En rojo (narración coral) de Gisela Kozak Rovero

(Crédito de la foto: Lisbeth Salas)

Presentamos dos pequeñas narraciones de la escritora venezolana Gisela Kozak Rovero, pertenecientes a En rojo (narración coral). Dicho libro, propone una estructura de tipo biombo en la que varias historias (signadas por la crónica ) ocurren simultáneamente, pero teniendo siempre como eje central Venezuela.

 

 

Grito hacia Roma 

(Desde la torre del Chrysler Building)

mundos enemigos y amores cubiertos de gusanos
caerán sobre ti. Caerán sobre la gran cúpula
que untan de aceite las lenguas militares.

Federico García Lorca

 

Toda ciudad puede ser Caracas, la ciudad en la que un hombre de diecinueve años se levanta un día temprano, se ducha, cepilla sus dientes, se viste con un calzoncillo  de algodón, una camisa negra, un pantalón gris y, por último, pasa velozmente  un peine por los cabellos rizados. Corre al Metro y sube apresuradamente a un tren que desgarra las entrañas de Caracas, al igual que todos los trenes de los metros alrededor del planeta. Entre la multitud de desconocidos algunos  se reconocen sin haberse visto antes pues hoy es día de reunirse para protestar,  tal como lo han hecho gentes de esta y otras épocas. ¿Valdrá la pena? No se sabe. El joven  es expulsado del vagón por  la multitud que se atropella y apura, corre escaleras arriba y vuelve al calor de la ciudad, humedecido por gotas de lluvia. El joven habla, ríe, se asusta, se tranquiliza en ciclos que se repetirán hasta  que culmine el regreso al punto de partida; va rumbo a un lugar cualquiera de Caracas, como tantos hombres y mujeres caminaron hacia un lugar de Caracas en 1957;  de Berlín en 1989; de Pekín en 1989; de Varsovia en 1988; de  Washington, París, Madrid, Estambul en 2003; de Ciudad del Cabo en 1989; de Santiago en 1988; de Moscú en 1991. El joven observa miradas furiosas, displicentes, asustadas, indiferentes, despectivas, sarcásticas, cálidas, admirativas mientras marcha, las mismas miradas que quemaron levemente las pieles de  los que han protestado en cualquier sitio del mundo. El joven alza la voz para decir lo que haya que decir pues tiene diecinueve años y el calor de Caracas late en sus huesos; ha pensado durante todo el día en que al menos no espera el zarpazo del poder apoltronado en su casa, que quizás hubiese podido apoyar ese poder si no se hubiese convertido en la medida misma de la vida. ¿Sabe el joven por qué grita, a qué se enfrenta,  por qué protesta? Ojalá lo sepa y esté convencido. Poco después de su regreso al punto de partida, mundos enemigos caen sobre él. Ya no hay anécdota, solo una imagen que hemos visto mil veces en frescos, cuadros, esculturas, fotografías, periódicos, noticieros de televisión; una imagen que reconocemos de inmediato: un hombre joven de perfil, una franela enrollada en el cuello, el torso estirado, la banda blanca de su calzoncillo sobresaliendo de su pantalón gris, los brazos extendidos, las piernas separadas, las manos abiertas en gesto de impedir lo inevitable; con la boca abierta parece gritar mientras otro hombre que se cubre la cara con una camisa le dispara con una pistola. Claro que sabemos de qué se trata: un hombre en Caracas grita hacia Roma.

 

 

 

 

 

El único esplendor

Pero en aquel paraje apareció el único

Solitario esplendor

Guillermo Sucre

 

En esta tarde de septiembre en Unter den Linden me doy cuenta de que he vivido treinta y cinco años en la ceguera  de quien piensa que la vida no debe ser como es; no pasa nada, no es que me llegó la cordura como a Don Quijote y con ella la muerte por vacío radical. Son las cinco de la tarde; la existencia real  es ver el Domo de Berlín estallar en golondrinas que flotan en el aire de una  tarde de azul rotundo. No pasa nada importante: no termina una guerra como en el año 1945 ni alguna rubia de belleza gélida canta Lili Marleen. Tampoco acaba de caer el muro, además, qué me importa, no soy alemana aunque dicen que me parezco un poco a Rosa Luxemburgo.  Silencio total, me oigo y el mundo por fin es un lugar hecho para mí; hoy, día en que visitaré a un pintor venezolano, hoy, día en que simplemente camino, río y tú me tomas fotos, la mejor foto de mi vida. Un hombre pasa y me lanza un beso. Te burlas de él discretamente.  Sí, es verdad, te amo, pero de eso me di cuenta hace un par de años. Algún día en cualquier parte indefectiblemente me encontraría a mí misma, me acabo de encontrar y vivo la más intensa de mis horas en esta ciudad cuya perfección de las costumbres esconde el quehacer mudo pero feroz de la muerte. En esta ciudad idéntica a mí, dividida, extraña, destruida y reconstruida, adviene  la hora máxima que toda vida tiene. ¿Cuál será la de otras personas? ¿El parto, la agonía, el orgasmo, un crimen, un momento de éxito, cortarse las venas, pegar un tiro, volar en parapente, algún sacramento? ¿Por qué mi hora máxima se cumple en Berlín y no en Caracas? ¿Por qué la soberanía del esplendor acontece a las cinco de la tarde  de un día miércoles en una ciudad extranjera? Nada ha cambiado; en este momento no tengo más ni menos dinero, belleza, éxito, amor  o energías que hace una hora; el gobierno de Venezuela sigue siendo el mismo, no ha pasado nada nuevo, no hablo alemán ni me quedaré aquí. Mi hora suprema en la que el mundo es uno conmigo acontece de modo inmotivado, no se cumple ningún sueño largamente deseado; estoy en Unter den Linden, y mis ojos ven colores y formas nítidas y perfectas, mis oídos no oyen los automóviles pues solo perciben el casi inaudible sonido del viento sobre las hojas, mi cuerpo se siente cómodo y holgado en la ropa, la temperatura es perfecta, el sabor de la cerveza es fantástico. La vida está penetrada por el sentido y no hay evento, acto o decisión por más doloroso o errado que sea que no haya tenido explicación o espacio en una vida vista como construcción laboriosa, como drama, no como tragedia. Soy una cristiana primitiva que ve en su martirio una forma suprema de encuentro con el señor  y no una fatalidad causada por la injusticia, el horror o la mala suerte. Son las cinco de la tarde, la hora en que el torero Ignacio Sánchez Mejía muere en su abrazo pasional con un toro y cumple su destino, pero en mi momento supremo no está pasando nada importante.

La felicidad es una resplandeciente espada del tiempo.

 

 

 

 

 

Gisela Kozak Rovero (Caracas, 1963). Escritora (novela, cuento, ensayo, opinión  e investigación académica). Ganadora de la Bienal de Narrativa “Alfredo Armas Alfonso” 1997 con el libro de cuentos  Pecados de la capital. Finalista en el Premio Miguel Otero Silva de Novela (1999), auspiciado por la Editorial Planeta (Venezuela), con la novela Latidos de Caracas  y en el concurso de cuentos de SACVEN con el cuento “Vida de machos” (2003). Mención de honor en la Bienal de Ensayo Enrique Bernardo Núñez, Ateneo de Valencia (2006) con el libro  Venezuela, el país que siempre nace (Caracas: Alfa, 2007). Libros publicados: Rebelión en el Caribe Hispánico. Urbes e historias más allá de boom y la posmodernidad (investigación académica) (Caracas, Ediciones La Casa de Bello, 1993); La catástrofe imaginaria (investigación académica) (Caracas, Planeta-Celarg, 1998) (mención en el Premio Municipal de Investigación Literaria, 1999);  Pecados de la capital y otras historias. (cuentos) (Caracas: Monte Ávila editores, 2005); Latidos de Caracas (novela) (Caracas: Alfaguara, 2006);  En rojo (cuentos) (Caracas:Alfa, 2011);  Todas las lunas (novela) (Primera Edición: Caracas: Equinoccio, 2011; segunda edición Sudaquia, New York, 2013); Literatura asediada: revoluciones políticas, culturales y sociales (investigación académica)  (Caracas:EBUC, 2012); Ni tan chéveres ni tan iguales (ensayo libre) (Caracas: Punto Cero, 2014). Como compiladora ha publicado Siete sellos: crónicas de la Venezuela Revolucionaria (Kalathos: Madrid, 2017). Articulista de opinión de diarios venezolanos como Tal Cual, El Mundo, El Nacional y el portal Prodavinci. Licenciada en Letras (Universidad Central de Venezuela); Magíster en Literatura Latinoamericana (Universidad Simón Bolívar). Doctora en Letras (Universidad Simón Bolívar).

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