y repuse, me inspiro en todo lo que me rodea y en las vivencias personales. No sé si esa vez me faltó decir algo más y mucho menos si fui convincente, pero como a toda pregunta siempre hay que darle una respuesta, usaré mi derecho a réplica para aclarar algunas cosas y sumar otras que me parecen relevantes. Todas las cosas tienen un secreto que revelarnos, pero la cotidianidad en la que vivimos nos ha estado sumergiendo en un verdadero lodazal donde es imposible detenerse a husmear a nuestro alrededor y en nuestra propia vida. La vorágine tecnológica es tan monstruosa en estos tiempos, que las posibilidades de observar el entorno en su forma natural se convierte una tarea muy difícil. Hay que avanzar con todos estos males de las sociedades modernas y no renegar de nuestra suerte. Es en esta encrucijada transversal, donde al poeta, le corresponde ponernos al alcance esas cosas que han pasado ante nuestros ojos y regresárnosla con sus secretos a la vista y como un producto de consumo necesario para el espíritu. Al hacerlo, el mundo se reinventa y el poeta se convierte en una expresión en la mirada de Dios, un alquimista que a tientas alumbra  relámpagos. No sé con sinceridad como nace la inspiración en un escritor, y mucho menos en un poeta, lo que sí creo es que el proceso es congénito, como lo puede ser el canto en un pájaro. La necesidad de comunicarnos nos abre a todos los seres vivos nuevas formas de posturas lingüísticas ante los signos. La asociación de letras es una de las formas que poseemos lo seres humanos y en la poesía queda de manifiesto este ejercicio. Son pocas letras, un alfabeto apenas, para construir nuevos paisajes verbales, pero esas letras son suficientes para cambiar todo.  Shelley, en su Defensa de la poesía, explicó que “las partes de una composición pueden ser poéticas sin que la composición, como un todo, sea un poema”. Tiene razón. Me parece admirable lo que plantea Shelley, pero a esto, es necesario engrosarle otros elementos que fortalecen la construcción eficaz de las ideas y la personalidad del poeta, temas que son productos de una búsqueda y una autocrítica explícita de nuestra condición como especie frente al mundo: las personas, los objetos, los animales, la naturaleza, la historia, la muerte, el amor, la vida, y los que considero los temas más importantes y que caen sobre nosotros como dos columnas de hierro caliente: Dios y el tiempo.  Nada está libre de la inspiración del poeta, todo lo que el ojo ve y escucha el oído, todo es materia prima para la poesía. No hay conjuro poético que nos incite a escribir un poema, esas son banalidades por las que transitan los prestidigitadores en su afán de hacer del espíritu de otros su propia fuerza. Me siento inclinado a decir que la esencia de las cosas es inasible a espíritus que no establecen un dominio eficaz de la conciencia histórica.

            Cuando escribo un texto, las palabras llegan solas, se acomodan en mi mente como pequeños vagones de tren, solas comienzan a darle forma al paisaje y el poema se asoma como la luz cada amanecer con un nuevo secreto. A veces he querido decir las cosas que lastiman al ser humano en un texto y que se prolongan como el agua del río, pero el contrapeso de estas acciones encuentra eco en una palabra de  cuatro letras, amor. En esta sostenida verdad el equilibrio del mundo tiene que ser el único valor real por el cual hay que vivir. Esto es exactamente a enamorarse de alguien, de vivir en armonía con las cosas que nos rodean. La luz, por ejemplo, al contacto con los objetos en un determinado espacio, hace que las cosas  asuman una forma como condición de su única existencia. El ojo ve esto y ahí inicia el proceso de interpretación del mundo, aquí se pone de manifiesto lo que se ha dado por llamar musa, espíritu, azar, o como se le quiera señalar. Algunos suelen decir que uno está poseído ¿de qué está poseído uno, del diablo, del amor, de Dios, de la esencia de las cosas, de qué? Las cosas ahí, en estado inanimado, toman la forma de la luz en el alumbramiento y después la que el ojo les otorga. Este pequeño acto, simple, dirían los más doctos, no es el mismo, querido lector, que pudieras hacer  del que yo he realizado. Este acto es análogo en la poesía, pero a diferencia del espíritu común, el poeta imagina las cosas en la misma realidad que, tal cual nos consume. La naturaleza de este ejercicio espiritual y plural justifica este testimonio poético. La inspiración  es una vibración de signos que fluyen en el espíritu de los hombres, una abstracción del universo. El mundo visto por el poeta es una imagen del tiempo, un acto transparente que repliega su enigma en el poema, aquí la realidad es perfecta. La imaginación disfrazada de inspiración es la única correspondencia con la hoja en blanco, acto de reconciliación, unidad y conciencia. No existe ninguna conversión que nos conduzca por otros caminos. El espíritu del hombre como el proceso evolutivo, obedece al hombre mismo, esa es la única realidad y la única historia sobre la cual fundar una nueva figura poética que dé sentido al diálogo con el tiempo. Me opongo a decir que la inspiración no existe, al hacerlo, se niega el poema, incluso la vida misma. Eso implica suprimir la conciencia y los sueños. Me fascina la idea de que en este ejercicio espiritual, el propósito sea comprender el lenguaje. La inspiración es como nuestra sombra, a veces la podemos ver cuando la luz del sol la proyecta sobre el suelo, otras veces no podemos verla porque las condiciones climáticas no le permiten, pero conscientemente sabemos que la poseemos. La inspiración y nuestra sombra nunca podremos asirla, ambas cosas son semillas efímeras en el tiempo. Con sinceridad, puedo decir que la imaginación es nuestro único recurso para conducir nuestra existencia y no morir desdichadamente. En la poesía, la inspiración es el punto de encuentro entre el que escribe y el que lee, entre el que ve y oye. El poema es una visión del mundo donde se nombra y transforma lo que uno ve y escucha. La inspiración es un producto de nuestra imaginación, la única condición para que el hombre sea una nota musical en los acordes del universo. La iluminación es un acto de contemplación, un ritual donde la invención del tiempo da  forma al fuego eterno, incluso a Dios. La palabra es una manantial que se alimenta de la realidad y donde se reconcilian los enigmas de la vida y nuestros pensamientos, es una aventura que rige las posibilidades del lenguaje. No puedo decir que esto sí y aquello otro no es inspiración, ni yo lo sé y no podría tratar de responder. Tengo la firme idea, de que la inspiración es como una creencia luminosa donde el ser humano se  reconcilia en silencio con la esencia de su ser, es una idea del diálogo con el Creador. La inspiración es un viaje desconocido en el cual uno no sabe lo que encontrará en dicho trayecto a nuestro destino. Somos producto del Tiempo. Tenemos un ascenso y un descenso. Al vivir, insertamos el tiempo en nuestro código genético. La sangre fluye por todo nuestro cuerpo y lo hace de una manera cíclica, al hacerlo, todo se pone en movimiento: los sueños,  la imaginación y los recuerdos. La memoria se vuelve un punto de encuentro donde nuestro espíritu nos fortalece en evocaciones que emigran en silencio y vuelven como una oración a cumplir con el mandamiento. Siempre he creído que la inspiración viene acompañada de un compromiso  con todo lo que  existe, con lo que ha inventado la tierra,  el tiempo y Dios. Todo se contrae y se dilata. Lo que digo, pareciera una hipótesis pero no lo es, la inspiración poética es una virtud que reconocemos al momento de escribir aquello que nos ilumina y que se cuece en el cerebro. El comportamiento de ese deseo sobre la hoja en blanco no es de ninguna manera una ocurrencia, es una idea, una semilla, la esencia de un mundo a punto de restituir la luz en los ojos y suministrar una responsabilidad para proseguir nuestro propio aliento vital. He dicho que no sé cómo surge la inspiración a diferencia de otras cosas que son más fáciles de plantear y de resolver, pero estoy convencido que en la frontera entre los sueños y la realidad, fuerzas contrarias se unen y transforman nuestra existencia.  El poeta, sabedor de esta amalgama involuntaria que modifica nuestra conciencia, acepta y se reconoce en el mundo que ante él se abre como una puerta. Este acto no significa una fuga, constituye un re-encuentro. El hombre es por naturaleza un ser temporal, la inspiración también, lo que conlleva a definir el acto poético como una magnetización del mundo con la imagen del hombre ante la palabra. La inspiración, por momentos se convierte en una descripción de nuestro razonamiento, nos describe en imágenes precisas como la que otorga el espejo cuando buscamos una dosis que fortalezca nuestro ego. La idea es extraña pero contundente. Las imágenes poseen valor propio, son ideas exactas de nuestra realidad, una coexistencia que nos permite crear paralelismo entre el mundo real y el que llevamos a cuestas todos los días. Al ser humano, la inspiración le proporciona toda la belleza de un mundo sagrado: se alza como un pequeño jardín. Lejos de ser rechazado por esta luz que lo ilumina, el hombre forja una alianza con el espíritu. El Kubla Khan de Samuel Taylor Coleridge, como bien lo señala Borges, tuvo su inicio a partir de un sueño. Los primeros 15 versos fueron producto de un golpe de inspiración, mismos que no pudo retener en su conjunto, por ser interrumpido justo en el momento en que realizaba la transcripción del mismo. Este ejemplo me parece contundente para señalar una posible causa del origen de la inspiración, aunque debo decir, difiero de lo que plantea Borges. La inspiración es algo que en las diferentes literaturas a la de la lengua española ha estado presente. La asociación con la naturaleza ha sido un elemento recurrente, por señalar el más visible. Para el hombre, el mundo real es el campo donde se despliega y proyecta todo nuestro mundo interno, aquí cabría señalar,  que entre estos dos mundos hay una alianza constituida por la relación del hombre mismo con las cosas que están en nuestro contexto y por la experiencia misma del lenguaje. Esto último que señalo, respecto al lenguaje, es la parte más interesante y la que fortalece a la inspiración, aquí se mantiene intacto la unidad en la cual nos reconocemos, equivale a una reconciliación, nuestro motor de esperanza. Borges señala que a Coleridge la inspiración lo tomó por sorpresa y que no pudo concluir la interpretación de su sueño, lo cual me parece un hecho simple. Todas las manifestaciones artísticas encuentran su origen en lo más recóndito del alma del ser humano y adquieren un verdadero sentido cuando los secretos de la misma naturaleza  le asignan una nueva representación a lo contemplado. No es necesario buscarlos en el pensamiento del ser humano y en el espíritu de este, hay que detenernos y ver como el florecimiento de todo el cosmos se vuelve un testimonio que asigna una abstracción y una nueva configuración  a todos nuestros sentidos. Todas las cosas encuentran un nuevo orden cuando el poeta les asigna un lugar en el ejercicio poético, la recompensa, el poema. La inspiración y la imaginación, dos presencias irreductibles e inherentes en el ejercicio poético, otorgan conciencia a quien se sumerge y acepta esta esperanza de plenitud y unidad en movimiento como lo es el mundo. La vida se puede vivir de mil maneras, y ante estas actitudes, este binomio nos permite mantener un equilibrio  ante la realidad. Se puede creer en Dios y siempre mantendremos esto como una verdad absoluta. Se puede creer en el Diablo y siempre mantendremos esto como una mentira absoluta. Se puede pensar en una voluntad divina o en un abismo donde arde una hoguera. Esto es un hecho paradójico donde el conflicto, como una causa y un efecto, el corazón no da explicaciones, las cosas son reales o irreales únicamente. Este motivo religioso se convierte en un problema teológico, una voluntad inextricable puedo afirmar, esta voluntad sin reticencias. En la creación poética sucede lo mismo, fuerzas extrañas y ajenas a nuestra realidad nos toman por sorpresa y nos alteran la realidad, y con esto no quiero que se interprete como algo sobrenatural, no, el hecho es algo que surge de nuestro inconsciente y embona con el momento. Este hecho, obedece a una comunión o como señalara Kant, “sentimiento puro”.  Este efecto de racionalización es también una búsqueda muy profunda a la cual asistimos, sin darnos cuenta, de forma mecánica y cotidiana. Asistimos a una revelación, la de nosotros mismos. Somos un acto poético y la mejor imagen, el mejor canto o alabanza. El miedo a la muerte y el tiempo, son constantes que al hombre le han quitado el sueño por completo. Nacemos, vivimos y morimos, el poeta es eso, ascenso, cumbre y descenso. La muerte, es una constante que se convierte en una de las fuentes de inspiración para todos los seres humanos. Vivimos pensando qué hay más allá de nuestro ciclo terrenal y el hombre se ocupa de este tema de manera exagerada. Yo no sé qué hay más allá de la muerte, nadie ha regresado de ese viaje para contarnos su experiencia. Esta búsqueda intensa de respuestas a algo que no lo visualizo como algo tangible, ha hecho de nuestro cerebro el mejor de los laboratorios donde los sueños, la imaginación y la dosis necesaria de realidad, nos permita alcanzar niveles de revelación que den fundamento a nuestra vida. La inspiración es una de las dádivas, nuestra posibilidad y única condición de ser por un instante una experiencia poética donde se revele nuestra otredad ante el universo. No somos permanentes, somos temporales, la poesía nos abre una antinomia a nuestra existencia. Existir es una conquista de todo. El poeta japonés Buson resume en un breve texto toda la unidad de nuestra conciencia:

                                            Ante los crisantemos blancos

                                            las tijeras vacilan

                                            un instante.

 

Juan Carlos Recinos. (Pichucalco, Chiapas, 1984). Director de Jaguar Ediciones. Es poeta, ensayista y traductor.  Lic. En Ciencias de la Educación por la Universidad Vizcaya de las Américas,  campus Colima. Mención honorífica en el concurso de Poesía FIL Joven 2002 y en los Juegos Florales de Zapotlán el Grande 2007. Becario del FECA del Estado de Colima 2012, en poesía. Autor de los poemarios “Cantos Peregrinos (2008, 2011 y 2012), y de “Cartografía íntima” (2015). Ha traducido a Georges Schehadé, Saint John Perse y a Yves Bonnefoy. Del 2006 al 2010 fue director adjunto del suplemento cultural Altamar, del diario Ecos de la Costa, junto al poeta Alberto Vega. Ha sido antologado en Panorama de la poesía mexicana (2009), Antología Poemas al padre y a la madre  (2011), El festival de la palabra (2011), Gregorio Torres Quintero. Enseñanza e historia  (2012),  Arte efímero. Fotografías del proceso de construcción de La Petatera (2017) y en Fragilidad de las aguas.  Antología poética del sureste mexicano 1980-1989 (2018). Actualmente forma parte del consejo editorial de la “Revista Morbo”, editada en Campeche. Forma parte de la Asociación Poetas del mundo. Textos suyos han sido publicados en México, Estados Unidos, Brasil, Ecuador, Perú, España e Inglaterra. Parte de su obra ha sido traducida al maya y parcialmente al portugués, francés e inglés. Recientemente fue incluido en la Enciclopedia de la Literatura en México, de la Fundación paras las Letras Mexicanas del Gobierno Federal y actualmente escribe la columna La espiral de Elliot en El Comentario Semanal del periódico El Comentario de la Universidad de Colima y Apuntes de poesía en la revista Marcapiel.

 

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