Presentamos un ensayo del poeta colimense Juan Carlos Recinos, que habla sobre la poesía de nuestro editor Marco Antonio Murillo. Dicho texto fue publicado en tres partes en El Comentario Semanal entre el 19 de marzo y el 23 de abril de 2018.

 

¿De qué duda el poeta? La perfección es un estado que alcanza su más amplio y compleja arquitectura en el espíritu de cada hombre. Si el poeta nombra es porque las cosas están en constante evolución, empezando con el hombre mismo y concluyendo con todas las cosas que nos rodean en su estado natural o modificado por la mano del ser humano. Si al nombrar la duda se disipa, entonces el poeta no ha otorgado una respuesta, al contrario, ha reanudado el lazo para vivir, prolongar nuestra nostalgia y nuestra estancia en este mundo concreto y simbolista.

Recientemente le escuche decir al físico vienés, Fritjof Capra, que el ser humano es una realidad que hay que juzgarla a partir de un proceso evolutivo del cosmos mismo. Tiene razón. Somos parte de un proceso evolutivo que no deja por un instante de sorprendernos. La metamorfosis, ese extraordinario juego que unos juzgan divino y al que yo antepongo la ciencia como parte de esta trama evolutiva, es el origen de todas nuestras dudas e interrogaciones.

Las respuestas a nuestras interrogantes no pueden ser fidedignas, son aproximaciones. El misterio de la vida es un sueño insospechado por Dios y el poeta lo sabe. Darwin propuso un amplio y complejo manifiesto de ideas que han permitido vislumbrar respuestas al origen de la vida, pero estas, al paso del tiempo han quedado transformadas en un reino ilimitado de cuestionamientos. Si Dios  creó todo, incluso al hombre mismo ¿Por qué ha sido complejo entender nuestro funcionamiento orgánico como especie y la dirección de nuestras vidas? El ser humano es un fruto de densidades, colores y amalgamas espirituales que no nos salvan de nada. El lazo que nos sujeta a la muerte, como lo señaló Francisco de Quevedo en su soneto Amor constante más allá de la muerte  es un polvo enamorado. El hombre como la fruta,  madura y se pudre en un instante. Esta analogía no niega nada, pero es justo lo que nos hace dudar. El ser humano no es un ser al cual hay que aplaudirle algo, sinceramente no creo que merezca una distinción depurada del propio pensamiento. Cuando el hombre se inclina hacia sí mismo y escucha los sonidos que el corazón genera, dicta el rasgo distintivo de la vida misma y la dirección que deben de tener todas las cosas.

Si el poeta nombra las cosas que ama y que forman parte del tejido luminoso que lo sostiene, el mundo deja de ser un sueño y las formas se manifiestan como una nueva realidad a imagen y semejanza de unos ojos que nos ajustan la vida a un territorio virgen. La sensibilidad del poeta, su inteligencia y la fantasía, pareciera ser la triada más arriesgada que nos impone en su mundo y agregaría un elemento más, la libertad. Todo se articula con una precisión tan delicada, que a la luz no le cuesta deslizarse para susurrar los secretos que manan de un pulso de agua que la noche enconada extiende lentamente, para dar unidad y continuidad a esta actitud verbal, espiritual y física.

Un poeta funda con su obra un mundo, donde por primera vez, como si de una postal bíblica se tratara esta escena, todo se reconcilia, incluso Dios y el Diablo, la vida y la muerte, la victoria y la derrota, el amor y la guerra, el día y la noche, el agua y la tierra. Nombrar no es una cualidad de contemplación, es una reflexión esencial, una perspectiva del espíritu que se expande contra el olvido. Para el poeta, el mundo es una experiencia que hay que transformar. La cotidianidad ha designado a las cosas con nombres que pierden su esencia en la vorágine de una modernidad vacía. El amor se convierte en una flor solitaria en la quietud de un cielo azul y ahí la luz nos acaricia, ahí, Marco Antonio Murillo, un poeta fundamental en la literatura mexicana, entona un canto indomable frente a un mundo que niega la emotividad de un nuevo eco. Fiel a la palabra y con una conciencia deslumbrante del quehacer poético, dualidad poco común en los poetas recientes, Murillo nos revela un nuevo continente donde la realidad y el deseo son una luz que lentamente asciende en la oscuridad para otorgar luminosidad a la experiencia poética.  El mundo es nuevo, se despliega a partir de lo que el poeta ve.  Uno se reconoce en esa mirada donde La luz que no se cumple, es un libro que se une por una reinvención plástica del tiempo que nos sostiene.  El trayecto de este viaje se inicia con una emoción conmovedora:

Los sopladores de vidrio de la isla de Murano tienen una tristeza azul en las llagas.

Funden, tallan, dan forma a la arena,    

la vuelven una mujer como una gota abierta  

o una barca que pesa menos que el aire de sus pulmones.

Marco Antonio Murillo es un poeta admirable y un artesano que transforma el silencio en materia ardiente. No creo equivocarme al puntualizar que es relevante y trascendental la concepción de la palabra a través de un espíritu que asume la vocación poética como un acto de fe.  Este volumen La luz que no se cumple  contiene toda la obra publicada hasta entonces, asimismo, se convierte en un testimonio esencial y se comprueba palabra por palabra, como si de un instrumento de precisión se tratara. Aquí se reúnen dos libros  —Mascarón de proa y Muerte de Catulo— y la Luz que no se cumple, poema que tiene una doble función, la primera, actuar como una coda poética de donde emana toda su preocupación creativa, y la segunda, la de dar título a este libro y a este universo verbal. El diálogo en este volumen de poemas es iluminador y lo sostiene un hilo invisible, estricto y puntual. La palabra se despliega como una mariposa que no encuentra en su vuelo ninguna frontera, ningún límite, nada, solo un vasto espacio por explorar.

La primera vez que coincidí con Murillo, vi a un poeta que recibía el fuego de la palabra por dos vías sensoriales, la vista y el oído. La eficacia y la luminosidad en el poeta fueron una aparición palpitante, una verdad en la alta noche, en mi noche y en la del universo mismo que en derredor gira, y nosotros con él.  A un artesano lo define la calidad de los elementos y las herramientas que utiliza para para darle forma a sus creaciones, al poeta lo define la sonoridad de sus palabras y la esencia escondida en cada palabra que le impregna y de esta manera definir una personalidad, en este caso, la del poeta. La palabra en la poesía de Marco Antonio Murillo, se abre como el botón de una flor en el amanecer al primer contacto de la luz. Se alza con sus esencias y sus colores. La luz, la misma del Creador, es otra. Establece otros matices y otros horizontes que el mundo consume en silencio. Todo se transparenta en la voz del poeta, menos lo que calla.

Ese enigma y ese secreto tienen un color azul, inasible materia de un mundo donde se establecen el amor, la vida y el espíritu del hombre. El dominio y la presencia de este color en su poesía, es un secreto que se encuentra diluido en las suaves líneas que se gestan en la hoja en blanco, y que, si uno observa con detenimiento, podrá ver que las palabras son pájaros pigmentando el cielo de azul y que en la huella del vuelo, van otorgando una nueva grafía como única experiencia de vida al poeta. El color azul en estos poemas es enigmático, no se puede transmutar. Es una contracción de la luz natural y también del fuego que el hombre produce para no extraviarse en la noche y a su vez, de la fundación de la vida en otro cuerpo. El renovado diálogo aquí establecido es frágil,  no se puede tocar, pero quien coseche o hurte este fuego, alumbrará con un brillo azul su propia vida y la de la mujer que ama.

Pocos poetas revelan con una crítica rigurosa y delicada el manejo del tiempo, Marco Antonio Murillo lo aborda con sentido depositario de la realidad que le ha tocado vivir. Desde una concepción científica se sabe que el tiempo es infinito y que no se detiene, salvo para nosotros que nacemos y morimos. Esta es la única manera de prolongarlo en nuestra vida, la única sustancia que nos otorga el proceso evolutivo. El poeta concede en este trabajo mucha luminosidad y una capacidad de contemplación que asciende, su posibilidad de crecimiento es inagotable como lo es la sucesión de las olas en el mar, el impulso es el mismo, pero los vínculos que se establecen son diferentes. Este acto permite reconocer  en la revelación de la palabra el milagro de la poesía. El ejercicio plástico en la poesía de Marco Antonio Murillo es epifánico, el mar es su diapasón y la ventana por donde mira la realidad de todos los hombres. La luz ilumina todo en la poesía, las cosas se revelan en silencio y el ojo que las ve les otorga vida al nombrarlas:

 

 La luz toca la bahía, no es la misma que el alba de ultramar, es una lámpara opaca que poco a poco va adaptando sus hilos a los dedos de las mujeres.  Porque las mujeres pasarán las primeras horas  del día tejiendo algo más delicado que la quietud del agua, la leve tutela de los aires.  Sobre la arena el terciopelo aún duerme y la aguja y las carpas de lino y algodón…

Esta voz que habla de la luz, del mar, del color azul y de la palabra como quien escucha  surgir el agua entre sombras, con un pulso poderoso del espíritu de la piedra, viene del sur y enaltece la poesía. Restituye lo que el hombre ha perdido en el músculo de la monotonía. No finge. Dibuja otro mundo donde arde una llama indestructible. De ahí el poeta toma todas sus fuerzas, forja un nuevo sudario para ascender en la conciencia de nuestro tiempo convulso.  Marco Antonio Murillo  es una voz reciente donde fluyen las más altas notas de la poesía moderna, como Perse, Eliot, Neruda, Pound y algunos poetas sudamericanos con los cuales hace una comunión en el testimonio del oficio poético y en el espíritu de la propia condición humana: Roberto Juarroz, Eugenio Montejo y Rafael Cadenas.  A estas columnas que ahora miran en el tiempo, añadiría un nombre indispensable para entender el brillo de este joven poeta auténtico: Yannis Ritsos. Las afinidades de la voz del poeta con estos autores no es accidental, es un ejercicio de su propio crecimiento, mismo que se va depurando en el corazón del poeta, hasta convertirse en un hilo  invisible donde todos los elementos que dan sentido y enlazan  su obra, comienzan la única defensa de la obra: la invocación de un canto que se prolonga  como una profecía en el tiempo.

Los marineros en altamar, conocen lo que significan los ecos de los vientos cuando estos se encuentran en medio del mar o antes de iniciar la travesía. Descifran las señales que les otorgan las fuerzas extrañas, incluso, el silencio mismo. Este acto solo lo otorga la experiencia y la luz, la misma luz que cada día renueva todo. No es extraño lo que señalo, una prueba de la plasticidad poética y que da valor a su palabra se encuentra resuelto en el título de este libro La luz que no se cumple. Lo dicho aquí podría tomarse como una confesión, pero no lo es. Una voluntad contemplativa surge y la palabra se tensa, el poema cabalga otro tiempo. La poesía es un acto de celebración y no hay principio alguno o teoría que me haga desistir de esto que digo. El universo mismo es un acto poético que apenas comprendemos, aquí la visión es total y al serlo nosotros con ella.

La adhesión del hombre al tiempo, no es una costumbre, es un escenario donde todo se rige, ahí el testimonio funda una nueva apuesta de vida. Muerte de Catulo, la segunda parte que integra este libro, ocupa ese espacio que la mirada del poeta ha recuperado de la historia y lo ha unido con su palabra. Es raro ver en un poeta joven estas cualidades de reconstrucción histórica, no siendo propiamente un historiador, pero la aventura en la que se enmarca el poeta es un acto de recreación de la memoria ante el olvido, y debo confesarlo,  más allá de ser una alabanza a la vida y obra de Cayo Valerio Catulo, Muerte de Catulo, es un himno al amor, a la vida misma de los seres humanos que iluminan cada momento sobre este suelo con envidia y odio. ¿Nacimos para amarnos o para odiarnos? La respuesta a este cuestionamiento transmuta todas las aventuras de nuestra vida.

En la antigüedad, un imperio alcanzaba la grandeza por la fortaleza de sus ejércitos y las batallas ganadas ante los enemigos que lo acecharan, en los anales de la historia eso está comprobado y no hay duda alguna. En la obra de un poeta, el fuego que le otorga la grandeza no surge de las veladoras que muchos ponen cada noche a dioses de carne y hueso. Este fuego viene de la luz que prevalece como un secreto en la mujer, en un beso, en un testimonio histórico, o en su caso, en el elogio al mundo natural, incluso en el mundo fantástico. Todo se convierte en materia poética y se despliega sin dificultad ante los ojos del poeta para que este transforme en lenguaje toda la energía del mundo. La realidad es un deseo, que como el sol, declina cuando el poeta hace suyo el fuego de todas las cosas.

 

            A fin de cuentas, las palabras escritas en los muros

            terminan borrándose

            por el sol y nuestros ojos; ya solo queda

            devolver en ruinas

            todas aquellas cosas que nombramos.

 

            Al amarte, yo mismo me he nombrado:

 

Dueño de una voz sorprendente, Marco Antonio Murillo, constituye uno de los árboles mejor plantados en el paisaje actual de la poesía mexicana. Su sombra es necesaria en esta vorágine. Mi emoción ante su obra es natural, como cuando uno oye al amanecer el canto de los pájaros. La luz que no se cumple, es una construcción admirable donde la unidad obedece a la inteligencia misma para nombrar de una manera. La voz que escucho no tiene casa ni retorno.

 

La Becerrera, Colima 21 de marzo de 2018.

 

Juan Carlos Recinos. (Pichucalco, Chiapas, 1984). Director de Jaguar Ediciones. Es poeta, ensayista y traductor.  Lic. En Ciencias de la Educación por la Universidad Vizcaya de las Américas,  campus Colima. Mención honorífica en el concurso de Poesía FIL Joven 2002 y en los Juegos Florales de Zapotlán el Grande 2007. Becario del FECA del Estado de Colima 2012, en poesía. Autor de los poemarios “Cantos Peregrinos (2008, 2011 y 2012), y de “Cartografía íntima” (2015). Ha traducido a Georges Schehadé, Saint John Perse y a Yves Bonnefoy. Del 2006 al 2010 fue director adjunto del suplemento cultural Altamar, del diario Ecos de la Costa, junto al poeta Alberto Vega. Ha sido antologado en Panorama de la poesía mexicana (2009), Antología Poemas al padre y a la madre  (2011), El festival de la palabra (2011), Gregorio Torres Quintero. Enseñanza e historia  (2012),  Arte efímero. Fotografías del proceso de construcción de La Petatera (2017) y en Fragilidad de las aguas.  Antología poética del sureste mexicano 1980-1989 (2018). Actualmente forma parte del consejo editorial de la “Revista Morbo”, editada en Campeche. Forma parte de la Asociación Poetas del mundo. Textos suyos han sido publicados en México, Estados Unidos, Brasil, Ecuador, Perú, España e Inglaterra. Parte de su obra ha sido traducida al maya y parcialmente al portugués, francés e inglés. Recientemente fue incluido en la Enciclopedia de la Literatura en México, de la Fundación paras las Letras Mexicanas del Gobierno Federal y actualmente escribe la columna La espiral de Elliot en El Comentario Semanal del periódico El Comentario de la Universidad de Colima y Apuntes de poesía en la revista Marcapiel.

 

 

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