Presentamos una selección de Viejos altares, plaquette con la que Aarón Rueda Torruco ganó el LIII Juegos Florales Nacionales de Jiquilpan 2017.  Aarón Rueda (Las Choapas, Ver. 1986). Radica en Cárdenas, Tabasco donde es miembro del taller Juan Rulfo que dirige el poeta Níger Madrigal. Sus poemas aparecen en revistas y antologías de Colombia, India, Brasil, Chile, España, Perú, Estados Unidos y México. Tiene publicado los libros: Remos de sal (Letroleum), La sangre florecida (Floricanto), Arrullo de la tierra (UJAT), Despliegue de colores donde todo parece oscuro (UJAT) y Cachalote (IMCT). Ha obtenido el Premio Nacional de Poesía Rosario Castellanos en 2012, el Premio Universitario de Poesía Teresa Vera en 2014, el Premio Nacional de Poesía Ramón Figuerola Ruíz en 2015, los Juegos Florales Nacionales de Toluca en 2016, los Juegos Florales Nacionales Universitarios en 2017 y los Juegos Florales Nacionales de Jiquilpan en 2017.

 

 

 

NOVENARIO

(Fragmentos)

 

II

 

Un moño blanco ilustra la sonrisa de la casa

como la existencia no sorprende a la muerte.

 

La madrugada cae en su tajo de luz

y aunque sea un milagro

las palabras en coro se marchitan en las ventanas

tan viejas como esas páginas del misal.

 

Es el segundo día y la gente yace en la incertidumbre

mientras relámpagos vendrán en coro y riendo de todo.

 

 

 

 

III

 

Vine a mirarte en silencio

junto a la procesión dulcísima

de permanentes marejadas

en la flor de tus ojos.

 

Unto el agua en el retrato

y el tercer día de tu fiesta póstuma

la comida no abastece, todos devoran tu recuerdo.

 

 

 

 

V

 

Las flores de plástico cuelgan en la nada

y vagas ilusiones nos acostumbran a repetir

la mirada del misal en el tiempo del relámpago

hasta llegar al sitio de la resignación.

 

Hablar del recuerdo en las fotos que no maldicen

y el adiós entre los labios en una palabra oculta

es el sosiego de la alborada.

 

Pasaron cinco días, y todo se repite en el instante

las palabras están secas en el quieto fulgor de la hojarasca.

 

 

 

 

VI

 

Bajo el amparo de Dios tiñe el mundo

y las tardes se abren con un insomnio sin respuestas,

celebraciones son un relámpago en la entraña del rosario

y la única manera de llegar a los artilugios

es versar la triste alegría del recuerdo.

 

La celebración desnuda palabras

para enseñar la ausencia donde lámparas

disponen en morir oliendo el perfume de la gloria.

 

Novenario de sombras apiladas en la esquina

como el tiempo y la existencia de la muerte

bajo el meridiano sostenido por mi llanto.

 

 

 

 

IX

 

Sin más compañía que el dolor

soy incapaz de beber otros sonidos

dentro del escenario donde parloteo

es la mentira en el cuerpo ajeno de aquellos sirios.

 

El novenario llega a congregar silentes tempestades

eso es una verdad finita en la dulce desgracia.

 

Mañana será un día de viento áspero entre fotografías

que solo destilan nostalgias que dejan errantes crepúsculos

aunque el silencio no sea más un tajo de madrugada.

 

 

 

 

HORA DEL ARREPENTIMIENTO

(Fragmento)

 

III

La flor empieza a humedecer la empecinada histeria que no dije en las mañanas, en las tardes, en el oído de mi madre al saber la ensoñación que aúllan los perros con la grave ceguera de la noche. Es usual entender, las caricias que amortajan: pluma de calandria manchada por el rayo. Estos mismos se visten con el color de fiestero panorama en lúgubre visión de la alborada, al momento menciono la estupidez del cuerpo: soy el quebranto de mi madre en su agonía. El agua del vaso inunda las palabras que no he busco en la hoz de mi garganta, ínfimo preludio de la hoja. Caída del sueño esta fría luz amanecida en el estruendoso grito de Dios. Cielo herido. Insomnio en el presentimiento de pasos que obedecen al silbido guardado en el horizonte. En la piel del olivo el sigilo alumbramiento concibe todos los rincones de la sangre: grietas imperceptibles para el letargo sinfónico de los pájaros.

 

 

 

 

VIEJOS ALTARES

(Fragmentos)

 

III

 

Ese polvo vive por el arrojo de hombres en parvada luminosa, cuando la mañana consagra el azahar de la corola tostada que mira con nostalgia el horizonte ensangrentado. Los mismos cadáveres lustrados preguntan la hora dispuesta para el funeral de sus cuerpos y en el altar los dolientes precipitan el grito a libertad pagana, en secos parajes sin destello, sin presagios, sin oraciones. Los caminos aúllan la sed al terminar la batalla y todo arrastra el principio con palabras encendidas en el dorso de los árboles. Viven también la jacaranda este santuario oscuro. Se recogen pasos de los pinches de Dios que han dejado su aliento al resguardo de los santos.

 

¿Qué oscuridad es la que dicta el orden de cantos entumecidos al fondo de las tumbas?

Esta es la única tristeza escondida en vista del fusilado.

 

 

 

IV

 

A veces calla la vieja madre su elegía, a oscuras implora al viento enfurecido traer sólo el recuerdo. Ellas moldean las tumbas de sus hombres entre los labios, sus lenguas: cadáver roto y en el altar de adobe. Se llora la última procesión de hombres y pájaros que guardan silencio. Oraciones; umbrías de noviembre. Ángeles muerden la flama del cirio y los santos descubren su osamenta para acurrucarse sobre la tierra que palpita; agonía de la noche congregada en la estampa de fúnebres niños que adornan la vida. Trémula adoración de mujeres, tendido el margen de la sombra, azoro de las balas que escupen sonámbulos fusiles. Buitres contemplando el rezo de los altares de adobe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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