Literatura fantástica mexicana actual: José Pérez

Presentamos un interesante cuento corto de José Pérez (1985, Aguascalientes, México). Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, como narrador ha publicado La Política del Silencio (Instituto Cultural de Aguascalientes, 2008) y cuentos suyos figuran en distintas antologías, colecciones, blogs o páginas. Editor de mexicokafkiano.com e impetuosa.org; traductor traidor de lasnocturnas.com, dueño de hijodeperez.com.

 

La ciudad trata entonces sobre réplicas y representaciones, sobre la lectura y la percepción solitaria, sobre la presencia de lo que se ha perdido. En definitiva trata sobre el modo de hacer visible lo invisible y fijar las imágenes nítidas que ya no vemos pero que insisten todavía como fantasmas y viven entre nosotros.

Ricardo Piglia

 

 

Edificio Nueve Azotea sobre un montón de ceniza

 

Puedo dibujar la cara afligida de una señora a la que le di un vistazo en la calle y luego dejar que te rompas la cabeza, preguntándote cómo es que ese rostro parece tan vivo. Es simple: la gente mira sin mirar, antepone lo que cree sobre las líneas que componen el mundo y yo sólo sigo esas líneas. Aun así, a ella no puedo.

La encontré hace una semana en la azotea, cuando subí a revisar la antena de la televisión porque la señal no volvía. Estaba encajada sobre la antena, supongo que cayó de espaldas sobre ella y la punta le salió por encima del ombligo. Es bella. No lo digo por sus alas suaves y brillantes como dos trazos de tinta fresca. Lo digo porque ella es mía.

Después de que apareciera mi vida cambió. Todos los días luego de que mi mamá y mi hermana se iban a hacer sus cosas en la mañana yo la sacaba del closet muy despacio, le quitaba la extraña coraza brillante que tenía puesta cuando cayó y la recostaba en mi cama. La miraba. La tocaba. Así sabía que me amaba.

No voy a mentir, cuando despertó grité y corrí al baño. Tenía miedo de que me castigara por lo que hice con su cuerpo cuando creí que aunque fuera un delirio, era un delirio muerto. Cuando por fin me envalentoné a salir del baño y regresé a mi cuarto, la encontré de pie, en silencio y mirándome.

Intenté hablarle. Al escucharme ladeó la cabeza con curiosidad. Dejó que me le acercara, su rostro no reflejaba miedo, de hecho, no reflejaba nada. Cuando estuvimos frente a frente me sujetó de la nuca y me lamió, del cuello a la frente. Su saliva, tibia, me llenó la cara y yo sentí que mi mente se apagaba.

Me acabé una libreta intentando dibujarla. Algo pasa con su silueta: al mirarla parece estar ahí, pero cuando intento retratarla mi mente se pierde y cambia los trazos, como si estuvieran prohibidos y terminan formando otra cosa: un jardín, un gato, un dado, una ventana. Por eso creo que está hecha con los trazos sobrantes de otras cosas.

Mi hermana gritó fuerte cuando la vio. Era dócil y obediente, se quedaba en mi closet cuando los demás estaban. Era fin de semana y mi mamá había salido a pagar unas cuentas. Para cuando llegué a la sala mi hermana ya no tenía cabeza de dónde gritar y ella estaba batiéndose contra el comienzo del cuello.

Paró sólo hasta que dejó jirones de ropa y sangre en el sofá. La regresé al clóset y pasé la tarde limpiando la sala. Llevé los restos de mi hermana a la azotea, los empapé con aguarrás y les prendí fuego. Bajé nervioso, pensando en qué mentira contarle a mi mamá, pero no hizo falta. De ella, sólo quedaron dos anillos.

Atraje al resto de las personas al departamento por miedo de que me dejara; sabía que no me entendía y apenas sabía nada sobre ella, excepto que era mía. Se entiende que haya optado primero por la familia más cercana, los conocidos y luego, incluso, por los compañeros de la secundaria que quisieron visitarme.

Creí que bien alimentada, no me dejaría nunca, pero creo que se recuperó gracias a eso y ahora rara vez toca el suelo, prefiriendo moverse de un lado para otro con sus aleteos y sólo deteniéndose cuando la sujeto firmemente. No puedo evitar pensar en un par de dichos: pájaro en mano, pero también, si amas a alguien.

No espero que me entiendan, ni que me perdonen, pero no quiero pasar por loco, entiendo bien lo que hice y a cuántas personas afecté (directamente, a treinta y dos, sin contar a mi hermana y mi mamá, que no imagino cómo le harán falta a alguien más además de mí), así que escribí una lista con sus nombres, está en mi escritorio.

Voy a dejar el departamento abierto. Voy a hacer que me acompañe a la azotea y le entregaré esta libreta. Imagino que me mirará arder con interés un rato y luego remontará el vuelo sin entender qué fue lo que pasó, me consuela imaginar que se llevará esto y un día podrá entender la tristeza que sentí por nunca poder dibujarla.

 

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