Hierve el cuchillo bondadoso de la lluvia | Javier Pérez Walias

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EL VIEJO LAVADERO DE LANAS

 

Son las cosas que no conocéis las que cambiarán vuestra vida.

Wolf Vostell

 

El momento es de luz ante los ojos.

El sonajero de la tarde es un colador de cabellos de ángel.

Me acerco al viejo lavadero de lanas donde el muerto tiene sed

de hormigas.

Me acerco a este lugar para sentir el sarpullido de la luz

que no se ve

para pulsar el verde y el cobalto

y el acero en su dureza.

La tarde es un lugar en orden de principio a fin

la armonía feliz que se enreda en la red.

Me acerco en soledad en perversión bajo la sombra de un Ícaro

que huye

con sus alas pálidas

obsceno me aproximo a esta naturaleza en constante movimiento.

Me veo a mí mismo desangrándome por los pies

deslizándome por el filo de la inmensidad

y la inmensidad es un piano de cola que desafinado

esquila estrellas

una nave que viaja hacia las fronteras de otro cielo más armónico.

El universo con toda su argamasa se me viene encima

(cascotes de nubes y titánicos meteoros en su mecánica veloz)

me emocionan los escapes que cuelgan

como arañas de los pechos del presente del desastre

de la gran catástrofe las imágenes de las cartas de ajuste

en todos los espejos

en todos los niños y en todos los pupitres

con sus pizarrines en pause

por la roña del hombre y de la historia excrementos

torpeza cósmica

basura cósmica belleza cósmica esferas como platos voladores.

Salgamos a otra luz. Salgamos como unicornios ciegos.

Afuera

el muerto que tenía sed de hormigas anida en nosotros

oímos su rugir de monedas

el silbo hondo del aire de sus pulmones de lana.

Se ha encendido el interruptor de los tirabuzones de oro

el pellizco de la energía de ser

que es haber sido.

Contigo y con tu luz las generaciones de este mundo

se preguntarán como incrédulas cigarras

por qué el proceso entre Pilatos y Jesús duró sólo dos minutos.

 

 

UNO Y TRINO

 

[Alcázar de San Juan, 1971-1974]

(…) era de curso legal/ yo agonizaba por volver a la vida/ aquí durmió el que sufrió la picadura del alacrán a los trece/ el que desnudó la cruz a cielo y fuego/ el que descubrió que la cebada era del color de la náusea/ y tenía un sabor a molienda de betún en el hondón del estómago

aquí lloré por los corredores abiertos/ aquí anduve por las baldosas frías cuando me despertaba la música/ aquí me sepulté detrás de las puertas/ aquí dudé por vez primera/ de querer haber nacido/ aquí me escondí en los dispensarios y hurté el cordero de los sagrados obradores para arrojárselo a las carpas/ aquí anhelé el pan reciente/ el aroma del puchero de mi casa/ el cálido chasquido del picón

aquí me ovillé

aquí permanecí en silencio como un ahorcado sin silla ni fiel ni piedad/ como un ser sin aliento siquiera ni tierra empalada/ aquí horadé la tapia con los ojos/ aquí el chorro del agua fue un buril de hielo sobre mi cabeza/ aquí trepané los muros/ aquí traspasé el horizonte con la mirada para olvidarme de las ásperas arrugas de las sábanas/ aquí recibí las cartas de mi madre/ aquí respiré moho/ aquí quise encontrar la ternura en el charco de las bienaventuranzas/ aquí se me negó el pan y la sal

de mis ojos caían las lágrimas una a una como las cuentas de un rosario

sólo la palabra fue mi argolla/ sólo el papel de calco/ sólo el cuaderno en espiral/ tan sólo la idea de volver hizo una hendidura limpia en la marra de los días/ aunque el ladrar de los perros era eterno/ y las sanguijuelas estallaban como estilográficas/ sobre el alma del pupitre en vísperas y maitines

la resurrección de la carne era moneda de curso legal/ yo agonizaba por volver a la vida/ y aún hoy/ aquel recuerdo se derrama de plomo sobre mi espalda

me estoy quedando frío.

 

[de W, 2017]

 

 

LA PIEL

 

El paisaje es vida: latido que se palpa en cada árbol, en cada piedra, en cada puerta. Adherida está la piel al roce casi ausente. El bosque engendra el tacto, la caricia en su epidermis, y se asoma. Ven. Escucha esta música que en su dureza componen los líquenes del tiempo. Posa tu mano en los troncos. Siente el crecimiento pausado, el olor caducifolio, sus arrugas. Acaricia el torso descorchado de los árboles. Hay un tacto de corteza en el paisaje. Encuentro en cada hueco de la piedra el alma de los seres. Detengo mi mano en su aspereza, en los rastrojos que el tiempo ha ido dejando como un renglón de tinta o de cigarras. Bebedero de estaño para pájaros. Con la caricia del agua en las raíces, la vida se rehace, recorre los caminos más profundos. Allí donde la sombra serpentea, se cambia la piel y se renueva. Allí ha de hacerse dermis el lenguaje. Una mujer sale de casa, mira al cielo, canda tras de sí el portalón con sus nudos agrietados. Chapotea la luz en el balde de la mañana.

 

[de Escrito con luz, 2017]

 

 

MIRANDO POR UN PEQUEÑO VANO

Ojo avizor miro y veo un círculo oscuro con rejas. Fijo la mirada en ese punto. Clavo la mirada como en una cruz, como una raspa de pez en el cielo.

Del otro lado se pudren las estacas, se oxidan los cerrojos.

No hago pie.

En la hierba bajo el almez hay un gato seco, un jilguero muerto.

A este lado de la hilera apenas cantan los pájaros ruiseñores. Nos devoran las hormigas.

Los balancines inmóviles hacen inerte la sombra.

La noche hervirá como hierve el cuchillo bondadoso de la lluvia

sobre la tierra seca.

Ojo avizor. Miro. Veo un círculo oscuro con rejas.

Al otro lado de la pared de piedra crece una atracción verde de díptero y santo-rostro. Veo un cuenco con pipas de calabaza sobre una mesa y un lugar vacío.

No hago pie. No hago pie.

No

hago

pie.

 

[de al Qarafa, 2014]

 

 

EL DOLOR DE LAS PALABRAS

 

Cayó la palabra de piedra

                                                                                                                            en mi pecho aún vivo.

Ana Ajmátova

 

 

Nunca antes había sentido, de manera tan intensa, el dolor de tener que arronjar palabras por la boca del estómago

como un réquiem,

ni el dolor, al rojo vivo, de los bigudíes de tu pelo,

que como una herida abierta sangran insondables durante las auroras

caídas.

 

Nunca antes había sentido la calentura infantil de un mirlo ahogándose en sulfúrico

por amar los cráteres enfermos de la luna.

 

Nunca antes había sentido el olvido más brutal bajo

la música febril

de una caricia o un beso.

 

Habría deseado, hasta un número infinito de veces cada noche, horadar, con la fuerza de un grano de mostaza entre los dedos, la dureza de la roca que a menudo me habita y me golpea,

la dureza de la piedra que a menudo me invade

como una manada de búfalos

tranquila,

a la que urge ponerse en desbandada ante el acecho de una tormenta

de felinos rascacielos.

 

¿Será posible lamer la tierra hasta limpiarla del dolor de las palabras? ¿Será posible

—me pregunto golpeándome el pecho—

compartir con millones de seres

la lengua dulce, al menos, de un  pájaro de azúcar?

 

[de Arrojar piedras, 2014]

 

HE NADADO DE ESPALDAS

 

En los atardeceres de verano junto al río

he visto

a jóvenes

que apuestan por la vida

 

—a cuerpo descubierto y acuerpo a cuerpo—

 

bajo el abrazo de los libros y los chopos.

 

He sentido una lengua líquida de besos

alzándose hacia el cielo rasante de mi boca

y un camino en forma de escalera

hacia lo hondo

y una nube de bogas fondeando

en las entrañas marrones de tus ojos.

 

He nadado de espaldas y a contracorriente

para ver

cómo se pasa la vida tan nadando,

para ver

cómo tan nadando se pasa el amor

y cómo

se

viene

tan nadando…

 

[de Largueza del instante, 2009]

 

A VECES NOS LLEGA EL TEMBLOR

 

De pronto se abre la ausencia

y llega

como nos llega el temblor.

 

Entre estas piedras en soledad

duermen las caricias

que proporciona el vacío,

la certeza y la lluvia de los años

que nos moja al alba

finísima,

entre nostalgias y recuerdos.

 

Sentado, solo y en el principio,

con las primeras horas de la mañana,

como quien espera la redención por uno ojos,

por todos los ojos de las estrellas

o por los ojos de un pájaro

o por los ojos que miran

la espuma próxima

a los ojos.

 

De pronto se abre la ausencia

y llega el silencio

como nos llega el temblor

ante la muerte.

 

En mi cuerpo una brizna de musgo,

tal vez,

en mi voz.

 

[de Cazador de lunas, 2007]

 

 

 

 

Javier Pérez Walias

 

 

Poeta español, (Plasencia, 1960) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Extremadura. Reside en Cáceres, lugar en el que ejerce como profesor de Lengua Castellana y Literatura. A lo largo de los años, ha mantenido una estrecha relación literaria con la ciudad de Málaga donde publica sus primeros libros. Entre los años 2005-2009, codirige la colección de poesía «Cuadernos del Boreal» y en 2009, se le concede una beca por la UNEX para su incorporación temporal a dicha Universidad. Pérez Walias es autor, entre otros, de los libros de poemas Versos para Olimpia (2003), Los días imposibles (Tres figuraciones) (2005), Cazador de lunas (Seis aguafuertes de Juan Carlos Mestre con ocasión de Cazador de lunas de Javier Pérez Walias) (2007), Largueza del instante (2009), Premio de la XVII Bienal de Poesía «Provincia de León», Arrojar piedras (2011), Al Qarafa (2014), Escrito con luz (2017), libro de fotografías de José Antonio Marcos y poemas de Pérez Walias y W (2017), editado por el sello hispano-mexicano Vaso Roto. Una amplia muestra de su poesía ha sido recogida en Otrora. (Antología poética 1988-2014) (2014), con selección y prólogo del poeta y crítico español Eduardo Moga. Asimismo han aparecido trabajos suyos de creación y crítica literaria en publicaciones como El Maquinista de la Generación, Turia, Cuadernos del Matemático, Quimera o Suroeste y en ediciones especiales y catálogos con los artistas plásticos Rafael Carralero, Juan Carlos Mestre, Javier Roz y Javier Alcaíns. En palabras de Eduardo Moga, la poesía de Pérez Walias aúna el impulso narrativo y la representación simbólica, la construcción de un yo lírico coherente y la fulguración de lo incontrolado, el vislumbre de lo anómalo, o incluso de lo imposible.

 

Crédito de la fotografía: MTV

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