ÁNGEL EN LA TEMPESTAD: LECTURA DE “RESPONSO DEL PEREGRINO” DE ALÍ CHUMACERO

Compartimos un ensayo sobre la poesía de Alí Chumacero, a cargo de Marco Antonio Murillo. Cabe destacar que Chumacero es considerado uno de los poetas más importantes del México del siglo XX; “Páramos de sueños” y “Palabras en reposo” son dos de sus libros. El texto aquí presentado fue publicado originalmente en el libro En la orilla del silencio, ensayos sobre Alí Chumacero, del programa editorial Tierra Adentro en 2012.

 

1

En un ensayo titulado “¿Y para qué poetas?”, Martín Heidegger justifica el oficio de la poesía a través de comentarios a las obras de Rilke y Hölderlin. Para el filósofo “los poetas son aquellos mortales que, cantando con gravedad al dios del vino, sienten el rastro de los dioses huidos, siguen tal rastro y señalan a sus hermanos mortales el camino hacia el cambio.” (Heidegger, Web). Por eso se dice que la poesía salva.

Alí Chumacero es poeta en tiempos de penuria, ya que su poética está cimentada en la toma de consciencia de que el hombre moderno ya ha perdido sus dioses. Pero esta poética que lo impulsa, difiere en algo de la definición ofrecida por el filósofo alemán: su demiurgo (su impulsor) no es el dios del vino, como sí lo es para una gran gama de poetas mexicanos que se interesan por el ars amatoria[1] (Bonifaz, Lizalde, Carreto, por ejemplo), sino la figura del asceta, ese ser que medita y dialoga en soledad. Continúa Heidegger:

Los tiempos no sólo son de penuria por el hecho de que haya muerto Dios, sino porque los mortales ni siquiera conocen bien su mortalidad ni están capacitados para ello. Los mortales todavía no son dueños de su esencia, la muerte se refugia en lo enigmático. El misterio del sufrimiento permanece velado. No se ha aprendido el amor. Pero los mortales son, son en la medida en que hay lenguaje. Todavía se demora un canto sobre su tierra de penuria. La palabra del rapsoda preserva todavía la huella de lo sacro. (Web).

Debido a la última línea que he citado, se entiende por qué en la primera sección de Palabras en reposo (1956), gran parte de los poemas señalan las formas que puede tomar el canto de un poeta moderno: Responso (del peregrino), Prosa (del solitario), Monólogo (del viudo), Epitafio (a una virgen), Alabanza (secreta). Esto no es lo que esperaríamos dada la tamaña responsabilidad del poeta: ¿Dónde están las odas, las elegías, los himnos, las loas, los himeneos, o bien, sus versiones modernas? El nayarita prefiere trabajar con formas más cercanas al silencio. Sus poemas requieren una lectura en voz baja, se nutren de un solemne mutismo, casi sagrado que algo perdido nos restituye si, como dice el filósofo Alemán, “tomamos al poema como un ejercicio de automeditación poética” (Heidegger, Web).  

Entonces, la salvación que propone Alí no es la misma que la veta de aquellos autores que prefieren el ars amatoria: la apelación al ser amado y a la escritura como receptáculos de nuestra memoria, incluso después de la muerte. No, en Chumacero la salvación se establece por medio del testimonio de cierta revelación, cierto ángel que transforma (idea arraigada en la tradición judeocristiana), precisamente porque, en el momento en el que aparece, se hace presente la imagen de la poesía. Esto último emparenta sus textos con el fenómeno de la revelación poética, y no con cierta devoción religiosa que parecería estar presente tras una lectura superficial.

Antes de continuar, resulta necesario hacer un paréntesis y decir que la poética que ha prevalecido entre las generaciones sucedáneas de México ha sido la del ars amatoria, haciendo que los nuevos escritores olviden por momentos de esta otra forma en que la poesía salva. Alí Chumacero es un autor cuya breve obra dudo que haya sido asimilada por los numerosos poetas que le han seguido, o por lo menos revisada conscientemente por la crítica. Esto se ha dado tal vez porque en su poesía lo mexicano no aparece a simple vista, sino hay que rastrearlo, buscarlo entre toda su erudición. Pero allí está: desde las formas heredadas por los contemporáneos, hasta el constante diálogo con la tradición judeocristiana.

 

2

En “El infierno” de Dante Aligheri, asistimos a una serie de escenas en donde el tormento de los personajes despierta el goce estético del lector, así como el asombro. Las almas sufrientes no tienen oportunidad alguna de redención: al final de los tiempos serán condenadas a peores tormentos. La única esperanza que ellas encuentran recae en el testimonio hacia Dante y el lector, que al final es quien escucha sus terribles historias. En ello subyace una triple tarea: por parte de los condenados, guardar la memoria propia, por parte de Dante, expiar sus propias culpas a través del recorrido de los versos, es decir, transformarse; y, por parte del lector, salvarse mediante las posibilidades que le ofrece escuchar la poesía. Esta última tarea es más sincera, conmovedora y silenciosa, como el acto de orar. Como ese mismo acto, la poesía de Chumacero es lenta palabra por palabra, imagen por imagen, y debe ser leída en silencio; su verso no espera contestación, no la incita. Su poesía, por tanto, no es el testimonio ni la confesión del individuo al sacerdote, sino de la voz propia al alma, y del alma a la trascendencia. Su poesía se basta con ser escuchada siempre y cuando, como ya he dicho, exista una automeditación poética. Su amor, que es un amor (que se revela) entre ruinas está lejano del ars amatoria de la tradición grecorromana, y se emparenta más con la poesía amorosa que proviene de la tradición bíblica. Escribe en “Amor es mar”, compilado en Páramo de sueños (1940):

Llegas, amor, cuando la vida ya nada me ofrecía
sino un duro sabor de lenta consunción
y un saberse dolor desamparado,
casi ceniza de tinieblas;
llega tu voz a destrozar la noche
y asciendes por mi cuerpo
como el cálido pulso hacia el latir postrero
de quien a solas sabe
que un abismo de duelo lo sostiene. (Chumacero, Páramo, 46)

Subyace aquí un diálogo con la amada, ángel implícito, ella simboliza la poesía en cuanto a que es portadora del amor para el hombre cuando el momento preciso de la ruina. Es ella quien rescata al poeta de aquel sitio de tiniebla y penuria. Dieciséis años después, la poesía amorosa de Alí se ha vuelto más contundente y madura, ahora es capaz de iluminar por medio de precisas imágenes. El más claro ejemplo lo hallamos en los primeros versos de “Responso del peregrino”, donde el diálogo –más místico que sensual– está presente en el yo poético que responde ante unos ojos: “Yo pecador, a orillas de tus ojos, /  miro nacer la tempestad”. (Chumacero, Palabras, 14)

¿Por qué a diferencia del fragmento de “Amor es mar”, el ángel de “Responso del peregrino” es portador de lo terrible, la tempestad?, y ¿de qué forma se relaciona con la “salvación”? Aquellos dos versos contundentes encuentran una entrañable hermandad con la primera de las Elegías del Duino de Rilke, la cual Chumacero, en parte, ya había aprehendido en otro poema de Páramo de sueños, “Muerte del hombre”. Dice Rilke: “Porque lo bello no es sino / el comienzo de lo terrible, ése que todavía podemos soportar” (33).

El ángel de Rilke es terrible porque no pertenece a la vida terrenal, en otras palabras, es portador del asombro de las cosas relacionadas con la vida ultraterrena. En una carta a su editor el Sr. Hulewicz, el poeta alemán explica: “El ángel de las elegías es aquella criatura en la cual aparece como ya consumada esa tarea que venimos realizando de transformar lo visible en invisible” (Heidegger, 29), transformar las cosas efímeras del mundo en materia de trascendencia.

Pero el ángel de Chumacero, ya alimentado del rilkiano, también encuentra eco en el bíblico: es un ente portador de revelaciones (poéticas) y transformador (del mundo). Esta doble condición de revelación y transformación puede ser rastreada en anteriores poemas. En “Muerte del hombre” el ángel revela al ser humano las implicaciones de su condición de mortalidad y le hace aceptar la posibilidad de su propia muerte. En “Amor es mar” el ángel le muestra el amor, lo rescata y transforma “cuando la vida ya nada me ofrecía”. Pero el caso más pleno de esta poética del ángel la encontramos, precisamente, en la primera estrofa de “Responso del peregrino”, la cual cité anteriormene.

En aquellos dos versos, asistimos al asombro del instante poético encapsulado en el verbo mirar. Este asombro hace que el poeta, al reconocerse pecador, y por tanto mortal, se le revele lo poético a través de los ojos del ángel: la tempestad que, como veremos más adelante, busca expiar toda mácula. La tempestad es aquello que va a desarrollarse a lo largo del poema, y que buscará transformar de algún modo al poeta (y al lector también); en otras palabras, la tempestad no es más que el momento de la revelación poética.

A partir de este punto ahondaré en “Responso del peregrino”, pero sólo en la primera parte, limitándome a comentar algunos versos de la segunda y tercera partes, con el fin de redondear el ensayo. Antes, cabe aclarar que en el libro El poeta en un poema de Marco Antonio Campos, el propio Alí Chumacero había comentado su poema desde la óptica del amor, donde “el amor aparece como una forma de salvación del hombre caído y condenado a la miseria” (El poeta, 36). Yo estoy más interesado en explorar y descubrir el poema a partir de las ideas del ángel rilkiano y su relación con el ser.

“Sumiso dardo, voz en la espesura, / incrédulo desciendo al manantial de gracia” (Chumacero, Palabras, 14). Estos dos versos siguientes a la estrofa inicial son muestra del descenso del poeta hacia el umbral de la tempestad. El descenso, como también fue el de Dante, es órfico: el poeta no regresará con las manos vacías, sino con la experiencia del recorrido poético. Llaman la atención los dos adjetivos: el primero, “sumiso”, porque sólo de esta forma se puede recibir y aceptar la tempestad. El poeta, al cual se le compara con una flecha, está completamente impotente, desarmado ante un ente superior a él, su voz, sí fuerte, se pierde en la espesura de lo que está aconteciendo. El segundo adjetivo que me interesa es “incrédulo”, escéptico de lo que está a punto de revelarse. En la idea general se vislumbra una paradoja: el poeta está sometido a la situación, pero a su vez descree de ella. Esto no hace más que fortalecer las imágenes presentadas y crear una atmósfera de patetismo donde reina el sentimiento de quienes están ante la ardiente zarza de la poesía, ese (terrible) “manantial de gracia”.

El poema, construido a partir de endecasílabos y alejandrinos, se abre con una alegoría donde el centro es ocupado por la imagen de un ángel impreciso, que, tras cada metáfora, va esclareciéndose y tomando forma:

en tu solar olvida el corazón
su falso testimonio, la serpiente de luz
y aciago fallecer, relámpago vencido
en la límpida zona de laúdes
que a mi maldad desplega tu ternura. (Chumacero, Palabras, 14)

Esta presencia angelical hace olvidar al corazón del poeta su “falso testimonio”. Si el testimonio es la revelación, el producto final dado por el poema mismo, el falso testimonio es la ausencia del poema: lo visible de la vida, diría Rilke, lo intrascendente. Por otra parte, con la serpiente “de luz y aciago fallecer”, se encuentra representada la maldad, que es la suma de los valores trascendentales perdidos en nuestro mundo moderno. Dicha maldad, cede ante la “ternura” de este ser. No nos es dado a conocer todavía el nombre del ángel de “Responso del peregrino”. Sin embargo, huellas de su identidad se resbalan entre sílabas: “Elegida entre todas las mujeres, / al ángelus te anuncias pastora de esplendores / y la alondra de Heráclito se agosta / cuando a tu piel acerca su denuedo” (Chumacero, Palabras, 14). La imagen inicial parece relacionar al ángel con la figura de María. El Ángelus se refiere a los momentos bíblicos de la enunciación y la encarnación del Verbo; pero, en nuestro caso, significa el recorrido poético, en cuanto a que los versos van anunciando a la tempestad, en una acción que avanza. Sobre los dos versos siguientes, Chumacero ha dicho:

La alondra es tradicionalmente en la poesía y la literatura el ave que canta en la mañana. ¿Quién no recuerda los versos de Darío “En cuya noche un ruiseñor había/ que era alondra de luz por la mañana”? Como se sabe, Heráclito es considerado el filósofo del fuego. En este caso la alondra de Heráclito quiere decir también el fuego de Heráclito: la alondra se agosta, se abrasa, pierde el vigor si acerca su denuedo a la piel. (El poeta, 35 y 36).

En la quinta estrofa el nombre del ángel por fin es nombrado: María. La única mujer que, según la tradición del nuevo testamento, fue concebida sin pecado original. Doble ara: virgen y sin mácula. Qué mejor forma de señalar el camino a la tempestad invocando en metáforas a este personaje que se contrasta con el hombre por su destino extrahumano, pero que se acerca tanto a él en cuanto a su carácter de mortalidad. Sólo frente a un ángel terrible como éste, el poeta puede acceder a la revelación poética y buscar expiación. En la anterior estrofa había escrito Alí:

Oh, cítara del alma, armónica al pesar,
al luto hermana: aíslas en tu efigie
el vértigo camino de Damasco
y sobre el aire dejas la orla del perdón,
como si ungida de piedad sintieras
el aura de mi paso desolado. (Chumacero, Palabras, 14)

El ángel está fuertemente vinculado con la poesía, por ello es correspondido con la imagen de la cítara, instrumento oriental de cuerda pulsada que funciona aquí para denotar lo lírico, la esencia musical de lo poético. Este objeto establece una armonía con los pesares del poeta, su música comprende su duelo: el poeta es un peregrino de “paso desolado” por el mundo. Nuevamente Chumacero recurre a la tradición bíblica para ilustrar sus ideas: como el apóstol Pablo en el camino de Damasco, el yo lírico recibe el vértigo de la tempestad, la revelación de un nuevo camino o destino, diferente al que le marca su comunidad. En la “poética litúrgica[2]” de Chumacero la poesía salva, porque por medio de ella se revela el rastro de los dioses huidos, se le devuelve al hombre valores perdidos como el del amor y la esperanza. Y ello comienza a ocurrir en el momento en el que vincula al ángel con María, esto es, cuando se reconoce la huella de lo sacro en la poesía:

te nombro y en la voz flameas
como viento imprevisto que incendiara
la melodía de tu nombre y fuese,
sílaba a sílaba, erigiendo en olas
el muro de mi salvación. (Chumacero, Palabras, 15)

Más adelante, en el primer verso de la penúltima estrofa, “Hablo y en la palabra permaneces”, se subraya que el poema es el testimonio de la tempestad, esa revelación que yace grabada entre sílabas. El poema es una forma que ha encontrado el ser humano para trascender su tiempo y proyectarse al mundo de las cosas imperecederas. “cuando, juntas las manos sobre el pecho, / limpia de infamia y destrucción /
de ti ascendía al mundo la imagen del laurel” (Chumacero, Palabras, 15). El ángel es el camino para llegar a la tempestad y transformar las cosas impuras del mundo; el ángel lleva consigo la planta del laurel, que simboliza el triunfo y la poesía.

Para finalizar con los comentarios a esta primera parte de “Responso del peregrino”, es necesario decir que la estrofa última, cuya lectura da la impresión de un rompimiento con la secuencia del poema, resulta una suerte de coda que nos devuelve, en una breve impresión el sentimiento general de lo que ha sucedido. Al poeta, como a Moisés ante la Zarza Ardiente y a Pablo en el camino de Damasco, se reveló el ángel terrible de la poesía: “Petrificada estrella, temerosa / frente a la virgen tempestad” (Chumacero, Palabras, 15).

 

3

Hasta aquí la primera parte. Como antes había dicho, el poema tiene tres secciones, pero no ahondaré en las otras dos, únicamente me limitaré a realizar algunos comentarios sobre ciertos versos que me llaman la atención. Que este ejercicio sirva como una invitación al lector para que visite de nuevo los libros y particularmente este poema de Alí, a la luz de las reflexiones de Heidegger. De esta manera, y siguiendo con los comentarios a “Responso del peregrino”, me sitúo en la penúltima estrofa de la segunda parte: “Óleo en los labios, llevarás mi angustia / como a Edipo su báculo filial lo conducía / por la invencible noche” (Chumacero, Palabras, 17).

La travesía del poeta por la tempestad ya casi llega a su fin, y ahora nos topamos con un sentimiento de desgarradura: el poeta se enfrenta a lo que Heidegger llamaba la noche del mundo, nuestra era, “la era (que) está determinada por la lejanía del dios, por la falta de dios” (Web). El ángel, ante aquel sentimiento humano es como un aceite que en los labios sana sus grietas aparecidas por la aridez del mundo. A continuación la metáfora se extiende y es necesario atender al nombre de Edipo, que representa al poeta y su caminar por la vida. En la tragedia de Sófocles este personaje, vencedor de acertijos, se ha arrancado los ojos y desterrado voluntariamente al darse cuenta de su terrible pecado: dio muerte a su padre y se casó con su madre. No había salida, pues desde su nacimiento los dioses habían nombrado su destino. Sin embargo, antes de morir, encuentra consuelo en su hija Antígona. Así como Edipo, el poeta (que es ciego por humano, en cuanto a que por sí sólo no puede ver lo invisible, lo trascendente) encuentra guía y consuelo a las angustias producidas por la noche del mundo, a través del ángel. Continúa el poema: “hermosa cruzarás mi derrotado himno” (Chumacero, Palabras, 17. El adjetivo “hermosa” sirve aquí para subrayar el carácter extraterreno y revelador de nuestro ángel bello por terrible, María en este caso; mientras que con la expresión “derrotado himno” se hace referencia al mismo responso que tenemos en nuestras manos. Si el himno, la oda, la elegía, son altas formas de la poesía y eran nombradas desde lo alto de la voz, una de esas formas, aunque “derrotada”, sería la oración, el responso…, siempre y cuando sigamos la idea de que son dichas desde la pequeñez y el silencio del alma humana, que se reconoce doliente en el mundo y sumisa ante la tempestad. Luego, es necesario preguntarse si aquellas formas clásicas de poesía (que ensalzaban dioses y altos sentimientos) todavía son válidas, sabiendo que estamos en la noche del mundo: “y no podré invocarte, no podré / ni contemplar el duelo de tu rostro, / purísima y transida, arca, paloma, lápida y laurel” (Chumacero, Palabras, 17),

A pesar de que el poeta ha accedido a la revelación poética, su responso no puede alcanzar totalmente la luz del ángel que, como se indica en el tercer verso, tiene muchas formas. Alcanzar esa luz angélica significaría dejar de ser humano. El mismo arquetipo se repite en varios lugares de la literatura y la motologia universal. Citaré dos ejemplos. En el mito de Eros y Psique: lámpara en mano, la ninfa se inclina ante el hijo de Afrodita para mirarle la cara mientras éste dormía, y derrama una gota de aceite hirviendo en su hombro. El dios, indignado por su curiosidad, desaparece de su vista, la abandona. Mi segundo ejemplo es el final de la Divina Comedia:

Quería ver cómo se adaptaba el círculo a la imagen, y cómo se identificaban sus naturalezas; pero no hubieran podido mis alas encumbrarse tanto, a no haber iluminado mi mente un resplandor que dejó satisfecho su deseo.

Aquí perdí el sublime vigor de mi fantasía. (Tomo ii, 189).

En el momento de mayor luz el mortal se ve despojado de la “visión”. En el caso de Chumacero, el hablante lírico mismo reconoce la falta del ángel, y al hacerlo nos prepara para lo que viene en la tercera parte del poema. Antes de ello, se advierte una nueva coda que marca el final de la tempestad, mas no del recorrido poético. El poeta ha recibido el cambio, ahora sus ojos reflejan el rastro de los dioses huidos: “Regresarás a casa, y  si alguien te pregunta, / nada responderás: sólo tus ojos / reflejarán la tempestad” (Chumacero, Palabras, 17).

Dado que el poeta ya fue despojado de la visión angélica, y la tempestad duró lo que el instante poético del asombro, y ahora él mismo es como un pez que ha visto más allá del lago y fue devuelto a él, no queda más que orar a la trascendencia por él mismo, para que no le abandone por completo: “Ruega por mí y mi impía estirpe, ruega” (Chumacero, Palabras, 18).

Esta es la tercera y última parte de Responso del peregrino, una oración después de un largo peregrinaje a través de la tempestad, más bien el clímax de ella, pues como bien dice Mejía Valera: “el texto viene a ser una oración, cuyo autor no es un creyente ni un converso sino un peregrino (de peregrinus, extranjero)” (93). Mientras que Sefami Misraje apunta: “el responso se define como las preces y los versículos que rezan por los difuntos; además, esta oración la pronuncia un peregrino, es decir, un hombre que viaja a un lugar sagrado (o en sentido figurado, un hombre que atraviesa por la vida como si ésta fuera un paso para ser recibido en el más allá ), un extranjero en la tierra”. (32)

La tercera parte es la de mayor crisis en todo el poema, pues, como decía Heidegger: “En la era de la noche del mundo hay que experimentar y soportar el abismo del mundo. Pero para eso es necesario que algunos alcancen dicho abismo” (Web). Este abismo llega a ser tan profundo que en plena oración le dice al ángel: “Sola, comprenderás mi fe desvanecida”. Por ello decía Paz acerca de Chumacero: “Su cristianismo es el cristianismo desesperado de la conciencia moderna, en la que la ausencia divina hace más punzante la presencia del mal” (Morales, 127). En ese sentido, la coda final es reveladora, nos resume el sentimiento de soledad metafísica, la aridez del mundo, y la nostalgia por lo perdido, temas que no sólo aquí desarrolla, sino también a lo largo de toda su obra: “Fiesta de Pascua, en el desierto inmenso / añorarás la tempestad. (Chumacero, Palabras, 18).

 

4

Preocupa que la última frase “añorarás la tempestad” no sólo haga referencia al propio poema, sino a nuestros tiempos. En los instantes de mayor plenitud de la poesía de Alí Chumacero se siente la ausencia del dios aunque lo nombre, como si nos dijera que no hay salvación. Sin embargo, como dice Heidegger:

Lo no salvador como tal, nos pone sobre la pista de lo salvo. Lo salvo invoca a lo sagrado. Lo sagrado vincula a lo divino. Lo divino acerca al dios.

Los más arriesgados experimentan en la falta de salvación la desprotección. En las tinieblas de la noche del mundo llevan a los mortales la huella de los dioses huidos. Los más arriesgados son, como cantores de lo salvo, «poetas en tiempos de penuria. (Web).

En este punto considero que es necesario responder la siguiente pregunta, relacionada no sólo a la poesía del Alí Chumacero, sino a la poesía en general: ¿A quién salva? Su poesía intenta salvar al hombre moderno, aquel que ha dejado de creer en lo perenne de la vida y está sujeto a elementos efímeros y perecederos, aquel hombre que ya es sombra de sí mismo. Por eso en la segunda sección de Palabras en reposo, como también en la primera, como ha dicho Marco Antonio Campos, aflora “el yo social de Chumacero, o mejor dicho, el yo que se identifica con ciertos personajes marcados por la sociedad” (42), esto es seres derrotados: (La noche del) suicida, (Al monumento de un) poeta, El proscrito, (Consejos del) perezoso, (Vacaciones del) soltero y, finalmente, (Losa del) desconocido. Verdaderos protagonistas del abismo de nuestra era. Sin embargo, y esto debe quedar claro para el lector, no porque la poesía abra sus alas de salvación, el suicida, por ejemplo, dejará de serlo. Lo que la poesía de Chumacero hace con el hombre moderno no es arreglarle la vida, tampoco despejar su mirada de demonios, sino darle sentido a su existencia, esto es: hacer que el ciego pueda ver, el sordo oír y el mudo hablar con la aceptación de su propia carencia.

 

 

Bibliografía

 

Aligheri, Dante La divina comedia, trad. Cayetano Rosell, Tomo 1I, México, Uthea,

1955.

Campos, Marco Antonio, “La poesia de Ali Chumacero”, Dialogos, letras, artes, ciencias humanas, Vol 90. Mexico, El colegio de Mexico. 1979.

Chumacero, Alí “Alí Chumacero Responso del peregrino”, en Marco Antonio Campos (Comp.), El poeta en un poema, México, Unam, 1998.

……………………, Páramo de sueños, México, FCE, 2000.

……………………, “Responso del peregrino”, en Palabras en reposo, México, FCE, 2007.

Heidegger, Martín, “¿Y para qué poetas?”, Caminos de bosque, Helena Cortés y Arturo Leyte (trad.). Madrid, Alianza, 1996, en

http://www.heideggeriana.com.ar/textos/rilke.htm, consultado el 20 de diciembre de 2011.

Mejía Valera, Manuel. “La poesía de Alí Chumacero”, Cuadernos Americanos, Vol 7, Mexico, UNAM, 1991.

Morales, Dionicio, “Alí Chumacero: amor entre ruinas”, en Retrato a lápiz, Villa Hermosa, Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, 2010.

Rilke, Rainer María, Las elegías del Duino, los Réquiem y otros poemas, trad. Otto Dörr, Madrid, Visor, 2010.

Sefami Misraje, Jacobo la soledad, el sueño, el amor y la muerte en la obra poética de Alí Chumacero  (Tesis), México, UNAM / Escuela Nacional de Estudios Profesionales Acatlán, 1983.

 

Notas

 

[1] Con ars amatoria me refiero a aquella poesía de corte amorosa, cuya venia proviene de la tradición grecorromana.

[2] El concepto pertenece a Dionicio Morales en su ensayo “Alí Chumacero: “Amor entre ruinas”.

 

 

Marco Antonio Murillo (Yucatán, 1986). Maestro en Escritura Creativa por la Universidad de Texas en El Paso. Autor de los poemarios Muerte de Catulo y La luz que no se cumple. Actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas.

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